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Asaltavaginas

martes 6 de febrero de 2024
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Una noche, la muy traviesa de mi esposa me dijo que yo era un asaltavaginas. La expresión me gustó, colmó mi ego, debo admitirlo, y, bueno, también incrementó mis niveles de excitación. Sin embargo, no es del acto amatorio que siguió a lo enunciado por mi querida esposita de lo que voy a hablar. Me interesa contarles, en cambio, que al día siguiente, poco después del desayuno, mi esposa vio la fulana palabra escrita en el diario personal que llevo en mi tablet —tiene licencia para leerlo porque siempre he valorado su ojo crítico—, y de inmediato se alarmó. La metamorfosis comenzó a ganar terreno; la tierna y fogosa amante de la víspera se iba, dejando ante mis ojos a la cuaima judicial. El problema para ella no estribaba en que yo hubiese recogido el término, hecho que en sí nada tiene de extraordinario, sino en el empleo del plural. “Yo dije asaltavagina, en singular, no asaltavaginas como tú escribiste”, subrayó incómoda, ya transformada del todo, para añadir, en modo CSI Miami, “eso es muy sospechoso”. Nada bueno me esperaba.

—¿Cómo que sospechoso, cielo? —le dije haciéndome el loco.

—Ah, no, mi amor, ni pienses que te vas a hacer el loco conmigo —me frenó enseguida—. Tú sabes a qué me refiero. La ese al final… ¿No significará, por casualidad, no sé, digo yo, que hay otras vaginas que asaltas?

Yo sonreí intentando restarle importancia a la discusión, le acaricié el cabello procurando domeñar la fiera que la había poseído repentinamente. Y de verdad pensé que había superado la alcabala mucho antes de lo imaginado cuando ella se dio media vuelta. Pero no era para irse del comedor, como supuse; sólo iba por un poco de agua. Colocó el vaso suavemente en la mesa. Aspiró profundo y se giró otra vez hacia mí. Entonces se despachó sus hipótesis:

—¿Camila, esa perra en celo de la farmacia? ¿O la vecinita esa nueva a la que ayudaste a cargar los cachivaches cuando se mudaron? La vecinita tiene antojo —tarareaba a Vico C con rictus diabólico—. ¿O no será esa que te escribe a medianoche y que tú llamas “la prima”? ¿O la del otro día, esa supuesta testigo de Jehová que te quería evangelizar en su casa…? ¿Cómo se llama…? ¿Cuál es? —el interrogatorio era demasiado televisivo para mis nervios. Esperaba que de un momento a otro me sumergiera la cabeza en una bañera o algo así. Pese a todo, traté de guardar la compostura.

—Mi amor —dije conciliador—, es un problema de estilo y nada más, de cómo suena mejor la palabra, un accidente gramatical, tú sabes de esas cosas.

—…

—Mira, es más frecuente que se diga, no sé, cazafortunas que cazafortuna o rompecorazones que rompecorazón. Eso explica la ese final.

—¿Ah, y no se te podía venir a la mente otro ejemplito, verdad? —reanudó el interrogatorio—. ¡No! Podías haber dicho recogepelotas o cazarrecompensas, pero no, lo que se te ocurrió fue rompecorazones, qué arrecho eres tú. Claro, te traiciona el subconsciente. Es que Ana sí me decía, que te había visto raro. Y yo de pendeja…

—Amor, pero si se trata sólo de unos ejemplos. Por Dios, es la entrada de un diario que sólo tú y yo leemos. Un ejercicio de escritura.

Me preguntaba si era llegado el turno de la corriente eléctrica o del alicate que me extraería las uñas de los pies cuando, para mi sorpresa, bajó la guardia.

—Bueno, tú sabrás lo que haces, chico —cogió una bolsa de cotufas dulces y se largó a la sala de estar a ver una de sus series policiales. Pero no me engañaba: a esas alturas del proceso ya habría llegado a un veredicto.

Y así fue. En la semana siguiente me aplicó una medida disciplinaria que suponía, además de restricciones en el uso de ciertos aparatos radioeléctricos y la intervención de mi celular, servirme yo mismo las comidas, lavar y planchar la ropa y, por supuesto, nada de juegos eróticos. Yo acepté el dictamen con humildad, hasta el momento en que se le pasara la rabieta.

Anoche, finalmente, mi esposa levantó las sanciones que me había impuesto de manera arbitraria (eso de la arbitrariedad no se lo dije, por supuesto).

En medio de la batalla de sábanas de la reconciliación, me soltó una de las suyas. “Eres un semental, papi, mi semental”. El calificativo me gustó. Lo disfruté. Colmó mi ego. Me excitó. Titilaba en mi mente como una instalación de arbolito. Pero ni de vaina lo escribo en mi diario.

Orlando Yedra
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