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El ratón de Némesis

martes 1 de diciembre de 2015
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Quizá fue el don de la belleza física lo que provocó su terrible final, o su cruel y soberbia actitud lo que afeó aquella maravillosa gracia, convirtiéndolo en un pequeño ser contrario a su gran castigo.

Urian se hallaba en el bosque, y al voltear hacia su casa observó a una fea muchacha que lucía una gran verruga en la nariz, y guedejas castañas. Ésta le confesó su amor, pero él la miró asqueado.

Urian era un joven mortal de belleza inigualable, casi comparable a la de Apolo, dios del Sol. Las esmeraldas de sus ojos, su cabello, cascada de oro que se desborda con el viento, y su piel tan pálida como la nieve, generaban el amor platónico de muchas núbiles damas.

Pensaba que sólo una mujer tan hermosa como Afrodita podría ser digna de su amor, y por ello, gracias a su ególatra pensamiento, desairaba a las señoritas que le confesaban sus sentimientos, provocando que quedaran con el corazón roto.

En las alturas del Olimpo, una diosa lo observaba expectante, y a la vez embelesada por el apolíneo cuerpo de aquel mortal.

Un día, una joven muchacha de poca lindeza, quien estaba perdidamente enamorada de Urian, tomó un poco de valor, y como muchas otras le declaró su amor, pero fue rechazada con tal desdén que huyó a su casa, y entre las penumbras de su habitación, sintiendo la desdicha del desamor tal como Eco con Narciso, le rogó a Némesis, diosa de la venganza y la justicia, que castigara al causante de su dolor.

Esa tarde ataviada con una explosión de diversas tonalidades, Urian se hallaba en el bosque, y al voltear hacia su casa observó a una fea muchacha que lucía una gran verruga en la nariz, y guedejas castañas. Ésta le confesó su amor, pero él la miró asqueado.

—¿Quién podría amarte? Eres tan fea como una bruja —le escupió con desprecio sin saber cuál sería su destino.

La faz de la muchacha se avinagró al instante.

—Oh, pobre mortal, esta vez serás tú quién sufrirá.

Urian se aterrorizó al ver la metamorfosis de la joven en una enorme diosa alada, cuyo inmenso tamaño hizo que se sintiera pequeño e indefenso ante ella. La voz de Némesis retumbó en el bosque.

—Te condeno a una vida llena de desdicha, donde no podrás ser amado por nadie —entonces lo señaló con su dedo índice y lo cegó con una luz resplandeciente.

La víctima retrocedió unos pasos mientras observaba cómo sus brazos se poblaban con una pelambre grisácea que envolvía poco a poco todo su bello cuerpo. Emitió un grito de espanto mostrando sus puntiagudos colmillos, y después terminó transformado en un parvo ratón.

La diosa, apiadada de éste por lo hermoso de su antigua estampa, lo tomó y se lo llevó como mascota.

Ivanna Zambrano Ayala
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