“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Sol de invierno (capítulo I)

martes 25 de abril de 2017

Dicen que, en el solsticio de invierno, los rayos del sol no están muy lejos, que sus brazos nos alcanzan oblicuamente, como despidiéndose de nosotros. También dicen que el invierno es gris porque el sol está escondido, pero yo no lo creo así. En mi habitación de hospital he visto el sol tras los cristales, un sol de invierno dorado y lleno de paz. Hundido entre mantas blancas, se abriga bien entre las nubes y reparte con ellas toda su luz. Y esa luz, maravillosa como el ámbar, llega hasta mí ahora mismo, mientras intento distraer esta tristeza ácida y agotadora que es mi dolor con el juego de “buscar imágenes insignificantes”. Y es que, cuando siento dolor, sólo tengo que mirar una pequeña motita del suelo, una diminuta mancha, la pelusilla de algún rincón, y pensar que yo no soy más que eso, que, si yo no hubiera detenido mi mirada en ese punto, la motita, la mancha, la pelusilla, seguirían estando ahí, escondidas, inadvertidas, al abrigo de todos los ojos. Descansarían en paz, sabiendo que son lo más pequeño, que casi nadie les ve. ¿Podría una motita de polvo sentir dolor? Tan quieta, tan pegada al piso, parece dormir. Y, cuando dormimos, no sentimos dolor.

Mi dolor crecía. Nunca le veía llegar. Aparecía de pronto, como un maldito rayo, aterrorizando mis entrañas como si quisiera partirlas por la mitad.

Yo quería dormir, ser ese dibujo estático de las baldosas que mis ojos recorrían cansados y doloridos una y otra vez. La mancha en forma de fantasma, de mujer que huye con falda vaporosa, siempre está ahí, esperando que yo la mire, quieta y eterna, pero con deseos de marcharse, como un tren. Qué bueno es pensar que mi pequeña mancha siempre está ahí, entregada a la placidez de su existencia. A salvo, nada padece. Ni dolores ni malas noticias. Simplemente, descansa.

Pero yo no podía descansar, y le pedía a la mancha que descansaba que rezara por mí, que me enviase algo de su paz, o que me convirtiera en otra mancha como ella. Porque mi dolor crecía. Nunca le veía llegar. Aparecía de pronto, como un maldito rayo, aterrorizando mis entrañas como si quisiera partirlas por la mitad. Y, entonces, sentía como si unas manos invisibles que morasen mi interior retorcieran mi vientre cual paño empapado en agua, dirigiéndose una hacia un lado y otra hacia otro, más fuerte, cada vez más fuerte, hasta asfixiarlo del todo en una especie de garrote vil.

Después del dolor viene la dulce y beatífica calma, pero ¿hasta cuándo? A veces, el demonio-cuchillo no me abandona. Intuyo que quiere aniquilarme. Pero, por alguna extraña razón, como tras una larga pesadilla, siempre termino viendo los rayos del sol bañando mi regazo y mis manos, que, ya relajadas, dejan de abrazar mi vientre.

Mi vida ha sido siempre una sucesión de combates frente a la enfermedad, ese sujeto que puede disfrazarse de mil maneras pero que, al final, siempre es el mismo. No en vano, mi madre siempre me ha llamado su “flor de invernadero”.

No es lo mismo ser una chinchilla enfermiza que un alano enfermizo, ni es lo mismo ser un can enfermizo que un africano enfermizo.

Muchas veces me pregunto por qué las enfermedades, ese ejército de guerreros invisibles, tienen que cebarse conmigo. Creo que, al final, cada ser vivo nace con una condición, de la que es imposible escapar. Ni con un arsenal de vitaminas se podría mejorar. Por muchos esfuerzos que haga, hay una debilidad innata en mí que impide cualquier lucha fructuosa o, si ésta tiene lugar, me dejará cada vez con menos fuerzas, redundando cada vez más en mi ya consabida debilidad. Y es que es difícil escapar de las fauces de la enfermedad una vez ésta se ha apercibido de tu debilidad. Agazapada en algún rincón insignificante de tus tejidos, espera el momento oportuno para atacar. Y entonces se convierte en una fuerza inexorable frente a la que sólo es posible un combate violento, como si se tratara de impedir el avance de una avalancha de agua tras la ruptura de una presa. ¿Y, acaso, no es esto otra confirmación más de todas las teorías sobre la supervivencia del más fuerte, la lucha de especies y la evolución? Aunque yo sea un gigante pluricelular, cada una de mis células tiene una vida frágil que lucha por conservar. Cada una, con su miedo, pelea en solitario, y, en el fragor de la enfermedad, mi organismo pusilánime no sabe cómo organizarlas frente al desconcierto general. Y en el seno de mi perplejidad orgánica, los guerreros invisibles avanzan.

A pesar de ello, guardo una cierta tranquilidad en mi interior porque sé que, en mi condición de ser humano, dispongo de muchas posibilidades para proteger y alentar mi vida. Y es que no es lo mismo ser una chinchilla enfermiza que un alano enfermizo, ni es lo mismo ser un can enfermizo que un africano enfermizo. Y no es lo mismo ser un africano enfermizo que un holandés enfermizo. La chinchilla vive sola, a merced de los elementos, y sin cuidados. El perro podría tener un amo compasivo que lo llevara al veterinario, y el ciudadano holandés posiblemente tenga una familia buena y acomodada, un seguro médico y seguridad social, servicio de ambulancia a domicilio y, gratis, una vez al año, la limpieza dental. Del pobre nativo africano no sabría qué decir, todo dependería del país, de la ciudad, de la aldea, de la tribu y de la casta de procedencia. Por ello, no sería de extrañar que un ser humano como él, tan lleno de valores, dignidad y derechos, tristemente fuera considerado incluso menos que una ardilla. Y ese es mi mezquino consuelo: saberme poseedora de la fortuna de ser una europea medio burguesa, con acceso al hospital y a medicinas, con mi largo abrigo cien por cien lana y poliéster, y mi confortable y cálida casa protegida del fuego con amianto.

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