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Olosia Berenjena

jueves 10 de diciembre de 2015
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Me llamo Olosia Berenjena.

Si quieres saber mi segundo apellido no tiene ciencia, es como el primero —mis padres son primos segundos—, así que entenderás que no suela repetirlo a no ser que sea estrictamente necesario, y no por ahorrarme saliva sino para evitar en lo posible las risas que surgen por partida doble.

Este regalito del cielo que empecé llevando a rastras y del que he aprendido a estar orgullosa —no mismamente de los apellidos, que me cuestan, pero sí resueltamente del nombre— por ser la mayor de cuatro hermanos me cayó para hacerle honor a mi abuela Olosia, la madre de mi padre, que según me han contado y por las conclusiones que he ido sacando sola —ya que por desgracia no llegué a conocerla— fue una mujer de grandes virtudes para los tiempos de apretura que le tocó vivir.

Mi sueldo me hizo hábil en el sutil mundo de las filigranas porque, tonta de mí, no he querido nunca chupar del bote.

Aun sin tener que justificar este comienzo, como prueba fehaciente y de modo anecdótico dejaré claro que mi abuela fue mujer por no ser hombre. Lo que quiero decir con esto es que su cuerpo de piernas muy largas y busto escaso albergaba ideas y ansias más de un joven de su edad que de una señorita, a tenor de lo que una señorita decidía entonces, que era nada —hablo de comienzos del siglo pasado—, amén de que al nacer en una casa con pocos posibles tener imaginación y objetivos altos no le daban de comer a nadie, y por eso la pusieron a coser y bordar, para que ayudara en la economía.

La cuestión de conseguir novio y casarse estaba pendiente, y no lo dejaron enteramente en sus manos, por supuesto que no. Eso sí, su cara fresca de moneda acabada de cuñar tenía que servir de reclamo para poder pescar al más indicado. Y hasta llegaron a presentarlos. Pero hete aquí que ella se puso farruca no queriendo casarse con el mozo en cuestión —por motivos varios—, en vista de lo cual y urgiendo la cosa, entre este avatar y apremiada también por sus ganas de ver mundo, poco después y sin la bendición de nadie consiguió irse a New York en un barco que partía del puerto de Vigo. Aunque esta hazaña, ya lo verás, solo fue la primera de unas cuantas.

Lo que pasó en la travesía nunca se lo contó a nadie —que yo sepa—, no habiendo sido seguramente de lo más cómoda. Pero más o menos entera y con la ilusión intacta finalmente arribó al nuevo mundo. Siempre había vivido a su aire, a contrapelo, sin importarle el qué dirán ni las habladurías malsanas, y cuando empezó a medrar en la fábrica de botones en la que se empleó al llegar tuvo claro que un día volvería a España, a su tierra, a su casa, segura de que lo haría casada y con algo de dinero en el bolsillo para no pasar estrecheces. Con una determinación así su segunda hazaña lógicamente era cumplirlo, y sabiendo hasta aquí lo que sabemos de ella no es de extrañar que a los diez años lo hiciera —como era de rigor para alguien de palabra— y que volviera por aire y no por mar —un lujazo en los años cuarenta—, con baúles para llenar un tren y con un marido americano alto y fornido, de ojos irlandeses y pelirrojo hasta en los pelillos de la nariz. Mi abuela Olosia se había enamorado de verdad, sobre eso yo nunca he vacilado. Porque aunque cabe decir que mi abuelo era el dueño de la fábrica y que por tanto tenía dinero, que al conocerse estaba viudo y sin hijos, que le llevaba quince años a ella, y que la idea de venirse a vivir a España ya sabemos de quién fue, los que les conocieron dicen que se amaron con uno de esos grandes amores de abrazos arrebatados y besos sin lengua de las películas de Billy Wilder que todos hemos visto alguna vez. La prueba estuvo en que cuando ella se quedó embarazada —a los dos años de trabajar en la fábrica y habiéndose visto a solas únicamente ocho veces—, de resultas de una virtud muy suya supo claramente que aquel sería el hombre de su vida y que nunca habría otro. Que ya estuviera esperando —para decirlo con finura— no fue el motivo de esta afirmación tan tajante, sino que Olosia tenía siempre las cosas tan claras que, según me ha contado mi padre, se le ponía en la mirada un pletórico brillo de júbilo que recordaba al planeta Venus en las noches sin luna. Y es que ni una sola vez la vieron dudar, ni aunque fuera para elegir entre verde o azul o entre dulce o salado, disyuntivas estas que muchas veces traen de cabeza a los demás mortales. Su desparpajo los tuvo a todos siempre asombrados por esa seguridad innata, resuelta, implacable, que de un plumazo despejaba las incógnitas más liosas.

Como punto culminante de lo que digo, lo de querer sin medida a mi abuelo zanahorio —y lo llamo así con todo el cariño— se le agarró con fuerza en el corazón por las atenciones que tenía con ella y por lo bien parecido que era a pesar del color de su pelo, y no tanto, como podría pensarse, por su dinero y su posición, aunque deduzco que también un poco por eso, no me voy a engañar; si bien en realidad fue él quien lo lió todo, quien no quiso dejarla escapar, y no al revés. Porque mi buena abuela Olosia era mucha Olosia para un solo hombre y cuando mi abuelo se dio cuenta de eso cogió ventaja y le pidió matrimonio enseguida. Así que a partir de aquí y habiéndose hecho la petición rodilla en tierra, en beneficio de los dos y como no podía ser de otro modo las cosas se aceleraron considerablemente. Se celebró la boda, se instalaron en una nueva casa dotada de porche y del consiguiente florido jardín, y para cuando nació mi padre la armonía más absoluta reinaba entre ellos dos y por doquier. Para colmo de fuerza ella ganó en lo de ponerle Berenjena de apellido, una costumbre nada usada en aquellos tiempos y que levantó mucha polvareda alrededor, además de dotarme a mí de dos hermosas Berenjenas a falta de no desear ninguna. Eso sí, no tuvieron más hijos porque ella dijo que ya había cumplido —se refería a su vertiente femenina—, y dando muestras de la casta masculina en su cuerpo de mujer y quizás por desear tanto no tenerlos, con algún método que otras mujeres tal vez aún desconocían se las ingenió para no repetir maternidad, logro a destacar por lo que implica en sí y que se convirtió en su hazaña número tres.

Con respecto a mi querido padre —al que las dos amamos con fervor parecido pese a ser en tiempos y con lazos distintos—, desde que nació y para hacer las cosas como está mandado mi joven abuela le habló en español y mi abuelo en inglés —un inglés de libro y más sajón que anglo si nos atenemos al gusto de éste por lo germánico inoculado en su metro ochenta y cinco, atributo que no admite discusión por lo que se refiere a su ascendencia—, y fiel a esta costumbre lingüística mi padre la ha mantenido conmigo. Incluso me atrevo a decir que por haber seguido esta cadena un mérito achacable al empeño estriba en que los dos seamos, como lo era mi abuelo, de trato correcto con los extraños, educados en la mesa y ceremoniosos en el aseo diario, y a juzgar por el buen hacer general que tuvo él con mi abuela hasta apostaría mi reino a que consiguió refinarla en sus fallos de protocolo con las damas de su entorno en New York.

Una vez se instalaron en España —mi padre entonces tenía ocho años— vivieron felizmente de rentas, y tuvieron la paz de espíritu que da saber que con salud y amor el dinero se disfruta el doble, y que en un futuro lejano, cuando venga la vejez y no queden más que recuerdos, se habrá existido con alegría y sin la menor traza de remordimiento.

Tras estos años sin preocupaciones ni todavía nietos que consentir —mis padres ni se habían casado—, falleció mi abuelo cuando nadie se lo esperaba una noche a las tres de la mañana, aquejado de insuficiencia cardíaca, y mi queridísima abuela nos dejó en silencio quince días después, lo que me ha llevado a creer —consecuencia esto de arduas disquisiciones— que no pudo ser casualidad que pasara tan poco tiempo entre una muerte y otra sino que de tal magnitud era su amor que ella tuvo siempre razón, el hombre de su vida era mi abuelo y ningún otro sobre la faz de la Tierra le habría causado el deseo de morirse cuando se quedara sola. Pero él sí, y yo eso lo considero otra hazaña, que sumada a las anteriores y pensándolo un instante hace un número respetable de logros para una única persona —y mujer, para más gloria.

Pues bien, veamos entonces: confesado lo de mi nombre y apellidos y sabido lo de la heroína de mi familia, si quiero ser sincera desde el principio de mi propia historia —que es lo que he venido a contar—, tengo que decir que yo también he tenido ganas de morirme una vez, pero por una razón muy diferente a la romántica de mi abuela, sujeta la mía a los vaivenes de la vida. Olosia Berenjena “The First”, ella, y Olosia Berenjena “The Second”, servidora, distamos tanto de parecernos en algo como los kilómetros que median entre la Tierra y la brillante Venus, más que nada y sobre todas las cosas porque yo nunca he tenido ni la sombra de seguridad que tuvo ella. No obstante, sus piernas largas y su busto escaso se reencarnaron en mí, de eso no tengo duda cada vez que me paro a mirarme en el espejo, cosa que no hago a menudo porque no hay mucho más que ver que me haga fijar la vista ni en mi aspecto exterior ni al pensar en mi existencia. De hecho la trayectoria de mi vida está siendo tangencial a la suya, y a continuación me dispongo a contarla de una vez y con pormenores empezando por eso tan siniestro de las ganas de morirme.

Hace tiempo creí estar perturbada y a raíz de esta idea contemplé quitarme de en medio en un plazo corto —para qué iba a esperar si estaba extenuada de ser infeliz. Ya había pensado en la forma y todo, sin dramatismo de venas cortadas, sangre por todas partes ni lamentos de última hora —ella no me lo hubiera perdonado. No. Sería algo técnicamente limpio, rápido, y en lo que estuviera en mi mano lo menos chocante para quien me encontrara, que aunque imagino que se hubiera llevado un disgusto, los sustos también se minimizan si uno quiere y yo me tengo por compasiva. Ya sé que para acabar con la vida hay que juntar valor —el justo y necesario, diría yo, que viene a ser muchísimo—, una virtud por otra parte en desuso y cada vez con menos seguidores, vigente puntualmente para esos casos especiales en los que uno quiere probarse. Y no es que a mí me sobre el coraje —Dios me asista—, pero me veía tan capaz por momentos que pensé que si llegara a planteármelo en serio, en uno de esos lapsus humanos que todos sufrimos tendría cintura para hacerlo. Y he debido de acumular méritos porque, fallida la primera, una segunda ocasión se me ha puesto muy a tiro.

Me explico.

A fecha de hoy tengo treinta y siete años, y si me hubiesen dicho que a estas alturas estaría viviendo otra vez con mis padres, sin trabajo, sin pareja y con trescientos cuarenta y dos euros en la cuenta corriente creo que habría tenido motivos de sobra para pensar que ciertamente éste sería un caso especial apropiado.

En una película escuché que a uno no le cae encima más de lo que puede aguantar, y siendo proclive a hacerme preguntas me pregunto ahora clamorosamente qué guionista mal nacido puede escribir una cosa así para que lo largue uno de sus personajes. Billy Wilder no lo habría permitido, estoy segura. No recuerdo la situación exacta aunque no era tan desesperada como la mía, y eso que a mí no me gusta alardear; pero ahora mismo, dejando a un lado que tengo salud y que eso está por encima de cualquier coyuntura, honestamente no creo que mucha gente me supere en apuros.

Mi vida hace dos años no era feliz que digamos. Tenía un trabajo mediocre, un sueldo que apenas me daba para seguir a flote, vivía de alquiler en un apartamento, y cualquier gasto que no fuera absolutamente imprescindible me provocaba una quiebra financiera que me hacía perder el sueño lo que quedara de mes. Para ganarme el pan atendía peticiones de clientes de una compañía mega famosa que siempre conseguía tenerlos cabreados, estado de ánimo que se contagiaba con relativa facilidad a nosotros los empleados. Parece ser, y yo estoy de acuerdo con esta afirmación, aunque solo sea en parte, que el trabajo que uno hace le condiciona. Porque no hay duda de que trabajar en algo que uno aborrece con todas sus fuerzas es la mejor manera y la más rápida de conseguir que se le agrie el carácter, así sea poseedor del más dulce del mundo. Pero siguiendo con lo mío… Al volver a casa y dependiendo del día comía con desgana o con un hambre feroz —a las cuatro y media ya no son horas de comer de tenedor—, y muchas veces no tenía fuerzas ni para salir después a dar un paseo. Me quedaba medio muerta en el sofá con los ojos cerrados, apreciando el silencio como un premio valiosísimo —el silencio que puede haber con la taladradora de la obra de al lado, atascos, sirenas de emergencias, pitidos y todos los demás ruidos propios de cualquier ciudad pequeña con ínfulas de crecer a lo alto y ancho. Pero aquella desconexión era vital para mí y mis zonas de recompensa del cerebro. Si no la hacía, a la fuerza se producía en mi cabeza un guirigay de cohetes radiactivos que convertía la tarde en una prueba de supervivencia para huir de la migraña que me acechaba como un martillo.

En resumidas cuentas, que mi existencia venía a ser una sucesión de días insípidos que sumaban semanas monótonas y meses perdidos sin haber llegado a hacer nada provechoso, o esa era al menos la sensación que yo tenía. Pero tenía trabajo y vivía a mi aire —el pobre vivir que he descrito—, que tal y como gira el mundo y por la dirección que lleva ya es mucho decir.

Por otra parte y tratando ahora el escabroso asunto del dinero, mi sueldo me hizo hábil en el sutil mundo de las filigranas porque, tonta de mí, no he querido nunca chupar del bote —me fundí la herencia de mi abuela cuando viví en Londres hace diez años, y mi padre todavía no me lo ha perdonado, lo que me duele sobremanera. ¡Pero qué barbaridad, qué caro es todo allí!—. Con esta limitación hacía la compra ateniéndome a unos parámetros rígidos. Mi recorrido por el súper seguía un trazado estudiado para no caer en tentaciones que al no poder permitirme me ponían un poquito irascible. Por eso mi carrito daba pena verlo. No incluía nada que le diera colorido, o lo que es lo mismo, lo que yo llamaba caprichos.

En cuanto al escaparate que me enseña al mundo, y me refiero naturalmente a mi ropa —tema especialmente doloroso para cualquier mujer con su puntito de ego de reina—, el pequeño armario de mi apartamento era un muestrario de prendas baratas —casi todas de marca española pero fabricadas allén de los mares— y vaqueros de más de cinco años que en su día estuvieran de moda —es pensar en los baúles de mi abuela y venírseme lágrimas a los ojos—, a juego con zapatos y botas que había comprado caros para que me durasen pero que con el tiempo y el uso, cuando los pies se amoldan tanto que parecen mimetizarse, llegaron a hacerme llagas.

Si menciono otro punto flaco, mi pelo —maraña de rizos indomables igualita a la de mi madre que Dios me dio en suerte— solía recogerlo engañándome a mí misma diciéndome que era por comodidad, renunciando por ello al umbral mínimo de coquetería. Pero culpando al dinero y muy a pesar mío era para que no se notara demasiado que lo de ser una asidua de la pelu estaba por entonces fuera de mi alcance. Con eso y con todo me las ingeniaba para dar un aspecto tirando a resultón, cosa que le debo a mi altura exuberante, a no tener michelines —tema importante que sube la moral en momentos de extremo bajón— y a mis ojos azul oscuro, rareza supongo que de herencia irlandesa que se confunde con negro a no ser en las distancias muy cortas. Y si en la carrera por conseguir sitio en el mundo añadimos a esto que soy bilingüe, que estudié Historia con nota y que aunque no tengo la seguridad de mi abuela me las he arreglado siempre para ganarme la vida —en nada que tenga que ver con lo mío, también es cierto—, cualquiera hubiese dicho que soy una mujer con suerte. Pero qué va, todo lo contrario. He perdido el trabajo, ya no tengo novio —el año pasado me enfadé con él por un cúmulo de medias traiciones— y para colmo de desgracias la más gorda es volver a casa de mis padres con lo puesto.

Uso uñas y dientes para aferrarme a la esperanza de tener lo que anhelo y para eso sé que hay que tropezar cien veces.


Cuando me decida a llorar a gritos no sé si pararé a tiempo.

Aunque no, en realidad esto creo que no es verdad.

Porque a diferencia de mi madre, que llora por las esquinas los pocos sinsabores que le da la vida, y de mi padre, que no perdona ni a la de tres y se lo guarda todo dentro cargado de razón, yo no tengo tiempo para sonarme. Aprecio tan poco la tristeza que nunca le hago honores. Soy optimista de cuna, de natural, de raíz, y no encuentro razones bastantes para tirar la toalla por muy mal que me vayan las cosas —salvando el impulso de morirme que tuve aquella vez y que ya he olvidado, aunque de cuando en cuando me venga a la memoria para recordarme que soy yo la que decido. Siempre me obligo a mirar al frente con los ojos entornados para no cegarme con el sol espléndido que me da de lleno, y sueño despierta con tiempos mejores y con grandes ramos de lirios blancos. Cuando veo que la cosa mejora un poco —por bien poco que sea— se me renueva la sangre, me refloto, y ya pongo a airear mis alas de ave fénix, sin volver nunca la vista atrás. Bien es verdad que yerro mucho y que quizá debería volverme para ver lo que dejo, pero ni por esas. Me envalentono de tal modo que me tiro en picado igual que lo hace un pájaro que ve a su presa a lo lejos y la sorprende, teniendo el encuentro un resultado terrible. Pero no soy de las que buscan garantías. Yo busco halagos y laureles, y no desespero por tarde que lleguen. Uso uñas y dientes para aferrarme a la esperanza de tener lo que anhelo y para eso sé que hay que tropezar cien veces. No soy la Olosia con suerte que nació con estrella y que lo tuvo todo a la primera; soy la otra, criatura pequeña de fortuna incierta pero miras fijas, la Olosia que ha tenido que querer su nombre para no renegar de ella misma, y esta circunstancia marca mucho. Y por si no bastaban un nombre feo y dos hortalizas, soy torpe eligiendo —da igual la elección que sea—, dejando patente que la virtud de mi abuela no la heredé ni para asuntos de amores ni de ninguna otra índole, muy desgraciadamente.

Pero en fin. La vida tiene estas cosas. Pone pruebas constantemente para que saltes por encima aun cuando la prueba más dura es mirarte al espejo y conocerte, sin importar cómo te llames. Porque, en definitiva, en la vida solo importan dos detalles básicos que te hacen diferente al resto de la especie —voy a evitar meterme en profundidades— y son únicamente lo amueblada que tengas la cabeza y los zapatos que lleves puestos ese día, sin más historias añadidas.

Lucía López Vázquez
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