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El vestíbulo

domingo 6 de noviembre de 2016
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Abajo está el suelo y arriba está el techo, pero yo me fijo más en el suelo. Observo el parqué agrietado e imagino sus figuras geométricas. Siempre me gustaron las vetas de la madera y su edad arcana. Con la punta del zapato raspo la suciedad adherida por el paso del tiempo y la falta de limpieza. Sólo espero que no haya cucarachas por aquí. Ahora pienso en esos bichos asquerosos; tengo la cabeza llena de ellos, el cerebro plagado de su humedad nocturna, y devoran cualquier otro pensamiento. Siento náuseas y trato de no pensar en ello. Centro mi atención en un espejo. Es un espejo grande y viejo; un espejo antiguo. Está enmarcado en una especie de estuco dorado, agrietado por el paso de los años, y el azogue está corroído como el cuerpo invadido por el cáncer. La mitad superior de mi cuerpo se refleja en la superficie apagada y triste, y hago muecas, pongo cara de circunstancias. Aparte de todo esto, hay otras cosas que también llaman mi atención. Un taquillón, por ejemplo. Es un mueble antiquísimo, pasado de moda hace un siglo, y lleno de agujerillos de polilla. Yo diría que es el compañero ideal del espejo. El uno está arriba y el otro está abajo, pero los dos están acabados. En un acto de desvergüenza absoluta, abro los cajones del viejo taquillón y rebusco en sus entrañas. Encuentro facturas de teléfono, recibos del gas y postales de ciudades invernales. Sobre todo, alimenta mi curiosidad una postal arrugada y amarillenta, donde la ciudad de Viena aparece sepultada por la nieve. Lo raro es que el pie de foto reza: Viena, verano de 1985. Lo que en ella hay escrito me desconcierta. Literalmente, dice lo siguiente:

El tiempo es muy bueno aquí, aunque pasa muy lentamente. Espero que todos estéis bien. Yo me encuentro perfectamente, rodeada de piedra y basura. La gente es muy amable y, en la facultad, los compañeros me reciben con insultos y escupitajos. Cuando llegue el momento, me colgaré o me arrojaré al vacío desde la montaña de los suicidas. Es tan romántico… Espero veros pronto. Muchos besos.

Ángela.

Devuelvo las postales al cajón, junto a las facturas, pero me guardo la postal de Viena en un bolsillo del pantalón. Hago memoria e intento recordar a alguien que se llame Ángela, pero sólo consigo pergeñar la cara de una bella muchacha que se dirige hacia mí con paso vacilante. Sin embargo, recuerdo un pequeño pueblo del norte, una aldea costera. Veo casas humildes iluminadas por la cérea luz de la luna, y una carretera muerta como la piel desprendida de la serpiente. Veo una playa desierta, inmensa, y un mar enfurecido que echa espuma por la boca. Dos niños en estado de shock. Es muy fácil ahogarse en el dies irae.

Acerco el oído a ver si canta el gallo, pero sólo oigo los latidos de mi corazón.

Los ojos se clavan en el techo y el recuerdo se pierde. Una lámpara enorme cuelga morosamente como una araña gigante con las fauces abiertas. Le da un toque de lujo victoriano a la estancia. Me pongo de puntillas e intento alcanzar uno de los ocho brazos de la lámpara, una de las ocho patas de la araña; aunque también podría ser un pulpo… Estiro tanto el brazo que parece una antena telescópica, pero ni siquiera consigo puntear la maldita lámpara. Presiento que me caerá encima si no logro dominarla de algún modo. Si tuviera un lazo la atraparía y tiraría de ella sin piedad, hasta arrancarla del techo. Es curioso, hay lámpara pero no hay interruptor para encenderla. A lo mejor sólo está ahí como mero adorno. O tal vez como amenaza. Desde luego, a mí no me engaña. Sé que está ahí arriba para hacerme daño. Y, a la vez, es una tentación. Las paredes me relajan un poco, aunque aquí el aire viciado enferma los nervios más sanos. Son paredes blancas, sin cuadros de ningún tipo; paredes con manchas de humedad y grietas profundas como un aullido interminable. Pongo mis manos sobre ellas y su frío cadavérico me hace sentir vértigo, pero también me calma. Acerco el oído a ver si canta el gallo, pero sólo oigo los latidos de mi corazón. Entonces reparo en que no hay reloj. Debería haber un reloj aquí. Un reloj grande, de pared, con un péndulo dorado marcando el paso insidioso de los segundos. Si hubiera un reloj de pared aquí, le arrancaría las entrañas…

No sé cuánto tiempo llevo esperando en esta maldita habitación, y tampoco sé si seré recibido. Al fin y al cabo, me he presentado aquí inopinadamente, porque nadie me lo ha pedido. Han pasado muchos años desde la última vez, y sé que si ahora mismo abriera la puerta de la sala, no reconocería su rostro. En mi cabeza, resuenan las palabras sentenciosas del último encuentro: no quiero volver a verte. Después de tantos años siguen ahí, palpitantes como un corazón sediento.

Posiblemente, ahora la luna está coronando el firmamento. Yo espero que su retumbo de aldaba me dé la bienvenida.

(del libro inédito Cuentos, relatos y viceversa).

David Roca Vergara
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