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El joven de la barba azul

jueves 13 de octubre de 2016
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Nota de la autora

Esta es una versión libre del cuento de Charles Perrault “Barba Azul”. El cuento de Perrault ha quedado perdido, ya no se lee. Estimo que es por la cantidad de datos sensibles para un niño y porque, en sus orígenes, respondía al acogimiento de cuentos del pueblo campesino adulto. La intención es reivindicarlo, que esta versión libre no deje en el olvido su adaptación de la tradición oral por Perrault.

 

Había una vez una llave mágica que un señor viejito, con unos pocos pelos canosos en la barba, le regaló a su hijo antes de morir:

—Te doy esta llavecita, hijo. Hace mucha magia —el anciano se llevó la mano al corazón—. Debes conservarla todo el tiempo que sea necesario, pero no puedo decirte más.

—Pero dime algo, padre, no entiendo. ¿Abre todas las puertas del mundo? ¿Por eso es mágica?

—No, querido, tú debes elegir qué puerta deseas abrir con esta llave —respondió el viejecillo—. Pero ¡ten cuidado! —advirtió enseguida—: si llegas a hombre grande, tienes una amada esposa y no quieres perderla, no dejes por ningún motivo que entre por esa puerta.

Dichas estas palabras, el señor se quedó dormido. Muy dormido para siempre.

 

El joven heredó la casona de campo de la comarca, estancias inmensas, muebles forrados con brocado, carrozas doradas y la llave mágica. Además heredó el color de la barba, que era azul, muy azul. Tan azul como el llamado “azul Francia”.

Las riquezas no eran problema. Tampoco, por ahora, la llave mágica (luego de frotarla y pedirle tres deseos que no se le cumplieron, el joven de la barba azul decidió que esa llave abriría la puerta de un gabinete, donde dibujaría paisajes campestres). En cambio, lo que sí le molestaba mucho de la herencia era la horrible barba azul. ¡Y eso no era lo peor! ¡Lo peor era que le crecía rápidamente no bien se la afeitaba! Su padre siempre le contaba que, cuando era joven como él, también tenía la barba azul, pero que cuando conoció a su madre se le puso marrón, muy marrón, tan marrón como el llamado “marrón café”.

 

Un día el joven se casó con una mujer de la comarca. Al tiempo, como era un hombre que viajaba mucho por trabajo, tuvo que irse a la ciudad. Antes, le había entregado a su esposa todas las llaves de la casa para que las guardase y porque confiaba en ella. Sin embargo, le había pedido que no usase la llave mágica que abría la puerta de su taller de arte, un lugar que él deseaba como su espacio privado en la casona.

Cuando regresó, su esposa ya no estaba: había desaparecido.

En menos de tres meses, se casó otra vez. Y sucedió lo mismo: le entregó todas las llaves a su esposa, se fue de viaje y, cuando regresó, su mujer ya no estaba.

Como si hubiese sido poca la desgracia, el joven quiso intentarlo una vez más: tres meses después, volvió a casarse, volvió a viajar y, al regresar, ¡su esposa tampoco estaba!

Después de la desaparición de su primera esposa, y al explorar su gabinete de arte, el joven había intuido cuál era la magia de esa llave, pero no quiso contárselo a nadie. Recién logró entender algo más sobre la función de la llave mágica cuando desaparecieron su segunda y su tercera esposa.

Lo que había sucedido era que esa llave, usada a pesar del pedido de Barba Azul, había descubierto que las tres esposas, que lo habían rechazado por su terrible aspecto, se habían casado con él por sus riquezas y no lo habían querido ni un poco. Al abrir la puerta del gabinete con la llave mágica, esas mujeres habían desaparecido; aunque no del todo, como se sabría un tiempo después.

A esta altura, lo cierto era que al joven, apodado “Barba Azul”, no se le había cambiado nunca el color de la barba y le daba un aspecto tan feo y terrible que todas las mujeres le tenían miedo. Todos hablaban mal de él sin conocerlo y nadie sabía que, aunque se mostraba rudo, en verdad el joven no era malo y sólo deseaba que alguna mujer lo amase.

Sin embargo, él no conocía la forma de detener la magia de la llave. Tampoco sabía bien cuál era el motivo por el cual la llave mágica había hecho desaparecer a sus tres esposas. Todo esto había generado rumores falsos sobre su persona. Se decía que las maltrataba y algunos hasta lo acusaban de haberlas matado. En definitiva, para todos era un hombre tenebroso y horrible.

Una tarde de primavera, el joven le pidió a una vecina distinguida la mano de una de sus hijas llamada Arena Blanca que era, según decían, la mujer más curiosa de la comarca. Además, era una mujer que al joven de la barba azul le encantaba. Él se había enamorado cuando, con su carruaje, se la cruzaba en los campos y la veía recoger siempre flores silvestres y azuladas. Ella solía levantar la vista y sonreír, pero era más por miedo y curiosidad que por otra cosa (al menos, eso era lo que ella creía). Arena Blanca estaba convencida de que eran ciertos los rumores que corrían sobre lo mal hombre que era Barba Azul y no podía resignarse a tener un marido con esa barba tan fea. Pero lo que más le disgustaba era que ya se había casado tres veces y no tenía idea de lo que le había hecho a sus esposas. Ese mismo día, luego de pedirle matrimonio, el joven de la barba azul la invitó a cenar a la casona de campo de la comarca donde él vivía, muy cerquita de la casa de la madre de Arena Blanca y su hermana Ana, quienes también estaban invitadas a la cena.

Por fin esa noche agasajó a las tres invitadas: había un gran pavo con papas asadas, quesos de todo tipo, utensilios de oro, platos de porcelana y copas de cristal. Además, el joven les había pedido a los jardineros que decorasen la casa con la misma clase de flores silvestres y azuladas que solía juntar Arena Blanca en el campo.

Aunque seguía sin sentir amor por Barba Azul, aunque seguía teniéndole miedo, después de esa cena, la desesperó la curiosidad por conocer muy bien todas sus riquezas. Entonces, pronto arreglaron la boda y se casaron en la gran ciudad.

 

—Arena, debo viajar a la ciudad por un negocio importante —le dijo el joven a su esposa tres meses después del casamiento.

—¿Por cuánto tiempo, esposo?

—Estaré lejos diez días, tal vez menos. ¡Pero diviértete en mi ausencia! ¡Invita a tus amigas a la casona o a las estancias! —dijo rascándose la barba azul.

—Gracias, esposo —dijo Arena Blanca, imaginando que le haría bien descansar de la fealdad de esa barba. Aparte, podría curiosearlo todo con mucho detalle.

—He aquí —continuó el joven de barba azul—: las llaves de los armarios del vestuario lujoso, las de la vajilla de oro y plata y la llave maestra de todos los aposentos. En cuanto a esta llavecita —el joven zarandeó la llave—, es la del gabinete que está abajo, al fondo de la galería, un lugar que, ya sabes, es privado. Te pido, por favor, que guardes bien esta llave y que no la uses. Necesito que respetes este único deseo mío.

Arena Blanca prometió cumplir con lo que su esposo le había pedido. En ese momento no sintió curiosidad por esa llavecita y sólo pensaba qué lindo iba a ser estar sin él y disfrutar de la casa con amigas y vecinas. Su esposo la abrazó fuertemente, como si no fuera a verla nunca más, subió a su carruaje y emprendió viaje a la ciudad.

Pronto, las vecinas y las amigas visitaron a la recién casada. Estaban impacientes por divertirse con todas las riquezas. Como le tenían miedo a Barba Azul, por su barba y por el misterio de sus esposas desaparecidas, no se habían atrevido a visitar a Arena mientras él estaba presente.

De inmediato se pusieron a recorrer las habitaciones de los pisos de arriba, donde estaban los armarios, y se probaron todos los vestidos bordados por las artesanas de la comarca. Después, con los vestidos puestos, subieron al guardamuebles, donde admiraron la magnificencia de los espejos en los que se reflejaban desde la cabeza hasta los pies, y cuyos marcos de plata u oro eran los más hermosos que jamás habían visto. No cesaban de alabar y envidiar la felicidad de su amiga, quien hacía un tiempo que ya no se divertía con todos esos lujos. Esta vez, la curiosidad por abrir el gabinete de su esposo era más fuerte que toda la fortuna del mundo. El corazón le latía rápidamente, como el de un colibrí. Ella sintió que era una señal, que debía responder a su corazonada. Entonces, sin considerar que dejar solas a sus amigas era una falta de cortesía, bajó precipitadamente por una angosta escalera secreta. Al llegar a la puerta del gabinete, se detuvo durante un rato, pensó en el pedido que le había hecho su esposo y temió que, con justa razón, él se enojase. Pero la tentación era muy grande: tomó, pues, la llavecita y temblando, con una sensación extraña, como si de pronto un calor en el cuerpo le avisase que extrañaba mucho a su feo esposo, abrió la puerta del gabinete con la llave mágica.

Al principio, todo estaba oscuro y no veía nada. Enseguida escuchó las voces de tres mujeres que repetían sin cesar el nombre de sus novios, aquellos a quienes habían amado de verdad: ¡Christian! ¡Juan! ¡Dante!, ¡Christian! ¡Juan! ¡Dante! Arena Blanca encendió la luz: lo primero que vio fueron cientos de paisajes hechos por Barba Azul: eran dibujos de las flores silvestres y azuladas que a ella tanto le gustaban. Enseguida, vio las bocas movedizas de tres mujeres que gritaban desde retratos colgados, uno al lado del otro, en una de las paredes de la habitación. Arena se asustó. Y más se asustó cuando, al acercarse a la pared, las mujeres dieron un paso y luego otro y salieron de los cuadros, volviendo completamente a la vida:

—¡Nos has salvado, querida! Nosotras abrimos esa misma puerta —dijo una de ellas señalando la puerta del gabinete—. Nos convertimos en retratos porque no amábamos a Barba Azul.

—¿Pero cómo es eso? ¿Cómo lo saben? ¿Entonces yo lo amo?

—Nosotras siempre pudimos hablar desde las pinturas que nos inmovilizaban y, además, ¡mira, mira! —dijo otra de las mujeres—. Mira la cerradura: la llave se derritió.

—¡Era mágica! —dijo la otra—. Cuando Barba Azul encontrase a una mujer que lo amase, la llave se desintegraría para siempre y nosotras volveríamos a la vida para buscar a nuestros amores de verdad. Además, te darías cuenta de que la barba de tu marido no es importante y que lo quieres con todas tus fuerzas.

—Eso mismo estoy sintiendo en este momento —dijo Arena Blanca sosteniéndose el corazón, que parecía salírsele del pecho de lo fuerte que latía—. ¡Esos hombres, Christian, Juan y Dante hace largo tiempo que persisten en buscarlas! —exclamó ante la sonrisa de las mujeres. Se quedó pensando y preguntó—: Pero no entiendo. ¿Por qué Barba Azul no quería que yo entrase acá?

—Te estaba cuidando. Él te ama y, como creía que tú no lo amabas a él, tenía miedo de que también te convirtieses en retrato.

—Pues vamos a dar aviso a sus hombres amados —dijo Arena Blanca—. Les pediremos que vengan cuando regrese Barba Azul para darle la sorpresa. ¿Ustedes pueden quedarse conmigo hasta que llegue el momento?

—¡Claro! —exclamaron las tres mujeres, ya sin fuerza en las gargantas.

Al rato, llegó un mensajero y le avisó a Arena Blanca que Barba Azul regresaría esa misma tarde. Lo primero que hizo Arena fue avisarles a sus amigas, que seguían recorriendo la casa: huyeron despavoridas al enterarse de que volvía Barba Azul. Luego subió y les pidió a las tres mujeres liberadas de los retratos que fueran al vestuario, que movieran las piernas, porque caminaban cojeando de tan duras que las tenían por la quietud mantenida en las pinturas. Finalmente, aprovechando la cercanía de las casas, Arena le gritó a su hermana, de ventana a ventana, que mandase a llamar a Christian, a Juan y a Dante para pedirles que vinieran, urgentemente, a la casona.

Cuando llegó, el llamado “Barba Azul” suspiró aliviado al ver a Arena Blanca. Se había ido con la creencia de que, por su curiosidad, entraría al gabinete de arte y la perdería para siempre. Enseguida le pidió que le devolviese las llaves y ella se las dio, salvo la llave mágica.

—¿Y por qué —le preguntó— la llave del gabinete no está con las demás?

—Debo haberla dejado arriba, sobre mi mesa —mintió.

—No dejes de dármela muy pronto —dijo Barba Azul.

Después de que Arena Blanca aplazase la entrega varias veces, Barba Azul comprendió:

—Si no me la das, me enojaré. No quiero que entres nunca a ese gabinete.

Arena Blanca le pidió paciencia, que le diese unos minutos, que se cambiaría de ropa y bajaría esa llave (sólo quería hacer tiempo para que llegasen los novios de las mujeres liberadas de los cuadros). De tanta alegría, Arena Blanca no se dio cuenta de que la barba de su esposo estaba destiñéndose y cambiando, muy de a poco, de color.

—Te doy quince minutos, no más. No te comportes como una niña y dame esa llave, Arena.

Cuando subió a la habitación, donde las otras mujeres se habían vestido con ropa elegante, llamó a su hermana desde la ventana y le dijo:

—Ana, hermana mía, te lo ruego, ¡no quiero que se arruine la sorpresa!, sube a lo alto de tu torre para ver si vienen Christian, Juan y Dante. Y si los ves, hazles señas para que se apuren.

Ana subió a lo alto de la torre y, de tanto en tanto, Arena le gritaba:

—Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?

Y la hermana respondía:

—No veo más que el sol que va bajando iluminando las flores que te gustan.

—¡Vamos, Arena, baja pronto o subiré yo! —gritó, al rato, su esposo.

—Espera un momento más, por favor —respondió Arena y volvió a exclamar en voz baja—: ¡Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?!

Y la hermana Ana respondió:

—No veo más que el sol que va bajando iluminando las flores que te gustan.

—Vamos, Arena, baja de una buena vez —gritó nuevamente su esposo.

—Voy enseguida —contestó. En tanto, Arena se calzaba su vestido de novia.

—¡Veo una gran polvareda que viene de este lado! —gritó Ana antes de que Arena volviese a preguntar—. Pero no son los jinetes, hermana, es un rebaño de ovejas.

—¿No piensas bajar, Arena? —gritó, ahora con voz ronca, su esposo.

—En un momento más —respondió Arena y enseguida preguntó—: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?

—¡Ahora sí, Arena! Veo a tres jinetes que vienen hacia acá.

Cuando Barba Azul dio su último grito, Arena, vestida de novia, fue bajando despacito las escaleras y detrás de ella, las tres mujeres hermosamente vestidas. El joven de la barba azul se quedó boquiabierto. Y, aunque tenía voz fuerte, casi no podía hablar.

—¿Qué sucedió? ¡Yo no quise hacerles daño! —les dijo a las otras mujeres.

—Tranquilo, esposo, no pasa nada, sólo estamos bajando las escaleras.

—¿La llave mágica? —preguntó el joven.

—¡La llave mágica! —gritaron al unísono Arena y las tres mujeres.

Cuando ellas bajaban el último escalón, entraron los tres hombres, Christian, Juan y Dante y, aunque no entendían qué había pasado, corrieron a abrazar a sus antiguas novias que, con los ojos llenos de lágrimas, habían tendido los brazos.

En un rinconcito, Arena Blanca le confesó al joven de la barba azul que lo amaba. Que lo amaba mucho. Mucho. Mucho.

—¿Fue la llave mágica? —dijo el joven de la barba azul.

—La llave se derritió porque entró a tu gabinete la primera mujer que te ama de verdad —dijo Arena Blanca, y se dieron un abrazo y un beso en la boca.

En tanto, al joven Barba Azul, que se veía de reojo en un espejo, la barba se le ponía marrón, tan marrón como el llamado “marrón café”.

 

El joven de la barba marrón recordó, inmediatamente, a su padre: “Ahora entiendo todo”, pensó. “Nunca le conocí la barba azul a mi padre porque, cuando yo nací, él ya había encontrado a mi mamá, su primera esposa, la mujer que había usado una de las llaves mágicas de la familia. Mi madre fue la mujer que logró entrar a su cuarto privado sin convertirse en retrato. Ella sólo lo quería por el gran hombre que era”.

Mientras el joven pensaba y pensaba en sus padres, en el gabinete de arte, sobre una gran mesa de roble, empezaba a brillar una llavecita recién nacida. Al mismo tiempo, en el vientre de Arena Blanca empezaba a latir el pequeño corazón del futuro hijo de tan dichoso matrimonio, quien, como el joven de la barba azulada, cuando fuera grande, recibiría la herencia de la nueva llave mágica.

Gisela Vanesa Mancuso
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