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Una voz interior

jueves 22 de febrero de 2024
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Fue como si de repente Carlos comenzase a tomar consciencia de aquel murmullo que llenaba su cabeza desde que tenía memoria, “el mundo es bueno, tú eres feliz”, palabras que le mantenían en un permanente estado de tranquilidad inalterable, palabras cuyo significado nadie le había enseñado a analizar, sólo a sentir, palabras que en realidad no necesitaban ser explicadas porque designaban la única forma posible de sentir. Antes no había sido así. Antes los hombres y las mujeres habían sentido otras cosas para las que se necesitaban palabras distintas. Pero era otro mundo, un mundo muy distinto al suyo, en el que los hombres no se sentían felices. Eso había cambiado. Aquel estado desgraciado había sido superado definitivamente. Por eso ya no existían palabras que designaran estados de ánimo distintos. En la nueva sociedad cada ser humano nacía para ser feliz. Es cierto que los humanos siempre habían aspirado a ser felices, aunque nunca lo habían conseguido. Ninguno de los métodos ensayados a lo largo de los tiempos había funcionado: ni los consejos de los filósofos, ni la fe religiosa, ni las comodidades proporcionadas por el desarrollo tecnológico, ni el consumismo compulsivo, ni las drogas… Aquella humanidad infeliz pretendía alcanzar la dicha por caminos equivocados. Erraba en lo esencial, la motivación. Para ser feliz el ser humano no necesitaba modificar las circunstancias externas de su existencia, ni esperar la intervención de seres sobrenaturales, ni alterar la bioquímica de su cuerpo. Sólo necesitaba motivación, pero no la motivación resignada y pesimista que ofrecían los filósofos y sacerdotes, sino una motivación en positivo que le ayudase a experimentar la felicidad en cada instante de su existencia. Sin embargo, para ser eficaz, la motivación debía ser constante. La antigua humanidad infeliz había llegado a descubrir la eficacia de la motivación positiva, pero la empleaba en pequeñas dosis y sin continuidad: una pequeña frase inspiradora viralizada por las redes sociales, un breve manual de autoayuda, una comedia romántica… Sus positivos efectos se disolvían pronto en el caótico revoltijo emocional de la vieja humanidad. Para evitar ese efecto tan efímero como estéril y proporcionar a sus ciudadanos una felicidad permanente, la Autoridad impuso por ley implantar en el cerebro de cada ciudadano un dispositivo que le susurrara constantemente y durante todos los días de su vida que el mundo era bueno y que él era feliz. Los efectos se hicieron notar enseguida. El grado de conflictividad social se redujo drásticamente sin necesidad de introducir grandes reformas. Los trabajadores ya no exigían mejoras en sueldos ni condiciones de vida, ya no aspiraban a vivir como sus jefes. La felicidad ya no era una aspiración para ellos, sino una realidad cotidiana. Y lo mismo cabía decir de todos los colectivos que antes se habían sentido infelices. Al fin se habían reconciliado con el mundo, lo que ninguna doctrina religiosa o filosófica había logrado.

De repente, había comenzado a sentir algo extraño, algo que nunca había experimentado, algo para lo que no encajaba ninguna de las pocas palabras que daban forma al mundo de sus emociones.

Incluso en aquel instante, Carlos reconocía que gracias a esa voz el mundo y su mundo funcionaban, que estaban en orden y en paz, y que gracias a esa voz omnipresente en todas las cabezas el mundo seguiría funcionando… Sólo que, de repente, había comenzado a sentir algo extraño, algo que nunca había experimentado, algo para lo que no encajaba ninguna de las pocas palabras que daban forma al mundo de sus emociones, algo para lo que no había palabra, algo que no existía. De repente su conciencia, tan tranquila y confiada antes, se veía alterada por la oscura certeza de que su mundo ya no funcionaba y de que seguramente no volvería a funcionar nunca más como antes. Y esa oscura certeza brotaba del contraste entre el sentimiento que aquellas palabras susurradas desde siempre en su cabeza le hubieran debido inspirar y lo que de verdad le inspiraban en aquel decisivo momento.

El cuerpo oscilaba lentamente sobre su eje, deslizando suavemente su estirada sombra sobre el gris lienzo de la pared. El rostro de Laura, deformado en una grotesca mueca de agonía, le resultaba irreconocible y, sin embargo, familiar. Aquellos azules ojos desmesuradamente abiertos, aquella boca de la que sobresalía una gruesa lengua morada, parecían congelados para siempre en el instante paroxístico de una agonía que había sentido crecer lentamente en aquel rostro querido, pero que había negado o, más bien, ni siquiera había tenido que negar, porque sencillamente no existía en un mundo que desde que tenía memoria le repetía a cada instante que era bueno y que él mismo era feliz. Sólo ahora aceptaba que la había visto emerger en su cara, en esa cara que tantas veces le había mirado con ternura y que por un tiempo llegó a encarnar en una mirada azul, un largo cabello rubio y blandas mejillas redondeadas el contenido hasta entonces impreciso de esas palabras que había estado escuchando desde siempre en su cabeza. Sólo que, de repente, algo había comenzado a ir mal. Algo malo había comenzado a crecer en ella, en el interior de Laura, algo carnal que había terminado por invadir su mente, ese ámbito tranquilo en el que sólo resonaba la tranquila voz diciéndole que su mundo era bueno y que ella era feliz. Algo malo que al principio sólo la hizo sentirse mal, incapaz de desarrollar con normalidad su trabajo en la oficina y de disfrutar como los demás de las diversiones que les proporcionaba aquel mundo bueno. Ahora lo recordaba, lo recordaba todo, todo lo que se había empeñado en negar y en olvidar porque no existía, porque no podía existir. Todo empezó porque algo le dolía mucho en su interior y adelgazó de pronto y se volvió muy débil. Al principio su rostro apenas reflejó lo que empezaba a destrozarla por dentro. Al principio, los gestos de dolor apenas alteraban un instante su risueño semblante. Se limitaban a un leve fruncir de cejas o un breve espasmo de la boca, pequeños accidentes fáciles de ignorar. Pero aquello fue creciendo en su interior y con el tiempo el dolor se fue haciendo más persistente y agudo. Desde entonces fue como si de sus ojos escapase la alegría, como si hubieran dejado de expresar aquello que las palabras desde siempre susurradas en su cabeza debían inspirar. Sus ojos expresaban algo que no habían expresado nunca antes, ahora miraban con inquietud ese mundo bueno y feliz en el que nunca se había sentido inquieta. Él no quiso verlo. Ante esa mirada intranquila prefería bajar los ojos a sus labios, estirados como siempre en una saludable sonrisa. Debía tener cuidado entonces en aislar su sonrisa, en separarla del resto de su rostro, sobre todo de la doliente mirada que desmentía el analgésico efecto de su sonrisa y la transformaba en un forzado rictus que parecía ocultar algo en lo que intuía una amenaza, un peligro, aunque no era capaz de discernir qué. Él mismo comenzó a experimentar algo de la inquietud que visiblemente se apoderaba de Laura, como si su cercanía, la continua visión de su rostro, la intimidante pulsión que se agitaba tras el miedo de su mirada y lo fingido de su sonrisa, pudiese contagiarle y hacerle sentir algo no comprendido por las pocas palabras que desde siempre designaban lo que todo ser humano debía sentir. Por eso no le extrañó que el médico, tras examinarla con suma atención, le recomendase dejar su trabajo, alejarse de la gente, recluirse en la intimidad de su hogar y esperar a que el mundo bueno y feliz en el que vivía resolviese su problema. Él juzgó entonces el consejo del médico como una muestra de la bondad de aquel mundo bueno. Le pareció lo más acertado, lo más prudente. Él, que tan bien conocía a Laura, que tanto la quería, no se sentía a su lado todo lo bien que debería, todo lo bien que le obligaban a sentirse las palabras continuamente susurradas en su cabeza. Y si la presencia de Laura le hacía sentirse tan extraño, ¿qué no sentiría la gente con la que se cruzase en el trabajo, en las calles, en las tiendas, en los bares…? ¿Qué sentirían ante esa mirada inquieta, ante su forzada sonrisa, ante esa máscara que parecía desmentir la bondad del mundo? Era mejor que se encerrase en su casa, donde nadie la pudiera ver, donde nadie se viera expuesto a su desagradable visión. Él la cuidaría, la visitaría con frecuencia, la atendería en todo lo que necesitase hasta que el problema se resolviese, porque sin duda, de algún modo que desconocía, el problema se acabaría resolviendo como no podía ser de otro modo en un mundo bueno.

Pese a su férrea convicción en la bondad del mundo, pese a estar completamente seguro de que aquel penoso trance era sólo un accidente temporal, cada vez se sentía más incómodo en su presencia.

Al principio cumplió su palabra. La visitaba con frecuencia en su pequeño apartamento, convencido de que era lo mejor para ella. Sin embargo, pese a su férrea convicción en la bondad del mundo, pese a estar completamente seguro de que aquel penoso trance era sólo un accidente temporal, cada vez se sentía más incómodo en su presencia. Laura no parecía mejorar. Cada día que pasaba estaba más débil. Su rostro había adquirido una preocupante tonalidad verdosa y había enflaquecido tanto que sus ojos parecían agrandados. Y eso era lo peor, que su mirada había vuelto a cambiar. Ya no parecía inquieta, ya no parecía buscar algo en ese mundo en el que antes todo parecía conocido. Su nueva mirada mostraba incluso tranquilidad. Pero era una tranquilidad que causaba espanto. Era como si hubiese logrado encontrar lo que buscaba, algo inesperado y horroroso en cuya contemplación parecía haberse sumido por completo. Sólo parecía salir de su meditabunda abstracción cuando fijaba en él su mirada. Entonces se tornaba interrogadora, como si buscase en Carlos lo que ella había encontrado. No sabía qué hacer en esos momentos, más que sonreír, emblema de una humanidad convencida de la bondad del mundo y la felicidad de la vida. Pero ella ya no se esforzaba por sonreír. Sus labios flacos y pálidos permanecían pegados en una fina línea que apenas despegaba para exhalar un grito ahogado o dejar escapar un largo suspiro. Parecía incluso que había dejado de escuchar las palabras desde siempre susurradas en su cabeza, era como si hubiese comenzado a escuchar otras encontradas por sí misma en alguna parte de su mente.

Carlos comenzó a espaciar sus visitas. Se le había hecho desagradable ver a Laura. Prefería recordar cómo era antes de que aquello hubiera comenzado a transformarla en otra persona. En esos momentos, echado en la cama o medio adormilado en un asiento del tren o del autobús, recreando la luminosa dulzura de su sonrisa y la confiada calma de su mirada, estaba convencido de que la amaba y se impacientaba por lo que tardaba en volver a ser la que había sido antes. Seguía confiando en que Laura se restablecería, en que volvería a ser la de antes, en que volvería a sonreír y a mirar al mundo con la tranquila confianza con la que siempre lo había mirado, en que las palabras que había encontrado en su cabeza volverían a callar y en que de nuevo su conciencia volvería a llenarse con las palabras “el mundo es bueno, tú eres feliz”.

La tarde en que encontró su cuerpo colgado del enganche de la lámpara del dormitorio había dejado pasar muchos días antes de reunir el valor suficiente para volver al apartamento, incluso había llegado a pensar en no volver a verla hasta que estuviera completamente restablecida. Al principio, Carlos permaneció paralizado junto al cuerpo, observando fijamente su rostro descompuesto, incapaz siquiera de borrar de su propia boca esa sonrisa perenne con la que se identificaba una humanidad feliz. Era incapaz de pensar. Por un momento el susurro permanente flotó sobre una conciencia en suspenso. Después algo cambió. Algo comenzó a removerse dentro de él. Era una emoción que desconocía, que no se parecía a nada de cuanto había sentido antes. Poseía una intensidad especial, una fuerza densa y oscura que ascendía desde alguna recóndita parte de sus entrañas hasta agarrarse a su garganta y hacerle llorar. Nunca antes había llorado o, más bien, nunca antes había llorado de aquel modo. Antes, cuando experimentaba la bondad del mundo o el sentimiento de su propia felicidad de un modo más intenso de lo habitual, sus ojos habían derramado algunas lágrimas. Pero ahora era muy distinto. Era otra cosa completamente diferente, otra cosa para la que no tenía nombre, otra cosa que no cabía dentro de las pocas palabras que daban forma a su vida emocional.

Los labios temblaban en un balbuceo mudo. Sus ojos estaban hinchados y rojos. Era la primera vez que veía su rostro desfigurado de aquel modo.

Al bajar su mirada se encontró ante su rostro reflejado en el espejo de la cómoda. Era su cara, pero no la reconocía. Sus mejillas habían enrojecido. La sonrisa se había borrado de su boca. En su lugar, los labios temblaban en un balbuceo mudo. Sus ojos estaban hinchados y rojos. Era la primera vez que veía su rostro desfigurado de aquel modo. Se acercó fascinado ante aquella deformación de sí mismo, observando con atención cada detalle de su cara. Recordó entonces cómo había visto cambiar lentamente el rostro de Laura. No había sido capaz de comprender qué le pasaba entonces. Ahora, sólo ahora, empezaba a comprender algo, sólo tras experimentar la fuerza devastadora de una emoción que desconocía, para la que no tenía palabras, que no debía existir y que, sin embargo, existía. Sí, existían emociones más allá de las que podían nombrar, emociones que provocaban efectos contrarios a las únicas que conocían, emociones más allá de la bondad y la felicidad, emociones que no se podían nombrar y que había que ocultar para que no se sintiese molesta una sociedad forzada a sentirse feliz. Ahora comprendía el sentido del consejo del médico. Nunca hubo posibilidad de cura para Laura y no importaba que la hubiera, lo que había que hacer era ocultar el mal y olvidar que alguna vez existió. Y él había participado de esa ocultación, había contribuido como los demás, más que los demás, a esconder a Laura, a dejarla sola. El de Laura no debía ser un caso aislado. La seguridad con que el médico había ordenado su aislamiento demostraba que era la forma habitual de proceder ante casos así. Debían de ser miles las personas condenadas a ser aisladas y olvidadas para que el mundo siguiera pareciendo un mundo bueno y feliz. Pero si había personas que eran ocultadas hasta la muerte porque se veían dominadas por emociones incompatibles con ese mundo bueno y feliz, ese mundo bueno y feliz no era real, era una mentira.

Carlos sentía crecer con nuevo vigor esa amarga emoción que le ahogaba, otra oleada de fuerza sombría escapaba desde el lugar en el que tanto tiempo había permanecido confinada, reprimida, olvidada bajo un forzado sentimiento de felicidad. Pero no tenía nombre para nombrarla, sólo la plena convicción de que existía, de que le dominaba en ese momento y de que le impulsaba a hacer algo, a actuar, aunque no sabía qué hacer. Miró hacia una ventana que daba a la calle, inundada de sol en ese momento. Se precipitó hacia ella y la abrió. Estaba en un cuarto piso. Abajo las caras sonrientes de cientos de personas llenaban las aceras. En cada cabeza una voz susurraba que vivían en un mundo bueno y que eran felices. En otros lugares, quizás tras algunas de las ventanas cerradas de los edificios de enfrente, en habitaciones silenciosas, miles de personas contemplaban con ojos calmados y llorosos la soledad a que habían sido condenadas por sentir algo que podía desvelar la mentira, mientras comenzaban a dejarse seducir por la negra esperanza del suicidio. Arrastrado por una nueva oleada de oscura fuerza abrió la boca y lanzó un grito con el que sintió expulsar toda esa emoción agarrada a su garganta, arrojándola a las cabezas engañadas que seguían sonriendo bajo el sol. Algunas se giraron hacia él, lo miraron un instante con curiosidad, después se volvieron y continuaron su camino.

Juan José Sánchez González
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