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El silencio de Kimya Gamada

sábado 2 de julio de 2016
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Kimya: nombre africano de niña que significa silencio. Gamada: nombre africano de varón que indica sobreabundancia.

Durante la mañana de este jueves fue encontrada en las proximidades de Liboi una mujer reconocida por la policía keniana como la asesina de un guardia de la frontera somalí. La mujer de 23 años —identificada con el nombre de Kimya Gamada—, quien asegura haber actuado en defensa propia, ha sido extraditada a su país de origen para ser juzgada los próximos días en la ciudad de Mogadiscio.

 

Kimya tomó su cuchillo y lo escondió bajo la falda amarrado al muslo derecho. Pero no era la primera, todas las que decidieran cruzar la frontera debían tomar sus precauciones. Y tampoco fue que hubiese aprendido a usarlo antes, sino la urgencia de empuñarlo cuando los ojos desorbitados de su hijo la herían en el pecho.

Tomar historias como recién sacadas del bolsillo y extenderlas limpiamente sobre el papel, o en la pantalla que le filtrara la distancia o su excesiva movilidad de espectador.  

Sabía que había sido demasiado cinco años sin ningún síntoma, y en verdad estaba flaco, tanto, pero ella se había acostumbrado y el esfuerzo podía durar más con la cuerda ajustada, la cuerda bien apretada a la cintura, Kimya, la que después de muerto el primer niño, mamá le aconsejó amarrarse —como ella—, para poder darle entera la barra insípida de cereales del día.

Alta y —hasta entonces— saludable, se había negado a aceptar la costumbre porque todavía los peces enfermos no llegaban a Hobyo, o eso creía. Sobrevinieron los días, y mientras ella intentaba vender la cosecha del mar en el mercado supo que en menos de un mes no se ama a una criatura que va atada a la espalda. Quizás no debía ocultarlo, pero daba vergüenza: la muerte del niño no le produjo ni más cansancio ni más dolor del que sintiera durante el nacimiento, y sin embargo era imposible tener que deshacerse de la culpa, Kimya, porque todas lo hacen, viví con el vientre amarrado para que tú crecieras. Para que sosteniendo las costillas y reforzando la voluntad de soportar, entendiera que la fuerza y la esperanza son lo primero que abandona.

 

Bajando la mirada y poniendo a rodar un lápiz de uno a otro lado de la mesa, armaba los hechos en el aire como extraídos de una memoria que no le perteneciera jamás. Porque la tensión del cólera en Somalia era trabajo, igual que todos los internacionales.

Y releyó: “…asesina de un guardia de la frontera somalí”. Tomar historias como recién sacadas del bolsillo y extenderlas limpiamente sobre el papel, o en la pantalla que le filtrara la distancia o su excesiva movilidad de espectador.

 

Ausencia (o exceso) de culpa, dolor o de cansancio, no era que fuesen unos primero y otros después, sino el aire que secaba la tierra de tanto conocerse los días. Desde 1993 —quién sabe desde cuándo, porque los italianos ya habían estado, y hasta unos otros— se instalaban en las ciudades algunas fuerzas y sus médicos, esas mujeres de cabello bonito que lloran por los niños de un vientre ajeno. Y sí, llevaban comida, agua, pero las viejas se marchaban repitiendo que los bebés continuaban muriéndose mientras todos empezaban a olvidar cómo inició la guerra.

Aquella tarde, Kimya tomaba el baño entre las sábanas montada sobre la tabla que, recibiendo el agua de un cuerpo negro y cayendo en tierra, impedía distinguir dónde estaba lo que se lavaba. Hacía calor, aunque el sudor no es el mismo en las tierras escasas. Las gotas de agua corrían por su espalda y de nuevo le venía el rechazo a quitarse una sombra de culpa ajena o ancestral; pero seguía agarrando el pañito mojado, se estrujaba. No eran pocas las veces en que les había parecido atractiva, y se miraba de reojo en el trozo de espejo donde ya no cabía su cabello al rape. De ojos rasgados y labios gruesos, el rostro ovalado de Kimya exhibía nostalgia o el silencio de lo que falta y no sabemos. Porque no le quedaba sino el intermedio entre quietud y espera, pero sentía las miradas intentando terminar los trazos de sus nalgas bajo la falda, suponiéndoles unas piernas correspondientes.

 

No tenía para qué desplegar el link —uno de los tantos que invaden los espacios del Facebook— ni leer la noticia completa, ni asistir al juicio, registrarle los pasos, verificar su procedencia: de Hobyo, Mogadiscio o Afgooye, de entre noventa o cien mil personas. Seguro, era probable que Kimya hubiese escapado del marido con el niño a cuestas, por no parirle otro o no rajarse igual dándole el placer que no entendía y había en su entrepierna.

La hambruna, el caos y sus infecciones, Médicos sin Fronteras manteniendo zombies en la tierra saqueada. Las cinco líneas que se exhibían en la página volvían a helarle las manos como aquellas primeras clases sobre los campos de refugiados en el Cuerno de África. Y no manejaba las cifras recientes, pero ya en el dos mil se rebosaban los campos que tenían equipados para noventa mil personas.

 

Kimya debía llegar hasta Dadaab, encontrar a algún médico o al brujo que fuese capaz de detenerle la diarrea al pequeño, y luego proseguir, ¿a dónde?, ya se vería.

De entre las tiendas había aprendido a tomar suero —sonriendo a los guardias, y volver corriendo al callejón donde tuviera que ocultar al niño, y recogerlo antes de que alguien lo encontrara.

Sigilosa, en una calle ciega, la madre tuvo que reanimar al chico, subírselo al costado, sujetarlo y tomar el camino más corto —como decían— o menos evidente. Supuso que el velo impedía distinguir los rostros, supuso que en el mercado de Bakara no estaban los guardias que pedían la documentación, que no hacía falta porque en Kenia padecían lo mismo y ya muchas lo tomaban como destino.

El primero le sonrió antes de entrar en el mercado, cuando ella, esquivando la mirada hacia el vacío, supo que debía merodear entre las tiendas. Deambuló apurando un poco en las esquinas, pero el niño, quizás su falta de aliento lo hacía pesar más, y el otro le detallaba los tobillos hasta donde podía, traspasando la tela debajo de las nalgas. Como una lengua que empezaba a mojarle las piernas, Kimya sentía la heladura en ascenso y hacia adentro, donde no hay a quien mirar, por donde hurgaba en su memoria el trecho, la esquina o el hueco en su manto donde se hiciese ciega e invisible al roce de su piel con el aire. Porque había intentado tocando las telas, hundiendo la mano en los frijoles a medida que algo le atravesaba la garganta con el filo de las miradas sobre sí.

Sin más, se aferraba de nuevo al chico, y apresuraba los pasos mirando siempre hacia delante por los espacios más cerrados, entre las tiendas, al fondo de los bultos de gente. Pero el siseo, el golpe seco que la arrojara al suelo, el arrebato. Volvían a separarle los muslos y a apretarle las manos para arrancarla de cualquier movimiento. Se deshicieron de la falda o de los labios hasta hincarle la vagina en el fondo, desgarrando como el trozo de lata con que la abuela eliminara toda la carne sobrante desde adentro. La sangre a borbotones se agolpó en su garganta o la ahogó, como la aguja de aquella vez a los cinco o seis años, uno dos tres cuatro puntos por sobre el clítoris, en cada salto que la tensaba con la penetración. Un hombre o dos, gemían sobre su cuerpo inerte, lamiéndole los pechos entre la tela rota, succionando sus pezones erectos como si fuera posible complacerla, recoger su mirada, mimarla, y arrancarle la opacidad de la pupila. Temblando, Kimya había arrastrado la mano sobre la tierra hasta tomar el cuchillo de su muslo derecho e hincarlo, una dos tres cuatro veces en el costado del hombre, y trozarlo o regarle la sangre como la anularan a ella la primera vez.

 

Las imágenes le invadían el reverso de los ojos como si las pupilas —huyendo de la luz hiriente del computador— se hubiesen volcado a la masa oscura del cerebro. Y al frente quizás los ojos se quedaban en blanco, porque Kimya sí era su nombre, porque ellas sí sostienen el hambre amarrándose una soga en el vientre.

Había podido, o tenido —como las demás— que dejar al niño en el camino, junto a un tronco, para que respirara hasta cuando pudiese o lo encontrara alguien antes que los chacales.  

Llevando el lápiz de nuevo a su lugar, se levantó, tomó el yesquero y un cigarrillo de la caja. Para pensar, solía encenderlo y, apoyándose el pulgar entre los dientes, sostenerlo cuando miraba a través de la ventana el continuo avance de los autos en la Urdaneta, esperando para repetir la revisión del mundo, como a veces, entre los libros del puente de la Fuerzas Armadas. Y sin embargo, leer fragmentos en cada enlace, analizar o confundirse porque en el banco ya estaría el pago merecido por la investigación, la redacción o la premonición de realidades a distancia, mientras continuaba estancado, el humo ascendía y los de su turno apagaban los equipos para marcharse.

 

Jadeante, antes de caer recostada en un hito, Kimya lo escuchó desde lejos: al centro de Bakara llegaron camiones de alimentación a repartir, y los tiros que alguien ordenaba para el racionamiento cuando el hambre gritaba en las manos de la gente.

Sentándose en la banqueta, revisó a cada lado y observó las blancas paredes de metal. Los disparos habían durado poco más que su huida, o quién sabe, porque la sangre en su muslo ya no manchaba. Dio unos pasos hasta asomarse por la ventanilla, y no había otra celda, no estaba el niño y rodaba o recordaba a la velocidad con que avanza la tierra cuando la vemos desde un vehículo. Recordaba, o se buscaba en los recuerdos, porque la lejana Bakara sólo la conocía de nombre, era probable que no hubiese llegado a ningún mercado, y bien había podido, o tenido —como las demás— que dejar al niño en el camino, junto a un tronco, para que respirara hasta cuando pudiese o lo encontrara alguien antes que los chacales.

Gritando con las manos abiertas, Kimya golpeó repetidas veces la pared, el metal sordo, en la misma aspereza del polvo que la cubría, ahogaba una lágrima y volvía a tumbarla.

 

Entre el índice y el pulgar sorbió el último trozo de colilla para arrojarla al cenicero. Pero el grito —no supo si el de ella o el suyo propio— lo agitó, hasta dejarla caer por la ventana.

Carla Sofía Citterio
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