“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
Saltar al contenido

Rubén

martes 22 de septiembre de 2015

Rubén DaríoA María Isabel Jarque Garzando

El camino es largo. Para travesía tan lejana he calzado botas. Al salir de El Toboso pregunté a un anciano la dirección a seguir. Con el dedo índice me indicó el sur, sin decir nada.

Al llegar a Sanlúcar de Barrameda paré en un manantial a beber su agua cristalina. Una mujer joven, casi adolescente, llenaba su cántaro y le pregunté:

—¿Voy bien por este camino a Palos de la Frontera?

—Sí, señor —respondió ella—. Va usted en buena dirección.

Al llegar la noche hubo una tormenta y tuve que resguardarme bajo la sombra de un árbol. A la mañana siguiente seguí la marcha bajo el sol.

Después de mucho andar pregunté a una niña con un racimo de uvas negras en la mano.

—Sí, señor —respondió la niña. Ella extendió su mano en señal de ofrecimiento y yo tuve que decirle que no comía uvas negras.

En Puerto de Palos, tras muchas vicisitudes, por fin tomé el barco. El viaje fue largo, pero llegué. En una de sus calles pregunté a un ciego:

—Oiga, usted, ¿es esta la ciudad de León?

—Sí, señor. ¿Se puede saber a quién busca usted?

—A Rubén Darío, el poeta.

—Señor, Rubén Darío murió hace cien años.

—¡Qué rápido pasa el tiempo! —murmuró el hombre.

—Señor, ¿se puede saber de dónde viene usted que lo veo sucio y con barba?

—Señor, vengo de España.

—¿Y se puede saber cómo se llama usted?

—Miguel de Cervantes Saavedra.

—¡No me lo puedo creer! ¿El autor que dio vida a Don Quijote y su escudero Sancho?

—Sí, señor. Los escritores no morimos.

Ricardo Llopesa
Últimas entradas de Ricardo Llopesa (ver todo)