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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Mis zapatos y yo

• Domingo 15 de octubre de 2017

“Te quiero como a mis zapatos viejos”.
Adagio popular.

Comenzaba el año 2002 y el destino me tenía sudando a chorros en la ciudad más caliente de Colombia, Neiva. Mataba las horas inciertas mientras en Bogotá se tramitaba la convalidación de mi título de doctor deambulando por las calles solitario, triste y sin destino; me gustaba pasear por la zona comercial en donde las recepcionistas, con su peculiar forma de hablar, “a la orden”, decían, y con mucha corrección invitaban a pasar a los locales en donde se exhibía de todo, desde muebles y electrodomésticos hasta aperos para las caballerizas, porque la ciudad está rodeada por uno de los campos más prolíficos del país.

Apenas recogí el primer salario fui por el calzado, y también para poder mirarme otra vez en los ojos de la bella dependiente.

Cierto día, una muchacha muy guapa y coqueta me invitó a pasar a una zapatería, muy cortés me ofreció una taza de “tintico”, muy sabroso café colombiano; degusté con avidez. Cuando por fin pude apartar mis ojos de ella miré en los estantes de la marca Brahma y me fijé en ellos; mejor, ellas; eran unas botas negras preciosas; ante la insistencia de la dependiente me probé la derecha. La suela era de una sola pieza de caucho con ranuras y salientes para evitar los resbalones, con tacón, el empeine y el talón de cuero y por fin la caña y la lengua de lona suave y resistente, con anillas, ranuras y ganchos por donde pasaba un largo cordón también de color negro; lo anudé, di unos pasos y… fue amor a primera vista.

Al salir, no sabía si fijarme más en ella o en los zapatos; sin embargo, me consolé prometiéndome, apenas cobrara el primer sueldo volvería por ellos, y quizá también por ella.

Pasaron los días, y por sorteo me correspondió servir en el municipio de Aipe por seis meses como médico rural para poder ejercer mi profesión en aquel país; como queda cerca de Neiva acepté gustoso, mas, luego supe, casi nadie quería ir allí porque uno de los anejos (veredas como son conocidas en Colombia) del municipio era Santa Rita, la tierra natal del famoso guerrillero colombiano Manuel Marulanda, alias “Tirofijo”, y como parte del trabajo había de salir cada 15 días a las diferentes veredas. Decían, Santa Rita era muy peligrosa, porque los guerrilleros secuestraban al equipo médico cuando necesitaban que se atendiera a los insurgentes heridos en combate. En fin, apenas recogí el primer salario fui por el calzado, y también para poder mirarme otra vez en los ojos de la bella dependiente. Y allí estaban; su precio era elevado, sin embargo la guapa asistente de ventas ponderaba de sus atributos. Dijo: el caucho era de primera calidad, inacabable, además tenían un tratamiento para evitar el mal olor (podobromhidrosis) que impedía el desarrollo de los hongos, asimismo de la garantía escrita por dos años, si algo les pasaba antes me devolvería el dinero. Así, convencido por el brillo de sus ojos y luego de que me dio su número telefónico, las compré.

Como niño con juguete nuevo y mientras caminaba por las calles las miraba una y otra vez, y corrí a casa para cambiarme de calzado y orondo salí a ostentarlas, primero con la familia, quienes alabaron mi buen gusto, y por fin por las calles neivanas.

En la siguiente semana, cuando el sorteo en el hospital para definir quién de los doctores haría la asistencia en Santa Rita, no hubo tal; mis dos compañeras médicos, poniendo ojos de oveja enferma (de las churras), rogaron al director, fuera yo por el hecho de ser varón. Al momento de la partida algunos familiares de los demás miembros de la brigada despedían a los suyos con pesar, y cuando arrancamos en la ambulancia había ojos llorosos entre las enfermeras. No di crédito a las tantas conjeturadas anécdotas sobre la relación tormentosa de Santa Rita y el Estado, particularmente con el municipio de Aipe; me acomodé en la parte posterior de la ambulancia y, tendido en la camilla y exhibiendo mis costosas botas, arrancamos.

Una vez allí, el poblado llamó mi atención, era pulcro y ordenado, la gente muy amable y cortés; sin conflicto ocupaban sus puestos en la larga fila que iba formándose para recibir la atención médica. Posterior a la pitanza, durante el receso antes de iniciar la jornada vespertina, salí a recorrer el villorrio y digerir el alimento; muchos aldeanos, como si me hubiesen conocido desde hace mucho, levantando una mano o haciendo una venia me decían: “médico”, “qué tal, doctor”, yo respondía con una venia.

A mi regreso vi, algunos de mis compañeros de brigada se entregaban dinero entre ellos. “¿Qué pasa?”, inquirí. “Perdimos una apuesta, aseveramos que regresaría descalzo, que le robarían los zapatos”.

Desde entonces me acompañaron a todas partes; aunque al principio de mi flirteo con las botas las usaba siempre con pantalones vaqueros, pronto las usé a diario, incluso con la ropa blanca y mandil en el hospital, y soportaron en mis pies maltratos, caídas, partidos de futbol y basquetbol, medias maratones, intemperies y muchas excursiones al campo; nunca se lastimaron a pesar de caminar con ellas sobre el barro, por el lecho de los ríos Aipe y Magdalena cuando solía ir de pesca hasta ciertas zonas en donde eran abundantes las “cuchas” (una variedad de peces muy sabrosos) y los cangrejos de agua dulce.

Como en toda relación amorosa existen altibajos, en la nuestra también, sobre todo cuando compré otras de la misma marca, aunque de color azul oscuro y de un modelo diferente en el mismo almacén y a la misma dependiente, aquella vez traté de convencerle de que saliéramos juntos. Con el correr de los días llamaba con frecuencia a Lucía, hasta que logré concretar una cita para irnos al cine un día domingo; luego del saludo de rigor con beso en el cachete, riéndose a carcajadas con un dedo indicó mis pies, calzaban, el izquierdo una bota negra, y el derecho una azul. Desde entonces las separé ante el temor de repetir el craso error, y poco a poco fui olvidando las azules hasta que por fin las obsequié a un sobrino.

Pasó el tiempo y regresé a mi pesar a mi patria, siempre con mis ya veteranas y sin embargo muy bien conservadas botas en mis extremidades; sólo necesitaban de cuando en cuando una lavada a conciencia con detergente y secarse al sol, quedaban como nuevas.

Me descalcé y las miré con detenimiento; ya no eran negras, su color había cambiado a un tono gris, sus cordones eran aún los originales y también grises y opacos.

Con el pasar del tiempo ya no las usaba con tanta frecuencia y seguían allí en el cajón de zapatos, esperando y atrapando polvo hasta el momento de recordarlas o necesitarlas, listas para calzar mis ya viejos pies; sin embargo ellas seguían lozanas, bueno, quizá se decoloraron un poco, y en el caucho de la suela se veían raspaduras y hasta la pérdida de pequeños fragmentos, por lo demás estaban incólumes.

El tiempo no se detiene, sólo pasa; un día noté, el caucho de la planta del calzado estaba desprendiéndose, las metí en una bolsa para tirarlas en el basurero, mas el afecto nacido y crecido en mí me hizo desistir; así, las llevé donde un zapatero, las recosió y quedaron como nuevas; bueno, no tanto, el apego me hizo juzgarlas de aquel modo; de todas maneras, como el hilo estuvo escondido en las plantas de los zapatos, se veían aún como se dice en tono coloquial en medio uso. Así, cada vez que iba al campo, seguras calzaban mis pies, sólo había un defecto, ya no podía entrar con ellas al agua, por los agujeritos del hilo del zurcido el líquido se colaba y me mojaba las extremidades, aunque muy poco.

Ya en el año 2016 y por mi cumpleaños un sobrino me invitó a pasar el día en una propiedad rural; alegre madrugué con Lucía y mis dos pequeñas, y raudos enfilamos hacia el campo en mi coche, y por supuesto, llevando mis viejos botines para cuando hubiera de enfrentar los escabrosos caminos de la campiña. Los zapatos soportaron con temple los guijarros, el légamo, las espinas y hasta el tórrido calor de la tarde; cuando al pasar por un cenagal sentí húmedos mis pies, me senté en un tronco y sin sacármelos miré las suelas del calzado, estaban despegándose a pesar del zurcido; así, al llegar hasta donde esperaba mi carro me descalcé y las miré con detenimiento; ya no eran negras, su color había cambiado a un tono gris, sus cordones eran aún los originales y también grises y opacos, todo el cuero y la lona aún estaban indemnes, no así la suela, el hilo del cocido se había roto y se desprendían las puntas y los talones. No olían mal, jamás lo hicieron a pesar de tantos años de uso y abuso, tampoco lastimaron mis pies; manejé hasta un paso de montaña, las miré por última vez y las dejé juntas al borde del camino.

Luis Rafael Bermúdez Coronel

Luis Rafael Bermúdez Coronel

Escritor ecuatoriano (Biblián, Cañar, 1957). Ha publicado Cuentos de misterio y más (Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2006), Nambija, la fiebre del oro (CCE Narrativa, 2008), La casona de los siete patios y otros relatos (Windmills Intl. Editions, 2012) y La ensenada del tesoro (Freeditorial, 2016). Ganador de la tercera mención del I Concurso Provincial de Cuento organizado por la Casa de la Cultura Ecuatoriana de la provincia del Cañar (2007).
Luis Rafael Bermúdez Coronel

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