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¿Quién soy en la lluvia?

martes 23 de junio de 2020
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La palabra lluvia. Pensé en la palabra lluvia. Estaba sentada a la mesa frente a esmaltes de todos los colores, con las uñas en blanco. La palabra blanco. ¿Existe la blancura? ¿Existe la transparencia? ¿La lluvia es transparente? ¿O la lluvia es opaca y el blanco no es blanco y el blanco está sucio de opaco?

Estoy [¿cuándo soy?, ¿cuándo soy lluvia en la lluvia, invisible?] encerrada en la lluvia y les pido a todos que se encierren en la lluvia.

Los esmaltes de colores. No sé cuál elegir [no sé quién soy]. Tal vez me pinte una uña. Una uña. Una. Una uña de turquesa, otra de fucsia, otra de dorado, pero no puedo dejar de pensar, sentada a la mesa, frente a los esmaltes de colores, en la palabra lluvia. No puedo dejar de pensar que nada es blanco. No puedo dejar de pensar que para el arte de escribir es conveniente que nada sea blanco, que no haya transparencia —y que, en todo caso, de ser necesario, se invente lo cristalino. No es prescindible que sólo exista lo blanco, en blanco; blancos todos antes que la seguridad de ningún color exacto. Que sólo exista la opacidad, la virtud del lenguaje opaco.

Pienso [¿quién soy?] en la lluvia. Estoy [¿quién estoy?] frente a la mesa, encerrada en la lluvia. No me dejo salir. Me han dicho que no salga. Me han dicho que afuera la lluvia no es invisible, pero prefiero pensar que no se ve, que sólo se escucha, que chapotea en los charcos y en los baches; en las mesetas de veredas corrompidas por las raíces de los jacarandás.

Me han dicho que la brisa ya no es la misma que la de hace un tiempo. Que se quedó la brisa en el verano.

Estoy [¿cuándo soy?, ¿cuándo soy lluvia en la lluvia, invisible?] encerrada en la lluvia y les pido a todos que se encierren en la lluvia, en la lluvia que llueve sola afuera hacia donde nadie puede ir ahora (me han dicho).

Pienso [¿quién sos?] en la lluvia mientras cae la lluvia donde estoy encerrada, y me siento empapada. Siento que no hay forma de secar tanto pelo mojado, tanta piel mojada por la lluvia turbia que no me deja ver la verdad [¿eso es malo?], que no nos deja saber sobre la realidad [¿no es bueno acaso no saber?], y le pido a todo el mundo que me diga qué es la lluvia [¿sos lluvia?, ¿usted lo es?].

¿Qué es la lluvia si no que lo de arriba se nos viene para abajo? [¿Qué vigas mal plantamos que se derrumba sobre nosotros?]. ¿Qué es la lluvia si no la negación de que lo de abajo no va para arriba [¿Qué es arriba? ¿Qué fue para algunos hasta hace unos meses arriba? ¿Qué, que siempre fui abajo? ¿Por qué algunos no podemos ser muy altos?].

Salvo que saltemos en la lluvia, contra la lluvia, para ganarle espacio a la cercanía de algún cielo rebajado; salvo que pensemos que estar encerrados, frente a una mesa, frente a una multiplicidad de colores, sea una forma de encontrarnos direccionados por una mentira, de no tener la libertad de decidir [de decidir cuidarnos] enfrentar esta brisa diferente, llena de gotitas que parecen (me lo han dicho) que son veneno.

Me encierro en la lluvia. Pero me encierro en la lluvia de la lluvia porque ya no estoy frente a la mesa ni frente a los colores, porque estoy debajo de la lluvia, y la lluvia no puede hacer nada, no puede hacer nada por empaparme más allá de lo que ya estoy mojada.

No puedo sino mimetizarme y ser ella. Y estar encerrada en la lluvia y en la otra caja de la lluvia que es mi cuerpo en el patio bajo la lluvia, en el afuera del adentro, no más allá, no en la calle. Y entonces llover, llover yo [¿quién sería hoy sin la lluvia?], y decretar la literatura de una lluvia transparente.

El sol, en estos tiempos, es menos cómplice.

Admito [no miento tanto como quisiera] que no existe en el arte el blanco; admito que no es posible que estemos frente a una hoja en blanco; admito que no hay tal síndrome, porque siempre llueve, aunque no llueve, porque siempre en el pensamiento está la lluvia. Porque siempre, aunque no exista este tiempo de encierro, existe un encierro en todos nosotros. Un encierro en la lluvia, un encierro en el sol, un encierro en una multiplicidad de colores de esmaltes, frente a unas uñas desgarbadas, estriadas, que no sé con qué color pintar, que parecen transparentes, que son tejidos muertos a los que les aportamos belleza. Eso es el blanco. Esto es estar en blanco. La oportunidad de mojar el papel con la lluvia, la oportunidad de pensar que el compás de la lluvia es el único tiempo que corre [el único tiempo con el que corro, invisible, ficcionalmente transparente, en esta pandemia de libertad, para que ningún retén me vea en las calles, cuidándome a la manera de mi boca cerrada, a la manera de mi pensamiento escribiendo tormenta, escribiendo eclipse, escribiendo tornado, tornasolado, soleado, salpicando de fonemas el acopio de literatura hablada en un solipsismo sin transcribir].

No estoy [¿dónde?] para vivir en lo blanco. Estoy adentro de la lluvia porque pienso en la lluvia. Me basta pensar en la lluvia para saber que estoy acá, para saber que hay muchos esmaltes, y muchos colores, y muchos matices, con los cuales definir, redefinir, manchar el blanco, quitarle su envergadura y su carga.

Todos los días puede llover. Todos los días el sol puede estar adentro de una casa, en los cielos rasos. Prefiero el movimiento de la lluvia, dinámico, y visible, milímetro a milímetro, para la vista humana [¿quién soy humano?, ¿cuándo no soy narrando?]. El sol, en estos tiempos, es menos cómplice. No es ropa el sol en estos días. Por eso salgo. Porque elijo, salgo igual.

Yo sí puedo salir [¿quién soy salida?, ¿de dónde he salido así de allí, allá, salida]. Hace más de treinta días que, cada vez que llueve, me transformo y soy translúcida sin ninguna lucidez y con todo el delirio. Hace más de treinta días que me adapto a la serigrafía de la lluvia oblicua, a la que destituyo de su opacidad, y entonces ando, bajo ella, con ella, corriéndola, torcida, inclinada, para que nadie ni nada interrumpa mi camino.

Gisela Vanesa Mancuso
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