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Cuatro relatos

domingo 13 de agosto de 2017
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La carta

Hace una semana recibí una carta de mi padre, una carta imposible, mi padre lleva muerto trece años. Me explicaba que, después de tanto tiempo, se arrepentía de que hubiéramos llevado vidas tan distantes. Estaba dolido por no haber compartido los momentos importantes, por no haberme acompañado cuando celebraba mis logros ni cuando nacieron mis hijos. Cuando le necesitaba. Pero me juraba que había cambiado, que nunca es demasiado tarde. Tenía la intención de recuperar el tiempo perdido, aseguraba que estaba tan impaciente por verme que lo había arreglado todo para poder venir hoy a casa. He esperado todo el día. Como siempre, no ha aparecido.

 

Terrores nocturnos

Sin beso de buenas noches, cuando el crío arranca a llorar los padres afrontan el berrinche contándole un cuento con final infeliz para no dormir. Desafiante, el hijo decide mancharse los dientes, tras lo cual sus contrariados padres le exigen vomitar la cena. Tal maniobra provoca una pataleta en el niño, quien, tras deshacer la mochila que preparó para el colegio, comprueba de inmediato cómo los adultos rompen los deberes que le ayudaron a hacer aquella tarde. Entre tanto, oculto en un armario, temeroso de hacer algún ruido que lo delate, el monstruo se estremece imaginando las pesadillas que tendrá esa noche.

 

El problema de la vivienda

Conduciendo demasiado alcoholizado, el joven buscaba un hotel para pasar la noche cuando el gps le jugó una mala pasada y acabó empotrado en la entrada de una comisaría. Al preguntar si tenían habitaciones libres, la policía lo encerró en una celda. Por la mañana, sin embargo, los agentes se sintieron comprensivos y le prepararon un desayuno buffet, para acabar ofreciéndole más tarde pensión completa. Al cabo de los meses se había convertido en huésped habitual, aceptando de buen grado la propuesta de pasar a una celda superior. En cierto momento, con la confianza que le otorgaba llevar un año en el calabozo, confesó que tenía novia y que buscaban un lugar donde vivir juntos. Con paciencia, los policías llevaron a cabo las obras necesarias para unir varias celdas a fin de que la pareja tuviera un hogar. Apenas llevaban tres o cuatro meses conviviendo, cuando la madre de la chica contrajo una enfermedad que requería cuidados. Esa navidad los tíos de Alicante vinieron de visita y se quedaron a dormir. El verano siguiente, mientras decidían no salir de vacaciones porque para qué, llegó una resolución judicial decretando que no se les podía mantener por más tiempo en prisión. Con tristeza, la policía se vio obligada a proceder al desahucio y la familia se encontró en la calle. Hoy han pasado por delante de un banco con un letrero en la puerta invitándoles a entrar: “Consiga la vivienda de sus sueños”. Les ha parecido muy interesante. Ya han avisado de que en breve tres personas, una de cierta edad, atracarán el banco. Y de que prefieren cama doble si es posible.

 

Los límites de la interpretación

La estadística es objetiva, una foto hecha con una cámara que se adentra en las entrañas de la realidad de forma desapasionada, una herramienta infalible que constituye la base de todas mis decisiones. Tengo en mis manos los resultados de un estudio que mis analistas han cribado y estrujado hasta proporcionarme un número, con un pequeño margen de error, pero en definitiva imparcial. Mi mujer solloza gritando que apenas tiene unos días, pero le insisto en que tiene que irse de casa y llevarse al niño con ella. Sus apelaciones subjetivas al cariño o su negación de lo evidente son inútiles, no puedo perdonarle la infidelidad que sin duda ha cometido. Las conclusiones del último informe afirman taxativamente que la media de hijos por pareja es de 1,32. Ese segundo hijo no puede ser completamente mío de ningún modo.

Lluís Talavera
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