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En el infierno también hace frío

domingo 16 de julio de 2017
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Hacía calor, y Él sentía siempre ese calor. Es desesperante despertar bañado en sudor, y más para Él que odiaba que el clima le quemara la piel, la vida…

Las personas en la calle parecían cómodas cuando salía el sol. Las cafeterías se plagaban de aire con olor a pan de maíz. Delicioso, pero caliente, al fin y al cabo, y Él no lo toleraba, así que cruzó la calle. Quizá esperaba que en la otra acera estuviera lloviendo y, aunque esto no es posible, pero Él era muy poco supersticioso. Siguió caminando, por inercia, hacia el trabajo o hacia algún lado…

No era día feriado. Parecía que la semana hubiera incluido, a la fuerza, un octavo miembro a su familia. “¡Qué bochorno!”, pensó Él. Y se sentó en una banca.

En la plaza, los niños comían helados que se les derretían antes de pasar por la lengua. Ni viento hacía bajo los árboles hasta que ella se acercó.

—Señor, buenos días, gran inauguración de Fuego Bar. Anímese a visitarnos.

Él la miró fijamente, recibió el volante y la siguió con la mirada mientras ella se alejaba…

La tarde cae.

La vida en la noche se torna mejor. Sí, pero Él seguía siendo pizza en el horno, a las 10 de la noche. Nunca salía de noche, pero el calor lo ameritaba.

“Fuego Bar, avenida 13”, decía el letrero. Gente bebiendo trago, música… típico sitio al que van los nocturnos, y donde, se dice, la pasan bien.

“Abogado, solitario y en un bar. No está tan mal”, pensó Él.

En la barra pidió whisky, y vio los ojos que lo habían invitado allí.

—¿Con hielo, señor? —dijo ella.

—Sí, la vida, por favor.

—No sería vida, señor. El whisky sí va perfecto con hielo.

—Gracias —dijo, y lo bebió de un sorbo.

—¿Cómo es que le gusta trabajar en “el infierno”?, preguntó Él a la joven.

—No, no es el infierno. Es cálido, agradable y mucha gente se anima.

—Como esos ojos —dijo Él.

—¿Cuáles?

—¿Sabe? no siento calor, y eso está bien.

—Hace un rato usted dijo que este sitio es un infierno —reclamó ella.

—En el infierno también puede hacer frío. También en los ojos que nadie más tiene. El clima es el indicado en esa mirada… fresco, perfecto. Yo, señorita, dormiría plácidamente si ese frío me rozara la piel, aunque sea por un momento. El calor hostiga, lo da cualquiera, y uno huye, tarde o temprano. Quédese con el cambio —dijo Él.

—Por cierto, tiene usted unos ojos muy bonitos —dijo la chica.

—Porque miran el frío aquel —respondió Él.

—Espero que vuelva pronto a “el infierno”.

—Seguro, uno sólo es de donde el alma se refresca.

Él salió a la calle. Tenía frío. Estaba feliz. Había olvidado el volante, pero no importaba, ya tenía el frío de esos ojos.

Diana Marcela Villamizar Abril
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