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Después de la lluvia

martes 10 de mayo de 2016
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Cuando después de tanto tiempo comprendí por fin que había empezado a llover en mi habitación, me apresuré a recoger todos mis juguetes y tebeos, desperdigados siempre por el suelo y expuestos de repente a esta intemperie. Por entonces, creo, aún no estabas. A toda prisa improvisé rincones para mis comics y revistas porno (estuvo lloviendo durante años), tratando de proteger mis cosas y las cosas que decían que tenía y que en realidad no sé si tenía porque no paraba de llover. Algo en la lluvia arrasó la nitidez y las certezas de la memoria, de lo que sabía de ti y de mí, y no recuerdo si por entonces ya estabas, ni sé para qué mierda recogía las cosas aún secas de mi vida si a fin de cuentas no estabas.

La lluvia caía continuamente en todos los recodos de mi cuarto y en las cosas que no encontraba y daba ya por perdidas.

Tampoco sé bien cómo empezó a llover o si habías estado antes de la lluvia, ni por qué conservo tus cosas o cuándo empezaste a irte. A estas alturas desconozco casi todo de la persona que me cuentan que fui y que te quiso, de quiénes fuimos cuando nos llamábamos con otros nombres. Y aun así, fui guardando los dibujos que me parecían tus preferidos en cajitas de colores, y recogiendo todo lo que dejaste tal vez a propósito en mi habitación, en aquel pequeño sitio de mi vida, porque dejaste tantas cosas antes de que empezara a llover sobre mí y sobre todo lo que encontré en aquel secarral ahora inundado, antes de que empezara a darme cuenta de que en realidad no estabas.

En ratos perdidos ponía la tele por ver el pronóstico del tiempo, que nunca mencionaba mi habitación, o por si alguien había declarado ya mi vida zona catastrófica y llegara algún equipo de rescate. La lluvia caía continuamente en todos los recodos de mi cuarto y en las cosas que no encontraba y daba ya por perdidas: dogmas dramáticos, mentiras que fui articulando con los años, momentos de amor y de siesta, y en lo accesorio o decorativo de mi vida; incluso en aquello que había olvidado de ti y de mí. Nada escapó a aquello. Apenas recuerdo cómo era yo antes de la lluvia, ni quiénes fueron los juguetes antes de llegar a mí, o si leíamos juntos, aunque este diluvio no se llevó nada por delante: simplemente lo empapó todo y todo empezó a ser distinto; todo pasó a ser parte de la lluvia.

Otras veces inventaba rituales para conjurar la paz del dios de la lluvia y fumaba esas cosas que se toma uno en los pow-wows, aunque nunca he creído mucho en nada, era más bien por aburrimiento. En este punto me dije: “Tío, estás muy mal; si te metes en esto, date por jodido”. Pero todas las mañanas daba unas volteretas para convocar al gran espíritu y hacer gimnasia juntos, que dicen que une mucho. Los juguetes, por su parte, seguían con su vida, y visto lo inevitable de la situación reventaron las cajas buscando trajes y paraguas, y probaron con unos cuantos pasos de baile a lo Gene Kelly para ir a flirtear con las mujeres de las revistas, que los miraban entusiasmadas desde un estante. Al poco empezaron a intimar, algunos incluso tuvieron hijos que acertaron a irse de la habitación. Los hijos de la lluvia, tal vez. Pero con el tiempo se instaló la monotonía de los días, el estado de zona catastrófica, y los juguetes venían a apremiarme por dormir. Todos necesitábamos dormir.

No tardé en mudarme al sur. Dicen que allí apenas llueve y la gente sueña. Conmigo viajaron los juguetes y las mujeres como en un mapa isobárico. Tal como temíamos, también se vino una latitud de más al norte que nos recordaba quiénes éramos, o —más bien— que no nos permitía descubrir quiénes éramos en realidad. Qué hacer, pues, con mis juguetes, con mis cuentos que hablan del sol, con los mares y las balsas de niño prenáufrago, con los abrazos de mujeres que unían sus mapas y su lluvia a la mía. Cómo vivir en esta piel continuamente húmeda que no reconozco como propia pero que ahora soy yo, este territorio ajeno que me abraza y en el que me hundo sin acabar de ahogarme. Qué hacer con todos los monstruos que se llaman como yo.

Yo tan solo me recuerdo muerto. Ahora sé cómo soy cuando estoy muerto.

Mi amigo sioux fuma y me cuenta los nombres de la lluvia y de los cuerpos; también el del tuyo. Me habla de las cosas que acaban cuando a los mapas físicos y afectivos se les borran las coordenadas de latitud, de ligereza, de una pasión que mis juguetes nunca han perdido; de cómo a veces a la piel también se le borran los rastros de viajes anteriores, de otras pieles, de otras lluvias, de otras almas. Ignoro si todo ello es parte del peaje corsario de vivir, y cómo seré después de esto, si es que acaba, a qué lugar se llega, a qué piel, a qué nombre; qué lluvias habrá cuando ya no me acuerde de que no estás ni de quién eran estos dibujos. Mis juguetes también han empezado a fumar, para mí que se preparan para algo, y quedan a solas con mi amigo sioux. No sé por qué no se han ido aún, por qué no han desistido de mí, de mi piel húmeda, de guardar la memoria de las cosas que fui.

Me cuentan que dormí durante mucho tiempo, que hablaba a menudo por las noches y preguntaba por ti, que mujeres y juguetes se turnaban para cuidarme y bajarme las fiebres, que mi amigo indio me contaba cuentos en idiomas extraños que tal vez hablé antes de la lluvia. Yo tan solo me recuerdo muerto. Ahora sé cómo soy cuando estoy muerto. No sé cuánto duró tal estado ni si hay algo más allá que haya olvidado también; tan solo que soñaba continuamente, que la locura me rompía las palabras y se escapaba por las ventanas buscando el sol, que alguien decía mi nombre y bailaba alrededor de una hoguera, que me sujetaban para que desertara de mi consciencia, que juguetes y mujeres saltaban y cantaban conjuros, que los demonios —tan frágiles y empapados también ellos— se quitaban por fin la ropa y la echaban al fuego, que el baile vencía a la lluvia. Y más tarde una sensación de calor, de aire de verano, de haber vuelto a algún sitio propio que me quedaba por conocer y en el que nunca estuviste. Me desperté con los juguetes y sus familias abrazándome, besándome y dando brincos por la casa, haciendo el desayuno de fiesta y hablando como locos por teléfono con gente cuyos nombres conocía. Me miraban y hablaban sin hacerme preguntas, como si ya lo supieran todo, me ponían al día de sus vidas, de la mía, y cada poco repetían por fin. Por fin tan recién despierto, tan lleno de ellos, tan ligero. Por fin más allá de la lluvia.

Aquella noche bajamos todos a la playa y bailamos durante horas de puro reconocernos: mujeres, juguetes, también algún monstruo y el jefe sioux. He aprendido casi todos mis nombres.

Miguel Rodríguez Otero
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