“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Taky y las estrellas de lana

domingo 3 de septiembre de 2017

Cuando llegaba el tiempo en que las flores duermen, Taky tomaba sus alforjas tejidas en rojo, y llenándolas de los productos de su pueblo cruzaba cantando las montañas para intercambiarlos con las naciones que viven con sus huampus de vela a orillas del mar, o con las que habitan en casas de madera en la selva frondosa.

Sabía alegrar con su canto a los cerros y era buen amigo de sus vecinos. Por mucho que tuviera que cargar, por los escarpados terrenos, sus alforjas pesadas, Taky andaba siempre contento y orgulloso de su fuerza y de los productos de su tierra. Por eso las gentes de los caminos y también los seres invisibles que habitan en lo alto de las montañas le tenían sincero cariño y le deseaban siempre el bien.

La Yakana o Gran Llama y su pequeña cría, Uña Llama, formadas por nebulosas de colores, eran las figuras que mejor se lucían en el cielo.

Pero en tiempos de sequía los productos escaseaban y las familias, muchas veces, no tenían nada para intercambiar. Todos en el pueblo debían comer y beber un poco menos hasta que todo volviera a ser como antes.

El primer hijo de Taky había nacido hace solamente unos meses, y algunos en el pueblo estaban preocupados, pues sabían que tampoco en casa de Taky había suficiente de comer o de beber.

Una tarde, mientras regresaba a casa para estar con los suyos, Taky llegó a una pampa cuyas tierras y piedras tenían un color parecido al del bronce. Como estaba muy cansado, se sentó sobre una huanca grande cerca al precipicio para ver desde allí a la estrella Chuchu Qoyllur, también conocida como Aldebarán, o a la más pequeña y titilante, Thunawa, a la que algunos llaman hoy Pegaso.

La Yakana o Gran Llama y su pequeña cría, Uña Llama, formadas por nebulosas de colores, eran las figuras que mejor se lucían en el cielo.

—¡Qué hermoso es el cielo de Huarochirí! —pensó, mientras se quedaba dormido poco a poco con las estrellas en la punta de la nariz.

Cuando su sueño se hizo profundo aparecieron, como caminando frente al cielo, cinco hombres transparentes esquilando a la Yakana, de la misma forma en que suelen hacerlo los pastores con las llamas de sus rebaños.

Motas de lana del color de las nebulosas cayeron entonces a tierra como si fueran brillantes copos de nieve. Unas violetas como las flores del camino, otras doradas como la luz del sol, y algunas azules como las aguas que brotan del Pariacaca.

Cuando Taky despertó había un aroma dulce en el aire, y desde lo profundo del precipicio emergía un humo blanco y delgado como un hilo. Intentó ponerse a caminar, pero cuando se puso las alforjas en los hombros notó que había motas de lana violeta brillando sobre sus pies.

Tomó y revisó las motas una por una. Era de día y la Yakana ya no podía verse. Recogió la segunda, una tercera, la cuarta y la quinta… Cuando levantó la mirada se dio cuenta de que había motas de lana de hermosos colores a lo largo de todo el camino de regreso a casa.

Guardó las motas en sus alforjas vacías y emprendió el regreso cantando tan fuerte que el eco repetía su canción. Mientras se acercaba a su pueblo iba encontrando más lana con los colores de las nebulosas. En la entrada de su casa encontró una mota muy fina del mismo color rojo de sus alforjas tejidas con amor.

Su amada Kusi Rimay y el pequeño bebé Huchuy le esperaban. Ambos quedaron fascinados cuando les mostró los colores de la lana, y aún más cuando les contó sobre su extraño sueño y cómo había ido encontrando las mágicas fibras mientras regresaba cantando. El pequeño Huchuy, cachetón y feliz, parecía comprender cada una de las palabras dichas con emoción por su papá

Cuando un hombre canta feliz bajo las estrellas de la noche, la gran Yakana aparece con lanas de colores para celebrar su felicidad.

Juntos fueron a contar lo sucedido al pueblo, y unidos como una gran familia de gente de paz prepararon una ofrenda hecha con coca, chicha, dulces y hebras de lana fina extraída de las motas, y la llevaron a lo alto del Pariacaca para agradecer a las montañas, a las estrellas y las huacas invisibles que andan por las alturas.

Cuando volvieron al pueblo se pusieron todos juntos a tejer hermosos vestidos de colores violetas como las flores del camino, dorados como la luz del sol antes del atardecer y azules como las lagunas.

Con el tiempo, y mientras Huchuy iba creciendo, intercambiaron los vestidos por comida, semillas, vasijas de madera de lúcumo y toda clase de cosas que producían con esfuerzo y cariño los pueblos que viven con sus huampus de vela a orillas del mar, o que habitan sobre casas de madera en la selva frondosa, de modo que nunca más tuvieron que temer que hubiera poca comida o bebida en su pueblo.

Claro que también guardaron algunas prendas para ellos mismos, y hasta el pequeño Huchuy andaba siempre con bellos ropones de colores nunca antes vistos bajo el cielo.

Desde entonces suele decirse que cuando un hombre canta feliz bajo las estrellas de la noche, la gran Yakana aparece con lanas de colores para celebrar su felicidad.

Y es verdad, pues muchos hombres felices de otros pueblos fueron bendecidos de esa misma forma en todo el tiempo que la tierra de Huarochirí estuvo libre y en paz.

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