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En esta ciudad nadie es inocente

jueves 16 de junio de 2016
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Hay un mosquito en la ventana de la sala de Gabriela. Se acerca con sigilo, cuidando no espantarlo. El mosquito agita las delanteras patas blancas y las frota en un movimiento extraño que le concede la apariencia de estar tramando algo —¿contagiarla de zika, quizás?—. Gabriela no le da tiempo de llevar a cabo sus planes secretos y estrella la mano contra la ventana con rapidez. El vidrio retumba un poco y la mano le palpita ligeramente, pero es en vano. Ha fallado y el mosquito ya no está. Abre la ventana con la esperanza de que el invasor abandone su hogar. Sonríe parcamente, es una madrugada sin calima.

Tuvo muy claro lo que iba a hacer desde que le vio el rostro al hombre.  

Una camioneta de apariencia nueva y brillante surca la calle del frente, produciendo menos sonido que el respingo de sorpresa que da Gabriela al verla. “Coño, ¿por qué habrá seguido de largo?”.

Pegado del vidrio del asiento de copiloto de la camioneta está el patas blancas que Gabriela no consiguió matar. Puertas adentro, una prostituta que se hace llamar Alessandra apunta con un arma al conductor de la camioneta, cuyas manos tiemblan sobre el volante. Eso no era lo que se esperaba cuando subió a la hermosa mujer a su vehículo. Alessandra, en cambio, tuvo muy claro lo que iba a hacer desde que le vio el rostro al hombre. Había estado esperando esa oportunidad durante meses.

 

Al papá de Alessandra lo habían matado a las doce de la noche del treinta y uno de diciembre del año pasado, en las puertas de su propia casa. Alessandra había visto todo escondida detrás de la ventana y cuando el disparo sonó, no gritó. No pudo hacerlo. En su lugar, se quedó estática, observando incógnitamente cómo escapaban los asesinos de su padre. Eran tres y a los tres les vio la cara en las penumbras, apenas iluminadas por las luces de navidad que los vecinos de su barrio no dejaban de poner jamás a pesar de la situación tan apretada. El que accionó el gatillo volvió la mirada a la ventana en la que Alessandra estaba, pero el juego de luces trabajó a su favor, porque el hombre sólo pudo ver su propio rostro reflejado en el cristal. Alessandra, en cambio, lo detalló con precisión.

Los gritos de su mamá y de los vecinos se perdieron entre los cohetes que anunciaban la llegada del nuevo año. Había unos pocos fuegos artificiales iluminando de colores el cielo caraqueño, pero Alessandra no los veía, no los escuchaba. Lo único que veía eran las facciones del asesino y lo único que escuchaba era ese otro cañón destinado a dejarla huérfana de padre. A pesar de que lo único que conservaba del asesino era el recuerdo vívido de su figura, Alessandra se prometió no descansar hasta encontrarlo y vengar a su padre. Por él hacía lo que hacía, por él vendía su cuerpo y se extenuaba en las noches hasta drenar toda su energía y olvidar que la gente practica el sexo porque siente placer. Ella lo repetía tantas veces que llegaba un momento en que perdía toda clase de sentido y se convertía en un acto mecánico que ejecutaba sin pensar. Pero le pagaban bien —era joven y hermosa—, y aunque ganase menos, no habría sesgado sus esfuerzos. Sin ese dinero iban a matar a su papá.

Pero al final, aunque había reunido el dinero, lo habían matado de todos modos. Su sacrificio, que ocultaba con una sonrisa permanente a sus clientes y a sus padres, no había servido para nada. Le habían quitado lo que más amaba. La vida carecía de sentido, nada importaba. Y por eso iba a matar al maldito, para demostrárselo. A partir de entonces, cargó escondida en sus botas altas una pistola pequeñita que consiguió a cambio de un par de orgasmos, esperando pacientemente su oportunidad de ser usada. No tenía prisa, podría esperar años de ser necesario. La idea de la venganza le aportaba a su vida una sensación virtual de sentido. Además, no le preocupaba que la oportunidad no se diese, o que confundiese al asesino con algún inocente —“como si hubiese algún inocente en esta ciudad”—, conocía la mirada de los que requerían sus servicios y ese hombre la buscaría, tarde o temprano. Así funciona ananké. La vida es circular.

En la foto se ve a una sonriente muchacha montada en la espalda del asesino asesinado, que también sonreía.  

Y, efectivamente, la serpiente mordió su cola el 15 de abril. A pesar de haber aguardado el momento durante casi cuatro meses, no sacó la pistola hasta que se hubieron alejado bastante del lugar donde fue recogida. Con un movimiento demasiado veloz como para darle chance al asesino de que reaccionara, le clavó el cañón en la sien y le arrancó de la cintura el arma que llevaba. “Me vas a llevar a tu casa. Y reza por vivir acompañado. Si vives solo, te mueres tú”, le dijo. El asesino no hizo preguntas y dirigió la camioneta hasta La Candelaria. Después de que pasaron frente a la esquina donde mataron a Bassil Dacosta, Alessandra le habló de nuevo: “Espero que este año nuevo te hayas echado una buena pea”. El asesino, que no era bruto, entendió entonces. “A mí me mandaron a matarlo porque le debía un dinero al jefe”, balbució, y por su manera de expresarse, Alessandra entendió que ese joven no era inculto y que posiblemente hubiese terminado enredado en el asunto porque, al igual que a su padre, su amor por Molly le había salido demasiado caro. “Al jefe no le va a importar que yo me muera”. Pero alguien tenía que pagar y Alessandra no estaba dispuesta a esperar más. Se le había agotado la paciencia. “En esta ciudad nadie es inocente”. A la altura del Sambil de Bellas Artes, el asesino detuvo la camioneta. Alessandra estaba segura de que no vivía ahí, de que estaba protegiendo a alguien, pero, en un arrebato de compasión, decidió cumplirle al asesino de su padre su último deseo y matarlo a él en lugar de a ese ser que protegía.

 

El patas blancas —que realizó todo el trayecto con ellos después de conseguir esconderse bajo los asientos traseros— sale de la camioneta justo antes de que Alessandra arranque y se vaya muy lejos de allí, dispuesta a no regresar jamás al escenario de su vendetta.

Vuela con tranquilidad, casi ajeno a todo lo ocurrido, y se posa aleatoriamente en una foto que se le había caído del bolsillo al asesino asesinado. El mosquito repite el movimiento que realizó momentos antes, ese que le hacía parecer poseedor de planes turbios.

En la foto se ve a una sonriente muchacha montada en la espalda del asesino asesinado, que también sonreía, incapaz en ese momento de predecir la manera en que terminarían sus días. La foto está llena de líneas de arrugas, prueba de la cantidad de tiempo que habían pasado de bolsillo en bolsillo. Aún se alcanza a leer, sin embargo, una pequeña dedicatoria escrita a mano con una preciosa caligrafía cursiva:

Para que me lleves siempre contigo.

Tu hermanita, Gabriela.

Daniela Carolina Fuentes Aja
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