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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

La aceña

sábado 26 de noviembre de 2016
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“Y la ninfa, riendo, suspensa de una rama,
con pie tímido apenas roza las aguas frías”.
José María Heredia.

Hace ya muchos años, disfrutaba de la placidez del campo en una rústica campiña, en la hacienda Los Pinos. El verano abrasaba, teñía de amarillo las cabezas del trigo y el cabello de las mazorcas del maíz, atrayendo a las aves montaraces a la comarca.

¡Volvería a ver otra vez a Lolita!, y, con alas en los pies, raudo caminé hacia la pradera en donde pastaba el ganado.

En una de aquellas mañanas, muy temprano, la fragancia de la cebada tostándose aromaba toda la casona. Soñoliento salí hacia la veranda, afuera la madrugada estaba fría y la niebla apenas permitía ver una gran roca en forma de ballena, y el inclinado Lamay enano, contiguo al patio empedrado, de donde se bajaban las gallinas perezosas. En la cocina, la “Pancha” Panza (la mucama) sudaba mientras removía la cebada con largo palo. Estaban además: Reinaldo, mi cuñado, y mi hermana Blanquita, que discernían adónde debían mandar a moler el grano para la máchica, infaltable aderezo de los desayunos y las comidas.

—¿Serán suficientes dos almudes? —escuché decir a Reinaldo.

—Sí, así tendremos bastante hasta que concluyan las vacaciones —respondió ella.

—Mandemos esta vez el grano hasta la máquina de Macarito.

—No vaya a creer que es por no pagar —replicó ella.

—No lo creo, mi cuñado no es tan ramplón para pensar así —añadió.

Reinaldo me miró y dijo:

—Desayuna, ve por el “negro” y llevas el cereal al molino.

¡Volvería a ver otra vez a Lolita!, y, con alas en los pies, raudo caminé hacia la pradera en donde pastaba el ganado. La escarcha teñía de blanco la yerba y parecía que hubiese nevado, el viejo caballo negro también se veía níveo por las gotas de rocío; al acercarme, piafó y sacudió las orejas en señal de desacuerdo, seguro, supuso, tendría trabajo ese día, no obstante no hizo más aspavientos; con la cuerda que le mantenía atado a una estaca de madera clavada en el piso hice un nudo para su hocico, y montando en pelo retorné; mientras tanto los primeros rayos del sol obligaban a la niebla a retirarse, y partía hacia las faldas de los cerros vecinos.

Ensillé al viejo y manso bruto con un “galápago”, antigua silla de montar que en forma vaga recordaba al quelonio, para poder acomodar en ella los bultos de la cebada, a manera de alforja, para llevarlos hasta la aceña.

Con paso cansino el jamelgo enrumbó urgido por las riendas hacia el sur, con dirección a Culebra Taki (culebra enferma, así se nominaba a la pampa a continuación), por la delgada senda apenas dibujada en la blanca tierra, flanqueado por lamayes y motilones; pronto crucé por la era en donde se apilaban parvas de trigo y arvejas en forma de choza, listas para la trilla; después, el descenso por hondos canales hasta el camino real.

Luego de pasar por las casitas de una numerosa familia vecina, salí del sendero principal, y por una estrecha senda secundaria apenas dibujada en la ladera seguí rumbo hacia el pequeño arroyo serpenteante que fluía por el fondo del desfiladero, en el hondo cañón cavado a lo largo de los siglos. El viejo jaco se quejaba (jep, jep, jep,) cuando descendíamos; los bultos urgidos por la gravedad se corrieron hacia delante, incomodándome; así, mejor me apeé y llevé de las riendas al penco hasta llegar al riachuelo de límpidas aguas, que corría con murmullo susurrante, ornado con copos de espuma y grises patitos volando rasantes sobre el agua; el reflejo del sol cegaba.

Volví a montar y seguí por la orilla del riacho, los cascos del cuadrúpedo levantaban minúsculas olas que ensuciaban las aguas cristalinas con oscuro légamo levantado del fondo. Después, el reguero atajado por numerosas rocas se dividía, una porción del agua corría paralela por la orilla, luego de un corto y sin embargo ancho túnel, suficiente para pasar el rocín con las alforjas, llegaba hasta un recodo desde donde regresaba hacia el arroyo, precipitándose primero sobre una rueda hidráulica; ésta conectaba con un eje de madera que ingresaba en la rústica cabaña en donde movía las muelas de piedra del artefacto, redondas, con un agujero central; sobre él, una tolva alimentadora en donde se colocaba la mies a molerse.

Eufemia y Lolita, las sobrinas de mi cuñado Reinaldo, al verme llegar salieron presurosas a recibirme. Eran las “molineras” y estaban sin oficio.

Eufemia, la mayor, su rostro salpicado con hoyuelos secuela de la varicela, le quitaban la hermosura propia de la juventud; Lolita, no era muy alta, un poco delgada, la belleza de su rostro de chiquilla era radiante, sus ojos de hechicera, semejantes a los de las bayaderas de la India, negros azabaches, contrastaban con la blancura sonrosada de su tez; su cabellera negra, tal las plumas de los mirlos, estaba atada en la nuca en una “cola de caballo”; nariz respingona, boquita pequeña, carnosa, sus blancos dientes reflejaban la luz caída sobre ellos en sus radiantes sonrisas. Eufemia lucía un corto vestido, Lolita, unos viejos pantalones de vaquero, y una camiseta apretada dejaba ver las redondeces de sus quince primaveras. Yo la amaba en secreto desde no sé cuándo.

Eufemia tomó las riendas del rocín, desmonté, entrambas levantaron los bultos con la cebada aún caliente y entraron en la casita de la aceña, mientras tanto llevé al bruto para que pastoree, mientras se molía el grano.

La alegría de las doncellas se escapaba en fuertes risotadas, se escuchaban por encima del chapoteo de las aguas chocando sobre la rueda del artefacto, y el rumor de los discos del molino girando lentamente. Apenas entré en el sotechado me preguntaron:

—¿Cuándo va a venir Eduardo? (mi hermano mayor).

—Estoy seguro, llegará para el 26 de este mes (estábamos en agosto), para santa Blanca —contesté.

—¡Qué guapo es tu hermano! —dijo Eufemia.

—Y barbón —agregó Lolita.

Y enviando un mensaje para Eduardo decía: “No me gustan los barbones y he de caer con uno así; no me gustan los ojos glaucos y he de caer con uno así; no me gustan los que tienen las piernas curvadas y he de caer con uno así”. Entonces comprendí, describía las virtudes y defectos de mi hermano y pensé: ella jamás se fijaría en mí, porque estaba enamorada de él; ¿cómo podía fijarse en un muchacho tan menor? (me llevaba tres largos años).

Un sentimiento de alegría se desbordaba por todas partes, y contrastaba con mi humor ennegrecido por el desdén de Lolita.

Con la moral por los suelos quise comentar, ya era “grande”; y se burlaron con grandes risotadas, señalándome con un dedo, y me “mató” Eufemia cuando dijo: “¡Cállate, mocoso!, todavía no sabes ni siquiera limpiarte los mocos”. Y rieron a carcajadas.

Herido en mi amor propio caminé hasta un ventano, daba hacia el río y pretendí ignorarlas… Los minutos pasaban y ellas seguían imputando mi corta edad. “Ya se enojó el bigotón, ja, ja, ja”.

En medio del arroyuelo se hallaba un islote circular, el agua transparente semejaba muy bruñido espejo en donde se reflejaba el tapiz esmeralda de la vegetación, y desde el ventanuco podía abarcarlo con la mirada; el césped estaba corto, flanqueado de achiras y totoras largas y gráciles.

Un sentimiento de alegría se desbordaba por todas partes, y contrastaba con mi humor ennegrecido por el desdén de Lolita; aunque no corría el viento, las totoras parecían apenas mecidas por el vientecillo impelido por las alas de innumerables mariposas amarillas y rojas volando frágiles por el regato. El islote simulaba el refugio de un niño travieso que hubiese dispuesto el exiguo arroyo corriendo casi por la mitad; en ambos lados numerosos y pequeñitos montículos tenían el aspecto de túmulos, en donde enterraría las mariposas y las ninfas de las aguas que morían de vejez al cumplir el ciclo de su corta vida, emergiendo del huevo en la mañana, crisálida al mediodía, volando adultas por la tarde y expirando al ocaso, en una especie de consunción melancólica, para después descansar por siempre en las ínfimas tumbas de arena.

Mientras absorto contemplaba el islote, un sentimiento de desasosiego e ira cruzó por mi magín, reprimiendo ese sentimiento de… ¿amor?, esa irresistible sensación de devoción y contemplación. Traté de encontrarle defectos para arrancarla de mí, de mis pensamientos, y el único y mejor ¿o peor? desperfecto era: amaba a otro, a mi hermano. Difícil edad aquella, chico para amar, grande para niño. Entonces, las ondinas del riachuelo se volvieron negras tal las del Leteo, lóbregas como el olvido, lejanas… ahora en el tiempo y la distancia.

Luis Rafael Bermúdez Coronel
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