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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Dos relatos de Carla Sofía Citterio

jueves 24 de septiembre de 2015
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Memoria de la calle herida

(…) porque el corazón
es un niño acurrucado bajo un puente…

Susana Reyes, Los solitarios amamos las ciudades

Hace ya tiempo que papá se ha ido, y ella no encuentra motivos para ir a la escuela. Ser la mayor le sigue siendo triste, porque siempre hay deberes que se guarda el silencio: dar el ejemplo, hacer caso a mamá, proteger a las hermanas, y sobre todo no llorar, porque los niños grandes ya no lloran, porque a mamá —lo ha visto— eso le parte el alma. Con nueve años dicen que ya es muy grande para estar llorando; pero crecer, ¿por qué nunca nadie le preguntó si quería crecer?… Mamá la peina, le da comida y la regaña como a todas sus niñas, ¿por qué entonces no puede llorar como cualquiera de ellas? Si supieran que a veces es mayor el miedo a que sus ojos no regresen, porque aunque el tiempo pasa y todo va cambiando, el sol no se cansa de enrojecer los techos, de herir el polvo de las calles, de rastrear los rincones de casas tendidas a la espera.

El sol, la voz de la maestra, el chirriar del columpio que se mece con ella. En cuarto de primaria los temas son tediosos, en cambio afuera, del otro lado de la calle, están los fusiles y sus manos, esas caras que buscan los pasos silenciosos de cuando papá se fue. Era por él que debía tener una letra bonita, ella estaba de acuerdo con mamá: la hija de un escritor no podía tener mala letra, mucho menos salir mal en la escuela.

Dar el ejemplo: omitir la edad de los varones, mantener en silencio la Radio Venceremos, fregar y apagar las luces por si hay que dormir bajo la colchoneta, y rogarle a las nenas que no lloren, que no fue por tío Juancho que se murió Lucita, que así no se puede hacer tarea, más la caligrafía, las horas de caligrafía. Pero no, los niños mayores no pueden hacer nada, y ese silencio de los pasos del recuerdo —que tal vez no volverán— es más duro que el abandono. Mirar, estar en el columpio, solamente mirar, le revienta en un grito hacia los ojos, y no para, sigue como el rocío que jamás se ha llevado el polvo de la tierra.

—Ana, ¿qué hace afuera?, la hora del recreo ya pasó.

—Usted sólo dice mentiras, maestra.

—¿De qué habla, niña?, no me falte el respeto.

—Pues usted me falta el respeto diciéndome mentiras… Que si el orgullo de los papás… y se van, ¡usted sabe que se van!, pero sigue diciendo que es por ellos que hay que estudiar; ¡mentira!, ni siquiera nos ven… yo espero, espero como dice mamá, y no lo veo pasar… Usted no es ciega, los ve que están ahí, los guardias siguen aquí, y cerca de mi casa, y detrás de la suya…

—Ana, ven, que quedándote ahí no puedes hacer nada

Nada, no se puede hacer nada, y sin embargo le es imposible abandonar el recuerdo de los días en que por arrojar desde su dolor una piedra a las palomas, descubrió que envidiaba a los pájaros. Porque la maestra, y esos guardias que también se mojaron los pantalones, saben silenciar la impotencia de un niño.

Las cartas, las calles empolvadas, fusiles invadiéndolo todo; y el abandono: de madres, de abuelas, de columpios, de niños que prefieren mirar aunque por sangre quieran taparles los ojos. Se le fueron diez años montada sobre el techo, mientras a los hombrecitos de la casa les temblaban las piernas —con la recluta— o morían asimilándose en el monte, cuando toda la aspereza de la sequedad y el susurro de la abuela con su rosario eterno, la dejaban sin hacer nada, sólo esperando que volvieran sus pasos o llegaran las cartas. Diez años: acompañando a mamá, a las hermanas, con su abandono, sola, con el abandono de María, el de Juan, la desaparición de Helena; diez años sin hacer nada, sola, con su rabia…

Sus labios dejaron de repetirse el recuerdo. Y ahora él vuelve, con los ojos rasgados de dolores, y dos hijos, diciendo que la quiere, y a su madre, a sus hermanas; que no pretende que lo perdonen, pero que comprenda, ella, la mayor, que un hombre no soporta tanto dolor estando solo, y que en diez años —jura que es verdad— nunca pudo volver.

Una, dos, tres, marca el tiempo cada hoja que cae, mientras ellos se ven, piensan, siguen en la escalera, mirando, asombrados, de que su dolor también esté regado en los rincones. Y recuerdan, sí lo ven: esa mañana había un niño con la angustia que prolonga los puentes, mirando —al otro extremo— a un hombre en bicicleta. Más, o menos que una última despedida, lo supo, porque ellos se van y no queda sino el ahogo de una mirada larga.

Las calles le dieron su silencio, creció, fue padre, le supieron la historia.

De la hija, ese el padre en la escalera. A uno le dieron veinte años, a otro se le fueron diez, y el silencio siempre lo supo, aunque ambos creyeron que él nunca haría lo mismo.

 

Bangui1

“Sepulto a los muertos en mi vientre. ¡Gritos,
tambor, danza, danza, danza..!
(…) Hambre, sed, gritos, danza, danza, danza”.
Rimbaud, Mala sangre

Huellas de fantasmas en la tierra, sobre la tierra, bajo la tierra. Hay tierras que desprecian a los seres que nacen de su seno y los juzgan oscuros, con el alma vacía, dejándoles por sobra un pedazo de vida y para la existencia un espacio en la tumba. La única manera de sobrevivir es entrando en ella, y una vez dentro la luz pertenece al pasado, y también la comida, las camisas, los zapatos, la tristeza, la esperanza, los miedos. Allí no hay nada que temer, sólo mirar, cavar, picar, para robarle a la mala madre sus riquezas —y respirar por lo bajo porque se agota el aire. Mirar: la vela en la mano, el dorado en la piedra, y oscuridad en la tierra, y oscuridad en el aire, y oscuridad en las pieles: parece que el destino les pone un sello en el color.

Siete años bastan para aprender a vivir en esa fosa. A los suyos, Bangui lleva el opio en los labios para evitarle el sueño al estomago vacío, y con el opio la maldición sin rabia, la piel tostada, los ojos sin llanto, porque mamá no volverá a pesar de los gritos, porque los muertos no tienen más que resignarse a vivir en la tumba.

Quince días hay que estar en esa fosa. Ayer era el día once, y Bangui miraba, y Bangui buscaba, y Bangui cavaba, llevaba el tercer saco a medio llenar. Pero los hombres —que también bendicen cuando beben agua—, olvidaron a Bangui, y Bangui sólo buscaba el oro. No, los hombres no, la oscuridad, la oscuridad, la oscuridad tiene la culpa; esa roca era negra, todas ellas son negras, y no dejan ni el rosa de la mano de Bangui.

Carla Sofía Citterio
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Notas

  1. Capital de la República Centroafricana, fronteriza con la República del Congo