“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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El rey pelirrojo

sábado 2 de septiembre de 2017

El consuelo espiritual llegó antes del amanecer. Era joven, delgado y lampiño. Tez muy blanca. Ojos fríos. Vestía sotana. Llevaba una Biblia en la mano. Se sentó a los pies del catre y besó la cruz bordada en la estola que colgaba del cuello.

El reo permaneció en todo momento sentado en un rincón de la celda. Fumaba picadura, y lo observaba con cierta sorna en los labios que molestó al cura, aunque no era el momento ni la situación de afeárselo; de todas formas se trataba de las últimas horas de un criminal condenado.

—Bendígame, padre, porque soy un pecador —le dijo mientras daba las últimas caladas al cigarrillo y arrojaba la colilla lejos de sí.

—El Señor esté en tu corazón para que te puedas arrepentir y confesar humildemente tus pecados.

Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe.

—Me acuso de haber matado al inocente que llevaba mi mujer en sus entrañas, aunque quizá no fuese mío, pero en ningún caso fue culpable de los pecados de su madre, que bien me engañó, porque soy hombre de campo, y mi mundo son estos parajes. Los sorprendí jodiendo en mi propia cama. El señorito por detrás, ya me entiende, como a los perros. Y como a los perros le maté, de un tiro en la espalda. “¡Por tu hijo, Teo, por el hijo que llevo dentro!”, gritaba. Me acerqué a ella, le clavé el cañón en un ojo y le destrocé la cara de un disparo.

—La Misericordia de Dios es infinita si nuestro arrepentimiento es también completo y sincero.

—Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe —le respondió mientras se liaba otro cigarrillo—. No he matado a nadie inocente. El señorito era un cabrón y mi mujer, puta. La Biblia dice: “No desearás a la mujer de tu prójimo”.

El cura negó con la cabeza.                                      

—La ley del talión consiste en pagar una afrenta con la misma moneda. Un adulterio con otro adulterio, y no con un asesinato.

—¿Y qué hubiera hecho usted? ¿Divorciarse?

—El divorcio es pecado, pero siempre está la anulación matrimonial. En algunos casos concretos, la Iglesia…

—Lo que Dios une, que el hombre no lo separe —le interrumpió—. Pero no te he llamado para hablar sobre teología; volo tui faciem. ¿Sabes latín, pater?

—¿Cómo dices? —se extrañó el cura.

—¿Non intelliges, pater? Lo que quiero es tu cara.

—¿Cur vis miam faciem? —se atrevió a preguntar.

El reo sonrió.

Volo eam fugiendo hic —respondió a la pregunta en perfecto latín—. ¿Por qué no te quitas la sotana y la dejas sobre el catre?

Una mirada fugaz a la puerta no pasó desapercibida.

—Adelante, llama al celador. No voy a detenerte.

Dudó unos instantes. Luego se levantó y golpeó la puerta con la palma de la mano abierta. No obtuvo respuesta. Volvió a insistir en vano.

—¡Celador, abra por favor! ¡Soy el cura!

—¿Ahora me obedecerás, Fernando?

Un sudor frío empapó su cuerpo.

—¿Quién eres? ¿Cómo sabes mi nombre?

—Quítate la sotana.

Había oscuridad en su voz, tanta, que el cura se desabrochó la sotana y la dejó sobre el catre sin más réplicas. Entonces el reo se levantó y se vistió con ella. Se puso la estola alrededor del cuello y cogió la Biblia.

—¡Celador, abra por favor! —llamó. Enseguida le abrió la puerta sin que notara nada extraño en su aspecto; ni siquiera miró al reo, sabedor éste de que debía ser mudo. Cerraron la puerta tras de ellos, dejándolo en la penumbra de la celda.

 

El reo se echó a llorar. A llorar como un niño, con franqueza, con desespero, con resignación. El médico se percató de que se había orinado encima.

La aguja del reloj de pared se acercaba peligrosamente al número seis cuando aparecieron en la sala de guardia dos miembros del cuarteto de la muerte: el médico y el alcaide. El cura esperaba sentado en un sofá de cuero color burdeos, gastado por el uso. Se levantó y les saludó cortés pero fríamente. Acompañados por dos guardias se dirigieron hacia un patio trasero donde se levantaba el garrote. El verdugo ya había llegado. Era un personaje siniestro, con su abrigo de paño, su sombrero negro y su perfil chato. Se saludaron por pura inercia. Los guardias se colocaron detrás del garrote. El resto, a un lado, en fila, siguiendo un orden establecido de más cerca a más lejos: el médico, el alcaide y el cura.

El reo apareció cinco minutos antes de las seis. Lo arrastraban dos guardias. Tenía la mirada de loco y la cara deformada por el terror de saber que hoy será su último día en la Tierra sin ser culpable de ningún crimen. Se detuvo cuando llegó a la altura del cura y le miró implorándole que hiciese algo por su vida. Quiso decirle algo, pero su garganta sólo logró vomitar unos gruñidos; había perdido el habla. El cura sonrió:

—Ve con Dios, hijo mío. Su misericordia es infinita.

Los guardias tuvieron que empujarle para que anduviese. Lo sentaron a la fuerza en el garrote y el verdugo le puso el corbatín de hierro. No quiso capucha. El reo se echó a llorar. A llorar como un niño, con franqueza, con desespero, con resignación. El médico se percató de que se había orinado encima.

A las seis en punto el alcaide leyó la sentencia.

—¿Quiere decir algo antes de morir?

El reo empezó a gruñir, y como por un esfuerzo titánico logró decir, entre lloros, “¡Soy el padre Fernando Areces por el amor de Dios! ¡No me maten, no me maten..!”. El alcaide se echó las manos a la cabeza cuando descubrió en el rostro desencajado del reo las facciones del cura.

—¡La madre que me parió! ¡Quítele el corbatín de inmediato!

El médico se volvió hacia el presunto cura, lo cogió del brazo y le miró a los ojos, descubriendo el engaño. Pero no pudo averiguar nada. Aquella mirada perdida, aquella sonrisa sardónica, estúpida, infantil, indicaba que su miente se encontraba muy lejos de allí.

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