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De obras negras y cómplices secretos:
un ensayo sobre Toño Ciruelo, de Evelio Rosero

lunes 3 de junio de 2024
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Evelio Rosero
La novela Toño Ciruelo, de Evelio Rosero, implica a todos los hombres en los actos de brutalidad que cometen unos pocos. Penguin Random House

Una amiga que recién leyó Toño Ciruelo, la novela que trata del asesino en serie epónimo, preguntó: ¿por qué el libro se enfoca en el malhechor? La pregunta fue retórica porque enseguida agregó que ese mismo hecho hizo de la lectura para ella una experiencia sumamente desagradable, como si la novela celebrara la misoginia, pues Ciruelo viola y mata a niñas y mujeres.

Vale la pena tomar en serio la pregunta porque, a mi modo de ver, de esa manera se llega a lo que pretende el autor y podemos ver la importancia de la novela. Lejos de festejar la misoginia, sostengo que Rosero está señalando qué tan profundamente arraigado está el problema en nuestra sociedad.

En primera instancia, la respuesta a la pregunta de mi amiga es fácil. Si bien el personaje de Ciruelo es un engendro como el que creó el doctor Frankenstein, un compuesto de las características de unos cinco compañeros que Rosero tuvo en el colegio, el hecho real que le dio la chispa de escribir la novela fue que uno de ellos resultó ser un asesino en serie (El Tiempo, 23 de mayo de 2017). Al mismo tiempo, la novela como forma artística ejerce una fuerte tendencia a privilegiar el protagonismo. Es más llamativo hilvanar una historia alrededor de un personaje central que, por ejemplo, crear un mosaico de personajes, porque facilita que los lectores sigan, pues, “el hilo”.

“Toño Ciruelo”, de Evelio Rosero
Toño Ciruelo, de Evelio Rosero (Tusquets, 2017). Disponible en Amazon

Toño Ciruelo
Evelio Rosero
Novela
Tusquets Editores
Bogotá (Colombia), 2017
ISBN: 978-9584257598
270 páginas

La tercera razón por la cual Rosero se enfoca sobre el personaje de Toño Ciruelo es más bien un acto de prestidigitación. (Quizá no es una casualidad que el autor nos cuente que Ciruelo es practicante de la magia y artes afines.) Es decir, la novela se centra en Ciruelo, pero realmente se trata de cómo el narrador, Eri, amigo de Ciruelo desde sus años de colegio, se convierte en un seguidor y, en cierto modo, en su cómplice. El argumento que plantea el autor, creo, va más allá del caso de Eri y Ciruelo: implica a todos los hombres en los actos de brutalidad que cometen unos pocos. El potencial para la violencia, y sobre todo la violencia contra las mujeres, late en todos nosotros.

Un tema principal de la novela es la atracción que Ciruelo ejerce a pesar —o, en últimas, quizá a causa— de la repulsión que genera. La novela comienza con la llegada de Ciruelo a la casa de Eri. No se han visto en veinte años, y ambos ya tienen cincuenta. Ciruelo trae unas tremendas ganas de usar el baño, y también la noticia de que asesinó a su mujer, La Oscurana. El resto de la novela se divide entre un recuento que hace Eri de su extraña amistad con Ciruelo desde que se conocieron en el colegio cuando tenían catorce años, y una especie de diario que Ciruelo deja abandonado en su casa esa misma madrugada. El recuento se reparte entre los sucesos, ocurrencias y maldades de Ciruelo, con una fuerte dosis de la participación y la reacción a ellos por parte de Eri. El diario, en cambio, está en la voz de Ciruelo y detalla los crímenes que ha cometido, además de reflexiones sobre por qué es cómo es. (Setenta de las cien páginas del cuaderno, según Eri, constan de insultos. A juzgar por lo inventivos y hasta chistosos que son los insultos regados por la novela, es una gran pérdida para la literatura que Rosero no incluyera, en forma de apéndice, esas páginas.)

Va un ejemplo. Cuando Eri cursa quinto semestre de la universidad, le llega una postal de Ciruelo pidiéndole que lo recoja en aeropuerto El Dorado. No se han visto en un buen tiempo, en parte porque asisten a universidades distintas y en parte por una serie de aventuras colegiales, con el punto alto de un desastroso viaje a Barranquilla con un amigo mutuo, Fito Fagua. Eri accede, convenciéndose de que tiene compasión por Ciruelo quien, recuerda, ha perdido recientemente a sus padres (una bomba mató al senador Ciruelo y a su esposa) y a su única hermana (suicidio), y el único amigo que le queda es él.

Pero Fito también ha acudido porque Ciruelo también se lo pidió y, cuando se encuentran en El Dorado, se ponen a beber y a hablar de su amigo en común mientras esperan su vuelo atrasado. Fito cuenta una retahíla de infamias que Ciruelo cometió, o que él sospecha que cometió: un asalto sexual contra la hermana de Fito, una traición de su amistad que incluye la desfloración de la novia de Fito en presencia de éste, y la agresiva (pero consensual) toma sexual de Fito mismo. Esto último trastornó la vida de Fito. Reconoce que está en poder de Ciruelo: “Si me hubiese ordenado que llevara a mi hermana desnuda, yo obedecía, Eri. Yo obedecía” (131). Dice: “Lo amo, Eri, esa es mi tragedia. Mi envilecimiento eterno. Mi humillación” (130). Y Fito se va, encomendándole a Eri que lo despida de Ciruelo por siempre.

Solo en el aeropuerto, Eri se pregunta:

Pero ¿por qué lo seguía yo?, ¿por qué, después de la confesión de Fagua, sus lamentaciones, sus corroboraciones?, ¿por qué, después de “asistir” a esa como desfloración no sólo física sino de espíritu que la hermana y la novia de Fagua y el propio Fagua sufrieron a manos de Ciruelo?, ¿por qué lo saludé con un abrazo y me subí a su taxi?, ¿por qué seguía con Toño Ciruelo y brindaba con él, con el demonio?, ¿era a causa de mi curiosidad de escritor, o era simplemente yo?, ¿también yo —me maldije— me encontraba sumido en su potestad?, ah, pensé, estoy acabado de corromper, peor que una puta (133-134).

Por todas las vilezas que Eri conoce de Ciruelo, también lo considera un tipo admirable. Físicamente imponente, es atractivo para las mujeres, es audaz, crea confianza en la gente, tiene un don para los idiomas, es un músico consumado, un fotógrafo talentoso, un líder nato. Pero el lenguaje a que más recurre Eri para describir su atractivo no es el de la amistad ni el de las relaciones entre pares, sino el del poder, la subyugación, el avasallamiento. Eri describe su deseo, en un momento, de romper su relación con Ciruelo:

me exasperaba, era una aversión que provenía del instinto —aunque me dejaba de ganarme su palabra viva, el mundo subterráneo que arrojaba, que en cualquier segundo te corrompía, íntima, ferozmente: el abismo de una maldad elemental pero avasallante; la inquina contra el mundo, amargura insoslayable, sexo y rebelión —que yo compartía, quién sabe por qué, la edad, supongo (61).

Aunque Ciruelo respetaba a Eri, “yo me hallaba a su merced: me subyugaban sus ocurrencias, sus actos públicos, sus ‘narraciones extraordinarias’, las incesantes hecatombes que a su lado nos sucedían” (64).

Es el poder casi de un encanto. De hecho, Eri también echa mano a la palabra “fascinar” para explicar el atractivo de Ciruelo, sobre todo para las mujeres. En una escena, Ángela, la hermana de Fito, está contándoles a Fito y Eri sobre el asalto sexual ocurrido en la calle minutos antes, cuando llega Ciruelo, a quien no conoce. “Ella levantó la cara mojada en lágrimas y se lo quedó mirando estupefacta, ¿quién era ese gigante?” (43). Ciruelo, enterado de lo sucedido, insiste en que los cuatro vuelvan al lugar del crimen para buscar al asaltante:

...y Ángela magnetizada nos llevó al sitio mismo, y todavía Ciruelo le pidió que nos repitiera cómo había ocurrido. En eso ella y él se observaron, escrutadores: ella fascinada contemplaba el rostro fascinado que la contemplaba, y una suerte de fortaleza proveniente del mismo Ciruelo la decidió: con rabia y terror nos repitió lo sucedido (44).

No me parece ocioso señalar que la palabra “fascinar” viene del verbo latino fascinare: encantar, embrujar, hechizar. (Tampoco lo es recordar que Ciruelo estudia la magia, el hipnotismo, la clarividencia, la telepatía y la prestidigitación.) Se trata de la rendición de la voluntad de uno a la potestad de otro.

También Ciruelo repele. Como mencioné, las mujeres no son indiferentes a sus encantos, pero la fascinación no les dura mucho. Las amigas de Eri que conocían a Ciruelo “eran atraídas de inmediato por él, pero no mucho después lo aborrecían” (64). En una escena que encapsula magníficamente este doble filo —atracción y repulsión— en torno a Ciruelo, Eri y él mismo están caminando detrás de tres muchachas en el centro de Bogotá, mirándolas con ganas:

se contoneaban provocadoras, intimidantes, ignorantes por completo de nuestro acecho. Los ojos de Ciruelo calcinaban, los vi como enterrados en las núbiles cervices: de pronto las tres se volvieron a nosotros en mitad de un solo grito, los brazos alzados como si se protegieran de algo o alguien invisible pero mucho más poderoso que ellas, como si un ala inmensa las rozara en el vello de las nucas, erizándolas, enrojeciéndolas (tenían las bocas abiertas), nunca olvidaré sus caras aterradas pero como asfixiadas de alegría, ¿realmente alegría?, hoy me pregunto: ¿telepatía?, sólo hoy tengo en cuenta los libros de hipnosis de Ciruelo, las muchachas echaron a huir como ciervas, un predador las husmeaba, cruzaron la calle, aladas: ya casi parecían elevarse alentadas por el susto (65).

Hemos visto que Fito logra salir de la órbita de Ciruelo. También Eri habla mucho de cómo lo aborrece (palabra que emplea reiteradas veces), de cuánto quiere resistir su poder de atracción. ¿Por qué es tan difícil? Creo que es debido a que, como dice Ciruelo, Eri es semejante a él —idéntico, según asevera—: “Eri, tú te pareces a mí... Por eso te quiero, Eri, eres idéntico a mí, amigo del alma” (88). Esto se lo dice justo después de que Ciruelo ha metido la cara debajo del trasero de una novia que se ha agachado a orinar en un matorral detrás de la iglesia donde ella (y todos los invitados) esperan al novio atrasado, y justo antes de que los hombres reunidos allí para la boda se encaren con Ciruelo, Eri y Fito y terminen correteándolos. (La escena toma lugar en el viaje que los tres hacen a Barranquilla en el colegio y que resulta ser decisivo en las vidas de los dos últimos.) Eri, por supuesto, rechaza la comparación.

Sin embargo, creo que, en últimas, Eri concede el punto. A pesar de referir la corrupción que Ciruelo suscita, también dice que Ciruelo es su Mefisto. Al mentar este personaje, Eri está reconociendo sus propias tendencias a la maldad. Recuerden que Mefisto no tienta ni corrompe, sino que cosecha las almas de los hombres ya condenados por sus propios actos y sentimientos. No busca a los inocentes sino a los culpables.

¿Y por qué es culpable Ciruelo y, por extensión, Eri y todos los hombres? La novela ensaya varias explicaciones de corte social, sin mucho entusiasmo. En su cuaderno, Ciruelo afirma: “Yo soy un fenómeno cultural, a mí me hicieron en el colegio” (244). También se refiere al abuso sexual al que él y otros muchachos fueron sometidos (aunque no lo reconocen como tal en el momento) por un cuidandero en una finca de recreo de sus padres. Pero en ninguna de estas instancias ofrece mayores detalles, y Eri, en las partes de la novela que narra, tampoco construye un argumento de tipo social que explique la conducta de Ciruelo. Por defecto, nos quedamos con la posibilidad de que sea una tendencia innata en todos los hombres pero que, afortunadamente, no se manifiesta muy a menudo, como sí le sucede a Ciruelo.

Claro que la novela también plantea que el daño que hacen los hombres es inmenso y tiene una dimensión social profundísima. Eri relata que conocidos suyos le cuentan, cual leyenda, la Exposición de dolor que Ciruelo organizó en un caserón del barrio Teusaquillo. Hasta que la Policía la clausuró, unos actores representaban las escenas más brutales de la humanidad, desde “la Conquista y Genocidio de América, las Cruzadas, el Holocausto, y aparecían, furtivos, espeluznantes, paseándose irrefutables, Hitler y Nerón, Napoleón y Alejandro Magno, Tiberio, Iván el Terrible, Gengis Kan...” (170-171). La lista de malhechores y horrores sigue y ocupa una página entera. En la última escena, Ciruelo, vestido de frac, violaba a una mujer. Y si hay alguna duda de la cualidad eterna del mal, el rótulo en el salón dedicado a las matanzas de bandoleros en Colombia lo despeja: “La época más aciaga de nuestra historia: todas las épocas” (166).

En cuanto a Ciruelo, él sí cree claramente, como consta en su cuaderno, que su verdadera vocación es y ha sido siempre la de un asesino. Pasaba años aguantando las ganas de matar a mujeres y muchachas. Las seguía, entablaba conversación, las fascinaba, pero en el último momento se alejaba, dejándolas ilesas. Sin embargo, seguía preso de sus deseos de matar. Así que ideó la fantasía de que, si lograba contemplar a un asesino en serie que en esa época andaba suelto por Bogotá y sus inmediaciones, acaso “iba a disuadirme de insistir” (249).

Acaba sucediendo todo lo contrario. Cuando por fin localiza al asesino, lo observa por entre las rendijas de su choza, abrazado a una muchacha muerta y llorando “de asquerosa felicidad” (251). Espantosamente. Lejos de sentir aversión, Ciruelo dice que la escena confirma su vocación de asesino. Desde ese momento se dedica a la caza de víctimas.

Vale destacar un detalle de esta escena. Ciruelo cuenta que el asesino fue detenido por la Policía y permaneció veinte minutos encerrado. “Concienzuda indagatoria, lo soltaron. En este país la Justicia colabora con los Monstruos y, ¿cómo no?, está en mano de Monstruos. La realidad a mi favor” (250). El impulso puede venir desde adentro, pero las condiciones sociales permiten que se exprese.

 


 

Se puede leer Toño Ciruelo como una sinfonía de la transgresión, modulada en una tonalidad carnavalesca. Lo carnavalesco celebra la transgresión, sobre todo por medio de convocar las crudas realidades corporales que la sociedad normalmente mantiene en su lugar, es decir, separadas o escondidas del resto de la vida, o cubiertas por un espeso manto de eufemismos. También implica una confusión o hasta subversión de categorías y estatus sociales, además del exceso y el desbordamiento.

Claro está que la transgresión más grave es matar. Pero Ciruelo no sólo mata, sino que literalmente come de las muertas. También tiene sexo (a la fuerza, aunque aparentemente consensual en algunos casos) con las víctimas antes de matarlas. La unión de estos tres hechos —feminicidio, canibalismo y sexo— convierte en grotescamente literal la metáfora sexual de la frase muy colombiana: “comerse a una mujer”.

Esta compenetración de categorías se ve también en la sexualización a la que Ciruelo somete a la misma tierra física. Cuando Ciruelo, Eri y Fito debaten adónde ir en su viaje de colegio (el destino resulta ser la costa caribeña), Ciruelo dice: “No importa... al norte o al sur la vulva de Colombia nos espera” (68). En el viaje, llegan a un pueblo que alberga la Gruta del Señor de la Danza. Eri describe la escena cuando encuentran la gruta:

Arriba nos asomamos a la Gruta.

—Una abertura en la tierra, ¿se fijan?, una hendidura, una rendija —dijo Ciruelo, parándose ante ella—: yo soy su falo —y apretaba su mano en la entrepierna como un desafío. Debajo de la gran cruz de madera, Fagua y yo imaginábamos el sexo femíneo inverosímil, de unos diez metros de ancho y veinte de largo (104).

Como se ve, Eri es susceptible a la sexualización de la Tierra. En otro momento, cuando viajan en tren, Fito roba una pistola a instancias de Ciruelo. Asustado, Eri la tira por la ventana. Ciruelo los obliga a los tres a bajar del tren para buscarla. La búsqueda impacta a Eri de la siguiente manera:

Me excitaba, me excitó profundamente buscar una pistola en la fronda, entre la hierba hirsuta, mis dedos debajo de la arena, en las raíces, en el nicho de los rieles, en la espina de los matorrales, en la pasmosa soledad de esa región sin nombre, cerca del mediodía, debajo de un sol letal.

Creí que en lugar de una pistola buscaba entre las matas una mujer desnuda: sentí que mi sexo despertaba, que palpitaba. Me aborrecí, por sentirlo. Pero si hubiese estado solo me masturbaría (72-73).

Hay también una dimensión transgresiva aún más allá de la sexualización de la tierra. Dado que es común referirse a la Madre Tierra, la atracción malsana de Ciruelo y Eri por la tierra se tiñe de incesto. No sería de extrañar que Rosero tuviera esta intención, pues Ciruelo tiene sexo con su propia hermana antes de la muerte de ella y ni siquiera intenta ocultárselo a Eri la única vez que éste lo visita en casa. Lo excesivo, en fin, es el punto.

Otros ejemplos de la transgresión y lo carnavalesco abundan (como cabría esperar). Cito uno más. Dentro de la Gruta, la gente congregada allí, todos lisiados, le rezan al Señor de la Danza. Éste y sus apóstoles aparecen pintados en una laja que supuestamente, setenta años atrás, encontraron tres niños. El descubrimiento del dibujo, y el hecho de que supuestamente se ha mantenido en estado perfecto todo ese tiempo, se consideran un milagro. Ciruelo observa el dibujo cuidadosamente, rasca una uña sobre su superficie, y anuncia que la pintura es acrílico fresco, así poniendo en entredicho su autenticidad y santidad. Sus palabras suscitan una reacción airada por parte de quienes estaban allí congregados. Ciruelo se enfrenta a ellos en una batalla campal con un gran —y exagerado— saldo de lisiados heridos, pero en últimas les toca a Ciruelo y sus amigos abandonar el recinto. Vale la pena también señalar que el supuesto dibujo sagrado es en sí carnavalesco porque su alegre escena, descrita de forma simpática por Eri, rompe totalmente con la solemnidad de la iconografía católica.

La transgresión y lo carnavalesco se unen a servicio de establecer desde el principio de la novela el dominio de Ciruelo sobre Eri. En la primera escena, los sonidos que Ciruelo emite mientras evacua su tripa, y el fuertísimo olor resultante, se apoderan del ambiente:

Y los ruidos más desgarradores se hicieron oír: las vías digestivas de Toño Ciruelo, mi conocido (nunca podré llamarle amigo [JS: afirmación que Eri contradice más adelante]), se volcaron sobre el techo y las paredes, inundaron los cimientos, rebasaron las ventanas, se adueñaron de este viejo barrio de Bogotá, lo remecieron, y después la ciudad entera cayó pulverizada: eran los ruidos de la carne de Toño, un terremoto más aterrador por lo íntimo, sus vísceras se rebelaban, su mundo de intestinos estallaba, y se apoderó del aire el olor horrible de su mierda humana, mucho más abominable que la del noble asno o perro o colibrí (13-14).

Del mismo modo, en la continuación de esa escena, hacia el final de la novela, se ve que Ciruelo todavía ejerce ese poder. Muere Ciruelo en la casa de Eri —o eso cree Eri. Siguiendo las instrucciones que Ciruelo previamente le ha dado, Eri saca el cadáver a la calle y corre a refugiarse otra vez en la casa. Observa por la ventana que un par de ladrones llegan a dividirse las pertenencias del difunto. Como es de esperarse a estas alturas, la escena se convierte en algo bufonesco y macabro: empiezan a pelearse por el botín y Ciruelo despierta (Eri especula sobre cómo es que Ciruelo sólo parecía muerto) y los mata. Luego Ciruelo pega su cara a la ventana y, antes de irse, le dice a Eri: “Ahí te dejo mi cuaderno, Eri, para que aprendas” (236).

Eri lee el cuaderno, como hemos visto. Con el tiempo, lo aleja porque “aborrecí su lectura” (269). No se explica a sí mismo por qué no lo destruyó, pero, “hice algo parecido: lo escondí hasta olvidar en dónde lo tenía escondido: ¿aversión?, ¿tristeza?, nunca logré averiguarlo” (269).

Cree que lo ha perdido, pero el día en que se pasa a otra casa lo encuentra y:

Lo leí. El invencible demonio me poseyó otra vez. Entonces corrí al barrio Egipto, en busca de Toño Ciruelo, pero ya no encontré su casa. En su lugar habían construido o estaban construyendo un siniestro edificio de apartamentos —de esos edificios bogotanos que siguen para siempre en obra negra (270).

Estas líneas, las últimas de la novela, evocan la inconclusión, como si Eri no pudiera ser un ser completo, íntegro, sin Ciruelo; es decir, sin toda la misoginia y violencia —la obra negra nunca terminada—que comparte Eri, su cómplice secreto.

Joel Streicker

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