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Poemas de David Roca Vergara

miércoles 6 de julio de 2016
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La algazara

La lluvia cesó hace mucho tiempo,
pero yo la sigo oyendo en mi cabeza.
Esas gotitas insidiosas
que caen sobre mí
con la precisión atenta
de una cagada de pájaro.
Las cortinas de mi cuarto
están descorridas
y subida la persiana;
así la noche
luce en mi ventana
sus largas medias de seda.
Los vecinos de al lado
ríen, bailan, aúllan.
Están de fiesta,
y la música suena a todo volumen.
Meto la cabeza
debajo de la almohada,
pero el ruido
sigue estando ahí,
y retumba en mis oídos
como un martillo neumático
retumba en los sueños
de la mujer caliente.
Los minutos pasan, las horas,
y el hipnótico tic-tac del reloj
reduce la algazara
a un segundo de sueño.
Después continúa.

 

El necrófilo

El agua corre
a borbotones,
como una eyaculación.
Alguien,
una mujer,
baña su cuerpo
de pálido desnudo
en un remanso
habitado por cientos
de luciérnagas.
La luz de la luna
da a sus miembros
un tono aún más pálido,
obscenamente
macilento,
y yo la observo
tras la fronda
de las masturbaciones.

 

El teatro

Estoy encerrado
aquí,
en mi prisión.
Hace tiempo
que mi alma
se cae a pedazos.
El teatro
se ha vaciado
por riesgo de derrumbe,
y ahora
está cerrado.
Ahí dentro
sólo queda
el eco del pasado
y algún
espectador despistado.
Si alguien
intentara entrar
en mi prisión,
un rayo fulminante
de estiércol
abrasaría su corazón.
Pero yo
estoy a gusto
así, encerrado,
y contemplo
el espectáculo
más triste
de los espectáculos:
la incomunicación.

 

La fuente

El agua
que se estanca
en el cuenco
de tus manos,
obedece
solamente
a un recuerdo:
el tuyo.

 

El salto

Una marcha fúnebre
recorre tu alma.
Te asomas
a la ventana del recuerdo,
y te arrojas al vacío.

 

Romance

El paisaje es triste
desde aquí.
La calle está desierta
y las farolas
escupen una luz
mortecina y dolorosa.
Yo estoy a cubierto
en mi madriguera,
y preparo el asalto
a la madrugada.
El reloj
suena en mis tripas
como si me lo hubiese tragado,
y los segundos, los minutos y las horas
se retuercen en mi digestión lenta.
En la cama descansa ella,
esperando ser estrechada de nuevo
por mis manos sudorosas,
llenas de culpa y vergüenza.
Pero ella lo quiere así,
una muerte lenta
entre sábanas sudorientas.

 

El ladrón

Oigo los pasos,
a lo lejos.
Es por la mañana,
y aún duermo.
Sin embargo,
oigo los pasos
igual que si estuviera despierto.
Es la duermevela,
la duermevela espantosa
que gira a mi alrededor
como una espiral de fantasmas.
Y los pasos están ahí,
aproximándose poco a poco
a mi cama,
a mi alma.
Si me levanto,
seguro que los recuerdos
me encontrarán,
y hasta puede que me maten,
pero si permanezco tumbado
estoy a salvo
de cualquier intrusión
no deseada.
Los pasos,
estaba hablando de los pasos,
los pasos que ahora
ya están aquí,
al pie de mi cama,
al pie de mi alma.
Es por la mañana,
y el sol se desgarra
entre las cortinas
de la ventana
de mi habitación,
como una larga serpiente de luz
se arrastra hacia mí,
se enrosca alrededor de mi cuello
y aprieta un poco, sólo un poco,
mientras los pasos
se acompasan al tic-tac del reloj
en el preciso instante
en que suena la hora del trabajo.

 

La caja

La puerta está cerrada,
pero alguien o algo
insiste en abrir vientres
con una llave de cristal.
Yo tengo el corazón cansado
y la cabeza petrificada
por el estiércol de los recuerdos.
El alma se oxida
poco a poco,
los viejos y los santos
lo saben mejor que nadie,
y las torres más altas
caen como un borracho
desde la flor más cara
de su dicha.
Un remolino
de ausencias perpetuas
me ciñe el cuello,
me lo macula
con la señal indeleble
del ahorcado.
Porque son hermosos
los patíbulos
al amanecer,
cuando algo más que una vida
se va por el retrete,
cuando además de dolor
solicitas un poco de amor.

David Roca Vergara
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