
Al escribir nombramos cuanto deseamos alcanzar o tememos perder: seres, objetos o acontecimientos que acompañan nuestra existencia y le otorgan un sentido; nombramos las pérdidas del mundo y el mundo que idealizamos, nombramos el silencio, las heridas, el tiempo que nos arranca el tiempo de la vida, interrogantes que no conocen respuestas; nombramos lugares y fronteras sin perfiles geográficos definidos, espejos vacíos, distancias sin tiempo y sin medida, monedas que saldan deudas y condenas que certifican penas.
La vida se nombra a sí misma en cada desposesión, en cada pérdida, en cada despedida. Por definición somos casi un animal indeciso. Aun bajo la superficie de una cierta limpidez e integridad, y por más que nos justifiquemos a nosotros mismos intentando brindar al mundo que nos rodea la apariencia de algo sólido y consistente, existe un influjo perturbador cuyo despliegue nos desnuda como seres provisionales. No obstante este desconcierto, vamos transitando por una de las experiencias más audaces del ser humano: la capacidad de crear. La vida —se la llame sueño, pesadilla, ilusión o vergüenza, esplendor o miseria— se presenta como el más directo de los referentes sobre los que se construye el poema.
La búsqueda del poema, de esa palabra que creemos perdida, va nutriéndose de esos ingredientes vitales, existenciales, emocionales, sentimentales: la fugacidad de la vida, la soledad, la pasión amorosa, la muerte inevitable, el dolor, la invitación al goce.
Los escritores nos expresamos en una lengua perdida, fuera del lenguaje común, fragmentando así la naturaleza que nos es propia.
Muchas veces el olvido, la indiferencia, la ausencia, la exclusión, convierten al escritor en un estratega que construye la ciudad de la memoria con el cuerpo de la escritura.
Y esa memoria es una memoria hecha de secuencias de la vida.
Para que lo vivencial adquiera cuerpo hay que vencer el vacío.
El escritor que vive desgajado del mundo intelectual no es alguien que aborda su exilio como un tema más, sino que es un exiliado que, además, escribe. No debemos olvidar la angustia del poeta Ovidio, su vida personal y poética escindida por una lamentable e injusta condena al destierro. Para Ovidio escribir significaba un combate en el sueño, ese desnudo silencio que precede al acto creador; un testimonio desde el desierto en el que el poeta pronuncia lo indecible. Pero no sólo lo condenaron al exilio, sino que, además, lo privaron del uso de los elementos con que se materializa la escritura.
La poeticidad de un texto literario radica en el proceso alquímico de los elementos vitales como un símbolo revelador de la existencia concebida en su totalidad: vida y muerte, plenitud y vacío, gloria y condena.
Hölderlin, a través de Hiperión, interrogaba: “¿Para qué poetas en tiempos de indigencia?”, más precisamente, de indigencia espiritual. Y respondemos que hoy más que nunca se necesita de esa palabra que sea luz incesante sobre las grietas, una visible-audible palabra que nos libere en esa búsqueda inicial que puede rastrearse hasta los orígenes de la palabra escrita; es decir, desde la invocación a los dioses, el oráculo, el rito, la liturgia.
Timbres y ritmos del poema dan exacta cuenta de los movimientos del espíritu, que provocan en el lector otros movimientos sincrónicos, porque un poeta es una persona frente a su verdad. El poema, una música verbal, pero también una música de la sensación verbal.
“No forzar la voz” es uno de los principios fundamentales del poeta. Trampa, simulación, palabras grandilocuentes o raras, las palabras-alusión, o las palabras señuelos... No basta escribir Orfeo para que el poema aparezca... En absoluto: el poeta debe quedar solo y desnudo frente al poema si no quiere vestirlo de cenizas o perderlo en el rumor.
John Ashbery decía que la letra es sólo el espejo, el espejo y el sueño donde ella se ve; Juan-Jacobo Bajarlía agregaba: “La letra es también el exilio, el espejo del exilio en el que se ve a sí misma para buscar las raíces del abismo”. La poesía es un viaje donde la renuncia y el abandono de las cosas materiales conviven con la búsqueda de otros mundos posibles. Porque, como aseguraba Paul Éluard, “existen otros mundos, y están en este”.
Lautréamont expresaba: “Hay quien escribe para buscar el aplauso humano, por medio de las nobles cualidades del corazón que la imaginación inventa o que se pueden poseer. Yo, sin embargo, utilizo mi genialidad para pintar las delicias de la crueldad”.
La labor con más sentido ético, social, cultural y político que en definitiva podemos llevar a cabo es la de crear, inventar, generar poesía, construir historias, plasmar imágenes, transformarnos cada uno de nosotros en un activo generador de la expresión artística en nuestros territorios. Convertirnos en el ímpetu y la tormenta de los que daban cuenta Goethe y Rousseau. Hamann, un filósofo del siglo XVIII y quien elevó su crítica a la interpretación literal y racionalista de las Escrituras, decía que Dios no habría hablado a la humanidad en la Biblia apelando a la razón, sino que se habría manifestado por medio de imágenes y parábolas; por eso, la poesía es la lengua materna del género humano y su origen es divino. Escribir, entonces, debería ser un acto litúrgico y el poeta un intérprete de la creación pura.
La creación, la naturaleza misma, actúa y se revela mediante los sentidos y las pasiones, y los sentidos y las pasiones hablan en imágenes y no entienden otra cosa que imágenes. Las imágenes y parábolas, la interpretación imaginativa de la creación del mundo y de la naturaleza, contienen más verdades que todas las teorías ilustradas.
Escribir no consiste en una mera imitación de modelos literarios, ya que la historia no se detiene, sino que se transforma, precisamente, porque está viva. Cada pueblo, cada época crea su propio lenguaje y con él edifica la reconstrucción de su realidad.
Alejandra Pizarnik, a manera de paradigma, expresaba acerca del acto de escribir: “Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir”.
El mundo es silencio y el lenguaje su representación; nosotros lo forzamos a hablar. Convertimos ese silencio en discurso. El mundo sustituido por una voz o un texto, descifrando el sentido oculto que se esconde detrás del sentido aparente. Es ahí donde el escritor ofrece su palabra para el sacrificio del que hablaba Alejandra. Transformados en tormenta e ímpetu, la letra, el poema, son el conjuro eficaz y la derrota perfectamente admisible que se pueden aplicar al olvido y la indiferencia.
Todo escritor participa de la activa construcción sobre el pasado, no como el relator de una crónica de acontecimientos habituales, sino como testigo de este presente, donde su voz poética desarticula la sintaxis tradicional de la lengua para poder encontrar un discurso posible, ya que si se trata de traer al lenguaje un acontecimiento ficticio o real, la poesía ofrece la única salida ante el empobrecimiento que la metafísica de la subjetividad ha provocado en la capacidad expresiva del lenguaje.
Sólo la poesía es capaz de exponer un hecho real en todos sus pormenores, la sucesión de los pensamientos y de los movimientos del alma, el desarrollo y el conflicto de las pasiones y la total trayectoria de un acontecimiento. Pero no se limita a reflejar lo dado creando lenguajes exactos al servicio de una precisión científica.
Sin el lenguaje no hay conocimiento, ya que éste permite que algo se encarne en una forma expresiva preaugurada. El lenguaje es el mediador entre el mundo sensible y el mundo poético.
La poesía se instala así en una jerarquía extraordinaria, por ser la única de las artes inmediata al alma; es la música del alma, es la que afecta al sentido interior, no sólo al ojo externo de quien observa y escribe.
Ciertas experiencias cotidianas nos exhiben como seres indefensos ante un silencio que el poeta asume como propio cuando se enfrenta a la tensa experiencia de esa crueldad que nos aproxima a las zonas de banalización de la vida, al feroz espectáculo de la descomposición social.
En un mundo que actualmente sobredimensiona el éxito, el poder y la fama, el poeta es el único que se atreve a denunciar el enfermizo estado de indefensión en que nos encontramos.
Por eso el poeta, muchas veces condenado al silencio y a permanecer en la oscuridad del autoexilio, lúcido en medio de la vorágine humana, de la confusión emocional, de la desesperación y del horror, construye un espacio propio que es el de la escritura frente a las estructuras del drama urbano, y provoca el cuestionamiento de ese espacio de sociabilidad en una sociedad que ya perdió la capacidad de mirar de frente sus propios sentimientos.
Entonces, la escritura es la verdad en obra, reflejo del caos, de la salvaje farsa, del desgarrador circuito vital de una sociedad alienada que sólo la justicia poética del que escribe, con mirada impiadosa, es capaz de exorcizar.
Pero, aun sabiendo que la escritura es sólo un ejercicio de salvación personal, que tiene como fin irremediable la destrucción o el olvido, creo que escribimos para nosotros mismos, para resucitarnos cotidianamente ungidos con la inútil y estéril vanidad de la palabra, haciendo del poema “la nieve que cubre y purifica, la luz que ilumina hacia el corazón de la rosa única. La que nos hace —junto con los ángeles— sostener el mundo”.
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