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Tinta

domingo 5 de marzo de 2017
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El viento movía las cortinas, las hojas se trasladaban lentamente. La casa estaba ubicada al pie de una montaña. Un inmenso jardín cubría la entrada. Inmersa en sus pensamientos miraba por la ventana.

Ella tomó una lámpara y la arrojó haciendo que el cuchillo resbalara debajo del sillón.  

Él apareció en la habitación. Ella trató de sostener el cuchillo que casi llegaba a su rostro. Sorprendida lo empujó con fuerza y él tropezó golpeando su cabeza en la pared. Bajó desesperada las escaleras. Pidió auxilio pero nadie la escuchó. Gritó. Corrió a la cocina, intentó llamar a la policía, siguió el recorrido del cable y estaba cortado. Se lanzó hacia la puerta pero él se interpuso.

—Aquí estoy, ¿eso querías?… —dijo con voz ronca.

—No entiendo, ¿quién sos? —dijo asustada.

Él comenzó a avanzar, ella tomó una lámpara y la arrojó haciendo que el cuchillo resbalara debajo del sillón. Se acercó, sujetó el cuello ahogando su grito. Con desesperación se defendió. Sus manos se aferraban con más fuerza. Pegó con su rodilla y logró escapar. Sin aliento, subió las escaleras. Buscó las hojas en su escritorio, torpemente golpeó el frasco y la tinta comenzó a derramarse lenta. El papel chupó y chupó…, como un vampiro.

Ahora, como otras veces, como tantas, como siempre, una sanguinosa mancha azul impedía ver las letras.

Ella giró su cabeza…, su personaje había desaparecido. Las marcas seguían intactas, doliéndole en el cuello.

Eugenia Elizabeth Román
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