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Entre risas y horrores

sábado 8 de octubre de 2016
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No sé en qué parte me perdí; en qué colchón me diluí hasta la última gota de mi esencia. Y es que entre el vino y el labial pintado en la copa, hay un inmenso talud que me fue absorbiendo quién sabe desde cuándo.

Acudo a ti, viejo amigo, porque nunca preguntas ni pides respuestas de mis actos. Bastantes años han sido ya desde que escribo en ti mis pensamientos, mis anhelos, mis decepciones, y mis frases sin sentido. La vida en varios tomos de páginas amarillentas; la nada entre cada letra que la cuenta.

Lo sé, estoy muy pesimista el día de hoy, pero es que la mirada se me ha arrugado de tanto mirarme al espejo sin poder encontrarme ahí… Hoy he despertado confundida, con una fuerte duda; con la nuca palpitante de recuerdos deshabitados…

Por su edad había preferido quedarse, además de que sabía que yo iría a visitarla, y me quería ver; me dio un inmenso gusto escuchar esas últimas palabras.

Todo comenzó hace un par de semanas, bueno, realmente empezó hace años, pero apenas hace unas semanas me percaté de ello, en el cumpleaños de mi mamá, para ser exacta. Me levanté temprano porque un cliente me había solicitado, y aunque no suelo aceptar trabajo en los días festivos (mis días festivos), tuve que hacerlo, porque no tenía dinero para comprarle algo a mamá; tú sabes, hace varios días te comenté que se me habían juntado los gastos de la casa, y como estuve enferma, no pude cumplirles a mis clientes. En fin, me puse la mejor lencería que tengo (la de liguero rojo), una rociada de mi perfume francés, mis altos tacones tintos, una buena base y delineada, el par de aretes de plata que compré el año pasado; en resumen, mis prendas de mayor calidad, para ver si podía ganar méritos para una jugosa propina. Fui e hice lo mío; un pequeño baile previo, unas mordidillas y mamadas, un “perezoso”, una “cascada”, un “de perrito”, y no recuerdo qué más; claro, con un continuo coqueteo de gemidos, sonrisillas, miradas y demás; incluso me dejé dar por el culo, a pesar de que nunca me ha gustado. Mis trucos persuasivos rindieron frutos, me pagó la tarifa más una buena propina por ser “tan linda” (creo que fue así como me llamó).

Después de una ronda madrugadora de trabajo, vine a la casa a bañarme y ponerme algo para ir a felicitar a mamá. Me cambié, me arreglé, tomé mi bolso y me subí a mi auto, con dirección a la plaza comercial para comprar el presente. Decidí darle un par de blusas de Zara, y las metí en una bolsa de regalo con listón y toda la cosa. Me subí de nuevo al carro y aceleré, ya sabes, porque mamá vive lejos; por eso no la veo casi nunca. Al llegar a su casa tomé el regalo y me bajé para timbrar; mamá se tardó un poco en abrirme; me recibió con una gran sonrisa, yo se la devolví, la felicité y le di su regalo. Me invitó a pasar. Justo al entrar, noté que no había nadie más como de costumbre (tú sabes, el tío Beto, la tía Amanda, los gemelos y la tía Selma), y que mamá estaba sola; eso me causó un poco de tristeza por ella, pero por otro lado me alegré, porque así podría quedarme más tiempo, sin tener que preocuparme por las constantes críticas insinuadas acerca de mi profesión por parte de la conservadora familia de mi madre. Le pregunté el porqué de su nula compañía y me comentó que un primo que no conozco se casaba ese mismo día, que todos habían ido a la boda, pero que ella por su edad había preferido quedarse, además de que sabía que yo iría a visitarla, y me quería ver; me dio un inmenso gusto escuchar esas últimas palabras.

Charlamos un par de horas. Al principio fue la típica conversación familiar, acerca de lo que les había pasado a los parientes recientemente, del par de tíos lejanos de la cuarta edad que habían fallecido, de los nuevos miembros de la familia, etc., pero en cierto momento a mi mamá se le ocurrió sacar un viejo álbum de fotos (al parecer es de los pocos entretenimientos que tienen los viejos) y comenzamos a relatar las anécdotas de los días en que fueron tomadas. Las primeras fotos databan de cuando mis papás se acababan de casar y vivían una vida de pareja feliz, sin tener que preocuparse por nada más que cubrir hasta la última de sus pestañas de besos. Las siguientes fotos me dieron mucha risa, porque eran de cuando yo era bebé, y debo decir que estaba muy obesa. La situación no cambió mucho durante las fotos de mi niñez, donde seguía teniendo algo de sobrepeso, la risa nos brotó gorda y aguda, algo así como si expulsáramos a Juan Gabriel de nuestras gargantas. Cuando llegamos a mi adolescencia, mi rostro carcajeante se fue enmudeciendo poco a poco con un espeso semblante, y aunque mi mamá siguió riendo por un momento, notó casi de inmediato que algo me petrificaba la mirada; yo no me reconocía en esas sonrisas tan honestas y joviales allí capturadas; esas viejas amistades tan arraigadas, ahora empolvadas; esos deseos de superación intelectual, de consumir el mundo en un respiro. Mamá interpretó muy bien la tensión de mi mirada (resulta que es una especie de poder materno), puso su mano sobre la mía, la acarició, y después me abrazó. En ese momento sentí unas enormes ganas de salir a manejar sin rumbo alguno, de esconderme de todo. Me despedí de mamá, la volví a felicitar y me marché, pero no sin que antes me rematara la borrascosa galería de imágenes que se había desatado en mis sienes con un “no importa qué hayas hecho de tu vida, siempre te amaré”. Se demolieron mis oídos.

Me sentí vacía sin el sexo, pues ya se había vuelto una costumbre muy fuerte; no pude resistirme al coqueteo del vino ni de los cigarros por más de tres días.

La única razón por la que sé que efectivamente manejé como había “planeado” fue porque, cuando me di cuenta, ya me encontraba en mi casa, bebiendo una copa de vino que no recuerdo haberme servido, recostada sobre mi sofá, con los pies descalzos. Habían pasado cerca de 15 años desde que enterré a mi joven yo en las seductoras cifras monetarias del servicio sexual; cerca de 15 años desde que había decidido posponer mis estudios un par de años en lo que ahorraba lo suficiente para irme a la universidad; cerca de 15 años desde que comencé a tener problemas con el alcohol, con lo cual tuve que mantenerme trabajando para costear mis vicios pasionales. 15 borrosos años en los que la rutina me asfixió con ropa de marca.

El problema en sí no era que fuera una prostituta; el problema no era que tuviera una cierta debilidad patológica por el tinto; ni tampoco que tuviera un ingreso irregular que a veces me obligara a trabajar en días festivos tan sólo para tener algo qué regalarle a mi muy probablemente decepcionada madre; ni siquiera los sentimientos de mi madre eran el problema. Pero entonces ¿cuál era el problema? Pasé un par de días con la duda, pero por mientras tuve que seguir trabajando para tener algo de dinero; lo primero que se me ocurrió fue que el problema era que en esas viejas fotos familiares había podido ver mi cuerpo impreso en ellas, pero no me había visto a mí, o quizás yo me había quedado congelada en esas fotos, mientras que un cuerpo que se decía mío las observaba, y si ese era el caso, tan sólo tenía que abandonar mi vida banal para ir en busca de aquella chica alocada y soñadora; y eso intenté hacer. No dio resultado. Me sentí vacía sin el sexo, pues ya se había vuelto una costumbre muy fuerte; no pude resistirme al coqueteo del vino ni de los cigarros por más de tres días. Intenté intensificar la lujuria y la actitud dionisiaca, por si eso era lo que me faltaba, ser una verdadera mujer de mala muerte, y entregarme por completo al estilo de vida que había llevado por años. Fue inútil. Me sentí aún peor.

Con cada día la angustia creció un poco más, hasta el punto en que ya no pude hacer otra cosa que no fuera sentarme a beber y fumar semivestida en mi balcón. Mirarme al espejo ha sido todos estos días como una caída al abismo, y lo peor de todo ha sido el desconocimiento del porqué, o al menos así había estado siendo hasta anoche.

Hoy me he despertado confundida; con una fuerte duda, y es que el día de hoy por fin lo he discernido; el problema no es lo que soy, ni lo que fui, ni siquiera lo que pude haber sido; el problema es que no soy.

César Luziard
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