XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

La soledad de Gaspar Benítez

martes 17 de enero de 2017
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Gaspar Benítez se despertó a las 6 de la mañana, se levantó de la cama con amargura y puso sus pies callosos sobre el tibio piso de madera. Cuando tocó el suelo recordó la tristeza que desde hace dos semanas lo venía matando. Entró al baño y se miró al espejo, se sorprendió al ver que una barba triste y desordenada crecía sobre su piel manchada por el sol. Como lo venía haciendo hace dos semanas, se lavó la cara, se organizó el pelo y fue a la cocina para hacerse un desayuno.

Como no tenía mucho, apenas pudo comerse un pedazo de pan que comenzaba a tornarse verdoso. Lo pasó con un poco de café que tuvo que tomar amargo porque tampoco tenía azúcar. Sus ojos eran negros, al igual que había sido su cabello en sus días de juventud: ahora su cabeza resplandecía, pero por la calva y el poco pelo blanco que aún lograba aferrarse a ella. Al igual que su cabello, sus ojos no eran ya los de su juventud. Esos dos luceros que alumbraban con fulgor ahora lo hacían con desidia. Su piel parecía haberse vuelto una mancha completa que cubría todo su cuerpo, los días enteros sembrando maíz y yuca y el sol inclemente le habían pasado factura.

Ese hombre huraño, que nunca se casó y que apenas alcanzó a tener un par de amores en su juventud, sintió que su corazón se derretía de amor por un perro.  

Ya no vivía en el campo, como a él le habría gustado. Ahora estaba solo en una casa pequeña y triste, acompañado solamente de un perro. Ese que, desde hace dos semanas, había desaparecido en circunstancias extrañas. La casa hacía parte de un barrio sumido en el atraso y el olvido: las calles parecían pistas de bicicrós, estaban llenas de huecos que, en los tiempos de invierno, se llenaban de agua. Igual, ninguno de los habitantes del barrio tenía carro. El problema era pasar a pie o a caballo y tratar de evitar caer en uno de esos huecos, que en verano parecían trampas para animales y en invierno se convertían en piscinas de agua marrón y pestilente.

Ese día, Gaspar volvió a sentarse junto a la puerta de su casa. Vio cómo algunos perros raquíticos pasaban buscando algo de comida. Se interesó en uno de ellos, lo observó y detalló que, al igual que el suyo, este también tenía una macha en el lomo en forma de corazón. El estómago se le revolvió y por poco se le devuelve el pan verdoso que recién había comido. Su perro se llamaba Dionisio, hace dos semanas había desaparecido, por eso Gaspar sentía que se quería morir. El perro apareció un día en la casa, Gaspar trataba de afilar un cuchillo cuando el animal se le acercó y le voleó la cola. Era pequeño, de mirada juguetona y cola corta pero altiva. Desde ese día se convirtió en la única compañía de Gaspar, un solterón que dedicó la vida a sembrar el campo pero nunca sembró nada en su corazón.

Fue preciso ese perro quien abrió por primera vez la llave del corazón de Gaspar. Ese hombre huraño, que nunca se casó y que apenas alcanzó a tener un par de amores en su juventud, sintió que su corazón se derretía de amor por un perro. A veces sentía que su amor era irracional, se sorprendía al ver los límites de cursilería a los que llegaba con el animal. Entonces, un sentimiento de odio le brotaba de adentro, la piel se le erizaba y sentía su sangre bullir. Su cerebro mandaba órdenes beligerantes a sus manos o a sus pies. Y el pobre perro tenía que salir a escabullirse. Una vez se sintió como un idiota cuando se sorprendió a él mismo hablando cursimente con el animal, entonces se levantó y le pegó una patada en el tórax. Dionisio chilló de dolor, corrió como pudo y se escondió debajo de una cama. Gaspar, al ver al perro sufrir, no tuvo más remedio que salir tras él y acariciarle su pequeño pecho enrojecido.

A pesar de los impulsos irracionales de Gaspar, Dionisio y su dueño se amaban. Tal vez el amor desbordado venía de la soledad de cada uno, de la necesidad que los dos tenían por sentirse parte de algo. Cuando el dueño llegaba borracho, que sucedía muy a menudo, el perro salía a saludarlo. Movía la cola para los lados y le indicaba el camino para que el hombre beodo pudiera encontrar la cama. Al día siguiente, cuando Gaspar se despertaba y el dolor de cabeza lo atormentaba, el perro aún seguía a su lado.

Así pasaron dos años, Gaspar y Dionisio no se desprendieron en todo ese tiempo. Comían juntos, vivían juntos, dormían en la misma cama. Los ataques violentos de Gaspar disminuyeron con el tiempo. Pero aún de vez en cuando sentía que la cursilería lo había envuelto; entonces, en esos momentos, se sacudía y golpeaba lo que tuviera en frente. Varias veces Dionisio pagó por los arrebatos de su dueño.

Pero, desde hace dos semanas Gaspar no sentía esa incómoda situación de tener que golpear algo. El perro se había ido, tal vez habría salido por la noche. O, quizá, alguien se lo habría llevado por maldad. La puerta permanecía siempre abierta, así el canino entraba y salía cuando quería. Por más que lo pensaba, Gaspar nunca llegaba a una conclusión de lo que había pasado. Para acabar de ajustar, la noche en que Dionisio desapareció, Gaspar había llegado a la casa dando tumbos y con una botella de aguardiente en su mano derecha.

La mañana avanzaba y Gaspar sentía retorcijones en su estómago: el pan envejecido que se había comido parecía estar vengándose de él dentro de sus tripas. El sol se había escabullido entre las nubes y alumbraba con fuerza. No pensó qué hacer de almuerzo, ese día había sido invitado a comer en la casa de Arturo Torrado, uno de los vecinos del barrio. La invitación no la habría aceptado a no ser porque fue Leonor, la mujer de Arturo, quien le convidó para que fuera.

Arturo y Leonor habían sido vecinos suyos muchos años, cuando todos vivían en el campo. No comprendía por qué, de tantos barrios, Arturo había escogido ese para vivir. Ya había tenido que soportárselo tantos años de vecino en el campo, no era justo que volviera a joderle la vida. La rivalidad entre los dos comenzó cuando aún estaban muy jóvenes: Gaspar gustaba de Leonor, le mandaba cartas y le lanzaba piropos imprudentes. Pero, como es evidente, la mujer tomó su decisión. Esa fue una de las pocas mujeres a las que Gaspar estaba dispuesto a amar, aunque nunca pudo hacerlo.

Después, años más tarde, otro hecho hizo que entre los dos hombres se sembrara más desconfianza: un día llegó Gaspar borracho del pueblo, venía indignado porque en una cantina le habían llamado “marica”. Entró a su finca, tomó la escopeta y comenzó a dar tiros al aire mientras maldecía a quien se le atravesara por la mente. Tuvo tan mala suerte, que uno de esos tiros impactó al toro preferido de su vecino Arturo. El animal recibió el tiro certero en la cabeza y se derrumbó. Era el toro reproductor preferido de Arturo.

En medio de una locura pasajera, Gaspar sacó la caja de herramientas de Arturo y se la llevó con la convicción con que lo haría un ladrón profesional.  

Gaspar tuvo tiempo de recordar aquella noche aciaga en que había matado sin intención el mejor toro de su vecino. Después de salir de sus viejos recuerdos, raspó un tarro gris y se tomó el último café negro y amargo de la mañana. Fue cuando tomó la taza que su mente revivió otro recuerdo que se había sumergido y perdido entre sus constantes lagunas etílicas. Databa un mes atrás, por lo menos. Así recordó Gaspar lo sucedido aquella noche.

Después de tomarse unos aguardientes en una cantina cerca de su casa, Gaspar decidió irse a dormir. Cruzó una calle y una motocicleta amenazante pasó a toda velocidad en frente suyo. Así, alcanzó a sentir la estela de viento y de olor a marihuana que dejó la moto. “Casi me mata este hijueputa”, dijo en voz baja como si alguien lo acompañara. Vio un gato negro que solo tenía un ojo y no pudo más que recordar el cuento de Edgar Allan Poe. Sonrió, escupió para quitarse el sabor a aguardiente de la boca y siguió caminando. Cuando llegó su casa sintió un chuzón en el abdomen, entonces se dio cuenta de que tenía la vejiga hinchada. Era la una de la mañana y comenzaba a soplar una brisa fría y melancólica.

Gaspar decidió no entrar a orinar en su casa, sino que se fue para el antejardín de su vecino. Trató de mantenerse firme y orinar la puerta de Arturo Torrado como si estuviera haciendo un dibujo con su orina. Al terminar, entró con sigilo a la casa de su vecino por una ventana. La casa estaba vacía, ni Arturo ni Leonor parecían estar allí. Entonces, en medio de una locura pasajera, Gaspar sacó la caja de herramientas de Arturo y se la llevó con la convicción con que lo haría un ladrón profesional. Al recordar lo anterior, Gaspar se estremeció sobre la silla en que estaba sentado y regó sobre sus manos temblorosas el café amargo que había estado bebiendo casi sin darse cuenta. Lo que más le sorprendía era qué había hecho con la caja de herramientas, pues no lograba recordar haberla traído a su casa. Después de eso se paró y se fue a su habitación pensando en si había alguna conexión entre las herramientas robadas y la invitación a almorzar que le habían hecho Arturo y Leonor.

Con desidia se arregló para ir a donde su “compadre”. Lo único que lo motivó a ir fue poder ver a Leonor; oler su perfume, ver su rostro ya un poco envejecido pero todavía lleno de gracia y coquetería. Cuando por fin terminó de bañarse y de afeitarse, pasó la calle llena de huecos y se topó de frente con la vivienda de Arturo. Antes de que tocara la puerta, Leonor abrió y lo saludó con entusiasmo.

—Gaspar, ¿cómo estás? Tiempo sin verte, Arturo me contó que no has estado de buen humor últimamente. Pasá y charlamos un rato.

Gaspar se sorprendió de que sus vecinos estuvieran enterados de sus desgracias. De igual manera, una sonrisa tímida se dibujó en su cara y con una voz cavernosa contestó:

—Muchas gracias, Leonor. Con permiso.

La mujer sonrió con malicia y lo dejó seguir. El encuentro con Arturo no fue tan placentero: los dos se toparon en la sala, el anfitrión le dio la bienvenida y le extendió la mano. Gaspar sintió un corrientazo helado cuando sostuvo la mano de Arturo. Su viejo vecino no hacía más que sonreír, levantaba las cejas y hablaba con arrogancia. A Gaspar le pareció raro ver esa actitud en Arturo, que normalmente se caracterizaba por ser un hombre retraído y bastante callado. A pesar de eso, no pudo advertir si su vecino tramaba algo. Leonor interrumpió el momento incómodo y dijo con dulzura:

—Vengan a la mesa, el almuerzo está listo.

Gaspar respiró y se dirigió a la mesa lo más rápido posible. “Como ligero y me voy”, se dijo a sí mismo. Se sorprendió al ver un manjar en la mesa: una sopa de carne y papa era el plato principal. El seco, que se veía bastante abundante, estaba compuesto otra vez por carne (pero ésta a la plancha), arroz blanco, una ensalada a base de tomate y tres patacones para acompañar con suero o con hogao. Un jugo espumoso de tomate de árbol lo invitaba a calmar su sed.

—Adelante, Gaspar —dijo Arturo mientras una sonrisa le adornaba la cara.

Gaspar comenzó a comer meticulosamente, como siempre lo hacía: degustó la sopa primero. Sintió cómo las papas se le deshacían en la boca, cómo los pequeños pedazos de carne eran abrazados por su paladar. Se le antojó que la carne de la sopa estaba deliciosa, aunque le pareció un poco dulzona. Después, pasó al seco: primero el arroz, después la carne, por último la ensalada. El arroz no le pareció gran cosa, le supo hasta insípido. Pero, cuando probó la carne, se sintió en el olimpo gastronómico. En ese mismo momento, Leonor le preguntó:

—¿Qué tal la carne, cierto que deliciosa? Es la especialidad de la casa —dijo la mujer mientras sonreía de nuevo con malicia.

Gaspar contestó afirmativamente moviendo la cabeza. Cuando terminó la carne y el arroz, Arturo se paró de la silla y le dijo:

—Gaspar, ¿te acordás del toro que me mataste en la finca?

Antes de dejarse caer, Gaspar tomó aire y trató de decir algo. Se le brotaron las venas del cuello y de la frente.  

Gaspar se sobresaltó, sintió que un viento helado le bajaba desde la cabeza hasta los pies. Recordó la caja robada y el toro muerto. Pensó que, de alguna manera, Arturo se había dado cuenta de que él era quien había entrado a su casa a robar. Intimidado, no pudo más que carraspear y contestar que sí.

Una risa malvada salió de la boca de Arturo:

—Qué bien que te acordés, Gasparcito. Pues fijate que yo encontré a tu perro, vos también lo has encontrado.

Gaspar no entendió lo que Arturo dijo. La conversación tomó un rumbo que él jamás habría imaginado, soltó el tenedor con el que comía la ensalada y se paró indignado de su asiento.

—¿Qué me querés decir? Decime a qué te referís, hijueputa.

—Calmadito, Gaspar. No vaya a ser que se te devuelva el almuerzo.

Leonor miraba tranquila la discusión entre los dos hombres. En ese momento, Arturo sacó un cigarrillo y lo golpeó contra la mesa. Y, con una frescura sorprendente, dijo:

—Así es, acabaste de comerte a tu perro. La carne dulzona de la sopa fue lo mejorcito que pudimos sacar de las piernas. La carne a la plancha, esa que te comiste con gozo, era el lomo de tu querido amigo.

Antes de dejarse caer, Gaspar tomó aire y trató de decir algo. Se le brotaron las venas del cuello y de la frente. Se puso rojo, no pudo decir nada. Entonces, sintió cómo lo que había comido se le devolvía desde sus adentros. Sintió cómo los pedazos de carne de su único amigo le desgarraban la tráquea. Y, al fin, abrió la boca y dejó salir los restos de Dionisio. Los pedacitos de carne volaron por el aire y estuvieron cerca de ensuciar a Arturo, que desde el otro lado de la mesa gozaba con el grotesco espectáculo. Entre la carne inerte, Gaspar pudo distinguir el pan verde que se había comido esa mañana. Cayendo al suelo se sintió morir, cerró los ojos y juró jamás volver a comer carne.

Miguel Osorio Montoya
Últimas entradas de Miguel Osorio Montoya (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio