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Los cuatro días del mimo en la ciudad

sábado 25 de marzo de 2017

“¡Oh, Walter, Walter! ¿Qué has hecho de él? ¿Qué has hecho de tu yo? ¿De tu propio e individual yo? Porque pareciera como si todo él se te hubiera salido, se te hubiera escapado al universo”.
D. H. Lawrence

I

Ser mimo es un arte y ser artista en este tiempo es ser mudo, por supuesto.  

Yo no pienso en la muerte, intento concentrarme en cosas importantes. ¿Qué cosas importantes? Ninguna. No me gusta ser llamado de ningún modo pero mis padres decidieron apodarme Alfredo Bernal, tengo un pequeño departamento en el centro de una ciudad en llamas, una ciudad que arde en silencio. Hoy desayuné un par de piezas de pan y agua, cuatro cigarrillos y un caramelo que encontré casi fundido en el suelo de camino al trabajo. Vi una pequeña voluta roja brillando en el sucio suelo y decidí agacharme esperando que fuese algo de valor, un tesoro perdido, pensé de manera burlona, mientras el maquillaje de mi cara se derretía y yo me sentía de cera. Esperé que mi mano no se cayera al aferrarse al caramelo. Cuando pude tomarlo noté ligeras manchas rojas en mi dedo que parecían de sangre, y en seguida recordé el periódico que había leído en la mañana, cuarenta, cincuenta homicidios, qué más da; una foto de una mujer semidesnuda en la portada, y justo al lado otra foto de otra mujer con los sesos pegados en alguna carretera, en harapos, en cuclillas, como rezando a ese tipo de dios misericordioso del que nos llenamos la boca cada vez que nos vemos en apuros.

Todos los días visto una camisa negra con rayas blancas, unos pantalones negros aferrados a mis hombros por dos trozos de tela, unas botas bien lustradas y un sombrero un poco ajustado. Algunas veces voy acompañado de un cajón negro al que subo y bajo dependiendo de las demandas de mis rutinas, aunque siempre —cuando digo siempre es siempre— debo hacer algunas bufonadas alrededor de las seis de la tarde para que las personas me den algo de dinero y tenga con que consumirme un día más.

Ser mimo es un arte y ser artista en este tiempo es ser mudo, por supuesto; después de mil noches de insomnio y aventuras laberínticas en las grietas de los edificios jamás construidos de esta ciudad leve, lo entendí. Lo entendí después de ver sollozar a Hugo. Hugo es dibujante y es padre de familia, es hombre y es niebla. Aquella noche se retorcía en un llanto desconsolador y ensordecedor, similar a un pitido, a una caricia pulmonar, al canto del grillo en el momento previo del diluvio. Lo vi de lejos, sus brazos con movimientos espasmódicos y rabiosos, una rabieta triste, las piernas encogidas, el pantalón bajo, tan bajo que dejaba ver un poco de sus nalgas polvorientas, sin duda, resultado de llevar un par de minutos arrastrándose por el suelo. Hugo esa noche estaba cansado. Voy a formalizarme, dice Hugo, haciendo referencia a su destino laboral y al evidente final de su carrera como dibujante. Intenté persuadirlo, claro está, de que no lo dejara. Esto es lo que te gusta, Hugo, le dije, no seas pendejo. Pero Hugo recogió su carrete de la calle y su morral en el que llevaba veinticinco pesos y una botella vacía y no lo volví a ver. Se marchó. Al principio una sensación agridulce recorrió mi cuerpo desde el paladar hasta los talones, un shock sentimental, se podría decir. Una bala perdida me había golpeado el cerebelo. Fue la última vez que hablé. ¿Con que así se siente hablar y que no te contesten?, pensé de camino a casa, encogiendo los dedos de vez en cuando, haciendo cuentas, pagando mis deudas mentales, tallando mi cara con un pañuelo rojo que contrastaba bellamente —supongo— con el blanco de mi cara y el negro de mis labios y ojos.

 

II

Hoy tropecé. Estaba trabajando, encerrado en una caja de cristal o quizás imitando a un niño que mordía una paleta de colores de manera muy singular o quizás imitando a un oficinista gordo que hablaba por celular. Las tres cosas las hice en la tarde pero no recuerdo qué estaba haciendo en el momento en que ella se acercó; era increíblemente bella. Tenía los cabellos cortos a la altura de sus pómulos rojos que se mezclaban a veces con las sombras de las hojas de un árbol gigantesco, no recuerdo cómo vestía pero sí recuerdo sus hilos de voz clavados en mis orejas. Me recordó de repente a Nina Simone y me dijo que se llamaba Catalina, Catalina Simone debería ser. Qué nombre tan poco literario, pensé. Se acercó con una cámara fotográfica y mencionó algo acerca de un proyecto escolar. Con mi dedo índice señalé su cámara, luego a ella, luego a mí, y no sé si me entendió pero me dijo que con ella podía hablar, que estábamos en confianza y que debería tomarme un descanso. No puedo descansar de mí, pensé, ella cree que soy un personaje. Si fuera un personaje esto dejaría de ser arte y yo regresaría a la escuela que dejé, me refugiaría en los libros que no leí, me fundiría en el tiempo que ya pasó y sería soldado en la primera guerra mundial o una palabra en el libro rojo de Mao. Si fuera un personaje podría volver a donde nunca estuve. Moví mi cabeza de un lado a otro, componiendo un perfecto gesto negativo varias veces hasta que ella dijo ya. Me tomó de los hombros y me dijo que me parara justo enfrente de un muro azul, contó hasta tres y sacó un retrato perfecto, después me preguntó si estaba dispuesto a caminar y yo asentí. Me platicó un poco de su vida, un par de mascotas muertas, el odio a su madre, el odio a su padre, el odio del que buscaba huir a través de sus fotografías coloridas, el odio al odio, el amor al psicólogo, el asco a la rutina, el miedo a la experimentación, el vértigo a la caída, la imbecilidad de la creación, el clic-clac de sus zapatos, el tono de su celular, los matices de amor fraterno y los reflejos de brillos eróticos de aquella tarde mexicana. Me puso frente a un muro amarillo y después ante uno verde. Será una serie estupenda, me dijo mostrándome las fotos mientras fumábamos afuera de su casa. Deberías pasar por aquí algún día, otra vez o por siempre, me dijo creyendo que sus palabras tenían algún sentido. Me gusta tu compañía, tú sí sabes escuchar, dice y suelta una carcajada tremenda que hace estremecer a su gato. Para ser una persona tan bella tiene una sonrisa horrible, me dije antes de poner el pie en la banqueta y alejarme de ahí con un compás y un metrónomo en la mente y recorrer doce cuadras hasta mi sórdido piso.

 

III

Visto desde arriba esto podría ser ridículo. Me he tomado el día y llevo mucho tiempo mirando el foco de mi cuarto. No sé si quiero quedarme ciego, la luz hace tiempo que dejó de sentirse como un enema o como una herida, la luz hace tiempo que dejó de entrar por todos los rincones porque mis ojos la absorben toda, la luz hace tiempo que perdió sus propiedades naturales y físicas. La luz aquí existe porque existo yo. No me atrevo a apagarla. ¿Qué tal si la apago y dejo de verme? ¿Qué tal si apago la luz y dejo de existir? Dejé de ser un mimo hoy para convertirme en custodio de mi cuerpo y del mundo. Recuerdo a Hugo y a Catalina, dos formas del destino perversas a su manera, envueltas en sí mismas, desenvueltas en mí. ¿Cómo es que el mundo entero cabe en un solo hombre? Lo pienso mientras, aturdido, observo un cuadro de Van Gogh extenderse por la mancha morada de mi vista.

 

IV

Mi departamento es pequeño, creo que lo digo siempre. Apenas de atravesar el umbral de madera se corre el peligro de tropezar con uno de los libros que danzan libres por la alfombra grisácea, libros pequeños en su mayoría pues tengo predilección por los de bolsillo, o aversión por los mamotretos. Será una de las dos. Frente a la puerta está una ventana desde la que puedo mirar una parte de la ciudad, un puente que enciende de distintos colores chillantes, un par de edificios y el aire y las montañas o los cerros o la tierra. Por las noches escucho a los borrachos gemir y emitir olas sonoras que inundan mi cuarto y me privan del sueño, pero eso es lo único malo de vivir aquí. Tengo un baño completo, una cama y una modesta cocina.

Algunas personas aquí entienden perfectamente el arte del silencio. Cruzo mis piernas, la derecha por encima de la izquierda y mi mano derecha apoyada en la pierna más elevada, uniéndose con el mentón.  

Por la mañana mi madre llamó para preguntar cómo me va en la ciudad. Ella vive en Tapalpa, en la casa que solía ser nuestra pero que ahora es sólo suya, y yo tengo que contestarle que estoy bien. No puedo decirle que extraño los atardeceres allá, que me hace falta pasear un poco por la plaza y mirar al sol ocultarse tras la iglesia, no puedo decirle que la extraño un poco ni que extraño a mis amigos. Trato de contestar a sus preguntas con monosílabos porque se supone que yo no hablo, hago una excepción inmediata con mi madre porque de lo contrario se preocuparía, creería que algo aquí está mal, creería que este lugar es un monstruo que se roba mis palabras y las lanza al viento, que se van por las cañerías, que las como en mi desayuno. Ella no sabe que aquí no pasa nada. Aquí envejeces simplemente, sin más. En esta ciudad estática los que debemos movernos somos nosotros. Todo está bien, madre, le digo antes de que cuelgue el teléfono. Esta no es la ciudad de México, no es grande ni es salvaje ni me asusta, tampoco es París ni Paterson, este es un lugar faltante en el mapa de la conciencia, es un pedazo del planeta que flota aparte en el cosmos, un lugar atemporal en donde nunca pasa nada bueno y lo malo se disuelve simplemente como la mierda de los perros y la verdad flota así, de la misma manera, en el aire.

Se escucha un tono que me hace saber que estoy solo otra vez.

Tengo que salir a la calle, hoy simplemente me sentaré en una banca. Algunas personas aquí entienden perfectamente el arte del silencio. Cruzo mis piernas, la derecha por encima de la izquierda y mi mano derecha apoyada en la pierna más elevada, uniéndose con el mentón. Mis manos sudan, hay cinco personas delante de mí esperando a que me mueva pero hoy no lo voy a hacer. Ese es el acto: lo inesperado. Soy el personaje de una película oriental, el teclado bañado en semen y lágrimas de un escritor adolescente, soy una novela de ciencia ficción a la que le gusta que le froten la espalda, soy una rama muerta, soy la soga que pende de la rama, la tristeza inherente a la soga. Este es el acto. Soy un hombre con la cara pintada de blanco o de gris, vestido de rayas y pensando, sentado en una banca, en silencio.

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