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XII

jueves 3 de septiembre de 2020
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Apago el caloventor amurado. Su motor se mete adentro de mis oídos y no puedo escuchar el ruido de la mañana. El tiempo, que construí con tablas de fibrofácil y servilletas pegadas, corre aquí asincrónico y persiste en crear una melodía monótona, de notas graves. No hay acuerdo entre cinco de los diez relojes artesanales con que cubrí el tiempo del verano pasado.

 

I

Gotea la canilla. La del patio, sobre una palangana llena. La del bidé, sobre un carcomido recipiente plástico en cuyo fondo se impregnó el óxido. Un pájaro chilla. Es un pájaro que no canta. Chilla bajo las últimas oportunidades de la tormenta de la noche pasada. Mi amor ronca en la habitación contigua donde otros cinco relojes acunan su sueño.

 

II

Enciendo el caloventor. Se apaga el pájaro. Se apagan las canillas. No existe la lluvia. Mi marido no está.

 

III

—Corríamos de la mano hacia la entrada de un estadio. El espectáculo empezaba. Solo éramos vos y yo. Lo que sucedía en el escenario era eso: el escenario. Vacío, apenas iluminado por el sol del atardecer que nos bajaba por la espalda para que lo devorase el río. Vos te reías mirando la escena. Después, vos llorabas y me decías: “Qué buena es la obra. Cómo duele, ¿no?”. No me acuerdo si yo te respondía. Miré mi reloj de pulsera y, aunque apreté los ojos para quedarme ahí, empecé a escuchar los ruidos de la mañana: se te cayó tres veces la lapicera; uno de los relojes ya no pulsaba en la habitación; cuatro, asincrónicos, me latían su tiempo en las sienes.

 

IV

—¿Escribiste?

 

V

Se me tapa la nariz. En la mesa; alcohol en gel; una vela de vainilla, apagada; resaltadores con las puntas desgarbadas, ya sin tinta, ya sin apuntes para resaltar; la renovación de la póliza y el gato que duerme sobre el repasador del naranjo.

 

VI

Los relojes me taladran. Los desengancho de las paredes. Los apilo en la mesa. Les saco las pilas. A los de acá y a los de la habitación donde duerme mi marido. Uno por uno los pongo en deshora. Retrocedo el tiempo girando la rueda de las máquinas. Las yemas del índice y del pulgar derecho, coloradas, raspadas. Me duelen los dedos. Me llevó una hora retroceder más de diecisiete mil. Dos años.

 

VII

Cuando te levantás te digo que es noviembre, que quiero adoptar a un gato que vi en internet. Por primera vez, vos me contás que soñaste, por segunda vez, que los dos corríamos agarrados de las manos hacia un estadio de fútbol.

 

VIII

Papá se sube al auto:

—Me dieron fecha para la operación —dice.

Papá está llorando. Yo me aguanto. Lo tengo que sostener:

—Me quiero morir. Ya viví bastante. Me quiero morir —los mocos y las lágrimas se encharcan entre sus labios.

Ahora estamos entrando al policlínico, abrazados.

Ahora papá le entrega a la enfermera las pastillas de chía. A mí, su único objeto personal: un reloj de frontera que resultó bueno.

 

IX

El alcohol; una vela; un cuento manchado con mate; esmaltes para uñas; una mano que escribe; una lapicera que se levanta de la hoja con un ruido metálico entre palabra y palabra; una lista de compras: alcohol, velas aromáticas, libros, quitaesmalte, goma, borratinta, lapiceras de colores; y el reloj de papá, sin pila hace dos años. Hace dos años que siempre son las nueve. De la mañana y de la noche.

—¿Escribiste?

—Se me fue la mano.

 

X

—¿Por qué no anda ningún reloj? Tuve un sueño. Recuerdo un sueño: estábamos solos en el campo de un estadio, en primera fila. La obra no empezaba. Vos llorabas mirando el vacío. Te subías al escenario por una escalera lateral. Yo corría detrás de vos. Me detuve para levantar el reloj de pulsera que se te cayó en el pasto. Al erguirme, ya no estabas. Era 2010, yo todavía vivía en el sur y no te conocía.

 

XI

—¿Quién sos? —me preguntás cuando me despierto.

Gisela Vanesa Mancuso
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