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Muerto por dentro

martes 15 de marzo de 2016
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Aquella noche de sábado había salido tarde, como siempre, esperando a que “la gente casada y con hijos” hubiera comenzado a volver a casa. Esa era la forma con la que Marcos denominaba a toda la gente de su edad que se comportaba como gente de su edad y que tenía lo que se consideraba normal para gente de su edad, una familia, un hogar, una cierta estabilidad laboral y un futuro más o menos previsible. Sin embargo, al llegar a la Avenida de la Constitución, pese a ser la una y media de la madrugada, encontró las terrazas de los bares llenas de gente “casada y con hijos”. La calurosa noche de julio les animaba a permanecer más tiempo de lo habitual en los bares. Su presencia fastidiaba a Marcos, no solo porque sentía su presencia como una acusación viviente contra todo lo que era, o más bien contra todo lo que no era a sus cuarenta años, sino también porque salía con un propósito muy definido para el que resultaba molesta la presencia de esa gente. Necesitaba la sórdida intimidad que ofrecían los bares a última hora, cuando ya se habían retirado los clientes decentes con saludables planes para el domingo.

Esas preciosidades escurridizas le demostraban que su pasado había muerto, que el tiempo de acercarse a ellas y tocarlas había pasado ya y que su presente y su futuro estarían llenos de mujeres tan envejecidas y tristes como él mismo.

Marcos tenía una forma grosera de denominar a su objetivo de los sábados por la noche, “rebuscar en las rebajas”, es decir, ligar con mujeres desesperadas a las que llevarse a la cama. Dada su situación económica, no le quedaba más remedio. Los escasos sueldos que obtenía de sus precarios empleos, que abarcaban una extraordinaria variedad de actividades tales como vendimiar, recolectar aceituna, barrer las calles o servir como camarero en bodas y comuniones, se iban en pagar puntualmente la manutención de sus hijas y en el alquiler del pequeño piso en el que vivía solo. Apenas le quedaba para comer y mucho menos para salir de putas. Las ninfas de pechos firmes y culos prietos no querían saber nada de un tipo de cuarenta años que no tenía nada interesante que ofrecer, solo unas toscas manos curtidas en trabajos miserables, un cuerpo fofo, blando, hinchado a base de tapas y cerveza, su menú preferido, una cara ancha y gris que parecía una masa de cera sucia a punto de desmoronarse siguiendo la caída de sus gordos mofletes, una mirada marrón y dura que siempre parecía al acecho y una conversación llena de rabia y rencor.

Se había hecho a la idea de que, probablemente, nunca más volvería a sobar unas tetas pequeñas y prietas, como a él le gustaban, ni acariciar una piel tersa y suave por la que su mano se deslizara traviesa y feliz. Había asumido que, en el mejor de los casos, por delante solo tenía una triste sucesión de gordas tetas caídas por exceso de grasa y edad y ásperas pieles celulíticas por las que su mano se deslizaría ansiosa y resignada. Con todo, era mejor que nada. Era un objetivo en la vida, un objetivo absurdo, pero un objetivo que daba sentido a los penosos días que se iban sucediendo sin objetivos, sin ambición, sin esperanza, una forma grosera de distraer su pensamiento, por el que rondaba con excesiva frecuencia la negra esperanza del suicidio, una forma graciosa de violar la templada santidad del domingo, cuyo esplendor se desplegaba cada semana en la plaza a la que asomaba el balcón de su dormitorio, frente a la parroquia del pueblo, acompañado de su odiosa melodía compuesta de risas infantiles y tranquilas conversaciones adultas.

Solo había que tener cuidado de no dejarse pringar con la pena que esas mujeres solían llevar dentro, pena por rondar los cuarenta sin tener nada de lo que les dijeron que debía tener una mujer a los cuarenta. Al principio la ocultaban entre bromas, risas y sonrisas, pero Marcos sabía que estaba ahí, que solo necesitaba un poco de intimidad mezclada con alcohol para que comenzase a subir a la garganta y a la boca, como un vómito. Sabía qué hacer para evitar que la posibilidad de echar un polvo se malgastara por culpa de una confesión íntima. Había desarrollado una notable habilidad para soltar en el momento oportuno las frases hechas o los chistes capaces de desviar una conversación que se precipitaba peligrosamente hacia la comunión de las almas. Se había ganado, incluso, cierta fama de “hombre que sabe escuchar a las mujeres”. Aunque, en realidad, lo único que le importaba de esas mujeres era el mezquino placer que podía obtener de sus blandos cuerpos decepcionados.

Sorteó malhumorado las abarrotadas mesas, llenas de satisfechas caras sonrientes que se espiaban mutuamente con discreción, camino del Infierno Azul, su pub favorito, el antro que a última hora solía reunir lo más aprovechable de entre “las rebajas” y donde habitualmente paraban sus escasos amigos. De hecho, en la puerta, sentado en un taburete ante una mesa alta y con un gin-tonic a medio vaciar, se encontró con Juanito, el Gordo, un tipo inmenso que, como siempre, iba vestido con una estridente camisa de cuadros rojos. Debía medir cerca de dos metros de alto y casi lo mismo de ancho. Era como una nerviosa montaña de grasa cínica disfrazada con un mantel de cocina. Rondaba los cincuenta años, tenía el cabello completamente blanco y una perenne sonrisa sórdida en los labios. Era corredor de seguros, padre de tres hijos y un putero insaciable, el tipo más salido que Marcos había conocido. En pocas palabras le puso al corriente de la situación en que se encontraba el interior del local: abarrotado de gente que no había visto en la vida, turistas, forasteros… imposible estar dentro, en la barra, como a ellos les gustaba. Marcos se quedó un rato en la puerta hablando con el Gordo. En verdad, no tenían muchas cosas que contarse desde el sábado anterior, las mismas sucias anécdotas inventadas sobre mujeres y bebida. Los demás días de la semana no existían en sus conversaciones, tampoco las dudas o los problemas personales. Había otros lugares en los que hablar de ello, otros oídos a los que pudiera interesar o, al menos, una habitación solitaria en la que torturarse pensando en la tonta sucesión de los días.

Marcos necesitaba beber. Se le hacía impensable afrontar un domingo sin resaca. Necesitaba lo que él llamaba sus “domingos sucios”, pasarse todo el día tirado en la cama, sin hacer absolutamente nada, sintiendo cómo le ardía el estómago, dejando pasar las lentas horas con la boca reseca, la cabeza dolorida y la mente embotada, única forma de hacer frente al seráfico murmullo de la vida familiar que ascendía desde la plaza, que trepaba por su balcón como el atormentado espectro de la vida que hubiera debido llevar a sus cuarenta años. Necesitaba una copa.

Entró en el local por el angosto paso que los fatigados camareros mantenían abierto entre los clientes que se amontonaban en la puerta. La densa luz azulada en que se sumía el interior del estrecho local daba a la multitud que lo llenaba el extraño aspecto de sombras alegres cuyas oscuras miradas no expresaban nada.

Marcos se abría paso con dificultad camino de la barra, extendida frente a una de las paredes laterales del local. Apoyado en la barra atisbó la alargada silueta de Luis, solitario e inexpresivo como siempre. Su cenicienta cara de cuarentón reflejaba bien su carácter sombrío y callado. Era policía municipal. No se había casado ni se le conocían relaciones con mujeres. Apenas hablaba, solo bebía. Marcos logró abrirse paso hasta él. Se saludaron con la misma sequedad de siempre. Ahí acabó toda conversación.

Junto a Luis estaba Sergio, un tipo bajo y tripudo de más de cincuenta años. Cuando estaba sobrio, sus gafas y el rubio cabello peinado con raya al lado le daban aspecto de profesor, aunque, en verdad, era auxiliar administrativo del instituto de secundaria del pueblo. Tampoco se había casado. Vivía solo en la enorme casa que había heredado de sus padres. Se decía que tenía una fortuna, aunque no lo aparentaba. Borracho como estaba, perdía mucho. Una media sonrisa torcía sus labios, algunos desordenados mechones difuminaban la raya que peinaba sus cabellos y lucía una indiscreta mancha en el pecho de su estridente polo de color verde pistacho. Como siempre que estaba borracho, se volvía muy pesado hablando de fútbol.

Marcos se pidió el primer whisky con cola de la noche y se apartó de la barra huyendo de Sergio. Era difícil avanzar entre la multitud cargado con un vaso rebosante. Sin darse cuenta se chocó con Pablo, un tipo al que conocía de los años de instituto. No paraba de ajustarse las gafas ni de sonarse la nariz ni de torcer su rapada cabeza en todas direcciones. Parecía nervioso, ya debía de andar bien puesto, no hacía otra cosa que meterse rayas. No hablaron mucho, lo suficiente como para saber que seguían más o menos como siempre.

La noche no prometía mucho. Había ojeado ya algunos grupos de chicas, algunas de ellas habían pasado más de una noche en su piso, pero era imposible abordarlas en aquel ambiente. Decidió salir a la puerta en busca del Gordo. Recostado sobre la mesa y agarrado a su ginebra, se llenaba los ojos con las jovencitas que se paseaban por la avenida, delante de las terrazas de los bares, camino de cualquier parte. “Me están poniendo caliente como un demonio”, le dijo nada más verle. También Marcos se puso a mirarlas. Caminaban sobre sus tacones en cortos pasitos ingrávidos, contoneándose dentro de sus vestidos ajustados, con sus estrechas caritas repintadas en las que destacaba el intenso tono rojo de sus labios, haciendo ondear sus largas melenas como los exuberantes estandartes de un ejército triunfante. En Marcos no inspiraban el mismo entusiasmo erótico que en el Gordo, era más bien una especie de nostalgia lenta y dulzona. Esas preciosidades escurridizas le demostraban que su pasado había muerto, que el tiempo de acercarse a ellas y tocarlas había pasado ya y que su presente y su futuro estarían llenos de mujeres tan envejecidas y tristes como él mismo. Durante los escasos minutos que necesitó para vaciar su primera copa, estuvo compitiendo con el Gordo en decir guarradas a costa de las chicas. No era un entretenimiento especialmente divertido, en cuanto su vaso quedó vacío, volvió a por otro.

De nuevo se abrió paso hasta regresar al lado de Luis, que seguía tan solitario y callado como siempre. Sergio había desaparecido. Su lugar en la barra lo habían ocupado un par de chicas. Una de ellas le daba la espalda, de ella solo veía una cobriza melena rizada. A la otra, que tenía de frente, no la conocía. Debía tener treinta y pocos. Tenía el pelo rubio y una cara agradable. Si no pertenecía a la raza de los casados y con hijos quizás tuviera suerte. Le sirvieron la copa y permaneció en la barra, observándolas disimuladamente. Nadie se les acercaba. Quizás fueran lesbianas, pero no lo parecían. Pensó que sería conveniente ver la cara de la chica pelirroja. Las rodeó como si fuera en busca de alguien. Cuando se puso a espaldas de la rubia, pudo ver de frente a la otra chica. Desde el principio le resultó familiar, aunque no consiguió identificarla al momento. Ella también parecía conocerle. Le miraba fijamente con sus ojos azules. Dudaba.

Marcos decidió presentarse. No era de los que perdían el tiempo. Si le iban a rechazar, mejor cuanto antes. La rubia se llamaba Paula y no parecía especialmente contenta con su presencia. Sin embargo, la otra, en cuanto le dijo su nombre abrió la boca y arrugó la frente en un gesto de sorpresa:

—Ya decía que tu cara me sonaba… ¿no te acuerdas de mí? ¡Soy Clara!

Ahora sí la reconocía. Comprendió por qué le había costado tanto, no eran solo los años, era como si a la Clara que conoció a los quince años, a la Clara que fue su primera novia, aquella pelirroja desgarbada que todos los chicos de la pandilla deseaban, la hubieran rellenado con aire, como un globo. Reconocía sus facciones, pero hinchadas. Pensó que también ella debía decir lo mismo de su gorda cara de cuarentón.

—Ahora sí que me acuerdo… ya decía que tu cara me era familiar…

Clara le hizo un hueco a su lado. Parecía cohibida, sus labios se esforzaban por esbozar una sonrisa cómplice. También Marcos parecía cortado, no sabía cómo reaccionar. Su estrategia consistía en mentir siempre, en no ser nunca él mismo. Pensó que, de todos modos, eran unos desconocidos el uno para el otro. Les distanciaba toda una vida. Clara llenó el silencio con un montón de preguntas, ¿qué has hecho en todo este tiempo? ¿Cómo te va? ¿Te has casado? Marcos no tenía ganas de someterse a un interrogatorio sobre su asquerosa vida, le respondió con la misma moneda. Clara no tenía problemas en responder, pertenecía plenamente a la feliz raza de los casados y con hijos. Hablaba satisfecha de su marido Raúl, abogado laboralista, con el que vivía en Madrid, y de su hija Julia, de diez años, un encanto al juzgar por la fotografía que Clara le mostró en su móvil.

Marcos pensó que había fallado, que no iba a poder hacer nada con la gorda Clara. En cuanto a la hermosa Paula, era evidente que no tenía interés alguno por él. Con la excusa de que un amigo le esperaba se despidió de ambas y volvió a salir. Juanito seguía en su privilegiado puesto de observación. A su lado, en pie, tambaleándose, estaba Sergio, cuya boca no lograba articular las palabras con las que pretendía competir con el Gordo en decir guarradas. Era, definitivamente, una mala noche. Marcos ocupó un taburete vacío al lado de Juanito. El inmenso cuerpo de su amigo temblaba de risa bajo la camisa de cuadros rojos, divertido con la grotesca figura del administrativo y sin perder de vista a las jovencitas que continuaban su desfile por delante de las mesas de la terraza. Hablaron de las mismas cosas de siempre, mujeres, bebida, un poco de fútbol, un poco de política, más mujeres.

Vio salir a Paula acompañada de un tipo que la estrechaba por la cintura. Pasó a su lado sin ni siquiera percatarse de su presencia. El tipo también tenía pinta de abogado o de médico, la cara de alguien que puede permitirse el lujo de confiar en su futuro. Clara debía de haberse quedado dentro con el abogado laboralista.

En cuanto acabó su segunda copa, Marcos volvió a entrar. Luis había desaparecido. Mientras esperaba a que alguno de los atareados camareros le atendiera, sintió que le tocaban la espalda. Se volvió, era Clara.

—Te estaba buscando, Paula se ha ido con su marido, estaba aburrida, yo no tenía ganas de irme tan pronto.

—Y Raúl, ¿no está por aquí?

—No… ¿no te apetece que hablemos un rato? Hay muchas cosas que contar.

—Vale, te invito a una copa.

—Gracias.

Marcos le hizo un hueco en la barra y le pidió un ron con cola. Clara sonreía tímidamente, como si no supiera qué decir. Marcos le echó una rápida ojeada. Vestía un ligero vestido blanco con un ancho escote que dejaba ver sus gordas tetas salpicadas de lunares. Marcos recordaba haber besado hacía muchos años esos lunares. La verdad es que Clara conservaba buena parte de su antiguo atractivo. Pensó que, quizás, si se lo trabajaba un poco, al día siguiente podría enorgullecerse de haber contribuido a ponerle los cuernos a un abogado.

Marcos tomó la iniciativa, se puso a hablar de lo mucho que hacía que no se veían, de cómo había cambiado el pueblo y la gente que habían conocido. Su experta mirada detectó algo extraño en los azules ojos de Clara, a los que la densa luz azulada del local daba un tono sombrío. Había visto esa misma mirada en otras mujeres, en las mujeres que solía llevarse a la cama. “No puede ser”, pensó, “ella pertenece a la feliz raza de los casados y con hijos”. Sin embargo, algo rondaba por la mente de su antigua novia, alguna idea a la que no dejaba de darle vueltas mientras él hablaba. Marcos empezó a pensar que allí pasaba algo raro, algo que no tenía ningún interés en descubrir. Resolvió que lo mejor sería darle esquinazo cuanto antes. Pero cuando acabaron sus copas, Clara invitó a otra ronda. Fue entonces cuando se decidió:

—Marcos, antes no te dije la verdad… me estoy divorciando de Raúl… lo estoy pasando muy mal, el cabrón me ha sido infiel con una compañera de trabajo… me ha destrozado la vida, no podía soportarlo más, he vuelto al pueblo para alejarme de toda esa mierda… bueno, ahora ya no conozco a nadie… Paula es mi prima, a ella no le gusta salir, sale por acompañarme… por eso me he puesto muy contenta al verte…

Se prodigaba más en caricias y abrazos. A la quinta copa ya se estaban besando.

Marcos se dijo a sí mismo que la había cagado, que tenía que andarse con mucho cuidado, que un paso en falso y acabaría pringándose con la pena de esa mujer. Aun así, sabía muy bien disimular, se hizo el sorprendido y recitó unos cuantos consejos contra los males de amor: que si todavía era muy joven, que si todavía podía encontrar el amor de su vida, que si todavía quedaba futuro en algún sitio… Pero Clara no se contentaba con eso, comenzó a desahogarse, se le saltaron algunas lágrimas. Sin pudor alguno empezó a confesar todas las miserias de su vida íntima, acusándose a sí misma de haberse hecho vieja hasta el punto de asquear a su marido, que se había liado con una becaria veinteañera, insinuó incluso que solo por su hija Julia no había cometido una locura.

La cosa va mal, se dijo Marcos, las otras mujeres no soltaban su pena tan de repente, la iban dosificando, para cuando querían convertirle en su confesor ya estaban retozando en la cama. Ahora era diferente. Clara había vomitado su pena inesperadamente y Marcos corría el riesgo de resbalarse en ella. Tenía que improvisar. Lo más sensato hubiera sido dejarla con la palabra en la boca y salir corriendo a refugiarse tras el implacable cinismo del Gordo. Pero no tenía valor para hacerlo, no se le ocurrió otra cosa que darle ánimos, abrazarla, besarla en las mejillas. Sabía de sobra que estaba cayendo en la trampa.

Pidieron unas cuantas rondas más. A medida que se iba emborrachando, la conversación de Clara se hacía más confusa, al tiempo que se prodigaba más en caricias y abrazos. A la quinta copa ya se estaban besando. Marcos pensó que, después de todo, se la iba a tirar. Le propuso seguir la fiesta en su piso, Clara asintió. Sus ojos enturbiados y la media sonrisa floja de sus labios evidenciaban su profunda borrachera.

Juanito y Sergio habían desaparecido. Ya apenas quedaba nadie en la terraza. Los camareros habían empezado a recoger las mesas.

Marcos sujetaba a Clara por la cintura, hundiendo sus dedos en la blanda carne de sus caderas. Recordó qué diferente era a los quince años, cuando tenía un espléndido culo y las tetas más bonitas que nunca había visto.

Recorrieron deprisa el corto trayecto que separaba el Infierno Azul de su piso. En las oscuras calles apenas se cruzaron con algunas sombras solitarias que regresaban a casa con paso vacilante. Una de ellas mascullaba algo, alguna especie de borracha maldición incomprensible. Clara no decía nada. Se dejaba llevar por Marcos, apoyando su cabeza somnolienta en el hombro de su antiguo novio.

Subieron al piso. Clara paseó su ebria mirada por las desnudas paredes de la sala de estar, en cuya mesa se amontonaban latas de cerveza vacías y envases de comida precocinada. Se sentó en el hundido sofá, contemplando el polvoriento mueble de la televisión con sus baldas vacías. Más que una vivienda parecía un piso ocupado por vagabundos.

—¡Dios mío, Marcos, tienes que sentirte muy solo en un piso como este!

—Estoy bien así… ¿quieres otra copa? No sé qué ron tengo.

Sin esperar respuesta se fue a la cocina. Cuando regresó con un par de vasos llenos encontró a Clara de pie, contemplando fijamente la única fotografía que adornaba el mueble de la tele, en la que aparecían sus dos hijas cuando tenían cuatro y dos años.

—Qué guapas son… ¿las ves a menudo?

Sin responderle, dejando los vasos sobre la mesa, se dirigió hasta Clara, abrazándola por la cintura. Clara se zafó de él empujándole suavemente con el codo. Hizo algún comentario más sobre las niñas y dejó la fotografía en su lugar. Regresó al sofá sin mirar siquiera el vaso. Marcos se sentó a su lado, dándole un largo sorbo al suyo.

—¿Pensaste alguna vez que esto sería así?

Marcos se alzó de hombros.

—Yo no, nunca pensé que me pasaría esto… cuando me casé pensaba que siempre sería feliz con Raúl.

—A la mierda Raúl y a la mierda mi ex mujer.

—¿Te acuerdas cuando teníamos quince años? ¿Verdad que la vida parecía otra cosa?

Marcos apuró el resto de su vaso en un par de tragos y se echó sobre Clara. Sin más rodeos, intentó introducir su mano entre las piernas, bajo la falda de su vestido. Pero Clara mantenía muy juntas sus rodillas, impidiéndoselo, aunque actuaba como si la cosa no fuera con ella.

—¿Te acuerdas cuando hicimos aquel juego del amigo invisible, te acuerdas que nos tocó hacernos el regalo el uno al otro? Ja, ja, estaba amañado, te lo confieso ahora, veinticinco años después, manipulamos el juego para que a cada uno nos tocase quien nos gustaba… era bonito, el mundo tenía ese encanto… yo estaba enamorada de ti, enamorada de verdad… eras tan tímido y tan bueno, te daba tanto miedo tocarme… ja, ja. Ahora pienso mucho en esos tiempos, no sé por qué, me viene continuamente a la cabeza, ¿a ti no?

Marcos no contestó. Ante la negativa de Clara, retiró la mano de los bajos de su vestido y comenzó a sobarle los pechos. Clara le sujetó la mano suavemente, apartándola, mientras continuaba hablando de su antigua relación. Marcos, contrariado, se apartó de ella, se recostó en el respaldo del sofá, contemplando la sucia desolación de la habitación. Esos recuerdos no despertaban en él ningún sentimiento, era como si pertenecieran a otro. La verdad es que hacía mucho tiempo que no se paraba a recordar, ni siquiera pensaba en su mujer ni en sus hijas, mucho menos en algo que pasó hacía tanto tiempo. Y ahora que le obligaban a recordar, se daba cuenta de qué poco significaba su pasado para él. Era como si hubieran borrado de su cabeza los recuerdos capaces de suscitar alguna emoción, dejando en su lugar el indiferente recuerdo de una mala película. Era como si su pasado estuviera muerto. Se dijo que esta vez había fallado, que no había tenido los reflejos necesarios para esquivar esa espesa vomitona sentimental propiciada por la bebida y lo cierto era que, a esas alturas de la madrugada, con la odiosa mañana del domingo aproximándose, no tenía ganas de disimular, solo quería beber un poco más, echar un polvo, dormir, dormir mucho…

—Creo que es porque fue la única vez en que fui feliz de verdad… creo que solo se puede amar de verdad una sola vez, quiero decir, amar con toda el alma, con todo el corazón… y fue a ti, eso te lo digo de verdad. Nunca te he olvidado… y ahora estamos aquí, los dos solos, jodidos por la vida…

Calló, mirando el rostro de perfil de Marcos, esperando una respuesta. Las rubias mejillas de Clara se habían encarnado, él permanecía callado, impasible, absorto en la contemplación de las desnudas paredes.

—¿No crees que… merecemos otra oportunidad, en que juntos, quizás..?

En su mente, agudizada por esa extraña lucidez pastosa que proporcionan las borracheras abortadas a tiempo, era todavía capaz de juzgarse a sí mismo.

Marcos se incorporó en el sofá, hablando a Clara sin mirarla.

—Vete, vete ya… yo también te voy a decir la verdad, solo te quiero echar un polvo, me importas una mierda y me importan una mierda todos esos recuerdos… si todo lo que vas a hacer es seguir diciendo gilipolleces es mejor que te vayas…

Se volvió hacia Clara, ella le miraba fijamente, perpleja, pero aún no enfadada.

—¿No me has escuchado? ¡Vete!

Marcos se levantó del sofá y se fue hasta el otro lado de la mesa, deteniéndose en mitad de la sala de estar, dándole la espalda a Clara. Solo quería que el numerito de gritos y lloros que acababa de provocar acabase pronto para quedarse solo y poder beberse tranquilamente otra copa o, mejor, una cerveza bien fría, la necesitaría para poder conciliar el sueño.

—Pero… pero no puedes hablar en serio… no puedes estar diciendo eso, yo que…

Se volvió hacia ella. Estaba tranquilo, con una calma de la que se sorprendía él mismo.

—Déjate de gilipolleces, lo único que quieres es alguien en quien descargar toda esa mierda que llevas dentro… ¿De verdad te crees ese cuento de que yo sería el hombre de tu vida si Raúl no te hubiera puesto los cuernos? ¿Dónde quedaba yo cuando las cosas funcionaban? ¿Te acordabas de mí? ¡No! Si me hubieras visto entonces habrías pensado de mí que solo era un mierda. ¿Habrías abandonado al cabrón de tu marido y tu buena vida por mí, por un tío que limpia las mierdas de las calles o sirve copas a borrachos en una boda?

—Pero te juro que yo nunca pensé así en ti…

—Habría que haberlo visto entonces, cuando yo no te servía para nada… ¡Espabila! Al mundo le importa una mierda lo que te pase, solo le importa lo que pueda sacar de ti, ¿sabes para qué te he traído? Para echarte un polvo, a eso se reduce todo lo que yo quiero de ti…

Clara se levantó. No lloró ni gritó como Marcos esperaba. Borracha como estaba, se movía con torpeza, como una sonámbula, como si acabase de recibir un fuerte golpe en la cabeza. En pie frente a él, mirándole fijamente con sus azules ojos enturbiados, pareció vacilar un instante, pero continuó callada, apretando los labios. Salió al pasillo, avanzando con torpeza, como si el peso de su cuerpo se hubiera incrementado más de lo que sus fuerzas pudieran soportar. Salió del piso dando un sonoro portazo.

Marcos se sentó en el sofá y se bebió aprisa la copa que Clara había dejado intacta. No quería pensar, solo ahogar en la borrachera y el sueño esa maldita consciencia de la que no podía escapar. Después se fue al frigorífico en busca de una lata de cerveza bien fría. La cerveza era su mejor remedio contra el insomnio. Atravesó su dormitorio echando una breve ojeada a la cama desecha por la que aquella noche no pasaría ninguna mujer y salió al estrecho balcón que asomaba a la plaza. Dio un largo sorbo a la lata. Sobre el robusto y chato campanario de la iglesia, el cielo comenzaba a adquirir una intensa tonalidad azulada que ahogaba el brillo de las estrellas. Abajo, el amplio rectángulo irregular de la plaza permanecía en penumbra, iluminado por las dispersas farolas que proyectaban sobre el empedrado y las fachadas que cerraban el espacio su luz fría y pálida. Unos cuantos borrachos discutían en el centro de la plaza con voces rotas.

En su mente, agudizada por esa extraña lucidez pastosa que proporcionan las borracheras abortadas a tiempo, era todavía capaz de juzgarse a sí mismo. No se sentía culpable de nada, ni siquiera se sentía mal. Precisamente esa indiferencia, esa inerte calma interior, era lo que le permitía juzgarse con toda sinceridad. Se dijo que debía de estar muerto por dentro, que carecía de eso que la gente llamaba alma o espíritu, que era incapaz de conmoverse por sentimientos o emociones. Se dijo que alguna vez debió tener un alma, que alguna vez debió conmoverse con las cosas que le sucedían, quizás en aquel lejano tiempo que Clara evocaba o cuando nacieron sus hijas, pero que, por algún motivo, la había perdido por el camino o se había desprendido de ella sin darse cuenta. Y se dijo que, al fin y al cabo, un hombre que ha roto con su pasado, que vive ahogado por la precariedad de su presente y sin perspectivas de futuro, debe viajar por el tiempo con un equipaje ligero, solo con lo imprescindible, y nada es más prescindible que un alma cuajada de recuerdos y sentimientos. Y pensó en que era un zombi, un tipo que había muerto por dentro y que se movía buscando tan solo satisfacer las necesidades del momento, sin pensar, sin reflexionar en unas consecuencias que no importaban en un mundo en el que todo iba perdiendo el nítido perfil que alguna vez llegó a tener, en el que pasado, presente y futuro se confundían en días que iban pasando carentes de sentido, corriendo hacia ninguna parte, arrastrando hacia el mismo olvido todo lo bueno que alguna vez había hecho junto con todo lo malo que ahora hacía sin importarle, atrapado en el absurdo vacío de un tiempo en el que aspiraciones, sueños y esperanzas se habían disipado, dejando tras de sí un repugnante poso con sabor a nada.

Juan José Sánchez González
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