XXXV Premio Internacional de Poesa FUNDACIN LOEWE 2022

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Nigromante

sábado 4 de febrero de 2017

Una los adora, comadre, usted ya sabe cómo es con los hijos; los amamos con el alma y con todo, con cada pedazo de carne que tenemos en el cuerpo. Nadie sabe mejor que nosotras la esperanza y el dolor que nos costó traerlos al mundo, lo que sudamos, lo que rechinamos los dientes hasta verlos amanecer ante nuestros ojos y abrazarles su cuerpecito suave y sentir cómo respiran, cómo les late su corazoncito y cómo te das cuenta en ese momento de que ya tienes por quién dar hasta la vida. Y por eso nos marchamos para siempre de aquel lugar, por eso dejamos atrás las paredes que vieron cómo nos fuimos formando y creciendo como familia.

Hubiera visto; aventé al carro todo lo que podíamos llevarnos de inmediato y sin importar nada nos marchamos para jamás volver a cruzar por aquella puerta. Y mire que fuimos felices ahí. Usted no sabe, me duele el pecho de recordar que ya no volveré al lugar donde mi esposo y yo vimos a nuestro muchachito dar sus primeros pasitos, mirarnos a la cara y decir “papá” y “mamá” por primera vez, hacernos llorar de gusto con sus risitas y sus mohines de felicidad. Pero de todos modos los recuerdos permanecen por siempre, son de una y de nadie más, comadre, a veces pareciera que es lo único que la vida nos perdona tener, que nos deja llevarnos al pozo.

Lo que me importaba era la indemnización y la pensión para el futuro de mi niño, para que tuviera asegurada su educación.  

Y qué duro insiste en pegarnos a algunos, comadrita, a veces te da la impresión de que no conoce de piedades ni mercedes a la hora de fustigarnos, de dejar caer pesares sobre los hombros de los que más sufrimos, pareciera que no va a descansar hasta aplastarte, hasta dejar nada de ti; es una detrás de otra las pruebas tan difíciles que pone. Y sin embargo ahí seguimos luchando por los hijos, jamás se cansa una de hacer todo por sacarlos adelante. Pero créame, qué duro ha sido. Como si no fueran suficientes los senderos tan largos y solitarios por los que a veces se debe andar, como si no hubiera bastado el haber perdido a mi esposo en el accidente ese tan feo que hubo donde él y varios de sus compañeros de trabajo quedaron sepultados. Seguramente ya se lo conté en su momento; se les vino una pared enorme de tierra encima cuando trabajaban en la excavación para los cimientos de un edificio. Algo se me sacudió violento dentro del pecho cuando me dieron la noticia, y luego fueron tres días de angustia y de lágrimas, de una incertidumbre que me sofocaba hasta que me entregaron su cuerpo. Imagínese nomás cuánto no sería lo que les cayó encima para que hayan tardado tanto en sacarlos. Y una también se muere de cierta forma, comadre, no alcanzas a saber qué pero algo se hunde, pierdes una parte de ti misma cuando la vida te arranca a los tuyos de esa forma tan inesperada… tan injusta.

Y luego como si el dolor por el que estás pasando no fuera suficiente, te topas después con los abogados, y los patrones, y las leyes de este país que parece que están hechas para darle más sólo al que más tiene. Y fue de estar metiendo demandas y estar echando vueltas, y estar viendo caras y hasta soportar amenazas y malos tratos de gente que no sé cómo le hacen para vivir, para no sentir asco de sí mismos. Han de haber creído que lo hacía por mí, que andaba nomás de codiciosa detrás del dinero y no sé cuántas veces me lo escupieron en la cara; que si tanta necesidad tenía, que si así de interesada era. Pero siempre les contesté lo mismo, que a mí el dinero no era lo que me movía, que estas manos yo las tengo para salir adelante por mí misma. Que lo que me importaba era la indemnización y la pensión para el futuro de mi niño, para que tuviera asegurada su educación y no terminara trabajando en algo como lo que le costó la vida a su padre.

¿Puede entenderme, comadre? Todo aquello a lo que le hice frente yo sola, con tal de asegurarle algo a mi chamaco. Pensar que al fin las cosas se iban logrando… y luego vino a pasar todo aquello.

Estaba ya por cumplirse el segundo año del fallecimiento de mi esposo, y usted ya se ha de imaginar que yo no quería que mi muchachito sufriera más. Así que no le dije nada sobre el aniversario luctuoso de su padre; yo sola, prácticamente a escondidas, fui a visitar a mi marido al panteón. Le limpié su tumba y le dejé sus flores ahí sobre la lápida y le dije con un nudo apretándome la garganta que el hombrecito de la casa no lo olvidaba por un solo instante, que lo extrañaba todo el tiempo. Lloré encerrada en la recámara para que no me oyera, me tragué el dolor en silencio y fingí que todo estaba bien por él, sólo por él.

Ya no sé ni qué pensar sobre aquello, será que unas cosas están destinadas a suceder, comadrita, a darse sin que podamos hacer nada por evitarlas. Ya había dado signos de que algo así podría pasar y no le puse la suficiente atención. Ya me había tocado oírlo sollozar y decir lo mucho que echaba de menos a su apá, como él le decía. Algunas veces llegó a decirme que oía que su papá le hablaba para que fuera a verlo; en varias ocasiones me lo encontré sentado en la sala a oscuras en medio de la noche, y cuando le preguntaba que qué hacía ahí me decía que estaba esperando a su papá, que le había dicho que iba a venir a jugar con él.

Debí haberlo cuidado más, comadre, de haberlo tenido conmigo más tiempo, pero es tan cansado a veces cargar con tanto sobre tus hombros que simplemente ya no puedes con más. Y entonces pasó lo de aquella noche. ¡Dios santo! Me estremezco, me vuelven a temblar las manos nomás de acordarme.

Usted no lo vio, no vio cómo estaba mi criatura con los ojos abiertos como un demente, con su carita llena de locura diciendo que podía ver a su papá.  

No tengo palabras para decirle lo que sentí; apenas oí sus gritos a mitad de la noche y me levanté como si me hubieran jalado de la cama. Él ya dormía solito en su recámara, pero yo siempre tenía un ojo medio abierto para cualquier cosa que pasara. Ya cuando tienes hijos nunca duermes igual, siempre estás al pendiente de lo que les pueda pasar. Cada vez que se levantaba y bajaba a la sala a esperar que su papá regresara yo a puntillas me iba detrás de él y lo vigilaba en silencio, ahí lo veía yo sentadito mirando a una esquina de la sala, como esperando a que de pronto apareciera. Y luego después de un rato de verlo ahí tan solito y triste, después de llorar en silencio y limpiarme las lágrimas, bajaba para hablar con él y regresarlo a su recámara. Y como cosa a propósito, esa noche caí muerta apenas pegué la cabeza con la almohada.

Usted no se imagina cómo salté de la cama apenas oí los gritos, bajé las escaleras corriendo, con el corazón en la garganta, como si algo entre sueños me hubiera dicho hace tiempo lo que me estaba esperando ahí abajo. Y yo sólo iba pensando una cosa; “hoy es el día… hoy es cuando murió Ernesto”.

“No te lo lleves, por favor, no me lo quites… déjamelo vivir”, iba balbuceando con las quijadas engarrotadas por la desesperación y los nervios, bajando las desgraciadas escaleras que por más rápido que pisaba un escalón detrás de otro nomás no se terminaban; parecían eternas.

Le juro por Dios y todos los santos, comadre, que no se puede imaginar lo que sentí cuando bajé el último escalón y por fin lo vi. Bueno… usted también es madre, usted también ha de conocer ese dolor que se nos clava en lo hondo de las entrañas, esa sensación de que algo se abre en el suelo y nos hundimos cuando vemos sufrir a los hijos.

Ahí estaba mi niño, mi muchachito hermoso, como loco viendo a la esquina de la sala, gritando que podía ver a su papá, que al fin lo podía ver. Mientras que se hacía heridas en su bracito con un desarmador que había sacado de la caja de herramientas.

Me quise volver loca mil veces de la angustia, quise maldecir a Dios mismo por dejar que nos pasara aquello. Usted no lo vio, no vio cómo estaba mi criatura con los ojos abiertos como un demente, con su carita llena de locura diciendo que podía ver a su papá, mientras que levantaba el desarmador y se lo clavaba en su antebrazo.

Me le aventé encima sin pensarlo siquiera, a punto de perder la razón yo misma y de un manotazo le tiré el desarmador de su manita. Le di de cachetadas nomás de las puras ansias de ver lo que estaba haciendo, y hecha un mar de lágrimas le pregunto por qué hacia eso, mientras veo cómo tiene su bracito tinto en sangre.

“Es que así puedo verlo… así puedo ver a mi papá”, me dijo.

Tomé una toalla del baño y se la enredé en el brazo para contener la sangre y le volví a preguntar que por qué lo había hecho, creo que queriendo fingir que no le oí la primera vez que me contestó.

“Ahí está mi apá, mami… orita lo estaba viendo. Él me hablaba, decía que venía a jugar conmigo”, y levantaba el bracito sano apuntando a un rincón de la sala.

Ha de haber sido el cansancio, el peso de todo lo que una ha cargado a lo largo del tiempo, pero sentí furia, sentí una frustración que me sacó de mis casillas y no pude controlar en ese momento; lo estrujé, le di de nalgadas y le grité que ya estaba cansada… que estaba harta de todo. Que su papá estaba muerto, que nos había dejado solos, que jamás iba a estar con nosotros otra vez, que jamás lo volveríamos a ver.

El pobre chamaco, llorando y agarrándose su bracito del dolor, me dice “pero es que ahí está” y seguía con la mirada fija hacia la esquina de la sala.

Me paro ya en el colmo de la desesperación y camino a la esquina del cuarto y le digo “aquí no hay nada, tu papá está muerto, m’ijo, ya déjalo descansar, por favor, ya no lo sigas esperando. Él ya no puede estar con nosotros”.

Ni por un instante, ni por el más breve descuido volteé a mirar hacia aquella esquina de la sala; entraba y salía casi corriendo en cada ocasión.  

No me va a creer lo que le voy a decir, sé que suena completamente desquiciado, pero le juro… se lo juro por lo que más he amado en mi vida que ahí, que en esa esquina vacía y oscura, donde parecía que no había nada, de repente percibí su olor, el aroma inconfundible de mi difunto marido, comadre. Olía a él, a su piel y a su cabello, a su perfume, a su persona. Usted sabe que cuando se está con alguien por un tiempo le reconocemos su humor, su aroma, su presencia. Pues bien, ahí en esa esquina pude sentir la esencia de mi esposo clarísimo, como si estuviera ahí parado junto a mí. ¿Se puede imaginar cómo me sentí? Por Dios santo que no se cómo le hice para seguir de pie. Se me hicieron todas aguadas las piernas, me apoyé en la pared para no dar el cuartazo frente a mi hijo, y sacando fuerzas de donde no las tenía caminé hacia él con todo dándome vueltas en la cabeza, rogando por no desmayarme ante mi muchachito. Me hinqué frente a él, le acaricié su carita toda mojada de lágrimas, lo abracé sintiendo que el corazón se me quería salir del pecho, le di un beso en su frente para que se calmara y dejara de llorar y le dije que mejor fuéramos a que lo curaran.

Ya después de que me lo atendieron en el hospital y de que tuve que aventar toda la sarta de mentiras que fui ideando en lo que íbamos para allá, regresé a la casa, después de haber dejado al niño con sus abuelos. “Le dices a tus güelitos que te caíste, que te lastimaste tu bracito… no les vayas a decir nada sobre tu papá porque se van a poner muy tristes”. Ahí voy en el camino aleccionándolo para que no fuera a decir nada de lo que había pasado. Estuve sentada dentro del carro las últimas horas de aquella noche estacionada a unas cuantas casas de distancia, esperando a que fuera de día, con miles de cosas rondándome la cabeza y mareada de tanto repasar todo lo que había sucedido. Ya después de que hubo amanecido, temblando de miedo y pidiéndole a mi Señor Jesucristo que me diera valor, regresé a aquella casa nomás para sacar lo que más necesitaba y que en ese rato me podía llevar. Ni por un instante, ni por el más breve descuido volteé a mirar hacia aquella esquina de la sala; entraba y salía casi corriendo en cada ocasión. Ya en la última vuelta, en camino de subir al coche las últimas cosas que necesitaba y antes de cerrar esa puerta detrás de mí para nunca volver me detuve, y venciendo un estremecimiento que me sacudía de pies a cabeza me atreví a decirle a aquel rincón vacío, sin voltear y con la vista siempre fija hacia la calle, “te queremos mucho, mi amor, y si tú nos quieres; si nos amas, entonces nos dejarás ir”, y hasta esta fecha jamás hemos regresado.

Una hace todo por los hijos sin detenerse, comadre, sin pensarlo. Porque los parimos, porque los hicimos con todo lo que vive y muere dentro de nosotras… y con eso basta.

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