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Poemas de Winston Morales Chavarro

miércoles 28 de mayo de 2025
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Poemas de Winston Morales Chavarro
Los más doctos dicen que fui expulsado del espejo, / que mi imagen vagabundea por los laberintos y paradigmas de la muerte. / Pocos saben que conservo mi posición de ángel, / que aparezco majestuoso cuando miro mi belleza ante las nubes. El ángel caído (1847) • Alexandre Cabanel • Museo Fabre
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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XXVII
El apocalipsis de David

Ahí viene el hombre distante de la horda
dando gritos despavoridos por la muerte.
Ahí viene el pequeño saltamontes de la tierra
con su piedra, con su honda, con su diminuta espada.
Ahí viene el enano del desierto
destruyendo todo lo que se aventure en su camino.
Ni Hércules ni Sansón ni Atila
se asemejan a este pequeño devorador de hombres,
a este ciego de la tarde
que ha destruido con su piedra
al gigante Goliat
en las orillas del crepúsculo y las colinas que rodean a la muerte.
Ahí viene David
cabalgando sobre un centauro de hojas secas.
En el ánfora de su cabalgadura
viene la cabeza de Goliat, la quijada de Caín,
el cayado de Moisés, los cabellos de Sansón.
Ahí viene el hombre distante de la horda
dando tumbos por los recovecos del desierto.
A una señal suya, las ciudades caen como naipes.
A una señal suya, se viene exterminando la música del río.
A una palabra suya, se aciegan los cantos del árbol
y la exclusión de las quebradas.
Ahí viene el hijo de la piedra
lanzando chispas por los viejos campanarios.
Viene el hijo de la honda
descifrando en el reflejo del espejo
las impresiones de la lluvia
y el expresionismo de los murciélagos del cosmos.
Ahí viene el hombre distante de la horda
buscando a Betsabé para cerrar con ella
el pacto del último Apocalipsis,
buscando cerrar con ella
la última oportunidad del Homo sapiens
sobre los confines de la tierra.

 

XXVIII
La canción de Lucifer

Mi ídolo de bronce es el abismo,
el fuego, las cavernas.
La vida del maldito
—desterrado de la luz y las alturas—
se pendula entre el mal, el bien, lo dionisiaco.
No maldigo de las sombras,
no aspiro a las venganzas.
Continúo con mi vestidura satánica
instruyéndome en el bien
y solazándome en el mal.
Los más doctos dicen que fui expulsado del espejo,
que mi imagen vagabundea por los laberintos y paradigmas de la muerte.
Pocos saben que conservo mi posición de ángel,
que aparezco majestuoso cuando miro mi belleza ante las nubes,
que mi sabiduría multiplica la ignominia de los justos
y la nobleza de los desterrados
contagia de belleza a los malditos.
Voy del ascenso al descenso
como el viento que hila los caminos:
no creo en la maldad, en el bien,
en el pasado, en el futuro,
pues los cuatro están confinados en las sombras,
y las sombras,
en el hades de un espejo orbicular.
No maldigo a las alturas,
no me duele la caída.
Hay un punto en que todo deja de ser contradictorio
y nada en este punto se excluye, sino que interacciona.
¿Quién ha dicho que el abismo no es la altura?
¿Que la maldad —producto de la belleza—
no es el bien?
¿Que las sombras no son la luz?
¿Que el caído no es el levantado?
Pocos saben que sobrevuelo el infinito,
el paraíso, la manzana;
que mi vestidura de vampiro
me da el elixir de la noche;
que sustraigo del día los frutos del iluminado
y que espero sabiamente el último camino
para empezar mis andanzas
por la otredad, por la vaguedad,
por lo inmensurable,
por lo indefinible.

 

XXIX
Beelzebub de Palestina

Sí, tú eres aquel
príncipe de los infiernos,
noble ángel de los desterrados,
descifrador de paradigmas escritos en las noches
y multiplicador de diluvios sobre las hogueras de la muerte.
Sí, tú eres aquel,
pero cuánto distas de ser
el de aureola destellante,
cuánto distas de la luz
a pesar de sobrecogerte en otra luz
y cuánto de la oscuridad
a pesar de instruirte en otra oscuridad.
Sí, tú eres aquel
ángel o demonio,
el que ahora se pasea por los intrincados laberintos.
Miles de servidores ahora te coronan,
se deslizan por la orilla del vasto funeral
sobre una muerte serena que te sobrecoge;
una muerte que se ensancha
como la curva, como los ángulos.
Sí, tú eres aquel,
el del paraíso perdido y nunca recobrado
—sobran fuerzas para no recobrarlo.
Tu delicia recae sobre el silencio que viene,
sobre la sabiduría humilde que centellea en la noche:
Pensamiento que se dibuja como una barca
en el océano de los afligidos.
Sí, tú eres aquel
—gozas con este distintivo.
Una estrella de hojas
reposa en tu frente de hiedra quemada
y vagas por el mundo
igual que otro iluminado
restituyendo el camino para los menos doctos
y provocando, a partir de tu imagen alucinante,
la animadversión a las olas ardientes de tu precipicio,
a la tierra despreciable de los infiernos.

 

XXX
La visión de Moloch

¡Desgracia a los habitantes de la Tierra!
Arremetió el maligno del infierno
mientras veíamos discurrir
las hondas guerras del desierto
por los pasajes de la arena
y sus cóleras inflamadas.
¡Desgracia! ¡Desgracia!
Los pájaros de fuego
—encorvados por la cabellera elástica del cosmos—
surcaban los laberintos electromagnéticos del éter
y soltaban por doquier
su huevo de ira y uva venenosa
desvertebrando como un soplo
el país de los cedros y los pinos.
Por entre los montes de Armenia y el golfo Pérsico
—en donde alguna vez se situó el paraíso—
vaga ahora, desde la época de las lunas crecientes,
el hijo de la noche.
Bañado por el Tigris, el Éufrates, el Nilo y el Pisón
—revestido como lo que fue, antes de la rebelión y la caída—,
el maligno del infierno
se pasea con sus tentáculos de muerte,
con sus hiedras vengativas y siniestras
destruyendo todo lo que aventure por el mundo.
“¡Desgracia a los habitantes de esta Terra!”,
vocifera con la fuerza de los acantilados
y las voces enhiestas de las rocas.
Una cohorte de fantasmas
le secundan en el canto.
Un séquito de hombres
le tributan con aceites.
Desde Aurán hasta California,
desde las torres reales de la gran Seleucia
hasta las bocas cerradas del Misisipi
se pasea el maligno del infierno
por las llanuras volátiles de Proserpina.
Sus principados y potestades
se doblegan como ramas
al paso majestuoso de los falsos evangelios.
Sus columnas de humo y fuego
continúan tatuándose en la tierra
como una señal de insólitos presagios
mientras la noche se retuerce
al florecer del hongo radioactivo
y el hombre,
evocando la memoria de la Sodoma de los moabitas,
queda prendido al viento
como la estatua del Apocalipsis,
la torre de sal de los últimos sepulcros.

Winston Morales Chavarro
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