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Midriasis

jueves 6 de julio de 2017

Tiene el universo en la pupila, en esa mirada midriática rodeada de azul, de ese azul que lo hace parecer extranjero. Galaxias en los ojos y el planeta tierra en las uñas.

—Tienes las manos sucias.

—Sí —dice y contempla sus dedos—, conseguí una nueva maceta para los cactus.

—Tienes las manos muy sucias.

Pone los ojos en blanco y por un segundo parece que no puede hacerlos girar por completo, que se le quedan mirando para arriba o para atrás, hacia adentro.

Me mira pero yo no logro verlo. Yo sólo veo la tierra, el universo y el olor, porque es tan intenso que incluso podría tocarlo.

Las mejillas ahora crecen hacia adentro —o los pómulos hacia fuera—, las cuencas oculares han aumentado tres tallas, son un par de agujeros negros empotrados en la cara, y lo absorben todo, mastica el mundo cada vez que parpadea. Sólo está hecho de hueso, no hay grasa, no hay carne, sólo piel cetrina que necesita sol. Los hombros le llegan hasta las costillas, los brazos se le descuelgan y alcanza a tocar el piso con las puntas de los dedos. Quizás por eso las uñas están tan sucias: rastrillan el esmog que se adhiere al pavimento.

Casi siempre, cuando lo miro de frente, veo su mentón. Pero hoy no, hoy esos centímetros desaparecen y llego hasta sus ojos, porque le ha colapsado la columna y camina inclinado con una mano en el pecho para ejercer una presión contraria, para no quebrarse del todo. Cierra la mano en un puño y esconde las uñas, ahora veo los nudillos. Reconozco la sangre seca. En las uñas tierra y en el dorso hemoglobina.

—De verdad tienes las manos llenas de porquería.

Pone los ojos en blanco y por un segundo parece que no puede hacerlos girar por completo, que se le quedan mirando para arriba o para atrás, hacia adentro. Hay costras de sangre en la base de las cejas, en la comisura del labio: el cactus le dio una buena pelea al trasplantarlo. Yo lo intenté una vez pero no me gustan las espinas, prefiero ahorrarme la paliza.

Lo llevo a almorzar, dice que quiere lo mismo de siempre pero señala otra sección del menú. No le traen ternera, le traen tofu y curry. Se llama Gandhi y es el único plato vegetariano en el restaurante. Lo mira con asco pero se lo zampa en menos de cinco bocados. No me extrañaría que vomitara o que se atragantara y se me muriera aquí mismo, con Mahatma en la garganta.

Me ofrece su tenedor, que pruebe lo que queda, me dice. Pero en el plato no hay nada y de todas maneras no quisiera tocar el cubierto untado de curry, de manos, de esas manos. En las uñas tierra, en el dorso hemoglobina y en la palma la India.

En realidad no sé quién es, porque me mira y no logro verlo. Las pupilas palpitan, se hacen infinitas y consumen el azul. Lo consumen.

Me mira y esta vez sí lo veo porque siento que me mata, porque me dice más de lo que podría haber articulado en toda su vida.

—Es que estoy cansado, tengo sueño.

—Te pintó Guayasamín —le digo—. Pero te dejó las manos sucias.

Se ríe con sorna, se cubre la cara e intenta recrear Lágrimas de Sangre, casi lo logra porque está raquítico pero él no es prócer ni mártir ni chileno. Encoje los hombros y del pecho se le escapa un ruido gutural que me suena a alarido.

—Estás igual a ellos —dice y niega con la cabeza y siento como si yo fuera lo recriminable, lo que está mal, lo que se convirtió en pintura espeluznante.

Me mira y esta vez sí lo veo porque siento que me mata, porque me dice más de lo que podría haber articulado en toda su vida y porque he visto ese tipo de mirada en otros ojos, en otros barrios. Lo miro y sé que hoy me odia, pero también sé que no es él, que son las espinas que se le clavaron en las huellas digitales, en los labios resquebrajados y en los ojos que ahora son miosis y midriasis y miosis y…

—Por favor —digo—, solo lávate las manos. Apestas.

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