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Hasta el final camina el canto (extractos)

viernes 11 de marzo de 2016

Nota del editor

“Hasta el final camina el canto”, de Santiago Montobbio

Hasta el final camina el canto
Santiago Montobbio
Poesía
Amelia Romero, Editora
Barcelona (España), 2015
ISBN: 9788482551432
353 páginas

El español Santiago Montobbio pasó veinte años sin escribir poesía y en 2009 retomó el oficio. De los casi mil poemas que escribió entonces ha publicado una parte en dos volúmenes titulados La poesía es un fondo de agua marina y Los soles por las noches esparcidos. La publicación de los poemas siguió concretándose el año pasado con Hasta el final camina el canto, del cual ofrecemos hoy una selección a los ojos de la Tierra de Letras.

La noche por el silbo acariciada
de ese pájaro que acaso tú esperaras.
Por el trino. Por el río, por el frío,
por el lirio que a tu paso se dobla
y es también caricia hacia esa noche
derramada. La noche en que tú estás,
la noche libre, fiera, la noche sin medidas
y donde todo es ya posible, porque acaso
en ella el amor se cumpla. Germine o estalle
cual semilla o cual mañana
que para mí entre las manos
tú guardaras. Los sueños y la noche
que en ella se acunan, se dan las manos,
esa mano tuya que como mañana para mí guardas
y es caricia y brisa y luz escondida,
paloma blanca sólo para nacer nacida,
para vivir muy pura, limpia,
siempre en esa mano
con forma de mañana. Noche
y sueños
y descensos
y el olvido en que a esos sueños
en el amor tengo, pues no te alcanzo,
ni te tengo, ni tan sólo
te prefiguro con acierto
ni puedo seguir tus pasos
sobre ese olvido que con mi amor labro,
el olvido que a mi amor destinas, el silencio
que le entregas y con que le respondes, la espera
muerta
donde acaba todo sueño
en el que te quiero y que para ti tengo.


Los silencios terribles del olvido,
sus pasos largos, firmes, hacia la nada
dirigidos y en nada consumidos,
en polvo, en sombra, en nada,
como en el precioso final clásico,
en polvo sin misterio y tan sólo
con olvido, fiero y largo, terrible
en su silencio. En su nada
consumido, en la vida que en él
empeño, trabajo, labro
y así pierdo. Adiós,
olvido, puerto o andén
largo y llovido, gabardina
rota, telaraña,
mordisco, teja
partida, musgo,
óxido. Todo
lo que pierdo, lo que olvido.
Con lo que a ti no llego.
Con lo que te quiero
y no te alcanza. Y el vivir
no basta y
se deshace en nada, en
el olvido fiero
de pasos largos y terrible
silencio, silencio
terrible
de adiós y musgo y óxido
en el que te pierdo y en
el que no estás, no hay
abrazo y no te alcanzo.
Todo es un desierto para el que no hay canto.
Estos son los pasos de su silencio terrible, largo.
Y al final de ese todo de algún modo
también estás tú, igual de terrible y sola,
corazón raído sobre el que mi vida llueve
y es silencio y es olvido, adiós perdido.
A la nada me abrazo mientras en tu amor el vivir consumo.


Mi mundo no es de este reino,
o sólo sombras detengo. Así puede decir
como Cernuda el poeta. Y seguir
su particular modo de auscultarse y estar vivo,
hendir en la prisa del tiempo el pie,
dar sus pasos sobre nada y llegarse
hasta el olvido. Hasta el fin.
Hasta el último recodo de sí mismo.
Quizá allí se encuentre con un niño,
el niño que aún es y siempre ha sido
entre las manos de Dios, sobre un manto de nubes
que los sueños en sus ágiles formas configuran.
Así el poeta quizá siente en la tierra y dentro
de su corazón la alienta, nube ligera.


Terrible es el amor cuando calcina
como desierto que no canta, tal pájaro
que olvidó cómo se emigra y siente la condena
de tener que quedarse en tierra áspera. Herida
terrible es el amor o puede serlo, ángel caído
sobre sombras que me cercan
y en las que la noche acecha
como perro fiero, perro
que muerde el alma y la aprieta
con manos de fría niebla
cual soga
y última palabra
que antes de ceñirse al cuello aún nos deja.
De hecho, es este poema. Las suyas
son las últimas palabras que el amor me deja.
Como despojo tras decirlas en el aire penda.


El compás de la luna y de la espera
sobre el alma, y de la exacta ausencia
que te nombra. El ritmo oscuro
por el que pregunto cierto
los abismos escondidos en los días.
El ritmo, los pasos, el viento que los sigue
y que los barre, las hojas que alborota
como música en el alma
y los poemas forman, los poemas,
los poemas que en sangre acaban, en soledad
herida, la soledad última
que para mí conformas y ya
no es una patria, sólo daga
que en esos poemas penetra
y la carne abre, sal
echa a las heridas
y en el dolor todo
dolor me encuentra.


El alba entre las manos llevo,
entre los sueños. Así
a tu amor me entrego. Pero
a este cuerpo que forman mis manos y mis sueños
tú no respondes con un labio. Con nada
tú respondes. El alma se me escapa
o se vacía cual agua entre las manos,
cual alba, y mis sueños
no son de ningún reino. Sólo hay noche
mientras te espero. Y silencio fiero.
En él vivo, en él me hiero.


Este es un libro puesto en orden por la muerte,
pone Luis Rosales como epígrafe que abre
uno de los suyos. Y quizá por ello
he tardado en querer ordenar tantos poemas
que en marzo he escrito, y no he querido
o me he decidido a hacerlo. Porque parece que la muerte esté cerca
y por eso deba hacerlo, sea preciso, y yo no quiero
así sentirlo. Quiero sentir la muerte lejos,
tener aún como horizonte la vida, y quizá
aún más ahora, que la he visto de pronto
en peligro, sin aviso amenazada. Pese a ello
pensaba este agosto tener calma y poder
ordenarlos, y por esto me los he traído impresos
uno a uno, un paquete tremendo. Pero tampoco parece
que pueda hacerlo, porque me he puesto
a escribir de nuevo. Vuelve la vida,
la vida plena que en semillas se cifra,
en frutos y música estalla. No la ordene
la muerte, ni la detenga. No la altere.
Los poemas por su número son ya una maleza,
o una selva, tras tan largo barbecho,
pero el silencio y la calma
de los pasos del tiempo
han de sedimentar esta cosecha.
Todo llega y es espera.


Pasan los días, y el regreso escribo.
No sé de qué o de quién. Quizá
de un dios caído que cruje
entre mis dientes y en los versos
son soles dormidos. Su regreso escribo,
su cúmulo de adioses y de nubes
que se marchan con los días. Así vivo,
y me busco. En el regreso inútil
de un dios caído
sobre el verso herido.
Adiós así me digo.


En cada verso pierdo el mundo,
porque en él no te abrazo y no te encuentro,
sólo estrecho huidizas sombras
que no te nombran, que nunca traen
recuerdo o labio y nada son, porque a ti
no me acercan, y se marcha y son sólo
huellas que en el papel cifran tu ausencia.
En el papel no te nombro ni recuerdo:
así lo intento, pero no lo logro, porque las palabras
crean aun otra distancia, un muro
en que la soledad jamás te abraza.
En cada verso, en cada poema
pierdo el mundo. Porque no te encuentro.


Digo tu nombre y gira la tierra.
Mi amor no necesita más poema.


El tiempo del poema no lo mide un reloj
sino un desierto de arena. El viento
maldice sobre ella los recuerdos. Y adentro
te sueño, o te invento, y soy tic-tac que cuenta
los latidos de una noche antigua, del corazón
en ella escondido. El tiempo del poema
no es ya tiempo: es cielo y fuego, pájaro, beso,
desierto. Abrazo con el que en las palabras
te aprieto. Y vivo, y miento, y aliento.
Todo suceso en el poema es verdadero.


Los poemas por la noche no descansan:
en su profundidad trabajan, en su oscuridad
más honda, y en la soledad
sobre cuyos pilares se asientan. Los poemas
en la noche y en la soledad trabajan, y allí
dicen tu verdadero nombre, y dibujan tu rostro,
al final del alma, con trazos de nada.
Y en algún verso, como en éste, de pronto se acaban.

Santiago Montobbio
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