¿Y qué pasa si les digo que yo soy la heroína de los pobres diablos? ¿La madre pecho abierto, rodilla en tierra, de los desdichados que cagaron sus propias vidas? Créanme, señores, soy Reina María Rincón Gutiérrez, editora de vidas. ¿Verdad que suena bonito? Les explico: eso de editora es medio mentira. Nunca revisé una página en mi vida, pero ya acomodé muchas vidas en esta ciudad, a fuerza de una mentirita por aquí, una mentirita por allá. Lástima que descubrí tan tarde mi verdadera vocación.
Todo el mundo nos conoce, todos tienen sus “pobrecitos”, hasta yo, que ya fui una pobrecita. La hija mayor a que los padres no pudieron ni soñar en pagarle una educación. La hermana a la que le tocó cuidar a todos los que se fueron poniendo viejos porque era la única que no tenía vida propia que defender y porque de paso necesitaba una excusa para vivir de gratis en la casa. La ex mujer, personificación del diablo. La madre invisible. Eso era yo.
¿Qué nos vincula a los pobrecitos? Pues la lástima. No se asusten, no me malinterpreten. No es cualquier lástima. Es una lástima que sólo existe en aquellos que detienen la mirada, y es una lástima que no hiere tanto así porque es una lástima que a veces es más ternura o ganas de ayudar o miedo de que la propia vida hubiera sido así. En todo caso, es mejor la lástima que la invisibilidad. Algunos no estarán de acuerdo conmigo, pero ya van a entender lo que les digo.
Para mi nuera, por ejemplo, yo era digna de ternura/lástima. Por supuesto, ella nunca fue una pobrecita. Ya para mi hijo yo era invisible. Pero es que él es un ex pobrecito del tipo resentido. Su padre, Rubén, era un pobrecito del tipo nohayvueltaatrás. Yo no nací pobrecita, sino que me hice. Y nuestro hijo Rubencito —en mala hora consentí ponerle ese nombre a mi hijo—, bueno, a él nosotros lo hicimos pobrecito. Y cómo no, cómo hacer jugo de naranja cuando lo que se tiene son dos cambures.
Fracasado el matrimonio, mi hijo se inclinó por el que él pensó que era más pobrecito, a él dio su ternura/lástima, y a mí la invisibilidad. La gente es muy impresionable. Rubén fue alcohólico antes de ser hombre, pasó los dos últimos años fingiendo que buscaba trabajo, se iba de putas y bebía hasta que se le olvidaba dónde vivía y no llegaba sino era con ayuda del también pobrecito Beto, fotógrafo que en plenos 2000 aún carga su Nikon FM de rollito para hacer bautizos y graduaciones, y que casi siempre andaba en las mismas que él, pero que era un borracho juicioso. Y, claro, lo que mi hijo veía eran mis perretas y mis cientos de maldiciones y su padre llorando tirado en el piso como un trapito de cocina, y visto así, claro que Rubén parecía más miserable. Tanto jodió, que dio y dio hasta que lo boté. Y ahí fue que mi hijo me borró. Yo no insistí mucho, es cierto. No era momento de explicarle que la diferencia entre nosotros no era cuantitativa, sino cualitativa; Rubén era un pobrecito activo, performático; yo era pasiva, introspectiva.
Pero la revuelta iba por dentro, madurándose, programándose, volviéndose peligrosa. Entonces, al desgraciado de Rubén se le ocurrió morirse. Primero me dio una rabia terrible; habían sido treinta años largando el forro de trabajito en trabajito para mantener al hijo por el que él nunca se preocupó, porque para qué, si ahí estaba yo para las buenas y para las malas, aunque en verdad él siempre se quedaba con las buenas, porque sólo supo de vacaciones y navidades y excelentes notas al final del año escolar, mientras yo me quedaba con las tardes luchando para que el carajito estudiara y no fuera un vago como él, y las fiebres, y los castigos, y todo el corazón en la boca que significa tener un hijo. Todo para que ese hijo se olvidara de quererme porque sólo tenía amor/lástima/ternura para la ausencia del padre.
Mal parido Rubén, creyó que muriéndose más temprano subiría a un nivel de miseria que ya yo no tendría cómo superar. Fue justo ahí donde se equivocó. Su muerte me dio la idea. Si Rubencito creía que su padre era un pobre diablo, era porque no sabía que yo podía ser más aún. Comencé mostrándome devastada en el velorio y ya en el entierro casi me tiré a la fosa con el ataúd. Rubencito estaba desconcertado. Yo me apartaba a llorar en la terraza, siempre y cuando hubiera algún testigo capaz de divulgar mi estado de ánimo. Llamaba a mi nuera y, con voz de llanto, le sugería alguna receta, con comentarios trascendentales sobre la vida y la muerte entre un ingrediente y otro. Y cuando se le ocurría visitarme, Rubencito se llevaba la sorpresa de mi llanto incontenible. Dos semanas más tarde, el plan se concretó. Atosigado por mi galopante depresión, Rubencito me buscó conversa. Y la conversa dio paso a mi estocada. Le inventé a nuestro querido retoño que la verdad era que yo había dejado a su padre porque lo había visto toqueteando a aquella niñita vecina, Lorenita, la hija de Lorena, Lorenita la que se murió de cáncer, ¿te acuerdas? Y cómo no acordarse, si era su gran amor de la adolescencia. Chúpate esa mandarina, Rubén. Ni que vuelvas a nacer, reencarnado en el poodle más esponjoso del mundo o en el más generoso de los elefantes, podrás vencer a esta madre abnegada que prefirió callar en silencio para no estropearle la cabeza al hijo con las porquerías de su padre. ¿Qué dices ahora, Rubén? ¿Cómo, Rubén? No te escucho, Rubén. ¡Ah, sí es verdad que estás muerto, Rubén!
Y, habiendo descubierto mi vocación de editora de vidas, ¡cuántas miles de erratas no podría inventar para mis pobrecitos! Porque es que hay que hacer algo. Cuando Rubén murió estábamos al borde de una crisis. Un problema de concentración. Debería haber un promedio de un pobrecito por cada veinte personas, me tomó mucho tiempo y cabeza definir que esa era la medida ideal y en mi familia, por ejemplo, la concentración de pobrecitos siempre fue mayor que la concentración de exitosos. Ahora yo, Reina María Rincón Gutiérrez, heroína de los pobres diablos, madre pecho abierto, rodilla en tierra, de los desdichados, los invito: sufran con fe, mis queridos, sufran, que ya luego, así San Pedro los mande para el infierno, aquí en la tierra yo me aseguraré de santificarlos.
Cacho, Cachito, sobrino que dejó la universidad y se esclavizó en un puesto de hamburguesas, Cachito, podrá morir en paz. Es que él nunca lo quiso divulgar, por evitar escándalos, pero el pobre sufrió muchas humillaciones en la universidad por ser negro, por eso la dejó, Susana, no porque tu hijo fuera un burro, un bueno para nada.
Lucas, mi hermano amado, que aparece cada tres años, con sus ropas idénticas desde 1980, el rostro siempre un poco más triste, las arrugas un poco más hondas, Lucas nunca nos quiso decir, pero los últimos años los pasó entre antidepresivos y antipsicóticos y fue sólo por eso que no te visitaba, mamá Guna, sólo para evitarte sufrimiento, pero no le digas a nadie, que él sentía tanta vergüenza de eso que sólo me pidió que te lo confesara a ti, a su madrecita con la que quisiera haber pasado todas las horas del mundo.
Y Gloria, la pobre Gloria, la prima que vio a todas las otras casarse o arrejuntarse, tener hijos, intentar amantes, y que quedó ahí, repeliendo alegrías, llenando de grasa sus arterias y regando chismes que justificaran su supuesta decisión de vivir sola, aunque todos supieran que nunca fue una decisión sino una consecuencia, Gloria, cuando mueras no te llevarás la desdicha de haber sido una piedra en los zapatos de todos, porque yo les diré tu secreto. Revelaré que toda tu amargura comenzó después de que fueras abusada en la escuela. ¿Ves, Belén, que tu hermana Gloria no te odiaba? No, Julio, Gloria no estaba en sus cabales cuando te envenenó al perrito. Gloria era la peor de las víctimas. Una niña que tenía todo para ser feliz. ¿Está bien así, Gloria, o puedo agregar más drama?
Sufran, relajados, mis pobrecitos, porque junto con el ataúd ganarán una reputación nuevecita de paquete cuando yo esparza uno que otro dato no del todo cierto, no del todo mentiroso, con el que sus seres queridos podrán recomponer sus historias y verlos y sentirse orgullosos de ustedes y sentir culpa por haberlos dejado de lado y amarlos, al fin amarlos con toda el alma, como nunca en sus muy rejodidas vidas ustedes hubieran podido lograr. Esa, aunque sea tarde y aunque sea poco, es mi oferta. Reina María Rincón Gutiérrez, editora.
PS: ¡Chúpate esa mandarina, Rubén!
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