
Río Muerto, la novela del colombiano Ricardo Silva Romero, abarca un buen rango de temas en sus 156 páginas: explora y denuncia la violencia, afirma la vida y defiende la democracia. Al mismo tiempo, enraíza la narrativa en la historia de Colombia, da pistas a través del manejo de los nombres de los personajes, ofrece reflexiones sobre la religión y usa la música para iluminar a los personajes e impulsar la trama. Si mucho abarca, es cierto que también mucho aprieta.
La premisa de la novela es desgarradora. Abre con el asesinato de un señor mudo, Salomón Palacios, en la puerta de su casa en las afueras del pueblito de Belén del Chamí en el departamento del Chocó, cerca de la frontera con el departamento de Antioquia, en enero de 1992. El narrador nos informa que el pueblo fue establecido por refugiados liberales (es decir, adherentes al Partido Liberal) que en los años 40 huyeron de los departamentos del Tolima y del Huila a causa de la violencia que sufrían a manos de las bandas conservadoras (es decir, adherentes del Partido Conservador) y de la persecución que les hacía la Iglesia católica. Esa época, de 1948 a 1958, es conocida en Colombia como La Violencia.
Con el tiempo, se les iban juntando negros e indígenas emberá de la zona. En 1975, el grupo guerrillero Frente 99 se apoderó del pueblo y ejerció un control férreo, violento y puritano. En 1991, el Bloque Fénix, un grupo paramilitar bajo el mando del llamado comandante Triple Equis, se tomó la comarca (al igual que el coronel Aureliano Buendía, cada mención del seudónimo Triple Equis viene acompañada de su rango paramilitar).

Río Muerto
Ricardo Silva Romero
Novela
World Editions
Nueva York (Estados Unidos), 2025
ISBN: 978-1642861457
176 páginas
Son precisamente unos soldados del Bloque Fénix quienes matan a Salomón. Es un destino que él anticipaba. Se dedicaba a hacer trasteos y sabía que había cometido el error, desde la perspectiva del Bloque, de hacerle la mudanza a un simpatizante de los guerrilleros que se escapaba de la zona. Su gran defecto es haber tratado a todo el mundo, sin distingos, con la misma cordialidad y el mismo respeto.
Le sobreviven su mujer, Hipólita, y dos hijos, Maximiliano, de doce años, y Segundo, de ocho. El duelo de Hipólita es tan profundo que pasa semanas sin salir de casa y casi sin levantarse de la cama. Por fin, a los cuarenta días, sale de su atolladero sólo para meterse en otro de mayor envergadura. Decide que no puede vivir sin Salomón y fragua un plan tan brillante como descabellado. Como no quiere suicidarse, porque es pecado, va a hacer que los asesinos de Salomón la maten a ella, y de paso a sus hijos. Va a decirles unas cuantas verdades a los matones y a los del pueblo que son cómplices de esa muerte y de tantas otras que el pueblo ha venido padeciendo. Los blancos principales de su ira son, en este orden, los vecinos que les brindaron café a los asesinos antes de que cometieran la fechoría; Lizardo Sarria, el único agente de policía del pueblo; Juvenal Becerra, el pastor de la Iglesia Pentecostalista del Espíritu Santo, y el comandante Triple Equis. El resto de la novela trata sobre ese plan.
Al morirse, Salomón se convierte en espanto que hace todo lo posible por velar por su familia. Es una ausencia sumamente presente: la perspectiva de la narrativa alterna entre él, Hipólita, Max y Segundo, con breves desvíos para entrar en la cabeza de Polonia, una vecina bruja, a quien Salomón trata de convencer de que les lleve su mensaje a Hipólita y a los hijos. También incide la perspectiva del narrador quien, como el prólogo nos informa, es el mismo Silva Romero.
La novela tiene sus fallas, que se pueden resumir en una sola: la trama avanza a paso muy lento. Es como si Silva Romero hubiera elegido alargar la acción para crear tensión dramática, porque no confiaba en que la historia tuviera interés intrínseco (sí lo tiene: lo que está en riesgo es nada más ni nada menos que la vida). Infortunadamente, ese efecto logra lo contrario. En parte, es porque la información se reitera en todo momento. También por la manía de los personajes de formularse retahílas de preguntas en su interior, lo que entorpece la acción. Un ejemplo bastará: Segundo se hace a sí mismo ocho preguntas en una escena clave sobre el final del libro, cuando este lector clamaba por que la acción siguiera.
Pero es notable que por lo menos una vez las preguntas retóricas acierten. Poco después de anunciar a los hijos que “ahora en un rato vamos al pueblo a que nos maten” (57), Hipólita riza el rizo de su plan:
No. No iban a perderse nada. ¿Qué?: ¿el amor?, ¿el matrimonio?, ¿la dicha?, ¿la paternidad?, ¿la calentura?, ¿la ñoña?, ¿la vergadera?, ¿el ñereje?, ¿la pirigalla?, ¿la fiebre?, ¿el miedo?, ¿el insomnio?, ¿el misterio?, ¿el suspenso?, ¿el arroz con longaniza?, ¿el encocado?, ¿el pargo rojo?, ¿el chontaduro con limón?, ¿el arrepentimiento?, ¿la pesadez?, ¿la melancolía?, ¿la nostalgia?, ¿la incertidumbre?, ¿la desilusión?, ¿la frustración?, ¿el huracán?, ¿los cuernos?, ¿las deudas?, ¿el Mundial del 94?, ¿la humedad?, ¿el río? Pa’ qué todo eso. Pa’ qué nada. Si iban a librarse, como los ángeles, de las manchas y de las enfermedades. E iban a llegar de una vez, sin polvaredas y sin resbalones, al sitio en el que los hombres y los animales son felices: lo que hay detrás de esto (61).
Esta enumeración de emociones, placeres y problemas humanos es un excelente resumen de las experiencias variadas de la vida. Como lector, me hizo apreciar qué variopinta y rica es la vida, y agudizó mi pesar por el hecho de que Hipólita quisiera acabar con la suya y la de sus hijos.
Los hijos, que no se quieren morir, buscan la forma de evitar que los maten. El autor usa estos intentos de desviar la voluntad de la madre para mostrarnos el amor que sienten por ella y que ella tiene por ellos. Los tres también manifiestan su amor por Salomón, más que todo por medio de monólogos interiores.
No es que estos personajes principales sean perfectos. Al contrario, es claro que cada uno tiene sus defectos, pero son más notables sus cualidades positivas y el retrato redondeado los hace más verosímiles, es decir, más humanos. Salomón tenía un amorío con la vecina, pero es, como he notado, respetuoso e igualitario en su trato con los demás. Hipólita es, a veces, brusca e intensa, pero también es honesta, respetada por los demás y tenaz en la persecución de sus metas. Max trata mal a su hermano menor a veces, tanto física como emocionalmente, pero es también muy emprendedor y práctico. Segundo es temeroso, retraído y rezandero, pero también considerado y, como la trama revela, tiene una apreciable fuerza interior. Sobre todo, estos cuatro se quieren, aunque a veces les cuesta mostrarlo.
Lamentablemente, los personajes secundarios no reciben la misma consideración por parte del autor. Aunque Silva Romero intenta mostrar sus vulnerabilidades, éstas son más bien escuetas y no alcanzan a sumarles mucha simpatía. Son horribles, cada uno a su manera.
El policía Lizardo Sarria es corrupto y ventajoso; es un abusador de personas y bienes ajenos, y cómplice de los paramilitares asesinos. De hecho, Hipólita está convencida de que es él quien deslizó bajo la puerta de su casa el papelito con una amenaza del Bloque justo esa madrugada. Hasta en su físico es repugnante. Cuando se nos presenta por primera vez, el narrador dice de él: “...su vocecita aguda y su cabello grueso peinado con gel y sus manos morcilludas y su fundillo pesado y su tamaño de niño —un metro y cincuenta y cinco centímetros— lo convertían en un monstruo escalofriante” (74).
En la escena en que Hipólita, acompañada de sus hijos, se enfrenta a él en una panadería, el narrador lo describe así:
Siempre, desde la primera vez que apareció por Belén del Chamí, el engominado agente Lizardo Sarria había tenido cara de marrano, pero en esa mesa de aluminio, forrado en un uniforme que le quedaba justo, sí que se veía como un monstruo con fosas de jabalí que no lograba estarse quieto. Sólo sabía gritar con su vocecita de niño: era eso. No podía echar a andar una conversación que no fuera un interrogatorio humillante. No podía concentrarse más de cinco minutos ni tenía idea de ser humano. Fingía que estaba escuchando, pues de nada le había servido, cuando niño, perder el tiempo en lo que le estaban diciendo. Y entonces se veía frágil, nervioso, más repugnante que nunca, pobre, rascándose las fosas con la palma de la mano, tratando de caerle bien a Hipólita (80-81).
Más adelante, el narrador lo describe como una “bestia acorralada” (85).
Hipólita le da su merecido. Le dice sin preámbulos: “Que con todo respeto yo siempre he sabido que el enemigo es usted” (82), y “Con todo respeto: nadie aquí se lo va a decir, porque nadie aquí quiere matarse, pero usted no va a morirse de viejo” (84), y “Pa’ qué seguir enumerándole las porquerías cuando yo sé que Dios va a cobrárselas una por una” (86).
Las acusaciones enfurecen a Sarria y parece que le va a pegar un tiro a la mujer. Afortunadamente, los demás comensales de la panadería lo impiden. Hipólita y sus hijos salen a la plaza y entran a la iglesia regida por el pastor Juvenal Becerra (por lo visto, la suya es la única del pueblo).
Las descripciones físicas de Becerra también son poco halagadoras: “Se veía enorme pero sin aliento, como un buey negro y sudoroso” (96). Es de “barriga pomposa” (97) y se le compara con un hipopótamo.
Becerra es abusador de niños y niñas y de adultos y adultas, borracho, drogadicto y cómplice de los paramilitares. Se destaca por haberse acomodado al reino de los paramilitares. En el sermón que presenciamos, le pide a la congregación que sea compasiva con el comandante Triple Equis, “que muchas veces había errado como erramos todos y se arrepentía de uno que otro arrebato y era bueno para olvidar sus locuras” (96) (en realidad, se olvida porque tiene un problema físico que le ha afectado la memoria).
Sigue, retomando un punto de un sermón anterior:
que no entendieran la resignación como una derrota, sino como una virtud que tan pocos tienen, pero hoy quiero aclararles... que lo que he estado diciéndoles desde hace años es que incluso aquí mismo en la guerra hay que conservar la cordura... porque Dios santo bendito nos pone en los lugares que tenemos que querer (99).
Como parte de la ceremonia, se apartan del resto de la congregación unas personas “miserables”, “infelices” (102), para que el pastor explique que sus desgracias son una lección que les ofrece Dios. En esta ocasión, los “miserables” son una mujer reducida a una silla de ruedas por el abuso físico de su marido, un soldado de las fuerzas armadas nacionales que perdió las piernas, y una mujer violada por los guerrilleros cuando niña. En medio de este acto grotesco, le pide a Hipólita que dé testimonio. Lo que espera es que la mujer le dé “las gracias [a Dios] por todo lo sufrido” (103).
Cuando el pastor le pasa el micrófono a Hipólita, ella se echa un discurso que él no podía haber anticipado:
Pero más que todo sé que a Salomón lo mataron como lo mataron para decirnos a todos que nos quedemos callados, que esto ya no es de los malnacidos de los dueños de antes y las leyes cambiaron, pero también para quedarse con la tierra nuestra porque estos hijos de puta lo único que quieren es todo... yo sé que el señor agente se enteró por el enfermero borracho de que el enterrador nos dio la mano [y por eso fue asesinado posteriormente] y que el soldado del ejército se fue a hacer un mandado a San Isidro justo cuando estaba sabiéndose de nuestra noticia y que el pastor aquí presente lo único que hizo en estas semanas fue mandarnos saludos de Dios y de él porque nadie se ha acomodado mejor al reino de estos asesinos (106).
También acusa al pastor de comprar tierras en sociedad con el comandante Triple Equis, de abusar sexualmente de las mujeres de su congregación y de estar involucrado en el asesinato de Salomón. Aunque algunos feligreses quieren oír más, la mayoría están enfurecidos con ella. Tras una gritería acalorada, los guardias del pastor los sacan a ella y a sus hijos del templo antes de que alguien los agreda.
Al salir a la plaza, se topan con el comandante. Como el de Sarria y de Becerra, su físico es desagradable: es bajito, de coronilla calva, con “cejas pobladas y despeinadas” y tiene “un hilito de voz: tenía un tapón crónico en el oído medio y baja capacidad pulmonar y afectación de las cuerdas vocales” (111). A diferencia de Sarria y Becerra, puede que sus discapacidades físicas susciten un mínimo de simpatía.
Polonia llega en ese momento. El espanto la visitó y la instó a que le dijera a Hipólita que hiciera caso a Salomón: que se fueran ya del pueblo. El difunto Salomón quiere que vivan, aunque lejos de Belén del Chamí. A pesar de sus gritos, y de que la plaza está llena de gente, le hace caso a la bruja.
Hipólita exige que los paramilitares los maten: “¡Mátennos a todos de una vez!... ¡Dejen de andar matando a escondidas como si nadie supiera quiénes son!” (120). En vez de cumplir con lo que les piden, el comandante manda a su gente a llevarlos al campamento que han levantado fuera del pueblo. Mientras llevan a la familia a rastras, Segundo logra oír a Polonia y se lo transmite a su mamá, pero Hipólita lo ignora.
Una vez en el campamento, el comandante Triple Equis le habla a la familia en pleno: él con mucho gusto complacerá el deseo de matarlos a todos, pero si uno de los hijos no quiere morir, y está dispuesto a rogarle que le perdone la vida, él lo complacerá. Le encanta el poder de doblegar a los demás. Les da a Max y Segundo siete minutos para decidir y, mientras tanto, a órdenes suyas, se llevan a Hipólita para afuera.
Con los minutos a punto de agotarse, Max le dice a su hermano que no quiere morir. Segundo responde que no quiere vivir si su mamá muere. Max empieza a llorar: no quiere vivir solo si matan a su hermano y a su mamá. Afuera se oye a Hipólita gritando por sus hijos. El comandante Triple Equis manda a que abran la puerta del edificio en que están para que la mujer los vea. Max aprovecha el momento para agarrar unas tijeras dejadas por allí, y le corta la mano al comandante. Antes de que el niño pueda darle “el siguiente zarpazo”, Hipólita se pone en medio “para que su hijo no se le volviera otro asesino” (139).
En ese momento, cuando parece que el comandante Triple Equis va a matar a Hipólita y a Max, Segundo ruega que les perdone la vida. Recordando el mensaje que trajo Polonia, dice que el papá manda a decir que Hipólita haga caso. Para Hipólita, es como si se rompiera un encanto. Se pone a pensar en cómo fue que Salomón le ganó el corazón:
Poco a poco empezó a quererle todo: que temblara cuando se reía, que se escribiera esas parrafadas en el bloc de hojas amarillas porque tenía que contarle alguna cosa que había visto, que la despertara siempre a la misma hora acariciándole la cabeza, que se encogiera de hombros cuando ella le gritaba que estaba cansada de recogerle el desorden, que se le fueran las madrugadas de los sábados haciéndoles favores a los conchudos y a los garranchos, que llevara a los hijos él solo a las ferias del pueblo para dejarla descansar, que se levantara, que se levantara primero que los demás a afeitarse con la única navaja que le había conocido, que se la pasara llevando el ritmo “ya llega la mujer que yo más quiero por la que me desespero y hasta pierdo la cabeza” [estas frases son de la canción “La creciente”], que se fumara uno después de otro como reconociéndose débil, que le escribiera “haga caso” sin esperar que lo hiciera (141).
Otra vez, el narrador ha presentado una lista que nos recuerda que la vida está compuesta de esta clase de vivencias íntimas, cotidianas y compartidas.
Esto es un claro contraste con la soledad del comandante Triple Equis, la única característica que humaniza al personaje. Mientras les habla a los niños acerca de su decisión de vivir o no, les dice: “Y ocurre en la vida que uno se la pasa pensando que no va a poder solo... y luego empieza a darse cuenta de que solo es que ha estado desde que nació” (135). Enumera las desgracias que ha padecido: la muerte de su hermano en el río, la desaparición o huida de su madre, la muerte de su padre. Concluye: “Uno es solo” (135).
Además de una afirmación de la vida, la novela propone una defensa de la democracia. No me refiero solamente a su condena al paramilitarismo y la complicidad y la corrupción de los agentes del Estado, sino al motivo del asesinato de Salomón: lo mataron en parte —y eso lo creen él y algunos del pueblo— porque trataba a todo el mundo igual, sin importarle su posición social ni adherencias ideológicas (el otro motivo fue apoderarse de sus tierras).
También interpreto el intento por parte del autor de entender a todos los personajes, incluso a los villanos, como un acto de democracia. En una entrevista, Silva Romero ha dicho algo similar. Notando que el temor a los escritores se ha vuelto común, lo vincula con el hecho de que la ficción:
permite entender a los demás, vengan de donde vengan, lo cual hace cada vez más difícil la militancia detrás del caudillo de turno, en oposición a la militancia de la democracia, que supone el reconocimiento y la tolerancia de las posiciones contrarias a las propias, por más exasperantes que sean. A mí me exasperan las posiciones de derecha, me molestan, pero, en el caso de la ficción, uno se descubre del lado del Padrino, por ejemplo, del lado de una gente salvaje y brutal, pero uno saca algo de entender qué es lo que hay en la cabeza de esas personas, de algo le sirve para volver a la realidad a convivir.1
Como dije arriba, no creo que el intento de entender a los antagonistas de Río Muerto sea del todo exitoso. Sin embargo, el esfuerzo es valioso y valiente.
La historia de Colombia está muy presente en el libro. Un breve prólogo nos informa que Silva Romero y un compañero de viaje, en medio de un trancón en la entrada a Bogotá en 2017, hablaban del plebiscito de 2016. Su compañero dijo que había votado No al acuerdo de paz entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas, “porque voté en contra de todos los verdugos”. Silva Romero dijo que él votó por el Sí “por las mismas razones por las que él había votado en contra” (7). Entonces, el hombre le contó la historia que queda plasmada en Río Muerto y le pidió a Silva Romero que contara esa historia en una novela, con los nombres cambiados. Al principio, yo creía que todo esto había sido un truco narrativo del autor para prestarle más verisimilitud a la novela, pero en entrevistas Silva Romero asevera que “los hechos principales son como son”.2
Con pulso seguro, el autor sitúa la narrativa en un contexto histórico y geográfico muy preciso. Los fundadores de Belén del Chamí, como he dicho, huyeron de los ataques de las bandas conservadoras del Tolima y del Huila durante La Violencia, asentando su nuevo hogar en un sitio bien apartado. Pero lo remoto no los pone a salvo del bandolerismo, las guerrillas y el paramilitarismo que siguieron después del fin formal de La Violencia en 1958.
Detengámonos un momento sobre algunos de los nombres en la novela. No es de extrañar que Silva Romero mencione en el prólogo que los cambió, tal como se le pidió. Seguro que fue para proteger la privacidad de los que vivieron esa historia y, en el caso de los que aún viven, la seguridad. Esto abre campo para que el autor pueda jugar con ellos. Y les saca el jugo: muchos son significativos y significantes.
Quizá reconociendo sutilmente el carácter fratricida de La Violencia, y luego las violencias que la siguieron, Silva Romero nos cuenta que el nombre del comandante Triple Equis es José Gregorio Saldarriaga. Es muy probable que Saldarriaga sea antioqueño: Saldarriaga es un apellido antioqueño y el narrador dice que el comandante es del interior del país. Muchos tolimenses son de descendencia antioqueña, productos de la colonización de migrantes de Antioquia que empezó en la segunda mitad del siglo XIX. Así que Saldarriaga y los habitantes (blancos; los negros y los emberá ya estaban allá) son, en el sentido amplio, primos.
Vale la pena comentar sobre los dos nombres de Saldarriaga: José Gregorio. El referente más común en Colombia de esos nombres es José Gregorio Hernández, el médico venezolano de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX que se convirtió en santo popular después de su muerte. Las causas de su devoción son sus facultades como sanador de los pobres y su fe católica. En 2025, la Iglesia católica lo canonizó.
Así que los nombres y el apellido del villano de la novela encierran cierta tendencia hacia la fraternidad —y al fratricidio— y la curación.
Es lógico que el muerto se llame Salomón porque la novela insiste en lo idóneo que es su trato con la gente; bien merece su nombre de rey sabio de la Biblia. El hecho de que se apellide Palacios parece un guiño de ojo del autor: la Sonora Palacios, una agrupación chilena, grabó la canción “El Río Muerto” en 1978. Es de corte tropical y romántico, y evoca en su letra los ríos del Caribe colombiano.
El nombre Hipólita es un poco más recóndito. En la mitología griega, es hija del dios de la guerra, Ares, y de Otrera, la reina de las amazonas. Aunque hay muchas historias acerca de ella, lo más importante para nuestros propósitos —y, sostengo, para los de Silva Romero— es que Ares le dio a Hipólita su cinturón de la guerra. En El sueño de una noche de verano, de Shakespeare, Hipólita hace la paz entre Atenas y las amazonas después de una guerra de cuatro meses, y posteriormente se casa con Teseo.
En la novela, Hipólita se arma del fusil, la camisa y el cinturón de Salomón cuando sale a enfrentar a los responsables y los cómplices de su muerte (los guardias de Becerra le quitan el fusil). Ella está en pie de guerra, pero al final no consigue lo que se ha propuesto. Aunque tampoco logra hacer la paz, por lo menos evita que ella y sus hijos acaben asesinados; huyen a otra parte para comenzar sus vidas de nuevo.
Maximiliano, el hijo mayor, es el hermano más fuerte y está siempre matoneando al menor, el aptamente llamado Segundo. El autor también nos pica el ojo con la brevísima aparición de Eulogio Ibargüen, el secretario del centro municipal, que es el primer feligrés que responde a las palabras de Hipólita en la iglesia. El hombre, cuyo nombre quiere decir “el que habla bien”, grita: “¡Cállate, vieja Hipólita, esa boca sucia, que te estás pasando! ¡No más! ¡Cierra el pico que te vas a condenar!” (109).
Nótese la ironía del nombre “Bloque Fénix”. Si bien los paramilitares creen que están restableciendo el orden y la justicia contribuyendo al renacimiento de la patria, es claro que desde la perspectiva de la novela lo único que hacen es prolongar la agonía del pueblo con sus asesinatos, despojos y demás abusos.
Imagino que el autor escogió para el agente Sarria ese nombre tan poco común, Lizardo, por su resonancia con el vocablo inglés lizard, que significa lagarto —lo cual en Colombia describe a una persona que busca congraciarse con los que detentan el poder (Silva Romero tendrá buen conocimiento del inglés, a juzgar por la biografía de Woody Allen que escribió). Además, los lagartos no son animales con los cuales la gente, en general, se identifica.
También hay una referencia solapada a un bandolero liberal de principios de los años sesenta. Conrado Salazar, alias Zarpazo, se mantuvo activo en la zona de la colonización antioqueña de la cual, como vimos, migró el grueso de los habitantes de Belén del Chamí. Cuando Hipólita se pone entre Max y el comandante, agarra la mano de aquél “cuando el niño iba a dar el siguiente zarpazo” (139) con las tijeras. La elección de esa palabra no me parece nada inocente: es una llamada de atención a la triste historia de la violencia de esa época. Este episodio, y sus resonancias históricas, subrayan el deseo de Hipólita de que ella y sus hijos sigan viviendo —y, como se mencionó antes, de que su hijo no se vuelva asesino.
Puede que el pastor Becerra esté llamado así para hacer un juego de palabras acerca de su peso. El narrador lo describe como un buey, que es todo lo opuesto en tamaño y sexo a la becerra, aunque son el mismo animal. Y quizá hace referencia al becerro de oro, o sea, a un falso ídolo. Su complicidad con el Bloque Fénix puede entenderse como la sustitución de la palabra de Dios por la del comandante Triple Equis.
¿Por qué el autor le dio el nombre “Juvenal”? Juvenal era un poeta satírico romano, y quizá el autor está burlándose un poco del pastor, pues lo que dice en el templo es tan ridículo como inhumano. También es un nombre pagano, no cristiano; parece otra manera de desprestigiarlo.
Esto nos lleva a una consideración de la religión en la novela, la cual tiene una marcada incidencia. Colombia es un país con una larga y arraigada tradición católica, y es lógico que juegue un papel importante en la vida de los personajes. Además, en un pueblo chiquito, la Iglesia, sea católica o evangélica, es una institución fundamental.
Más allá de esto, la religión permea la novela, desde lo casi incidental hasta lo fundamental. Por ejemplo, Hipólita sale de su encierro después de cuarenta días. El número cuarenta aparece frecuentemente en la Biblia: el diluvio duró cuarenta días, Moisés pasó cuarenta días en el Monte Sinaí, los israelitas divagaron cuarenta años en el desierto, y transcurrieron cuarenta días entre la crucifixión y la ascensión de Jesús. Ese período marca el final de un estado y el comienzo de algo trascendentalmente distinto, lo cual describe a la perfección la situación de Hipólita. Es más, en la Biblia, en el libro Levítico (12:1-5), Dios decreta que una mujer que da a luz a un varón queda impura durante cuarenta días. Es como si la muerte de Salomón fuera el renacimiento de ella misma como varón, vestida con los pantalones y el cinturón de su marido, armada y feroz.
Sobra decir que Belén del Chamí es una referencia bíblica. Al mismo tiempo, señala el carácter étnicamente mezclado del pueblo y de Colombia en general; “chamí”, nos informa el narrador, significa “cordillera” en el idioma emberá. Aunque Max y Segundo no tienen nombres bíblicos, tienen una relación semejante a la de Esaú y Jacobo. El primogénito Max es rudo y físico como el primogénito Esaú. Segundo es manso y hogareño y es el preferido de su madre, cualidades que comparte con Jacobo. Como Esaú y Jacobo, Max y Segundo tienen una relación conflictiva. Segundo, como Jacobo, termina siendo el héroe de la historia.
Al final del libro, el comandante Triple Equis les perdona la vida y manda a sus esbirros a que los lleven al río sin especificar a qué parte. Los paramilitares les amarran las manos y les vendan los ojos para llevarlos en el furgón de Salomón. Los dejan muy lejos el uno de los otros en la selva. Es de noche. Segundo es el que encuentra a Max, y juntos encuentran a su mamá. Los tres emprenden viaje juntos, pero no están del todo seguros sobre cuál camino coger, hasta que huelen humo de cigarrillo. Deciden que ese olor es una señal de Salomón, porque él era fumador empedernido.
Así que los siguen, y los va guiando hasta que encuentran la carretera que los llevará fuera de la zona. El paralelo con la historia del éxodo en la Biblia (13:21) es claro: “El Señor iba delante de ellos, de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarlos, a fin de que anduvieran de día y de noche”.3
A nivel más fundamental, la novela nos muestra que Segundo reemplaza su fe en la religión por una nueva fe en la vida y el amor. A pesar de ser muy devoto de la Iglesia y rezar constantemente, cuando le matan al papá y su mamá parece haberse vuelto loca, su fe se tambalea: “Él le pedía a Dios, con la boca cerrada, que nadie más muriera, pero pensaba, ‘para qué sigo yo rezando si no sirve de a mucho’” (44). La transformación es completa al final cuando, solo y perdido en la selva en busca de su hermano y su mamá, le reza a Dios:
Y, como por primera vez su Dios no le pareció suficiente, pensó en el papá y en la lloviznita que se estaba volviendo lluvia y en la creciente de la canción... Y siguió cantando cada vez más duro, cada vez menos impedido por el horror de esa noche... (148).
Se va retrocediendo su miedo, como si llevara un paraguas o como si Dios estuviera apareciéndosele esa primera y última vez que se nos aparecerá a todos. Pero también era un espíritu, un aliento, un remedio dentro de su cuerpo: era como cuando iba de la mano con su padre porque temía y seguía temiendo —Segundo dejaba de ser Segundo cuando no temía—, pero también pensaba paso por paso que cualquier cosa podía ocurrir en el mundo que ya el papá la resolvería. Ay, su papá lindo, su papá de manos enormes y callosas que era el orden de las cosas...
Y luego le pidió [al papá] que le diera una señal de que iba por el camino correcto como si desde ahora el papá reemplazara en su trabajo a Dios.
—Ayúdame —le rogó—: líbrame del mal (149-150).
Y así, cantando “La creciente”, un vallenato popularísimo que era una de las canciones favoritas de su papá, encuentra a su hermano y, luego, a su mamá, sin la intervención de Dios.
Antes de examinar la incidencia de la música en la novela, quiero señalar que la obra hace unas referencias importantes a la literatura colombiana. Por ejemplo, se parece a Crónica de una muerte anunciada en cuanto al tema, pero con una gran diferencia. Mientras todo el mundo menos Santiago Nasar sabía que los hermanos Vicario lo iban a matar, Salomón anticipaba su muerte. Como Santiago, Salomón es abatido en la puerta de su casa.
Se podría decir que el deseo de Hipólita también alude al tema de Crónica dado que su muerte parece ser anunciada desde que se empeña en hacerse matar por los culpables o los cómplices de la muerte de su marido. Claro, la sorpresa que se lleva es que no la matan. Es un final casi feliz: casi, porque les toca a ella y sus hijos irse del pueblo; el comandante Triple Equis seguramente se apoderará de sus tierras, y es difícil imaginar que su valentía para enfrentar a los malhechores resulte en algún cambio en el pueblo. De hecho, el Estado colombiano honra al comandante Triple Equis con la Orden al Mérito Policarpa Salavarrieta el Viernes Santo de 1999 “por su labor en la pacificación de la región” (132) (eso del Viernes Santo y la pacificación será humor negro —igual que la afirmación de que el comandante fue acribillado en el acto de recibir la medalla por la “pacificación”, término absurdo para referirse a las hazañas sanguinarias que el hombre protagonizó).
En el pasaje citado arriba, hay tal vez otra referencia a Cien años: “Años después, el desquiciado José Gregorio Saldarriaga, alias Triple Equis, terminó tan mal como lo imaginó desde niño” (132). Compárese eso con el famoso comienzo de la novela de García Márquez: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.
El autor quizá también hace referencia a Cien años cuando Hipólita y sus hijos llegan a la carretera. Se detiene un camión repleto de bananos biches, y el chofer los invita a subir, oferta que aceptan, vaya adonde vaya el señor. En Cien años, los obreros masacrados por las tropas que defendían los intereses de las empresas bananeras son apilados dentro de un tren lleno de bananos que se los lleva del escenario. En el caso de Cien años, los bananos acompañan a los muertos, mientras en Río Muerto acompañan a los vivos.4
Silva Romero también regala referencias a su propia obra. Cuando los paramilitares llevan a los tres al encuentro con el comandante en el campamento del Bloque Fénix, lo hacen “en orden de estatura”, una frase que es el título de una novela del autor. Es un poco como Hitchcock apareciendo en sus propias películas. De hecho, Silva Romero, si mal no recuerdo, aparece fugazmente como personaje en su novela Parece que va a llover. Se podría decir que es casi un tic (no pude resistir: Tic es el título de otra novela de Silva Romero).5
Quisiera concluir con la consideración de un tema de peso recurrente en la novela: la música. Si muchos colombianos reconocerán las alusiones a estas obras, sobre todo a las de García Márquez, se identificarán en mayor grado —y sentirán— con la música que aparece en el libro. Silva Romero ha dicho que suele incluir la música en sus obras porque es una parte importante de la vida. Le da un toque de realidad a una obra porque está presente en el día a día, ya sea en el bus de transporte público, en las reuniones entre amigos y familiares, en los almacenes, en los bares, etc.6
Hay varias canciones que en la novela sirven esa función de avalar la verosimilitud de la narración: “Morir cantando” (de Juancho de la Espriella), “Sopa de caracol” (de la Banda Blanda), “Te quiero más” (de Joe Arroyo) y “Si no te hubieras ido” (de Marco Antonio Solís). Pero “La creciente”, del Binomio de Oro, tiene un papel más sustantivo (“La arrechera”, del Grupo Saboreo, también lo tiene, pero aparece una sola vez, seguramente como un comentario sobre la infidelidad).
Primero, esa canción incide en diversos momentos desde el principio hasta el final de la narrativa. Como mencioné, era una de las canciones preferidas de Salomón. Más allá de ese hecho, “La creciente” es un canto que compara el caudal de la pasión que siente el cantante por su amada durante la creciente de un río. De bellísima letra y realización sonora muy sentida, la canción junta el amor y el río en una declaración rebosante de vida. La letra brota desde y describe la pasión, mientras la música y la voz del cantante están teñidas de melancolía. El narrador nos da a entender que así se sentía Salomón por Hipólita.
Dados los temas que tanto la canción como la novela tocan, no desentona agregar que Rafael Orozco, el vocalista principal del Binomio de Oro, fue asesinado a balazos en 1992. Una corte dictaminó que el asesino fue un ganadero y narcotraficante que tenía una relación íntima con una mujer con quien Orozco se acostaba.
El río de la vida de “La creciente” contrasta claramente con el río Muerto. Los pobladores lo nombraron así porque allí es en donde los guerrilleros botaban los cadáveres de los que mataban. Cuando el Bloque Fénix llegó al poder, siguió con la misma tradición truculenta. De hecho, al principio de su reino, los paramilitares les mochaban las manos izquierdas a las mujeres y a los hijos de los que ayudaban a la guerrilla, para lanzarlas a la corriente.
Dada esta influencia musical, tiene sentido que cobrar voz sea una clave a la novela. El hecho de que Sarria y el comandante Triple Equis tengan hilitos de voz se lee como un defecto. Por otra parte, callarse ante la injusticia es lo que hacen los residentes de Belén del Chamí. Justo después de que Hipólita le dice a Sarria que él es el enemigo, el narrador detiene la acción para afirmar lo siguiente:
Cuando uno nace en Belén del Chamí aprende desde niño a enmudecerse de golpe. Es el arte de tragarse las palabras justo a tiempo: glup. Está usted en la plaza buscándose algo para tomar o regalándose la tarde cuando de pronto pasa un hombre con un crucifijo o un encapuchado con una metralleta: glup. Se sienta en el único billar que queda en el planeta a tomarse una jarra de cerveza y a armarse la locura de la noche —“el jojorojó”, decían— para probarse a uno mismo que no vale la pena escaparse del pueblo: adónde. Y entonces llegan a oficiar una matanza un par de bestias sanguinolentas con brazaletes tricolores y botas de patriotas y uniformes camuflado como si de verdad fueran soldados. Y lo que viene es tragarse el padrenuestro y lo que sea (83).
O, como dice Hipólita en la iglesia, “a Salomón lo mataron para decirnos a todos que nos quedemos callados” mientras que los paramilitares y sus cómplices se quedan con todo (105-106).
Siendo tan temeroso, Segundo se ha tragado su voz durante toda su vida en el sentido metafórico, pero también físico, pues es muy tímido para hablar. Encuentra su voz precisamente en el momento más dramático de la novela. Cuando el comandante está a punto de matarlos, Segundo ruega que los perdone. Es su voz, igual que sus palabras, la que sacude a Hipólita de su delirio:
“Haga caso”, “haga caso”, “haga caso”: su hijo Segundo se lo estaba repitiendo con una voz nueva, gruesa, que era la voz que habría tenido su marido el mudo de haber tenido voz y de haber sido superior a su soberbia, la voz estridente e insólita que ella tenía que escuchar de golpe para volver del delirio7 como volviendo de la propia muerte, la voz adulta y cuerda con la que jamás cuentan los niños... (142).
Cabe cerrar con señalar que, en la iglesia, cuando entran Hipólita, Max y Segundo, las cantaoras entonan la canción que siempre cantan cuando hay cadáver en el río Muerto: “Gracias a la vida”. Es extraño que una iglesia pentecostal cuyo pastor es apologista y socio de los paramilitares incluya en su ceremonia una canción de una prominente izquierdista como la cantautora chilena Violeta Parra. Creo que Silva Romero incluye este detalle porque quiere que vislumbremos un momento de sosiego y unidad frente a un hecho tan injusto.8
Igualmente, esta canción encarna la visión democrática de Silva Romero porque es una afirmación de la vida, de sus dolores y alegrías, reconociendo también que la vida de uno está entrelazada profundamente con la de los demás por el simple hecho de ser humanos:
Gracias a la vida, que me ha dado tanto
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto
Así yo distingo dicha de quebranto
Los dos materiales que forman mi canto
Y el canto de ustedes que es el mismo canto
Y el canto de todos que es mi propio canto
Gracias a la vida, que me ha dado tanto
- Vivir cantando
(sobre Río Muerto, de Ricardo Silva Romero) - miércoles 8 de julio de 2026 - ¿Simpatía por el diablo?
Un ensayo sobre El diablo de las provincias, de Juan Cárdenas - lunes 12 de enero de 2026 - El retorno (y el triunfo) de la reprimida
(sobre El tiempo de las moscas, de Claudia Piñeiro) - lunes 3 de marzo de 2025
Notas
- Ruiz-Mendoza, Martín (2022): “Escribir el presente: entrevista a Ricardo Silva Romero”. En: Literatura: Teoría, Historia, Crítica; Bogotá. Vol. 24, Nº 1: 341-353.
- Ruiz-Mendoza, Martín (2022): “Escribir el presente: entrevista a Ricardo Silva Romero”. En: Literatura: Teoría, Historia, Crítica; Bogotá. Vol. 24, Nº 1: 341-353.
- Esta traducción viene de la Biblia de las Américas en el sitio web Biblia Paralela.
- Le debo esta observación a José Ricardo Pérez.
- Hitchcock figura en Sobre la tela de una araña, un libro de cuentos de Silva Romero (2013). El autor tiene una profunda relación con el cine: estudió para una maestría en cine, ha escrito guiones, fue comentarista de cine de la revista Semana durante casi doce años y escribió el libro sobre Woody Allen mencionado anteriormente.
- Rincón, Juan Camilo (10 de julio de 2025): Una entrevista a Ricardo Silva Romero. Latin American Literature Today.
- Creo que esto será una referencia a la novela Delirio, de la escritora colombiana Laura Restrepo. En Delirio, una mujer se halla desquiciada a causa de la cruenta realidad colombiana de los años 80, asediada por el narcotráfico.
- Tal vez también alude al gusto recíproco de la música colombiana y chilena: la Sonora Palacios toca una música tropical colombianizada, y los colombianos en este caso echan mano —o más bien, voz— de la nueva canción chilena que, a diferencia de la música tropical colombiana, era sumamente política. Es bonito vincular de esta manera la música popular con la de corte político.


