Saltar al contenido
Hablemos, de Octavio Santana Surez

Maaso

• Sábado 12 de diciembre de 2015

El vagón iba repleto de gente de diferentes razas, aunque en realidad abundaban los de la suya: yaquis. En su mayoría dueños de una gran corpulencia, altura sorprendente y fuerza descomunal. Todos habían sido desterrados de Sonora para que el gobierno de Díaz pudiera apropiarse libremente del oro que ahí poseían.

Maaso no sabía a dónde lo llevaban, lo último que recordaba era un fuerte golpe que había recibido. Pasaba por su mente la imagen de su padre; por un momento sentía que estaba al lado suyo mirando, junto con él, sus tierras a las orillas del río. No tenía idea de que el destino del tren era Yucatán: sería vendido como peón a una hacienda henequera con un salario de tres centavos por día, mismos que le alcanzarían apenas para comprar una mísera cantidad de alimentos en la tienda de raya de la misma hacienda. El rumbo exacto era hacia el rancho de don Genaro Gutiérrez, antiguo soldado que, gracias a la gran amistad que logró con el general Porfirio Díaz, le facilitó hectáreas que habían sido confiscadas a campesinos yucatecos; don Genaro, además, recibía inversiones por parte de estadunidenses, el principal era Henry Parsons, dueño del periódico de más difusión en Los Ángeles.

 

Una vez realizada la transacción oficialmente terminó el viaje, fueron adquiridos junto con Maaso veinte hombres más, a razón de cuarenta y cinco pesos por cada uno, más la comisión del enganchador: ellos se dedicaban a reclutar gente a base de engaños y con promesas de salarios atractivos, o bien a los desterrados de pueblos como los yaquis a quienes sin aviso alguno levantaban.

Maaso significa “venado cola blanca”; era la mitad del mes de octubre y se acercaba la segunda mitad del otoño, la hembra del venado cola blanca durante esta época se encuentra en celo.

Estaban todos frente a don Genaro y su capataz, ellos les explicaron la paga que recibirían así como las reglas que tenían que seguirse al pie de la letra: la hora de levantarse, la de comida; les indicaron dónde se encontraba la tienda de raya y todos “bienvenidos”. Maaso protestaba, aseguraba que su familia era dueña de sus propias sus tierras y las habían trabajado durante años; su padre era alférez, grado máximo del poder militar de los pueblos de origen yaqui. El capataz no vaciló y acompañado de un golpe le advirtió que eso ahí no les importaba. “Ya eres del patrón”, expresó en tono de burla. Fueron conducidos a un cuarto de cuatro por seis metros donde compartiría el espacio con los otros veinte recién llegados; este cuarto no contaba con absolutamente nada de protección ante cualquier inclemencia meteorológica, era únicamente terracería con paredes levantadas en madera y zacate.

 

En realidad él nunca aceptaba encontrarse en situaciones parecidas; dando muestras de alma rebelde desde joven, como cuando se sublevó ante su padre en la adolescencia, consiguiendo grandes cosas para la tribu. Lo primero que intentó fue persuadir a los demás de fugarse, mas ya habían sufrido lo suficiente para que una idea así volviera a pasar por sus mentes; aquellos que corrían el riesgo eran devueltos a la hacienda muertos y los mostraban para que nadie osara transgredir las reglas.

Cuatro de la mañana en punto era la hora en que el capataz elevaba la voz para que llegara a todos los oídos de la gente que visiblemente no podía más con su existencia debido a la carga de trabajo excesiva.

 

A pesar de la negación general, Maaso nunca dejó de idear un plan, desafió la voz de los peones al huir e internarse en los inmensos campos en busca de la libertad. Fue descubierto por un ciudadano que no dudó en salir corriendo a descubrirlo, pero un movimiento bastó para que en un segundo el cuello de aquel delator quedara únicamente en el intento de denuncia. Mazo volvió a su choza pues el grito del hombre despertó a los encargados de haciendas vecinas, gracias a su audacia nunca nadie supo que él fue el asesino.

Llegó a un punto en que lo contagió el sentimiento de resignación que ahora compartía con todo aquel que salía a diario a sufrir la explotación. Todos los domingos los dejaban salir un momento al jardín en común con otras plantaciones donde se permitía el contacto con peones de otras haciendas. Nunca olvidó el momento en que vio a Aketzali por primera vez, originaria de Pátzcuaro, Michoacán.

 

Zirahuén era el nombre de su padre, carpintero nacido en Janitzio con una vida dedicada a su trabajo y quien adquirió una deuda para mantener la carpintería que funcionaba como productora de balsas para pescar en el lago. Los intereses fueron creciendo poco a poco, su última opción fue vender la carpintería; más bien cederla para cubrir el pago. “No es suficiente”, le condenaron. Transfirieron la deuda al ex coronel Fulgencio Valle, que igualmente trabajaba el henequén, vecino de don Genaro y dueño de tres haciendas más distribuidas entre Yucatán y Quintana Roo, vivía en esa por ser la favorita de su familia —o al menos eso era lo que decía a quien le preguntaba sobre ello, la verdad del porqué, él tampoco la sabía. Su esposa, Dolores Madero de Valle, sostuvo por muchos años una relación con el capataz de su más grande hacienda, ubicada en lo que en la actualidad conocemos como municipio Lázaro Cárdenas, al norte del estado; Gabriel Tlelo era el nombre del fornido trabajador de la hacienda, después de un cruel accidente perdió la vida y con ella vino la profunda tristeza de Lolita, como solía llamarla el capataz; fue así como decidió irse de ahí pensando que de esa manera olvidaría lo sucedido.

Zirahuén había muerto dos años atrás debido a un golpe de calor, era el mediodía y se desvaneció para no levantarse jamás. Su madre y hermanos heredaron la deuda. Más cinco años en los que estuvo ahí su padre sumaban ya siete de vivir bajo el látigo del capataz, una cantidad considerable de tiempo teniendo en cuenta que era poco lo que un esclavo vivía. Ya sólo quedaban su mamá y ella, Aketzali no trabajaba: las mujeres eran obligadas a casarse con los peones chinos (así les mantenían alejado el deseo de fugarse), a quienes toda mujer mexicana repudiaba, si no elegían marido únicamente las alimentaban con maíz y frijoles. Vivía de eso y de lo que su madre le obsequiaba, ella había elegido a un esposo en momentos de flaqueza, justo después del deceso de su esposo.

 

Los ojos de Maaso no contemplaron tal belleza alguna vez en su vida, más que en Sonora. Tukáari era la hija del alférez de otro pueblo cercano a las tierras de su familia y que fue hallada muerta a manos de soldados porfiristas que por resistirse al ultraje le dieron fin a su vida. Después de la primer mirada entre él y Aketzali, se creó un deseo mutuo. Maaso significa “venado cola blanca”; era la mitad del mes de octubre y se acercaba la segunda mitad del otoño, la hembra del venado cola blanca durante esta época se encuentra en celo y los machos pelean por aparearse con ellas; al parecer era una conexión con la espiritualidad indígena.

Un viejo —del que se había hecho cercano desde el día en que hizo que le pasaran el látigo a él en lugar del anciano— le advirtió que no intentara ni siquiera acercarse a ella: estaba prohibido cortejar mujeres de otras haciendas pues si llegaban a casarse, uno de los dueños tendría que cubrir el costo del peón que no fuera suyo. “No tengo la intención de casarme, no puedo hacerlo con alguien que no sea yaqui”, reconocía Maaso. Lo que él quería era satisfacer su deseo, como lo hacía con Tukáaria. Cuautli, campesino poblano, le insistió en que no la buscara porque de igual forma los capataces lo malinterpretarían y sería condenado a castigo.

 

El espíritu rebelde de Maaso revivía con fuerza y al poco tiempo ya hablaba con Aketzali sobre su pasado, ella le contaba de lo bello que es el lago de Pátzcuaro y de los días enteros nadando cuando era niña; a su vez, él recordaba cuando corría alrededor del río yaqui y jugaba con sus hermanos a conseguir el mayor número de piedras y después devolverlas y ver cómo se perdían en la corriente de agua. Largas eran las pláticas entre ellos, la atracción que provocaba la unión despertaba las pasiones de los dos e incluso de quienes los contemplaban atentamente. La excitación que les suscitaba lo prohibido podía más que el temor a futuras represalias, eso los llevó a citarse a la media noche, los capataces dormían y tenían la fortuna de ser haciendas contiguas.

Fue justamente ahí, entre plantas del verde campo, donde el acto que a gritos pedía ser consumado se realizó. Todas las energías retraídas fueron liberadas con el calor que la luna llena emanaba con su luz. La corpulencia de Maaso sorprendería no solamente a Aketzali, con sus casi uno noventa de estatura y músculos que aún no se veían afectados por la mala alimentación y el trabajo exhaustivo; sus piernas eran como las de un joven semental veloz, su espalda parecía una muralla lisa y sólida con grandes surcos, las manos que a pesar de estar marcadas por su larga vida obrera contrastaban con la suavidad de sus caricias y unos brazos inmensos que bastaba uno solo para mover a cualquier mujer a su antojo. Aketzali por su parte conservaba las curvas que años atrás volvían loco a todo el pueblo de Pátzcuaro, una figura esbelta y fuerte, en el cuerpo se notaba el trabajo; su cintura delgada abría el paso a las caderas más portentosas que aquel pueblo pudo haber visto, esas caderas que podrían estimular al viejo más impotente y que incitaban a la perversión, un par de senos firmes con redondez casi perfecta eran cubiertos por su largo cabello un tanto descuidado por los años de aislamiento pero que resultaba poco importante ante tal belleza. Nunca fue abusada por los capataces ni por los demás esclavos porque fue la protegida de Dolores Madero de Valle, esposa de Fulgencio, su pureza indígena y su belleza le recordaban a su abuela, también de origen nativo, y a modo de redimirse con la vida por los abusos que su marido cometía, decidió ampararla ante cualquier intento de abuso, muchos eran los que, desconociendo tal protección, habían pasado por el látigo después de intentar pasar sus manos por tan seductora figura.

 

Aquel inolvidable encuentro concluyó en la víspera del llamado al trabajo, a la voz del capataz: un grito golpeado y de clara necesidad imperativa que cada mañana era pregonado. Maaso regresó con gesto de alivio y clara satisfacción, Aketzali sonriente como en muchos años no lo había hecho, se sentía viva y menos oprimida por el encierro.

Igualmente él a medida que la cantidad de encuentros iba aumentando, se sentía con aires libertarios: era su espíritu rebelde; algo parecía que estaba a punto de explotar: iría contra sus verdugos. Decidido, incitó a la mayoría de los peones a no trabajar de la misma manera, reducir sus esfuerzos y así la cantidad de henequén también. Sabía que no recibiría mejor sueldo, era una forma nueva de esclavitud la que vivía; para compensar el desgaste y el mísero salario descansaban en guardias mientras el capataz hacía su recorrido. Cuando se quedaba en alguna parte, los que estuvieran más lejanos interrumpían su labor y dejaban caer sus cuerpos al reposo, los demás vigilaban y avisaban cuando el capataz se acercara, y viceversa, así pudieron mantenerse un tiempo. El capataz se dio cuenta de la baja producción así que un día decidió andar a pie por la hacienda y descubrió a Maaso junto con tres peones más compartiendo una bola de maíz mientras descansaban.

Sin piedad alguna los latigazos retumbaban en las espaldas de los cuatro hombres, que después de diez minutos de castigo seguían recibiendo azotes desgarradores a los ojos de los demás trabajadores, mujeres y niños, a quienes obligaron a presenciar el pago de la condena. Fueron trasladados al cuarto que compartían con los demás; tan graves eran las heridas que se ausentaron cuatro días, mismos que se les descontaron doble por haber desafiado a su patrón. Fue imposible que Maaso viera a Aketzali durante algún tiempo, un mes para ser exactos, el que tardó en recuperarse.

Durante esos treinta días se limitó a cumplir con sus horas de trabajo y volver a su cuarto para caer rendido; no salía los domingos porque tardaron en sanar sus lesiones, la misma carga laboral reabría las magulladuras y prefería estar aislado, ocultar el dolor físico aunque no fuera más fuerte que el emocional: en sus encuentros con Aketzali había conseguido desviar un poco el sufrimiento que le causaba estar lejos de sus tierras y el pensar que seguramente su padre había muerto en manos de porfiristas o igual que él, viviera en carne propia la deshonra de servir a explotadores de la clase de Genaro Gutiérrez.

 

No dejó pasar más días y decidió buscar a la bella chica de Pátzcuaro, aprovechó el día que podían visitar a los peones de las demás haciendas, como era su costumbre antes del suplicio que le hicieron pagar. Aketzali dio muestras de conmiseración cuando Maaso mostró, contra su voluntad, las cicatrices que había dejado tal salvajismo. Le contó que dos de los cuatro castigados aquel día habían fallecido una semana después y el restante agonizaba, sobrevivía de lo poco que le podían regalar de comida los demás trabajadores.

Muy detenidamente eran observados por el capataz, quien advirtió que algo extraño había en esos dos jóvenes, no dudó en amenazar a Maaso con más azotes si lo volvía a ver cerca de la mujer, ella solamente recibió una mirada despectiva pues sabía que no podía decirle absolutamente nada. Antes de que fueran sorprendidos ya habían planeado nuevamente encontrarse a solas, revivir el escape de su mísera realidad, pensar que podían ser libres y añorar su venturoso pasado, aquél en que nunca se imaginaron que la esclavitud se disfrazara para seguir siendo utilizada, pero con más impunidad.

Cuántas madrugadas habían sido testigo de la pasión que se desbordaba en ese lugar que una vez más albergaba los deseos guardados de dos personas que luchaban por no caer en la histeria, dos almas libres en cuerpos atados; la excitación podía percibirse, podía sentirse, dos espíritus colmados de energía a punto de estallar. Era tal el ambiente de sensaciones que predominaba el entorno el que no permitió a Maaso darse cuenta de que era seguido por el capataz. No había podido descansar pensando en el yaqui y su constante desacato a las órdenes.

Sus manos intercambiaban caricias, tal parecía que estuviesen esperando este momento después de años de verse, los labios chocaban con intensidad, recorriendo el rostro, el cuello, los hombros y cada parte de sus cuerpos que apenas pudieran sentir, la respuesta eran besos de anhelo y de abstinencia desesperada por romperse. No podían contenerse más, las piernas de ella dieron paso al viril joven que no parecía haber sido azotado, por ese momento olvidaba los castigos y las heridas; no salían palabras de su boca sino únicamente los escandalosos suspiros incontenibles, mismos que les impidieron escuchar los pasos del capataz que ya se encontraba a un lado de ellos y observaba de cerca el atrapante encuentro que expiraba sensualidad inefable, mas no evitó que de un abrupto golpe asestado en la sien de Maaso terminara abruptamente con el entorno de tranquilidad en donde sólo dos existían.

Un frío que anunciaba el cercano invierno invadía el campo, agarrándolo de las muñecas el capataz arrastraba al joven de regreso a la hacienda; Aketzali huyó despavorida después de recibir una bofetada por haber manoteado al hombre. Una pequeña brisa descendía del cielo, la fuerte voz que cada madrugada despertaba a todos se escuchaba más temprano que de costumbre. “¡Ey, despierten todos!”, exclamaba a todo pulmón el capataz para que presenciaran la escena.

 

Pasaron cerca de seis horas para que el yaqui recobrara el conocimiento. Frente a él estaban dos peones de la hacienda hablando con el capataz y con don Genaro, estaban terminando de confesar que era él quien había contagiado a todos con la idea de trabajar menos y cubrirse para poder descansar en horas laborales. Con gran impotencia Maaso se daba cuenta de que todos actúan en beneficio de sí mismos únicamente, mientras hubiera comodidad de por medio encontraría apoyo quien la proporcionara, pero esas asociaciones terminaban cuando ésta desaparecía para dar paso a la traición, no se comparten ideales, simplemente se adoptan los que más convienen a tu situación.

Don Genaro estalló en ira, no podía tolerar que alguien alborotara de esa forma a toda su gente y además fuera en contra de todas las reglas existentes, no cabía duda que representaba un peligro y tomó la decisión del máximo suplicio: lo colgaría frente a todos como escarmiento. El hacendado prácticamente no toleraba nada pero no había nada peor que desafiarlo.

Sin dejar pasar más tiempo y con la ayuda de quienes en algún momento apoyaron su causa, Maaso fue conducido al centro de la hacienda, justo en medio del patio principal que dividía el caserío de grandes proporciones con las contrastantes chozas del otro extremo, el que daba hacia los campos, esos que albergaron a los dos jóvenes reunidos por última vez. Era arrastrado por dos peones mientras otros más colocaban la soga en la rama del árbol, ninguno de los traidores lo vio a los ojos.

Colocaron la cuerda alrededor del cuello, lucía lastimado pero con un temple incomparable, no pronunció palabra, no intentó nada, sabía que no había más por hacer. Mientras era lentamente elevado volvía a recordar la imagen de su padre, ese viejo sabio, fuerte y de un temple no menor al suyo; nuevamente se remitía la orilla del río, veía una vez más las tierras que le fueron arrancadas, la imagen de la hermosa Tukáari, pero más que otra cosa recordaba sus últimos momentos con Aketzali, ella significaba su último hálito de libertad.

 

Mientras su cuerpo yacía inerte, atado a la soga, los demás trabajadores contemplaban impotentes, sabían que no tenían más opción que resignarse. Tal era el clima de estupefacción y desolación que sentían todos en ese momento que casi fue imperceptible el bullicio fuera de lo común que se acercaba desde el campo que unía las haciendas vecinas y que a lo lejos se convertía en bosque.

Nadie sabía que dos meses antes había estallado un movimiento armado en el país, los hacendados habían sido notificados, temían que el pueblo reclamara sus tierras, personas como Maaso se convertían en amenaza directa, almas rebeldes que debían ser detenidas, esa fue la verdadera razón de su muerte. Ahora ellos eran los vulnerables y con destino incierto.

El grupo de guerrilleros que se acercaba mantenía el desconcierto general: gritos por todas partes, gente que corría sin rumbo y un capataz intentando, con un último resuello de autoritarismo, someter a hombres y mujeres. A él le fue asestada una bala de escopeta en la sien, dejándolo fuera del camino y así tomar lo que al pueblo le pertenece. Cuando la calma aún no llegaba pero el caos había terminado, un rugido furioso exhaló a modo catártico las palabras que todos los oídos deseaban escuchar: ¡Viva la Revolución!

Arturo Molina Hernández

Arturo Molina Hernández

Escritor mexicano (Ciudad de México, 1991). Estudia comunicación. Ha publicado el libro de cuentos Las espinas del rosal (Bolivia, 2016), ganador del VII Premio Nacional Noveles Escritores. Textos suyos han aparecido en La Crónica de Hoy y en una revista independiente de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam).
Arturo Molina Hernández

Textos recientes de Arturo Molina Hernández (ver todo)

30% de descuento en el Taller de Cuento de Letralia