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¿A dónde van los días transcurridos? (extractos)

lunes 25 de julio de 2016
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Nota del editor

“¿A dónde van los días transcurridos?”, de Winston Morales Chavarro

Hace casi dos semanas anunciamos la presentación del más reciente poemario del colombiano Winston Morales Chavarro, con el que obtuvo en 2014 el primer lugar en el Concurso Literario Internacional David Mejía Velilla, que otorga en Bogotá la Universidad de la Sabana. En el prólogo del libro, el escritor Pedro Arturo Estrada dice que mediante la lectura de los treinta y un poemas que lo componen “uno encuentra sobre todo una voz que aunque escéptica y melancólica por momentos, no llega a convertirse en queja depresiva y alcanza a iluminar en cambio nuestra propia incertidumbre, nuestra oscuridad”. Hoy presentamos a nuestros lectores una selección de ¿A dónde van los días transcurridos?

I

¿A dónde van los días transcurridos?
¿Aquellas pequeñas sombras de lo que un día fue sol?
¿Por qué nos es tan esquivo eso que llaman mañana?
¿Eso que asomaba detrás de las montañas como porvenir?
La piel se cuaja,
Los huesos se quiebran
Y los días corren como briznas de paja en ojo ajeno.

 

II

La música es lo único que queda después de la muerte.
Un viejo murmullo de lo que fuimos
Quedará suspendido sobre las teas del tiempo.
Acaso alguien camine nuestros pasos
Recorra esas huellas borradas por los borbotones de un océano acústico.
Al menos seremos eso:
Viejas sandalias calzadas por una muchacha que secunda
Lo que creíamos era el camino.

 

V

Mi joven amada
Habla de lustros y de décadas
Como si se tratara de una flor abierta
A la lengua de una mariposa.
Es como si de su boca todo rejuveneciera,
Todo adquiriera el brillo del celofán
Para la navidad que aún no hemos tenido.
Mi joven amada me habla del invierno
Como si la hora del otoño estuviera aún distante.
Para ella no existen las partidas;
Nuestros hijos retozan sobre el árbol de la noche
Y los vientres desnudos aguardan el calor de una luna nueva.
Mi joven amada no sabe que cien años
Duran lo que un pábilo en la superficie de una lámpara.
Todo ha pasado para los dos.
……………………………………….Todo ha terminado para los dos.
Mi joven amada me abraza;
No sabe que se envejece
Mientras una hoja cae sobre el césped del solar.

VIII

Y la casa se fue resquebrajando.
Fue como una fruta fresca,
Expuesta al maderamen de los días.
Entonces se fue hinchando para sí;
Se fue desmoronando sobre la arenisca de la noche.
Los dedos dolían tratando de frenar su precipicio,
Tratando de interrumpir lo inexorable:
Cuando algo está al borde del abismo
—como la muerte misma—
No hay ángel o demonio que detengan lo que Dios pone a rodar.

 

IX

Cuando el cerezo se desgaja con la tarde
Sólo queda una ventana,
Un pequeño precipicio que asoma al horizonte.
Cada capullo de la fruta es una alcoba al firmamento,
Un extenso dormitorio
Por donde temblorosos pasan los años.
En esas habitaciones se respira el mundo,
El olor de las frutas que no fallecen,
Que persisten en aromar la noche.
Desde esa ventana veo trinar las aves
Y creo que la vida aún es hermosa para llorar con ellas.

 

XI

Conforme la casa se fue deteriorando
La luminosidad comenzó a configurarse
En los recodos más insospechados de ella.
Brillaron momentáneamente las monedas;
Las piezas inocentes de cientos de juguetes perdidos en la juventud.
En silencio brotaron las palabras,
Las ofensas del pasado en las declinaciones de lo que era el porvenir.
Todo vuelve a aparecer,
A comulgar con un presente que se encomia en el olvido.

 

XIV

Las víctimas del tiempo
Son como las víctimas de la guerra;
El tiempo es una batalla que conduce a la derrota,
A la tormentosa entrega de quien expira.
Los miembros caen,
La piel se desmorona
El cabello se viste de una capa amarillenta
Que roza los límites de una céntrica Necrópolis.
No hay nada que hacer frente a la muerte;
Ningún dios se compadece con lo que el tiempo trae.
Ninguna guerra tiene más afectación
Que aquella que impulsa a los relojes;
El ruin cuchillo de los años
Que apuñala la carne del osado
Que pretenda caminar.

 

XX

En la noche soy aquello que avizoro:
El poema,
La hoja en blanco,
La vela encendida que rumora con su voz incandescente;
Con su pequeña mecha de palabras mudas para mí.
Ante la hoja en blanco
Vuelvo a ser lo que he perdido;
Recupero esa vergüenza que me quito
Cuando camino como farola sin Luz
Entre multitudes.

 

XXIII

Escojo las palabras
Si acaso tengo poder sobre ellas;
En resumidas cuentas,
Las palabras son quienes me escogen,
Las que forman un amasijo de lo que aspiro a ser en la escritura.
Selecciono o me seleccionan
¿Acaso importa?
Total siempre se abandonan
Siempre desfilan como alambres olorosos
Pegadas una a otra del brazo de una oreja.
Son ellas las que tienen el poder
Las que ostentan silenciosas la anarquía:
Uno está a su merced
Es el embudo que destilan a cualquier hora del día,
Ese líquido de las palabras,
Esa sangría de las palabras,
Ese océano que se plasma sobre la hoja en blanco que es la vida.

 

XXIV

A Juan Manuel Londoño Bozzi.

Cuando nos llegue la muerte,
Algo revoloteará desde adentro.
La lámpara del sol brillará en medio de la noche
Trayendo consigo el aleteo de una mariposa.
Quizás la vida sea sólo puntos suspensivos
El postigo que tiembla desde afuera
Dándole paso a lo que hasta ayer era nuestra luz.

 

XXVII

La letra es lo único que queda
Todo lo demás es transitorio,
Irremediablemente pasajero.
Pasarán los trenes,
Los autos,
Las aves entonando majestuosas sus alturas.
Los estadios,
Los cánticos de los hinchas,
Incluso las monedas
El brillo insoportable de los oropeles:
Los atuendos de los reyes,
Los cetros de envejecidas doncellas,
La soberbia de pequeños dictadores.
Mas solo la letra permanece
Resiste el moho de los años
El óxido resquebrajado de la heráldica.
La letra queda
Su brillo es auténticamente resistible.
Sólo ella existe.

 

XXVIII

Toda mi vida está en la hoja de un árbol
Por ella circula mi savia
Los ápices sanguíneos de lo que soy
Y de lo que pierdo cuando llega el otoño.
En esa hoja,
En la de un abeto cualquiera,
Está mi canto de pájaro herido,
Las cabriolas que dejé de ofrendar
A medida que iba creciendo.
Esa hoja es testigo de todo;
De los vientos a los cuales renuncié
A medida que echaba raíces.

Winston Morales Chavarro
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