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Poemas

miércoles 7 de diciembre de 2016
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Ciudad suicida

Las flores ya no cantan
en la ciudad suicida.
Los niños ya no iluminan,
no caminan las mujeres por las vías.
Se va cayendo el cielo,
se elevan las llamas del infierno,
plañen las aves
memorias de armas de hielo
y de hombres ciegos
que se escondían en pelotones de fusilamiento.
Susurran los ríos
cuentos de viejos,
de madres que saltaban de barrancos
huyendo de hogares hambrientos.
Se escucha el grito de los vientos,
tratando de advertir a los pobres
que el latón se puede abollar si llueve muy fuerte.
Y la tormenta no cesa,
y los pobres no escuchan:
les han pintado en las ventanas
una pradera de sol platinado,
oyen una música de versos oscuros
que ellos sienten muy claros.
¿Y quién les va a decir a los soldados
que no se ganan las guerras no declaradas?
¿Y quién les va a decir a las viudas
que mueren sus hijos por defender
una tierra sin hadas?
¿Y quién les va a decir a los jóvenes
que no hay esperanza para los que se matan?
¿Y quién le va a decir a la ciudad
que sus impulsos se curan confiando en la nada?
A veces desaparecen los historiadores,
espantados por las encrucijadas de los que mandan.
Entonces sólo quedan los poetas,
dispuestos a tomar de bala una palabra,
rezando en silencio
por que la ciudad jamás les dé el arma.

 

Lágrimas de sol

Cuando el viento se queda sin colores,
la ciudad se vacía,
las conexiones se pierden,
se ensombrece el sol
y perecen las flores,
¿a qué le escribimos entonces?
A vientos de hedores,
a calles sin nombres,
a desarraigados en su patria,
a noches perpetuas,
a tierras baldías.
¿Quiénes son los poetas en un país donde la música ya no alegra?
Esos a los que les duelen las púas del viento en el pecho,
esos que les inventan leyendas a las esquinas abandonadas,
esos que son extranjeros en su propia casa,
esos que aún lloran al ver la luna al despertar,
esos que riegan un árbol de papel en medio de una montaña en llamas.
Y aunque son conscientes de sus pechos desgarrados,
de que nadie recordará las historias mañana,
de que serán apátridas en todas las tierras que habiten,
que no crecerá la luz de sus lágrimas
y de que el papel aviva el fuego en lugar de calmarlo,
no pueden dejar de construir castillos en la arena de una playa donde los temporales son eternos.
Porque la sangre
y los versos
y los hogares sin calor
y el llanto
y los incendios
son los únicos templos donde les enseñaron a rezarle
a un dios
al que la belleza le molesta.

 

Helena se ha fugado

Hay días en que sientes que el Ávila es un tsunami
que te va a tragar.
Y casi lo deseas:
ahogarte por una ola verdadera,
que se marchiten tus pulmones por el agua
y no por el aire rancio
de una ciudad que ya no respira.

No me robes el aliento, madre patria.
No soy más que una pobre niña
atrapada en una casa sin puertas
ni ventanas.

Hay días en los que ni un solo rayo de sol
se cuela por las grietas.
Y tus hermanos gritan más fuerte,
corren más rápido,
te golpean con más odio.
¿Qué sentido tiene
llorar sola en el cuarto?
¿Qué sentido tiene
rezarle a una estampita arrugada?

Qué sentido tiene
esperar
la esperanza
el futuro
que amanezca
que atardezca.

Qué sentido tiene
si no hay ventanas
si no hay colores
si no hay música
si no hay dioses
si no hay
vida.

 

Un mantra

Acuérdate,
cuando veas una pradera arcoíris,
de que conociste también un invierno sin nieve.

Acuérdate,
cuando se hayan deshojado los bosques,
de que alguna vez fue primavera.

Acuérdate,
cuando despiertes con el canto de las golondrinas,
de que alguna vez dormiste en el lecho del silencio.

Acuérdate,
cuando sientas las púas rasgándote la garganta,
de que alguna vez sentiste nubes.

Acuérdate,
cuando estés perdido en una tierra estéril,
de que al final del desierto siempre está Helena,
vestida con los colores de la galaxia,
su mirada de atardecer marino,
y su piel de aurora boreal,
esperándote para besar tus labios secos
y llenar de estrellas tu pecho baldío.

Acuérdate
de que Helena no siempre parece ella:
frecuenta las fiestas de máscaras
y es experta en espejismos.

Acuérdate
de que al final del desierto
la verás.
Y cuando la veas
y ella te vea
y se reconozcan sus almas
no habrá vuelta atrás.

 

Sapere

Cuando se agota
el silencio
y el aliento se extingue
en el ruido,
hay que huir.
Pero el silencio agotado
y el ruido exacerbado
son barrotes.
En esa prisión vives
y vives mejor
si no lo sabes.
Porque si lo entiendes,
si ves el silencio y el ruido,
si escuchas el camino fuera de la jaula,
entonces el acero
incorpóreo
te perfora el alma.

 

Tratado sobre el miedo

Las paredes de tu casa
son de papel.
El vestido que te cubre
es de cristal.
Los ojos que te escrutan
son de espinas.

Y buscas su mirada en la multitud,
sólo para descubrir
que su iris se reproduce en muchos rostros.

¿En dónde te vas a esconder?
Si los arbustos son de nieve
y Helios está furioso.
¿Hacia dónde vas a correr?
Si los horizontes son flores
y ha llegado el invierno.
¿A quién pedirás ayuda?
Si todos usan máscaras
y es media noche.

Y entonas cánticos
con la voz rasgada
esperando que algún dios te reconozca.

Porque el castigo de Calypso
te seduce de repente.
Pero Odiseo pudo no ser un marinero
sino un enviado de Cronos.
¿De qué sirve la isla
si los titanes no respetan a Hermes?

Y recitando soliloquios desesperados
trenzas tu cabello
con las flores de Ofelia.

Ya el mar se ha vuelto un espejo
por el que transitas bailando.
Le has regalado tu sonrisa a Hécate.
Y aun así, no bajas la mirada;
nunca sabes cuando el reflejo del cerdo
puede devolverte sus pupilas.

 

Tratado sobre la angustia

A veces uno espera de la vida
más que de uno mismo.
Y se aferra a un sentido
fundado en ficciones.
No quieres escuchar cuando te dicen
que un arcoíris es una ilusión,
un espejismo más
en este desierto de dunas espesas.
¿Y qué estás esperando
para transformar el horizonte en otro grano de arena?
¿Qué te falta
para convencerte de que no quieres hallarte en la pradera?
No siempre brillan
todas las flores.
No siempre se recomienza
en todos los atardeceres.
Pasa que hay ciertas bellezas
que no te serenan
hasta que el movimiento de la marea las convierte en espuma.
Son bellezas que reclaman
la inmortalidad en tu piel
mientras recorres un mar sin olas;
constelaciones que no vislumbras
hasta que la bóveda se cristaliza.
Por eso atas tus latidos
con un ramo de laureles
y extiendes tus alas de paloma
cuando cierras los ojos.
Sólo así le plantas cara
al aliento de las profecías
y consigues la fuerza para levantar las armas
que defenderán las perlas
que vas colgando en tu cuello.

Daniela Carolina Fuentes Aja
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