“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Por el amor de Mariluz

martes 21 de marzo de 2017

Todos mis pensamientos se ocupaban de ella, pero también del temor de que algo nos separara.

Es esta la primera vez que me atrevo a contarlo. Y decidí referírselo, no sólo porque me ha caído bien, sino también porque aparenta ser un tipo discreto, además de que creo que es buen conversador. Qué digo: usted no conversa, simplemente presta oídos, como nos gusta a la mayoría de los seres humanos. Lo que nos encanta es que nos escuchen sin restricciones, no que conversen con nosotros. Pida otra cerveza, yo invito. Hasta ahora le comento que soy ingeniero civil, con veinte años de experiencia en trabajo de campo, porque es muy poco lo que me gustan las oficinas, aunque pertenezco a una de las empresas más prestigiosas de esta ciudad. Una compañía con unas instalaciones que ya las desearían las mejores de las más grandes metrópolis del mundo. Soy separado. Tengo dos hijos, con cuya madre llevo buenas relaciones. Mejor dicho, siempre las tuve, pero el matrimonio me aburrió de la manera más insufrible. Creo que por eso, desde antes de que nos separáramos, se me metió entre ceja y ceja que, de quedar nuevamente soltero, permanecería solo, disfrutando de mis hijos, de mis amigas y de mis cervezas los fines de semana. No más. Casarme o, por lo menos comprometerme de nuevo, no estaba entre mis planes. Pero no pasaron muchos años hasta que apareció Mariluz, una delineante de arquitectura relativamente joven, inteligente, de maneras elegantes y discretas, y de una hermosura alucinante que pocas veces pasaba desapercibida. Confieso que me sentí atraído desde el primer momento, pero debieron pasar varias semanas para que una compañera con la que siempre almorzaba en la cafetería de la empresa me la presentara. Así comenzaron nuestras interminables conversaciones. Así se enteró de mi situación de hombre-brisa, condición que no era tan diferente de la de ella, puesto que también era separada, madre de una hija adolescente y de un niño de escasos cuatro años. Pero había algo que definitivamente hacía dispares nuestras vidas: Mariluz, quien se casó y vivió algunos años en Bogotá, se separó de su esposo y regresó a esta ciudad a vivir a la casa de su madre y con la idea fija de dedicarse únicamente a su hija y al trabajo. En eso coincidimos. Pero el destino le jugó una mala pasada y se enredó en amores con un comerciante del populacho, aunque próspero, quien a los pocos días de frecuentarla la embarazó, y es él el padre de su segundo hijo. Así que casi siempre nuestras conversaciones giraban en torno a sus problemas con el mercader, que no me colabora con el niño, que me cela demasiado, que me forma unos escándalos vergonzosos, que no me quiere llevar a vivir a otra parte, que lo voy a mandar a la mierda… Pero, claro, debo reconocer que también tenía espacio para conversar sobre libros, cine o política, pues, además de su innegable inteligencia, compartió excelsos conocimientos con su esposo (un rector de secundaria) mientras estuvo en Bogotá. En uno de esos encuentros en la cafetería me regaló una buena nueva (o para mí era una excelente noticia): había terminado con el marido. El tipo abandonó la casa en medio de los insultos de la madre de Mariluz, pero regresaba todas las tardes con la excusa de ver al niño, lo que le servía para quedarse esperándola e insultarla, si la veía conversando con alguien. Fue por esos días cuando decidí confesarle mis deseos. Y lo hice una tarde cuando retorné a la empresa, después de una agitada jornada de campo. Desde mi oficina, llamé a su departamento y, en cuanto escuché la voz, le revelé mis pretensiones. Me sentía como un adolescente inexperto, con el corazón a punto de estallar por la boca, temiendo que mis palabras acabaran con nuestra amistad o esperando alguna carcajada burlesca. Pero, afortunadamente, me equivoqué. Me dijo que a la hora de la salida terminaríamos de hablar, pero nunca hablamos: nos montamos en mi carro y aprovechamos semáforos y trancones para devorarnos a besos hasta unos metros antes de su casa. “Me bajo aquí —dijo—. No quiero que el salvaje ese te vea, porque sé que es capaz de formar un escándalo”. Fue en esa forma como el malhadado comerciante se nos convirtió en una sombra que atemorizaba a Mariluz y frenaba mis impulsos. Todo debíamos hacerlo con el mayor de los sigilos para no despertar sospechas, para no alimentar los chismes o bajo la amenaza incierta de que el susodicho tenía espías dentro de la empresa, cosa que en algún momento llegué a creer, porque, según Mariluz, el tipo a diario le enrostraba detalles de lo que hacía o dejaba de hacer mientras estaba trabajando, con quién hablaba y con quién no, y hasta le reclamaba amoríos inexistentes con los trabajadores de las distintas dependencias de la compañía. Un día me llamó. “Que hubo —me dijo—, soy Lipson, el marido de Mariluz. Me contaron que usted anda con ella, y le voy a hacer una recomendación: déjela quieta, si no quiere que yo le raye la cara, so maricón”. Me dejó frío. Era lógico: nunca he sido hombre de problemas, ni de grescas, ni de discusiones con palabras de grueso calibre. Pero eso no fue todo: un día, en el parqueadero de la empresa, cuando me disponía a subir al carro, escuché la misma voz carrasposa de la llamada telefónica:

—Qué hubo —rugió—. Soy Lipson.

—¿Cómo le va? —respondí dando media vuelta.

El tipo era de mi estatura, pero mucho más acuerpado, de rostro desconfigurado, atarbán y terrorífico.

—Supe que sigue molestando a Mariluz. ¿Usted cree que yo soy algún marica o qué?

—Pero si ya ustedes no tienen nada…

—¡Eso a usted no le importa, so huevón!

—No alce la voz, por favor…

–¡Coma mierda! Yo hablo como me dé mi hijueputa gana. Y le advierto de nuevo: como yo sepa que usted se sigue metiendo con mi mujer, voy a venir a buscarlo y le reviento el culo, ¿me oyó?

Volví a quedarme frío, pero esta vez preguntándome qué fue lo que enamoró a Mariluz de una bestia como esa. “Es que me sentía muy sola”, me dijo cuando terminamos de hacer el amor en el apartamento que me prestó una amiga, y sólo atiné a cavilar en el porqué el destino no me llevó a ella en esos momentos de soledad. Fueron muchas las cosas que se me vinieron a la mente en las horas que transcurrieron después de nuestro sublime encuentro erótico, pero sólo una fue la más inquietante de todas: “Ese tipo debe morir”, me dije. Yo mismo me espanté con mis pensamientos y hasta traté de reemplazarlos con la posibilidad de decirle a Mariluz que rompiéramos nuestra relación, pero a esas alturas lo sentía imposible, ya que mi pasión por ella iba creciendo de una manera imparable. Y no era para menos: detrás de ese rostro atribulado se escondía una mujer ardorosa y complaciente, que me hacía experimentar los atrevimientos amatorios más demenciales. La cama, su cuerpo y sus ocurrencias eran como un maremágnum de voluptuosidades de las que salía exhausto y hasta asombrado, pero pleno de dicha y admitiendo que nunca antes había ensayado algo parecido. Creo que Lipson tampoco. El resto de las horas, todos mis pensamientos se ocupaban de ella, pero también del temor de que algo nos separara. Pensé entonces en entablar una denuncia en contra del tal Lipson, por la amenaza que me hizo, pero me acordé de lo engorrosas que son esas diligencias en la Fiscalía. En fin, regresé al pensamiento del principio: “Ese tipo debe morir”. Pero no sabía cómo, pues en mi vida había empuñado un arma. Repito: jamás he sido hombre de problemas, y mucho menos de agredir físicamente a alguien. Pero llegué a este bar a tomarme una cerveza y a poner en orden mis pensamientos (tómese otra, tranquilo, yo pago) cuando de pronto apareció un viejo condiscípulo de la escuela de primaria. Se apellidaba Ortega, y siempre lo recordé por su arrojo, su desparpajo y sus travesuras en el plantel y en la calle. Ahora, de adulto, unas veces hacía parte del transporte urbano informal conduciendo una moto o prestándose para cualquier triquiñuela que le permitiera ganarse unos pesos en forma inmediata, según me reveló. Nos emborrachamos en medio de carcajadas y recordando viejos tiempos, hasta que no sé por qué diablos se me ocurrió que él podía ayudarme con la hipotética muerte de Lipson. Con todos los detalles, le conté mi preocupación, y hasta le puse drama a mis palabras. “No te preocupes —me dijo—, yo sé quién puede hacer ese trabajo, sin que tengas que verte con él ni nada de eso. Sólo dame la mitad de la plata y, después de la operación, me das el resto”. No hubo más que hablar. A la semana siguiente dos hombres llegaron al minimercado de Lipson. Uno de ellos preguntó por él y, en cuanto lo vio, le descargó una pistola nueve milímetros, que no le dio tiempo de escabullirse. Los asesinos huyeron en una moto de alto cilindraje (como dicen los policías) y Lipson apareció al día siguiente en la página roja del diario local. Amanecí nervioso y pensando en que todo el que me encontrara por la calle, o en la empresa, me iba a recriminar la muerte del comerciante. Pero al mismo tiempo me sentía optimista, porque se suponía que el campo estaba libre para continuar sin interrupciones mis relaciones con Mariluz. Llegué a mi oficina y lo primero que hice fue llamar a su sección, pero uno de sus colaboradores me informó que le habían dado el día libre, porque los nervios la tenían indispuesta. Llamé a su teléfono celular y me respondió ahogada en llanto, porque habían asesinado al padre de su hijo. Lloraba con un desconsuelo profundo, y hasta me hizo pensar que todavía sentía algo por ese cafre, aunque en los últimos meses se le hubiera convertido en un verdadero e inmerecido karma. Al día siguiente nos vimos en la empresa y almorzamos juntos, como siempre, pero creo que sobra decir cuál fue el tema de la conversación. Yo hacía todo lo posible por parecer afligido y sorprendido y hasta me permití pronunciar una frase sacrílega: “Qué Dios lo tenga en su santo reino y que lo haya perdonado”. Durante las semanas siguientes, hicimos lo posible por continuar nuestra relación y familiarizarnos con nuestros respectivos hijos, pero algo comenzó a preocuparme nuevamente. Ortega se me aparecía en los sitios más impensados y me telefoneaba en los momentos más inoportunos, siempre recordándome que había hecho un buen trabajo, que él me estimaba mucho y que para cualquier otra cosa lo tenía a mis órdenes, que no dudara en pedirle ayuda, pero pásame algo de billete, porque tú sabes que estoy sin chamba, aunque a veces me prestan una moto para que me rebusque llevando pasajeros, pero la cosa no es siempre, y tampoco es que dé mucho que digamos, aunque no sé si también podrías hablar en tu empresa para que me contraten así sea para lavar los baños. Y así, por varias semanas, pues Ortega tenía casi la misma catadura de Lipson y hasta su aspecto físico, pero era más sutil para ejercer presión y cristalizar sus pretensiones. El trabajo informal y su costumbre de frecuentar el bajo mundo le habían enseñado las maneras de delinquir sin llegar a agredir con palabras fuertes o golpizas extremistas. Sin embargo, siempre traté de no perder los estribos ante sus chantajes velados, pues hubiese sido el detonante para que se dañaran mi carrera y mi imagen. Pero hubo un momento en que comencé a sentirme asfixiado, angustiado y con ganas de salir huyendo sin tener certeza de hacia dónde. No me atrevía a contarle algo a Mariluz, pero creo que ella notaba los rasgos de mi nuevo comportamiento. Nuestra convivencia iba por buen camino, y no quería que nada la entorpeciera. Así que una noche, después de unas cuantas cervezas, me sorprendí pensando en que la única forma de anular la molestia en que se había convertido Ortega era aplicándole la misma receta que se bebió Lipson, aunque esta vez tendría que actuar yo mismo, dado que contratar a otro matón sería caer en un círculo vicioso y siniestro. Lo haría yo mismo. No había de otra. Al fin y al cabo, si ya tenía un muerto encima y si la única solución visible era el homicidio, entonces, manos a la obra. Además, contaba con la ventaja de que Ortega me consideraba un hombre fino, decente e incapaz de matar una mosca con mis propias manos. Pero, ¿y si se le ocurría que también podría contratar a otro para acabar él? No, a lo mejor no, porque le había dado tanto dinero y tratado tan bien en los últimos meses que lo más probable era que me percibiera como su carnal y como su tabla de salvación. La última vez que me pidió efectivo fue en el mismo bar donde nos reencontramos después de tantos años. Esa noche le dije que se quedara un rato más para seguir celebrando lo de la muerte de Lipson, que me sentía feliz con Mariluz y que ya hasta nos habíamos organizado en mi apartamento con sus hijos, y todo eso gracias a ti, amigo Ortega, que eres un gran ser humano, por eso te mereces esta atención. Es más, ahora que terminemos con las cervezas nos vamos para el apartamento del gerente, que es gran amigo mío, para que te conozca y te ubique en algún lugar de la empresa. No te preocupes por la hora, me acaba de llamar y me dijo que me está esperando con unas cervezas en la nevera y con buena música y comida, así que no pienses en más nada. Ortega, claramente emocionado, me hizo caso y volvimos a emborracharnos como en la vez del reencuentro, aunque tuve el cuidado de no embriagarme tanto como él. Le dije que nos trasladáramos en su moto, ya que siempre que voy a beber (y es verdad) acostumbro a dejar el carro en mi edificio, pero que teníamos que tomar un camino diferente, donde no hubiera tantos policías que lo fueran a multar por estar conduciendo en tragos. Volvió a hacerme caso, porque, reitero, a pesar de todo, siempre consideró mi seriedad y mis buenos modales, cosas que él raras veces frecuentaba en su bajo mundo callejero. Cuando salió del bar a encender la moto, aproveché un descuido de Anselmo, el bartender, y le robé el cuchillo con que hacía las picadas de limones y naranjas. Salimos por una de las avenidas que conducen hacia las afueras de la ciudad. Ortega conducía sin sospechar nada raro y, a lo mejor, sin preguntarse por qué tomar por esas rutas a esas horas de la noche. El caso es que cuando pasamos por un paraje enmontado y oscuro, le pedí que se detuviera un momento para orinar, y frenó al instante. Y al instante también lo abracé con fuerza y le deslicé el cuchillo por el cuello, de izquierda a derecha, mientras él intentaba voltearse para luchar, pero se lo saqué y se lo volví a clavar con más fuerza en la cerviz dos, tres, cuatro y veinte veces hasta que percibí que se había quedado quieto. Volví a creer que tener un primer muerto encima me prodigaba la energía suficiente para decidir por un segundo y hasta por un tercero, si se daba el caso. Sostuve el cuerpo en la moto para que los conductores que pasaban no sospecharan nada extraño, y aproveché un momento en que la carretera quedó solitaria y oscura como siempre. Tiré el bulto entre la maleza, no sin antes despojarlo de la billetera y del teléfono celular. Después empujé la moto por un pequeño barranco y corrí despavorido lo más lejos que pude, hasta que logré tomar un taxi y regresé a mi apartamento. Tenía las manos y la camisa salpicadas de sangre caliente. Me limpié en el lavadero del patio y envolví la camisa en una bolsa plástica que luego escondí en el maletín que a diario llevo a la empresa. Lavé bien el cuchillo y lo escondí en mi caja de herramientas. Ni Mariluz ni sus hijos sintieron mi llegada. Eso creo. Al día siguiente, volví a las afueras de la ciudad y, en un solar abandonado, quemé la camisa, la billetera y el celular. Dos días después traté de poner cara de estupor cuando Anselmo, el bartender, me mostró el periódico que tenía en su mostrador:

Desde entonces, mis días no han sido los mejores, pues parece que cargar un muerto (dos, en mi caso) no es cosa de poca monta.

—Doctor —me dijo asombrado—, ¿ya vio la noticia de su amigo?

—¿Cuál amigo?

—El que a veces venía a beber cervezas con usted.

—No. ¿Qué le pasó?

Puso el periódico en mis manos y fingí un rostro estupefacto.

—Mierda —grité—, ¿y a este man qué le pasó?

—Parece que se resistió a un atraco y lo mataron. Bueno, eso dice la Policía.

Desde entonces, mis días no han sido los mejores, pues parece que cargar un muerto (dos, en mi caso) no es cosa de poca monta. Desde que me levanto hasta que me acuesto, veo los rostros ensangrentados de Lipson y Ortega, quienes me acuchillan con sus miradas de reproche. Mi rendimiento en el trabajo ha disminuido, pero no me despiden porque mi indemnización los dejaría en bancarrota. Mariluz, quien me parió una niña, se ha puesto fea como todas las mujeres maduras que deciden preñarse después de varios años de no hacerlo. Sus hijos no se llevan bien con los míos. Mi rutina es la oficina y el bar. Y entre esas dos opciones de vida (si es que eso es vida), continúo maquinando la forma de separarme para no comprometerme más y dedicarme a mis hijos, a mis amigas y a mis cervezas. Brindemos, amigo, por su amable atención. Y ya sabe: ni una palabra de lo que le acabo de contar.

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