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Dos relatos

domingo 22 de mayo de 2016
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Cómplice sociedad

—Se acaba de bajar uno.

Al principio no entendí el mensaje, ocupado en esquivar las estrambóticas nalgas de una gorda de leguis floreadas. ¿Cómo diablos entrarían allí?

—Pana, que se acaba de bajar uno —repitió malencarado el chofer, al tiempo que con su diestra hacía un gesto como de hachazo en el aire. Ahí fue que caí en cuenta: el tipo creía que yo era un charlero, por la bandeja de pastelitos de guayaba y manzana que pairaba sobre mis manos.

—Tranquilo, amigo, yo no estoy vendiendo nada —alcancé a balbucear en un resquicio que quedó entre la gorda de las leguis y la cachicama, con un pie en el estribo.

—Ah, bueno, disculpe. Pague al bajar.

Era una tarde de domingo, calurosa y sedante, había poca gente en la calle. Me acodé bien en la primera ventanilla, detrás del conductor, aprovechando que la señora de al lado se ofreció con gentileza a llevar sobre sus piernas la mitad de mi carga, y me dediqué a mirar. Los pastelitos, un encargo para mi novia, estaban un poco calientes y olían muy bien, hay que decir. El mundo afuera resudaba hastío: santamarías cerradas, calles tristes y sucias, cuatro devotos del Deportivo Lara aprestándose para ir al estadio en un jeep, eso era todo. Sin embargo, la acción no tardaría en llegar.

Los de adelante se iban desplazando por los asientos desocupados, hasta atrás, y los de los puestos postreros, a su vez, hacían el recorrido contrario, trazando sinuosas líneas.

Acaso tendría cinco minutos en la buseta, cuando una señora que llevaba dos bolsas de Mercal recibió una llamada, de cuyo contenido todos los pasajeros quedamos enterados: “Qué, estás seguro que fue aquí. No la dejarías en la caja cuando… Ah, tú la tenías cuando pagaste el pasaje. Coño, Pastor, tú si eres distraído. Cómo nos vas a echar esa vaina. Y cuánto tenías… qué… y por qué tanta plata, tú sí tienes riñones, Pastor. Bueno, bueno, vamos a ver, quiera Dios, quiera Dios, guará, chico”. La señora sin dilación participó la novedad que ya todos sabíamos al chofer. Éste, con una risita de asombro, preguntó, sin fe y hasta malicioso, si alguien por casualidad había encontrado en el piso o sobre el asiento una billetera de cuero marrón. “Si alguien la encontró ya se la embolsilló”, dijo un viejito con un bastón; “¡Sí, dónde la viste!”, comentó con una carcajada una flaca que se chupaba un bambino; “No, vale, como están las cosas ahora, eso es más difícil”, reflexionó un muchacho con indumentaria de trotador; “Sí, Luis, ya la van a encontrar”, le acompañó un señor que llevaba un cepillo de barrer y una papelera recién compradas; “Como es tan mansa la lapa”, filosofó el señor moreno con la gorra del Cardenales; “Hummm”, balbuceó un flacucho recluta; “Aquí no hay nada”, dijo la gorda de las leguis, sentada al final; “Nooo-y-qué”, espetó la que estaba a su lado, exprimiéndole limones a un tostón; “Qué broma”, dijo mi amable vecina de asiento, “mala suerte”. Todos a la una cumplieron (o cumplimos) el ritual de mirar abajo, barrer con los zapatos el piso, levantar la mirada y negar pesarosos con la cabeza, enfocados en la señora.

Dos paradas después, ya resignada:

—Bueno, qué se le va a hacer, de todas maneras, si aparece por ahí le dejo este número para que me avise —se bajó la doñita de la llamada. El busetero, que le había quitado volumen al aparato de sonido mientras aquella infortunada recibía el telefonazo, sintonizó en la radio un mano a mano entre Jorge Celedón y Jorge Guerrero: se le podía ver percutiendo el volante, cuando sonaba un vallenato, o arañando la palanca, cual diestro arpista, si se escuchaba un joropo.

Apenas desembarcó la señora, empezaron raras migraciones dentro de la unidad: los de adelante se iban desplazando por los asientos desocupados, hasta atrás, y los de los puestos postreros, a su vez, hacían el recorrido contrario, trazando sinuosas líneas. Una jovencita que se montó en la tercera parada después del suceso, miraba extrañada aquellos desplazamientos, pero luego se desentendió del asunto, entretenida con su retoque cosmético. Mi vecina, hasta ese momento sensibilizada por lo ocurrido, comenzó a resentirse de un uñero, “me pica”, manifestó, agachándose para aliviar su molestia, cada vez más frecuente. El delgado recluta se iba hundiendo con lentitud en su asiento, hasta zambullirse como submarinista en la mar: buceaba, palpaba, tosía, se quejaba de la estrechez de los asientos, salía a tomar aire y volvía. El señor de la gorra cardenalera, detrás de mí, se acodó sobre el respaldo de mi asiento, entortugó la cabeza como borracho amanecido, fingió dormir por unos segundos, e inició un elaborado movimiento de pulidora con los pies, silencioso, milimétrico, moroso. El anciano del bastón, silbando una melodía de Los Ángeles Negros, parecía, con su adminículo, un domador de leones, o más bien de serpientes, por lo rastrero de sus gestos; la gorda de las leguis, menos hábil para desplazarse y sin apéndices como el viejo, compensaba tales carencias peinando con sus ojos de radar todo el terreno, habría activado visión infrarroja o algún dispositivo GPS, supongo yo; la flaca del bambino se inclinó debajo de su asiento a recoger una pulsera “muy querida” que “se me cayó”, “tú si eres descuidada”, le dijo a la niña que venía con ella: que no se le podía perder, que era un regalo de su madrina, que cómo le iba a decir que la botó así, decía achinando un tanto sus vivaces ojos. “Yo se la ayudo a buscar”, ofreció el trotador… “no, no es ninguna molestia”, se adelantó, andando a gatas. En cuestión de segundos, eran cuatro los buscadores de la pulsera. Y a todas estas, habían pasado cinco paradas y nadie se bajaba.

Aquello era deplorable, tragicómico, partitura de ópera bufa, todas las miserias humanas se resumían en aquella escena. Nada importaba el pesar de la matrona por el duro golpe al presupuesto familiar. ¿Conciencia? ¿Honestidad? ¿Principios cristianos? ¿Solidaridad? ¿Piedad?, nada de eso parecía tener significado entre aquellas almas. Éramos (lo confieso) una partida de desconocidos que de manera circunstancial compartíamos en ese momento el microcosmos del transporte, devenidos en una pequeña y enferma sociedad de cómplices. Sentí repulsión de todo aquello, de mí mismo, por haber coadyuvado, sin querer, con tanta ruindad. Pedí la parada, al borde del vómito, y fue como si un traquitraqui hubiese estallado en la buseta. Claro, enseguida lo comprendí: era el primero de “nosotros” que se bajaba desde la infeliz llamada. Empero, a los pocos segundos, quizás apiadados por mi inhabilitante carga y mi aspecto pusilánime, cada quien volvió a lo suyo, de modo que pagué y eché una última mirada, sin esperar el cambio. Un asco existencial me embargaba, pero debo admitir, aquí entre nos, que fue mi día de suerte.

 

Bipolar

Federico Reyes tenía un temperamento imprevisible. Un día podía ser el más jovial de los compañeros de trabajo, llevarle un chocolate a la secretaria, algún número inhallable de Ronda al periodista de farándula, como al siguiente podía entrar a la redacción del periódico sin saludar a nadie, con cara de perro rabioso. Sus compañeros, tras años de estas incomprensibles mudas, habían afinado un método muy sencillo pero singularmente eficaz para sondear el humor de Federico: cuando éste llegaba bien rasurado, con la camisa planchada, corbata y pantalones conjuntados, andaba de malas pulgas. En cambio, un aspecto desaliñado era inequívoco signo de buen humor. Así era él. La última semana las rabietas de Reyes —jefe de redacción— se habían tornado más frecuentes, pues no lograba concluir un cuento cuya trama se desarrollaba en un salón de belleza administrado por un cantante homosexual anoréxico. Atascado en un túnel sin salida, frustrado, Federico tomó el manuscrito, lo estrujó con gesto furioso y luego, rasgándolas una a una, echó las maltrechas cuartillas a la papelera. Ya en casa, se abandonó a las sonatas para piano de Beethoven, mientras sorbía un té de jamaica, hasta dormirse.

Pensé en sugerirle a Federico dos o tres posibles finales; por suerte, me abstuve de tamaña intromisión —poco delicado sería interrumpir de súbito su descanso; además: ¿quién asegura que no reaccionaría histérico, haciendo uno de sus clásicos berrinches? De modo que es preferible dejarlo a pierna suelta en su sofá. Quizás al día siguiente, ya distendido, estimulado por un opíparo desayuno o por los recuerdos de un excitante sueño, en fin, con otra disposición anímica, daría con la resolución de su historia, lo que, por otra parte, me libraría de angustias, pues también tendría yo el final de la mía.

Orlando Yedra
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