Saltar al contenido
Hablemos, de Octavio Santana Surez

Universos paralelos

• Jueves 9 de marzo de 2017

Pensé que viniendo a Málaga te iba a recordar menos, pero la geografía de la melancolía es caprichosa. No sabía que el epicentro de ti se encuentra en este lugar, en algún punto de esta playa desierta bañada con un sol deslavado, irreal, que favorece los tiempos trastocados, que favorece que los universos paralelos se trastoquen, se confundan. Un viento frío me mueve el cabello una y otra vez; el mismo viento que recorren algunas gaviotas allá en lo alto, sin emitir sonido alguno. Parece increíble que mientras esas gaviotas trazan círculos, mientras ese mar oscuro se mueve perezosamente y yo permanezco acodado en un barandal, a la orilla de un barranco, tú vives, comes, duermes, ríes, amas en otro lugar ubicado en ese universo paralelo que siempre estará vedado para mí. Parece increíble que en algún momento se hayan dado las circunstancias para que se fundiera el universo donde estás enamorada de mí, y este donde nunca llegaremos a encontrarnos. Todavía hoy despierto en ese universo paralelo y siento tu cuerpo desnudo junto al mío. En ese universo paralelo me gustaba dormir con tus labios junto a los míos, con tu respiración sobre mi nariz. Me gustaba despertar y ver tu cabello increíblemente revuelto, tus ojos y tu sonrisa pacífica apenas naciendo, reconociéndome, comenzando a construir el lado bueno del mundo. Quizá no de todo el mundo, pero del mío sí. Kyrie eleison. En ese universo paralelo apenas hacia un mes que comenzábamos a salir y te entregué el alma sin dudar y sin recato. Sabía que amabas a otro y no me importaba (¿cómo me iba a importar si eras lo que siempre había esperado?). Sabía que nunca serías totalmente mía y me conformaba con esas noches, esas mañanas que de cuando en cuando me regalabas. Sin duda enamorarse conlleva una especie de maniaca autovivisección: se busca extirpar, uno a uno, elementos de sí, para experimentar sensaciones y el punto preciso que las produce. Contigo no fue distinto. Muy dentro de mí sabía que nunca me llegarías a amar totalmente, que regresarías a ese universo que yo nunca debí haber conocido, y no me importaba que en algún momento me desgarrara separarme de ti. Así, se trataba de una ruleta rusa donde todas las cámaras del revolver tenían balas. Y no me importaba. De eso se trata enamorarse, arrojar todo, atarse una venda, y dejarse guiar a sabiendas de que se encamina hacia un precipicio. El Dr. Strangelove montado sobre una bomba que cae mientras ríe a carcajadas. Y mientras yo caía a velocidades vertiginosas buscaba en tu cuerpo aquellos caminos que, pensaba, el otro quizá jamás habría explorado, o por el contrario, buscaba esos caminos que habías gozado cientos de veces para tratar de recrear el placer que acostumbrabas. Quería que me dijeras todo lo que te había hecho gozar, y a la vez trataba de que lo callaras. Sabía que no me amabas, y aun así te planteaba la posibilidad de vivir juntos, de multiplicar ese milagro que me brindaba ocasionalmente. Me decías entusiasmada a todo que sí, que querías vivir conmigo, que me amabas, que tuviéramos un hijo. De manera semejante a Penélope, a la mañana siguiente lo olvidaba, y yo recomenzaba mi perorata de la cual —ahora me percato— sólo yo salía parcialmente convencido. En este universo no me amabas, pero por momentos me convencía de lo contrario, de que me amabas en todo lugar, bajo cualquier circunstancia.

Aún despierto en ese universo paralelo y tengo en las manos el contacto de tu piel perfecta, y en los labios, en los dientes, tus pezones como zarzamoras, como fresitas llenas de un jugo que había que extraer poco a poco, con suaves movimientos de lengua y mínimas mordidas. Siento tu espalda desnuda contra mi pecho, tus pies helados que buscaban un poco de calor entre mis piernas como un par de huérfanos siempre solicitando calor, como peces tropicales cruelmente varados en el Ártico. Una vez que tus pies comenzaban a calentarse, tus manos tomaban las mías y las colocabas contra tu pecho para que vibraran con cada latido de tu corazón. Me gustaba repetirte antes que te durmieras, con tu cabello entre mi cara, en mi boca, que te amaba, que siempre te amaría. Quizá no me escuchabas; nunca me dijiste nada, y quisiera convencerme de que hoy, en algún momento, estás diciendo con ese ligero siseo que te caracteriza y que tanto amé: “Yo también”, considerando que llegas tarde a todos lados. La impuntualidad, al menos en este universo, es parte de tu ontología, Myr. Siempre llegas tarde, disculpándote, preocupadísima, vencida ante tu propia impuntualidad que te angustia, pero de la que jamás podrás ya librarte, y ni lo requieres pues tiene tu propio reloj que determina el momento preciso, el adecuado para llegar a las citas. Como cuando salimos por vez primera. Te vi a través del cristal del café donde acordamos vernos. Ibas atrasada al menos una hora. Por medio de un mensaje me habías advertido: “No te vayas a ir”. No lo hice. Y qué bueno que no lo hice; fue el mejor día de mi vida.

Un día tomaste tus cosas y regresaste a tu universo, a ese donde ya no puedo ingresar más que concibiéndolo como algo pasado, algo solamente mío.  

Aún despierto en ese universo paralelo y tengo tus manos en las mías, tu mirada tierna. Allí, mis dedos recorren lentamente tu perfil, tus labios perfectos, la pequeña cicatriz circular en su frente —herencia de la varicela. Cuando logro reingresar en ese universo paralelo, algunos de sus habitantes corren a refugiarse, temerosos de que pudiera causarles algún daño. No saben que son las imágenes más hermosas de mi vida. Lo mismo sucede con tu cepillo de dientes, con tu bata de dormir que dejaste en este universo, en mi departamento. Se esconden pensando que los arrojaré a la basura en un vano intento de paliar el dolor de la ausencia. Es cierto que en algún momento lo pensé, pero no fui capaz de hacerlo. Es lo único que me queda de ti. Debo reconocer, sin embargo, que son muchos los objetos que hay en mi departamento y que proceden de ese universo tuyo. Abro el cajón y aparecen los calcetines que me regalaste. Por allá está el papel higiénico que traías cuando te quedaste conmigo. Cuando te quedaste y no. Abro otro cajín y aparecen los condones que no llegamos a utilizar. Sobre un mueble se encuentra el inmenso libro de Bolaño que me regalaste y que en algún momento he de terminar de leer. Hago frente a estos objetos individualmente; colectivamente me acabarían. O quizá no intentan cercarme. Quizá agonizan y piden mi ayuda pues sin ti no son capaces de sobrevivir. O quizá no los traías contigo y los has ido colocando a mi alrededor desde ese universo paralelo que te gustaba pensar para evadir la realidad. Ese universo donde tú y yo estamos juntos, donde me amas. Si es así, cómo hacer para decirte que no quiero objetos, sólo extiende tu mano para que pueda tocarla una vez más, sólo una vez más. Para que te lleves este mundo, que borres esta playa con toda su monotonía.

Aún despierto en ese universo paralelo el día que te compré chocolates, que te soborné diciéndote que te había comprado exquisitos chocolates. Quizá no era así, pero tú me convidaste a que los probara entre besos, junto con nuestras lenguas, haciéndome conocer el platillo más maravilloso que nadie haya probado jamás en este universo.

Pero un día tomaste tus cosas y regresaste a tu universo, a ese donde ya no puedo ingresar más que concibiéndolo como algo pasado, algo solamente mío. Y desde aquí ya no puedo seguir pensando en ti. Veo que este sol está cansado porque primero alumbra aquel universo que construiste para huir de mí. No me amabas, y reconozco que sí me importaba. Me rindo y me doy cuenta de que en realidad soy ese oleaje monótono, vencido, narcotizado, ensimismado en su vaivén como elefante narcotizado. Desde este letargo, además de un sol cansado veo a un hombre acodado que finge vivir, que disfraza los días de vida mientras piensa en ti, mientras piensa que ya no puede seguir pensando en ti.

Alejandro Rosen

Alejandro Rosen

Escritor mexicano (Ciudad de México, 1972). Es doctor en ciencias sociales por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Ha publicado en diversas revistas electrónicas, así como en los periódicos El Financiero y La Jornada Semanal. Es autor de los libros Arco voltaico y Samaot, crónica de un viaje amoroso.
Alejandro Rosen

Textos recientes de Alejandro Rosen (ver todo)

30% de descuento en el Taller de Cuento de Letralia