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El final de las palabras

sábado 2 de abril de 2016
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Nota del editor

“Espejismos de la muerte”, de Pablo Lorente Muñoz

Espejismos de la muerte
Pablo Lorente Muñoz
Relatos
Editorial Certeza
Zaragoza (España), 2015
ISBN: 978-84-92524-68-6
92 páginas

A finales del año pasado fue presentado en España Espejismos de la muerte, el segundo libro de cuentos del escritor español Pablo Lorente Muñoz, publicado por la editorial zaragozana Certeza. Hoy presentamos a nuestros lectores uno de los textos que lo componen.

 (…) como indica Sebastià Serrano:

Quizá lo más característico de la vida humana sea la omnipresencia del lenguaje. El universo lingüístico nos arropa de tal forma que no podemos salir de los límites que nos impone. No lo podemos observar desde el exterior porque el más allá del lenguaje es impensable. Lo que resulta pensable y comunicable lo es desde el lenguaje. El lenguaje es elemento constituido de la intersubjetividad y de la vida social.

Jové, J. (1998): El ensayo contemporáneo, Universidad de Lérida: Citado por Jesús Tusón, El lujo del lenguaje, Paidós, Comunicación, Barcelona, 1993, p. 21.

Los filólogos fueron los primeros en ser pasados por las armas. El Presidente dio la orden al ministro de Defensa, el ministro al Jefe del Estado Mayor de la Defensa y de ahí a todas las zonas militares del país. Cuando los mandos recibieron la orden tuvieron que buscar en su dispositivo sensorial quiénes eran los filólogos. La definición del diccionario de la Real Academia Española de la Lengua no les dijo demasiado. Tras varias búsquedas en la red de redes comprendieron que eran los titulados en unos raros estudios universitarios; vieron con claridad su inutilidad en la sociedad ultramoderna que se estaba gestando y, por lo tanto, no tuvieron reparos a la hora de cumplir las órdenes con deleite.

Contactaron rápidamente con las universidades y, con una rapidez prodigiosa —las secretarias de las universidades se creyeron a pies juntillas que se iba a ofrecer un trabajo a los filólogos tal y como se les había dicho—, les ofrecieron los datos personales de todos y cada uno de los licenciados en las múltiples filologías que en el país se ofertaban. Aunque en las órdenes no había quedado explicitado si con eso sería suficiente, los mandos, conocidos por su buen hacer y por no dejar cabos sueltos, extendieron la orden a todo aquel que se hubiera matriculado en alguna ocasión o que hubiera cursado al menos una asignatura. Las órdenes se cumplieron con la máxima eficacia y discreción. El día señalado, lo que hoy se conoce como “la noche de las palabras rotas”, todos los filólogos del país desaparecieron misteriosamente sin dejar rastro. Desde las más altas instancias del gobierno se hicieron ruedas de prensa en donde se afirmaba con vehemencia que los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado iban a investigar cuál podría ser la causa de tan dolorosa pérdida para el país, pues dicho personal era vital para el desarrollo patrio, y es que sin palabras no puede haber pensamiento, llegó a aventurar incluso un ministro de Educación en el último momento de lucidez que se le recuerda. Sin embargo, nada dijo el político de historiadores, geógrafos, artistas y filósofos, que corrieron la misma suerte.

A la mañana siguiente, los alumnos de los institutos del país recibieron con alborozo el nuevo plan de estudios, del que se habían eliminado todas las materias de lengua, literatura, lenguas clásicas e idiomas extranjeros, pues sin filólogos no se podía cumplir el antiguo currículo. En su lugar se implantaba el visionado de películas bélicas modificadas, pues taimadamente se sustituían las banderas extranjeras por imágenes subliminales que, cada pocos segundos, mostraban la bandera del Presidente y las ideas en vigor. En aquellos días todavía quedaban reducidos focos de resistencia antidemocrática, algo ilógico, pues a la superioridad le resultaba ininteligible que el sistema fuera criticado cuando solo se podía votar al Presidente.

Las películas bélicas, que conformaban la educación fundamental de los más jóvenes, se aderezaban con películas pornográficas acompañadas de aromas hormonales, pues interesaba que los jóvenes descubrieran rápidamente los placeres de la carne para procrear cuantos más ciudadanos fuera posible. Tras muchos experimentos y desconcertantes avances tecnológicos, se demostró que las pruebas para crear la vida en laboratorios de forma artificial no habían podido suplir el intercambio de fluidos de toda la vida, tan natural como barato y eficaz en los años adolescentes.

Y el tiempo fue pasando y cada vez se usaban menos palabras. Esta tendencia no había hecho sino aumentar en los últimos tiempos, sobre todo a partir del uso de los nuevos servicios de mensajería, que traducían las palabras del emisor a imágenes.

A los pocos días, un gas incoloro, inodoro y muy sabroso circuló por los conductos de ventilación de la RAE. El ministro de Educación se había reunido con los académicos en la sesión del jueves de la semana anterior para intentar convencerles de que era necesario eliminar miles de palabras del diccionario que ya no se usaban, y cuya única función parecía ser la de confundir a los millones de hispanohablantes del mundo entero. Lo había intentado sin éxito varias veces, y varias veces había tenido que rendir cuentas al Presidente, que se mostraba cada día más molesto y enfadado con los académicos, por más que el pobre enviado se empeñara en defenderlos y justificarlos.

Tras un rechazo más, el Presidente pidió el presupuesto de la RAE y quiso conocer de primera mano qué era lo que allí se hacía y a qué se dedicaban exactamente los académicos. Tras conocer los vericuetos intrínsecos de tan magna institución, montó en cólera y mandó que fueran gaseados, secuestrados y aislados en un pueblo remoto de Teruel; nadie los encontraría allí y quizá algún día le sirvieran para algo. De igual forma, ordenó que fueran sustituidos por actores peleles que harían exactamente lo que él ordenara, como debía haber sido siempre desde que el mundo era mundo.

En cuanto los actores ocuparon sus sillones, se produjo la eliminación masiva de palabras inútiles. Apoyándose en los últimos estudios de la Real Academia, al Presidente le bastó saber que en el idioma había unas 88.000 palabras, y que un hablante medio utilizaba tan solo unas mil. El caso de los jóvenes era todavía más práctico, puesto que apenas usaban la mitad. Había que poner remedio a tan rocambolesca situación de forma urgente. Y es que la eliminación inmediata de palabras se antojaba como una medida vital para el desarrollo del país. Por consiguiente, y por orden presidencial, se comenzó a expurgar el vocabulario. Algunas de las primeras palabras en desaparecer fueron búcaro, demiurgo, vate, anaquel, dipsomanía, apologético, alquimia, hermenéutica, zaíno, consuetudinario, escatológico, infausto, subterfugio, óbolo, procrastinar, epistemología, estupro, ignominia, trapisonda, sicalíptico y unas cuantas miles que, sin ningún lugar a dudas, eran del todo idiotas dado que nadie las usaba.

Y el tiempo fue pasando y cada vez se usaban menos palabras. Esta tendencia no había hecho sino aumentar en los últimos tiempos, sobre todo a partir del uso de los nuevos servicios de mensajería, que traducían las palabras del emisor a imágenes, de tal modo que todo mensaje era reformulado a través de emoticonos e imágenes. Eso era lo que finalmente veía el receptor a través de su dispositivo.

Tanta era la profusión de imágenes que “te quiero” se traducía por un mero corazoncito; un “te odio” por una bofetada, disparo o navajazo por la espalda, y “quiero dejar nuestra relación” se trasladaba a una imagen de una carta transportada a través de una carreta de la Wells Fargo con una imagen superpuesta de Meg Ryan llorando debajo del puente de Brooklyn. Y así hasta el infinito, puesto que los programas informáticos trataban millones de fotogramas por segundo de los millones de películas, series, dibujos y programas que la historia de la humanidad había alumbrado hasta la fecha.

Durante algún tiempo, la eliminación de ciertas palabras fue útil, pues la población se veía reforzada en su ignorancia. Sin embargo, no pareció bastar, puesto que el país no progresaba económicamente tal y como se esperaba, así que la siguiente medida tomada fue instaurar por primera vez el día sin palabras. Todo aquel que aguantara un día sin pronunciar una sola palabra recibiría como recompensa varios gramos de cocaína —la producción y distribución había pasado a ser prebenda estatal— y una estancia de fin de semana en una de las islas casino que se habían construido en los últimos años. El éxito de la convocatoria fue tal que se llegó a dudar del sistema de espionaje infalible que se había instalado en todos los hogares, pues los múltiples robots y dispositivos neuronales subvencionados por el Estado siempre se habían mostrado eficaces. Más tarde se comprobó que no podía haber error, y es que hablar había dejado de interesarle a la gente desde hacía muchos años, prendados como estaban de las maravillas tecnológicas que les ofrecían las teclas infinitas de los infinitos dispositivos a los que se conectaban.

El gran colofón del día sin palabras consistió en la gran pira de las palabras. Tras prohibir cualquier tipo de disposición ortotipográfica de corte clásico, como libros y revistas de cualquier temática, género, tipo o tamaño, se invitó amablemente a la ciudadanía a quemar todos esos símbolos de la decadencia de otros tiempos. De esta forma, plazas, avenidas y calles se tiñeron de fuego. Mientras tanto, en las sempiternas pantallas se emitían mensajes emoticonados y mestizados de mil producciones fílmicas, en donde el omnipresente Presidente se presentaba como el salvador del pueblo. En los mensajes se animaba a la población a mantener el silencio; a quemar cualquier tipo de impresión, pues las palabras eran productos del pasado e inútiles en sí mismas para la economía del país; a fornicar en cualquier lugar y con cualquiera que se prestase a ello y a la delación de aquellos que no siguieran los preceptos de la autoridad.

A la mañana siguiente, cuando las brigadas de trabajo silenciosas recogían las cenizas y apagaban las últimas pavesas, diversas brigadas de militares armados se dirigieron hacia la infinitud de museos que la sapiencia del país había dado. Las brigadas acordonaron El Prado, y tras esperar los cinco minutos de rigor para empezar el acto —siempre fue así en este país—, tapiaron ventanas, puertas, respiraderos y trampillas. Durante días se estuvieron oyendo los gritos y gemidos lastimeros de algunos trabajadores que no habían querido abandonar el museo por amor a las obras que habían guardado durante años. Mucha gente oyó los gritos, pero como se les había olvidado la palabra emparedar, nadie supo ver la magnitud de lo que allí estaba ocurriendo. Lo mismo sucedió con todos los museos de la ciudad, a excepción del Museo de Máquinas, que fue potenciado y ampliado, pues las máquinas eran buenas para el avance de la tecnología y el desarrollo industrial del país; el Museo del Vino, pues el vino, como elemento contenedor de elementos productores de la felicidad instantánea era bueno; lo mismo le sucedió al Museo del Sexo, pues uno de los elementos de bienestar y desarrollo productivo de la nación era que nacieran muchos bebés.

Y así fueron pasando los años y la gente era muy feliz. Al parecer, todo el mundo se había acostumbrado a dejar de usar las palabras. Se dejaron de redactar periódicos, puesto que las noticias pasaban en su canal interactivo en bucle hasta el infinito, sin ningún subtítulo ni aclaración. Todo el mundo interpretaba de sobra de qué se trataba, pues lo único que aparecía allí eran las gestas del Presidente, cada vez más anciano y más tirano en su silencio.

Al cabo de los años, el Presidente murió, pero a nadie pareció importarle demasiado. Tampoco que su hijo tomara el poder en las elecciones democráticas de ese año, cuando de nuevo hubo tan solo un candidato. El nuevo Presidente ganó obteniendo un voto, ya que nadie se acordaba ya de qué significaba la palabra votar. Tampoco nadie recordaba cómo se hablaba, pues la representación mimética de estados y acciones parecía bastar para que el mundo siguiera en funcionamiento.

Las brigadas de militares seguían peinando pueblos y ciudades en busca de libros. Incluso habían conseguido adiestrar perros que eran capaces de oler el papel y la tinta a metros de distancia.

Durante todos esos años se fueron cerrando colegios, institutos y universidades. El mundo, tal y como lo habían conocido los más ancianos, seguía girando por inercia, pero en nada se le parecía. Nadie entraba o salía del país, ningún avión aterrizaba en los aeropuertos abandonados y ningún barco salía a la mar, siquiera para pescar. Las antiguas infraestructuras seguían funcionando por la pericia y el buen hacer de los antiguos ingenieros, pero éstos iban muriendo y las máquinas se quedaban irremisiblemente sin repuestos y obsoletas. Los médicos más ancianos seguían operando en los hospitales, pero conforme iban muriendo nadie recordaba cómo se hacía nada, y las instrucciones fílmicas se mostraban rotundamente imprecisas para explicar ciertas cosas. La palabra decadencia, eliminada desde hacía mucho tiempo de los diccionarios y, por lo tanto, sin traducción de imagen, era la que mejor explicaba una situación de desbarajuste apocalíptico.

Sin embargo, a pesar de todo, algunas cosas todavía funcionaban. Las brigadas de militares seguían peinando pueblos y ciudades en busca de libros. Incluso habían conseguido adiestrar perros que eran capaces de oler el papel y la tinta a metros de distancia. Se habían encontrado libros escondidos detrás de tabiques en las casas, en las criptas de las iglesias abandonadas, en el suelo de los prostíbulos, en barriles de aguardiente gallego. Cualquier sitio parecía bueno para esconder esos engendros del demonio llenos de fantasía y palabras huecas. Miles de personas habían sido condenadas a trabajos forzados por habérseles incautado esas herramientas arcaicas. Algunos de ellos eran condenados a limpiar bosques, a cazar fieras salvajes de las cloacas de las ciudades o a quitar los granos de arena de las playas, dependiendo exclusivamente del número de páginas de la obra en cuestión.

La pena capital se reservaba tan solo para los poseedores de diccionarios, pues a pesar de que todos y cada uno de ellos habían sido quemados, a pesar de que el primer Presidente había ordenado la destrucción de cualquier aparato de imprenta o que pudiera realizar copias electrónicas, a pesar de que había exigido la eliminación incluso del papel de wáter o el esmalte de uñas, pues había perturbados que lo usaban para escribir, a pesar de todos los pesares, cada año se encontraban varios de estos ejemplares en perfecto estado y con un sospechoso olor a tinta reciente que nadie parecía recordar, excepto los perros que eran entrenados por militares ciegos, pues eran los únicos que tenían acceso a libros que, en cualquier caso, no podrían leer.

Un día apareció un aparato volador en el cielo. El vuelo de un helicóptero de otros tiempos sobre la capital coincidió con la era de los primeros apagones de energía. La luz se fue un tórrido día de verano, justo el día en el que el nuevo Presidente —era nuevo todos los años, la misma fecha a la misma hora— iba a celebrar los fastos de su reelección democrática. En la avenida principal de la principal ciudad del país iba a tener lugar un prodigioso desfile de vírgenes desnudas; habría luchas a muerte hasta el amanecer; se proyectarían los logros del Presidente y se repartiría alcohol y drogas en abundancia para todo el que así lo deseara. No obstante, nada de ello se pudo hacer porque la falta de luz en un mundo sin carencias asustó a todos los habitantes.

El país entero se había paralizado: las pantallas dejaron de emitir, las máquinas dejaron de funcionar, el transporte se detuvo. Las imágenes dejaron de llegar a los dispositivos, miles de personas murieron apisonadas por sus congéneres, el agua no salía por los grifos automáticos, los retretes de toda la ciudad dejaron de absorber detritos y, en general, el caos se apoderó de las calles de todo el país.

El vuelo del helicóptero —la gente no pudo buscar en los identificadores de imágenes qué era eso que estaba sobre sus cabezas— desató el temor de los ciudadanos. El ruido del motor los enloquecía mientras miraban sin entender cómo una lluvia de panfletos blancos con manchas negras caía sobre ellos. Las fuerzas militares solo pudieron señalar que el ruido se había desplazado hacia un lugar de algún sitio. Un soldado barbilampiño que no podía dejar de llorar por la impresión, señalaba con el dedo una dirección indeterminada en el horizonte.

Años antes, cuando el hijo del hijo del primer Presidente tomó el poder tras la muerte de su padre, obvió todas las instrucciones que éste había dejado. Al principio de su mandato miraba de vez en cuando el montón de papeles heredados con algo de temor, ya que formaban una torre de información inabarcable, pero siempre le pudo la pereza. En alguna de las escasas ocasiones en que había decidido mirar algo, por supuesto con la ayuda del traductor, pues no sabía leer, solo alcanzó a interesarse por códigos de cuentas bancarias en el extranjero. El resto de los temas los desechó debido a su poltronería y porque, a fin de cuentas, se vivía de maravilla en palacio. Y es que los cientos de mujeres enamoradas del Presidente, que pasaban por allí a diario, bastaban para sobrellevar cualquier atisbo de aburrimiento y para eliminar cualquier obligación.

Con el paso de los años, su traductor de palabras murió, como los diccionarios, como las ilusiones y los sueños. De haberse molestado en aprender algo, en mirar las notas de su padre, habría sabido que en el norte del país, muchos años antes de que el padre de su padre hubiera nacido siquiera, se habían construido varias bases militares de investigación perfectamente acondicionadas para sobrevivir a cualquier cataclismo y diseñadas para ser autosuficientes en todos los sentidos. Allí se había diseñado la receta de la felicidad perpetua, una crema que aseguraba un aspecto juvenil perenne y la comodidad de la población al inventarse un sistema monetario justo y eficaz, por ejemplo. También fueron los responsables de crear las múltiples tecnologías de dispositivos sensoriales que tenían como misión la de ahorrar tiempo en el trabajo, dejando a la población mucho más rato de ocio para disfrutar de la vida. Sin embargo, el antiguo Presidente solo vio en estos dispositivos una fórmula para llevar la ley del mínimo esfuerzo a su más avanzada expresión.

Una de las octavillas arrojadas desde el helicóptero llegó en una bandeja de plata al Presidente. Se levantó de su sofá masajeador, se deshizo por un momento de las muchas hembras que lo rodeaban y cogió el papel. Lo miró con desconfianza, desde varios lados y ángulos y, por supuesto, no entendió nada de lo que decía. Al jugar con él se cortó ligeramente en el dedo, con rabia, rasgó el papel y se lo comió.

Y así siguió pasando el tiempo hasta que ya nadie se percató de la ausencia de luz. Tampoco nadie supo leer ninguna de las octavillas que se estuvieron lanzando durante días. De ahí que nadie se rindiera cuando sonaron las armas de fuego de tanques y helicópteros que, poco a poco, dolorosamente, fueron masacrando a una población que mostraba una resistencia caníbal y salvaje. Los científicos venidos del norte con sus hijos y nietos formaban un magnífico ejército de letrados de otros tiempos. Avanzaban en perfecta organización, siguiendo la estrategia que habían planificado durante meses; sin embargo, todavía no eran capaces de comprender cuánto había retrocedido la que se suponía que era su civilización.

Cuando entraron en el Palacio Presidencial tuvieron que ir matando a los cientos de guardianes que encontraron. Lo que más extrañaba a los conquistadores es que nadie disparara contra ellos. También les intranquilizó que, en pocas semanas de oscuridad, se hubieran acumulado tantos cadáveres en las calles; que nadie se hubiera lavado, afeitado ni cambiado las ropas. Y es que el ejército de científicos no podía entender que nadie hubiera llegado a decodificar su mensaje, que nadie hubiera sido capaz de descifrar esas oraciones tras unas pocas generaciones sin palabras. No les cabía en la cabeza que nadie hubiera podido leer el sencillo mensaje que decía que si el Presidente no se iba y no se recuperaba el uso de las palabras, los científicos pulsarían el botón que impediría que la energía eléctrica que ellos generaban siguiera llegando a las ciudades.

Al entrar en el despacho del Presidente, lo encontraron completamente desnudo. Solo portaba un cinto con una pistola. Cuando la sacó de la cartuchera le apuntaron, pero alguien dio la orden de no disparar. El Presidente se limitó a arrojarla contra ellos; luego se acurrucó tembloroso en un rincón. Las paredes del despacho estaban llenas de dibujos que recordaban enormemente a las pinturas de Altamira.

Pablo Lorente Muñoz
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