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Impotencia, dolor y hallazgos

sábado 10 de diciembre de 2016
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Afuera suena el timbre. Con la bolsa de basura en la mano y el gato subido a la mesada piensa que ya son la doce y veinte e ignora quién puede ser. ¿Atender con la bolsa en la mano (chorrea, aparte) y el gato en la mesada? Suena el timbre. Si apoya la bolsa en la mesada el gato se va a bajar y quizá se escape cuando le abra la puerta al del timbre. Por otra parte se va a ensuciar la mesada y muy probablemente el gato se ponga a lamer el chorreado de la bolsa. Le duele la cintura. Le dolió todo el día. El gato se para y se refriega contra él. Un maullido suave le pide leche. Pero no tengo manos, piensa, ¿cómo se la sirvo si todavía no pude atender el timbre? Si apoya la bolsa en el piso para servir la leche es muy probable (suena el timbre), pero son como las doce y media, que al volver de la leche servida se tropiece con la bolsa. ¿Atender desde el piso con la leche servida y la bolsa de basura desparramada? Miau, el gato lo mira. Si la bolsa tuviera leche ahí más o menos estaría más claro. Pero ¿cómo agacharse a cualquier cosa sea bolsa, leche, gato o timbre si le duele la cintura? Si el gato comiera basura o si no sonara el timbre. ¿Y si el del timbre fuera el gato pidiéndole la basura? Lo mira. No, no es. Él pide leche y no toca timbres. Pero ¡qué cabeza la mía!, piensa, para atender el timbre no tengo que agacharme y nada me va a doler. Pero cuando se va a mover para ir a la puerta el gato lo mira y miau otra vez. Nota que empezó a transpirar. Esto es peligroso, piensa, si me transpiran las manos puede que se me resbale la bolsa de basura y acabe en el piso de todas formas. Y yo no quiero eso. O la leche. Leche resbalada y laguna blanca en la mesada. Sí, claro, el gato contento, pero yo voy a tener que limpiar tanto que para cuando vaya a atender el timbre el que sea que era ya se habrá ido cansado de esperar. Suena el timbre y ahora también golpean la puerta. Claro, piensa mientras con la mano libre acaricia al gato porque ya que no le da la leche al menos le da consuelo (y de paso se seca la mano transpirada en el pelaje sin que el gato lo note ni le importe, ¿qué le va a importar al gato?, aunque dicen que son muy limpios, pero yo no estoy sucio, no), seguro que el que está en la puerta ha empezado a conjeturar que el timbre quizá no ande pero los golpes sí, los golpes siempre andan. Eso es lo bueno de dar golpes, andan siempre, no precisan electricidad como el timbre. ¡Miaaauuu! Cambió el tono y se revuelve más inquieto. El gato. Él piensa, claro, el gato no puede cambiar su timbre-maullido por golpes porque si me golpea sabe que yo no le voy a dar leche. Tendría que pensarlo bien pero no recuerdo jamás haberle dado leche a alguien que me acabara de golpear. Es una idea interesante, sin embargo. No. No. Para nada. Hoy no voy a dejar que me golpeen porque me duele la cintura. Ya bastante con el gato. Una gota chorreada de la bolsa de basura le cayó en el pie. Se miró extrañado. El gato saltó de la mesada y se acercó a olerla. La yerba del mate, se dijo, vaciar el mate cuando no está del todo seco. Esto a mí (tres toc toc toc fuertes en la puerta y un timbre de dos segundos) me lo decía siempre Ernesto cuando volvía de jugar bochas y se ponía con el mate. Ensuciás el tacho de basura y después chorrea. Nadie decía la palabra “chorrea” como Ernesto, nadie hacía chorrear las erres como él. Después viene cuando se va a Cuba y ahora yo no sé si allá podrá tomar mate. No creo. Siempre ese miedo, esa cosa de ensuciar, que los hongos de la bombilla, que los gérmenes en bicicleta. Ernesto ya hubiese atendido la puerta, hubiese enlecheado al gato y hubiese pasado el trapo para limpiar la gota chorreada (y cómo decía “chorrear”…). Creo que lo extraño. ¿Y si el del timbre fuera Ernesto? Mioauuu… No, qué va a ser, a esta hora. Cuba, aparte, ¿no te acordás? Y lo verde que queda así después de la yerba no sale fácil. Ninguna cosa sale fácil de ninguna parte. Ernesto no sale fácil. Lástima lo de las bochas pero igual no sale fácil. Se puso a recordar sin importarle que cinco gotas más en el transcurso del recuerdo le cayeran en el pie, recordaba con la bolsa en la mano ya menos transpirada pero igual de peligrosa, recordaba el porqué de Cuba y el porqué del timbre (a esa hora, casi la una de la mañana, raro). Impotencia, dolor y hallazgos. Me voy a dormir, calculó. Fue entonces cuando todo estuvo claro. Abrió la ventana de la cocina y revoleó la bolsa de basura, agarró al gato por la cola y lo embocó también miiiiauuuuu por la abertura y olvidándose la leche guardada en la heladera se fue a dormir. Le dolía la cintura. Todo el día le había dolido.

Siempre me hace lo mismo, pensó Ernesto afuera, sentado sobre las valijas. Siempre me hace lo mismo. Y se acomodó para pasar la noche junto al gato.

Pablo Baico
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