
También le concierne al silencio nombrar.
Durante siglos, el hombre ha usado imágenes de la naturaleza como símbolo de poder y para representarse a sí mismo a través de la asimilación de las características de fuerzas cósmicas y del alma animal y vegetal. La concepción del anima mundi palpita en estos vínculos vivos, cuya vitalidad el arte y la literatura han sabido expresar. Los grandes accidentes naturales, los animales y las plantas, han sido y son grandes fuentes de identificación para el yo. Símbolos universales —el sol, la luna, las estrellas, el relámpago, la montaña, el mar, el río, la isla, desde el león hasta los pájaros, las flores y los árboles— han dado rostro a emociones, ideas y apodos de lo humano. Luego, esta convivencia e identificación entre naturaleza y hombre se trasladó a lo urbano: el castillo, la catedral, la iglesia, el rascacielos y el obelisco, la ciudad misma, se sumaron (al igual que, más recientemente, imágenes tecnológicas) a este sistema de identificación simbólica y metafórica que sustenta el habla cotidiana y artística.
En las Metamorfosis de Ovidio, el ser humano retrocede por intervención divina —desde el punto de vista evolutivo y no según el nuevo paradigma de la ecología profunda— y es convertido en especie de la fauna o la flora. El libro nos cuenta, así, el origen mítico de ciertos animales y plantas. El laurel, el ciprés, el árbol de mirra, el álamo. Ellos dan permanencia a trágicas historias humanas cruzadas por el encuentro con entes divinos. La historia de Dafne y Apolo es una de las historias más representadas en el arte y la literatura.
Esa Dafne convertida en laurel ha pervivido a través de los siglos, quizás manteniendo intacto el horror ante su destino. La transformación en árbol le permitió evadir la violencia de un deseo que pretendía imponerse; sin embargo, esta historia no es la única que ha mostrado ese vínculo entre lo femenino y el árbol, nudo siempre marcado por el dolor. Ovidio también nos cuenta sobre Filemón y Baucis, quienes rogaron a Zeus que los dejara permanecer siempre juntos, y cumpliendo sus deseos los convirtió en árboles, en un tilo y un roble. De esta manera, a través de estos relatos no sólo se cuenta el sino trágico y doloroso, también habla el amor.

Savia renuente
Eglantina Durrego Herrera
Poesía
Rubiano Ediciones
Valencia (Venezuela), 2025
ISBN: 978-9801869146
88 páginas
Y este vínculo entre el árbol y emociones como el dolor y el amor lo encuentro hoy en Savia renuente de Eglantina Durrego Herrera. Su mirada y su palabra poética han cristalizado la representación del eros femenino en el árbol; así, emprende la exploración de algunos procesos vitales que revelan la vida que habita en ese ser enraizado. Su sensibilidad poética la lleva a escoger la savia, dotada del mismo poder que la sangre, para titular este, su segundo libro, y anunciar sin equívocos la construcción de un ámbito vegetal que le permite comunicar las alegrías y los padecimientos vividos en el trato íntimo con el otro y en la conformación de su identidad como mujer.
Lo primero que me pregunto y ustedes, lectores, seguramente también lo harán: ¿puede una savia ser renuente? ¿Puede rechazar ser savia, ser sangre vegetal, ser lo que es? La savia es savia y no puede ser otra cosa, conduce la vida en el interior del árbol, de la planta, es la manifestación del poder y de la armonía de la vida. Pero la negación de ese camino vital se vincula a la emoción humana. El yo que cuestiona su condición natural o su cuerpo o el hecho de estar vivo, se rechaza a sí mismo y esto se relaciona con lo renuente: la falta de disposición, la resistencia a ser. El título, entonces, nos anuncia un conflicto. Una pugna profunda que se revelará a través de poemas breves de lenguaje depurado y de silencios, silencios que penetran incluso las palabras e imponen separaciones entre cada letra. Este conflicto se ha puesto en la imagen del árbol para poder elaborar, quizás, una solución, o encontrar sosiego en el reconocimiento del conflicto.
Símbolo universal de múltiples sentidos, el árbol ha venido a sustentar el decir de este esperado libro. La elección de este símbolo me revela dos vínculos: la fuerza y la conexión con la tierra y con el cielo que representan las raíces que se hunden y el follaje que busca lo alto y la luz. El espécimen escogido me informa del arraigo a la tierra donde ha nacido. El samán. Su copa protectora, la fuerza de su tronco, la calidad de la madera: allí se eleva la voz de la poeta y se expande como esa copa inmensa que permite identificar en el camino al samán en medio del follaje.
Que la hoja y no la flor —imagen y símbolo que atraviesa siglos sin marchitarse— sea elemento protagónico en el mundo vegetal que funda Eglantina en este poemario habla de una actitud nutritiva y amorosa ante la vida. En la hoja se aprecian fenómenos que tienen que ver con el estado interior del árbol y la planta, y en ella se cumplen procesos vitales como la fotosíntesis.
El hecho de que el árbol dependa de la luz y el agua para sobrevivir, también permite comprender que Savia renuente se estructure en dos partes: “Rocío” (38 poemas) y “Lluvia” (27 poemas), y la diferencia numérica me indica que esta división responde más a la atmósfera de los poemas que a un plan previo de escritura. Y, con toda intención, he escrito “atmósfera” porque tanto el rocío como la lluvia dependen de ella. Así, hay humedad en el paisaje íntimo que dibujan estos poemas. Lo húmedo se asimila a lo nocturno y a lo femenino en el régimen de la imagen (Durand). Cada verso aquí escrito es expresión del eros y el deseo, también de la herida del desamor. Ya en su primer libro, Primera piel, se había manifestado una intención erótica, y aquí prosigue ese camino. Ahora explora un ámbito, un recodo que expresa a través de una elaboración más reposada y sugerente, también se muestra más inquisidora y cuestionadora del yo y de sus motivaciones y dolores.
No hay un acercamiento superficial ni contemplativo de la figura del árbol; se adentra en sus procesos interiores: su circulación, su condición botánica; por ello aparecen como metáforas el injerto (“tengo miedo de los injertos”) y la gutación1 —término joven de la botánica, datado por primera vez en 1952, que se refiere a “un goteo de savia por las puntas de las hojas”, un proceso que sufren las plantas por exceso de humedad. Esto me revela una vivencia profunda de la identificación con esta imagen ancestral y mítica. El injerto no deja de contener violencia, la gutación habla de lo desbordado. A esto se suma reconocer que “no es fácil ser una hoja”, poniéndose al margen de las flores y los frutos. Estos indicios no dejan dudas acerca de una conexión herida con el eros, aunque no impide la vivencia y la intensidad del deseo, la posibilidad de la reparación; por ello, destaco este poema:
como el corazón del carbón
empiezo a crecer
............tu cuidado fertiliza mi deseo
............torrentes de gutación
............gotas de dimensiones inesperadas
De esta manera, Savia renuente se ofrece como un camino para dialogar con el deseo propio, con la herida. Cada verso que Eglantina Durrego Herrera ha escrito en este libro ofrenda fertilidad, belleza y una sombra que protege a pesar de la intemperie y la desolación que también sostienen sus palabras. Si bien en los poemas iniciales leemos: “soy una canción sin cantar / la promesa de un árbol”, al finalizar el libro escuchamos una alta y sonora canción: vemos al árbol ya no como posibilidad sino como un pleno ser que concede su sombra.
- Nombrarse árbol
(prólogo de Savia renuente, de Eglantina Durrego Herrera) - miércoles 12 de noviembre de 2025 - temples - viernes 2 de octubre de 2015
Notas
- Gutación. Real Academia Española: Diccionario histórico de la lengua española, 8ª entrega (marzo de 2020). Versión del 25/06/2025. Consultado el 2 de agosto de 2025.


