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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Poemas de Axel Ulises Vite Navarrete

lunes 7 de septiembre de 2015
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Las palabras corren por mis venas en un arrebato de olas:
se encienden a primera hora del día
como un cortejo de cometas que van camino a la resurrección.
Trepan desde mis pulmones hasta mi lengua,
donde se arrojan en caída libre hacia la tierra
para finalmente crecer, crecer verdes,
y dar frutos que truenen igual que una luz sin tregua.

(La ensoñación del punto y la coma
tiene lugar en la algarabía de mi apéndice;
mientras tanto dos o tres adjetivos
se extienden como ramas a través de mi muslo,
haciéndome cosquillas,
imantando mis pasos con alegrías fugaces.)

Todo en un juego interminable.
En efecto, no soy capaz de sujetarme al orden,
ni a la muchedumbre,
así que mi oficio es edificar nuevos conceptos
que expliquen mejor el paso de la primavera por los mercados,
la expiación de los astros
que alguna vez rezongaron contra su propia naturaleza,
la razón del incendio que nace en los ojos de los niños
y por qué la música inicia en la flor
que abre sus brazos para hacer salir el sol.


En el jardín soberbio del ocaso,
sobre los pétalos de un girasol que ha presenciado
el nacimiento de todos los vocablos,
las horas descansan sus pies desnudos.
Lavan sus cabellos en el agua celeste
que la nebulosa sin tregua derramó en el descuido de un beso;
y el viento, con su cincel de punta de coral,
esculpe sobre sus espaldas mariposas nocturnas
que más tarde habrán de remontar su propio vuelo
para volver al árbol que arrulla el arcoíris
como a un hijo primogénito.

Y en un rincón la araña teje con destreza una red
para atrapar ilusiones lo mismo que dulces miradas de gorrión
abrazando el cuello de la muchacha más alegre;
una hoja estalla violentamente
arrojando esmeraldas en la frente de la hormiga
que trabaja duro en llevar una lágrima a cuestas;
y la Sra. Margarita —más bella que un beso
y tan refinada como cualquier dama aristócrata—
se mira atentamente el tallo,
está creciendo en ella un rumor distinto.

¿Será que ya viene el presentimiento de la noche
con su perfume inaudito, ominoso,
como la palabra de un sexo que viaja despreocupado,
contando la anécdota de sus batallas?


¿Qué dirán de mí los hombres
cuando se apague por fin mi canto
después de ser golpeado por la esfera inaudita?

¿Qué dirán los poetas,
hombres chulísimos de mirada infranqueable
y eruditos de pies a cabeza,
con quienes nunca he fraternizado a causa de mi rebeldía?
¿Qué dirán los fornidos herreros quienes fabrican en sus alforjas
la luz que besa a los insectos y a los niños?
¿Qué dirán los felinos que vieron pasar
mi brazo como en una huida hacia lo espontáneo?
¿Los escarabajos y la hermosa violeta que conocí
en la conmemoración de una estrella
tendrán a bien guardarme en su propia historia?

Me pregunto si destinarán
aunque sea un minuto para recordarme;
después de todo, qué soy si no el eco de la piedra
cuando cae al fondo del ojo,
un murmullo acariciando el pensamiento de la eternidad,
esta hora que se consume en la hoguera del mundo,
este hueso desnudo de espacio
donde crece el mito de las alcachofas,
este momento sin elocuencia que sorbe lentamente
la fiebre de los duraznos para embriagarse de locura.

Por eso, si acaso me recuerden,
brinden en mi honor con miel y flores.
(Son suficientes dos lágrimas para conmemorar
mi poesía, mis sueños y mi risa.)


Un presentimiento hace funcionar tu respiración,
que es al mismo tiempo la respiración de embarcaciones
a punto de besar la tierra que tiene un sabor
a mineral que se parte con el sol.

Es un arrebato de flores que caen
encendidas con la alevosía indolente del rayo
sobre las plazas y los mercados,
de planetas rubicundos que maduran en el pensamiento del río
de forma que la atmósfera de cada uno se ha impregnado
con la humedad idónea,
de mujeres —bellas como jilgueros noche
y transparentes como las ventanas que dan a todas partes—,
remontando su vuelo hacia Venus hasta perderse de vista,
sólo dejando tras de sí una leyenda de amor
en el corazón del hombre.

Presentimiento de nubes
amamantando una procesión de estatuas
que están de paso por el mundo,
de labios que besan el mar para cubrirlo de frescura
—y entonces cada ola es un estremecimiento
que dura lo mismo que una flor de trescientos dos pétalos—,
de ojos de niña que miran con ternura el cielo,
proyectando su combustión interna.

¿Qué es? ¿Qué será?

Axel Ulises Vite Navarrete
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