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Tres relatos de Hiram de la Peña Celaya

martes 21 de noviembre de 2017
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(¿) Cuento de amor (?)

El abuelo dijo que una relación es como el magma que sale de la tierra: arde lentamente, con el tiempo se enfría y se endurece. Una aventura es como un cohete: en un segundo prendes la mecha, al siguiente te estalla en las manos. Fui presa, en la juventud, de aquel ardor volcánico que decía el abuelo.

Cuando soltamos la cuerda ella corrió y yo volé en mil pedazos.

Pasé cinco años al lado de hermosa mujer; cada día yo iba tirando pedazos de mi personalidad; ella construía con ellos el monumento a un príncipe azul con mi nombre en la nomenclatura. La obra negra pasó a la etapa final de construcción y ante mí fue develado un monstruo: toda mi sumisión, toda mi cobardía, toda mi indulgencia descerebrada y una pizca de heroísmo me entraron de golpe; un autorretrato en negativo.

Huí de mí mismo. Ella quedó atrás con la grotesca fotografía y lágrimas de risa. Así anduve, medio hecho pedazos, hasta que se apareció otra escultora. No me prometió resanar los agujeros, pero sí juró llenarlos de pólvora. Firmamos un contrato donde los roles quedaban claros; taché la figura jurídica anterior y escribí en el nuevo espacio: “demoledora”.

Tensamos un arco sexual con TNT y C4; dirigimos la flecha a un detonador remoto.

Cuando soltamos la cuerda ella corrió y yo volé en mil pedazos. Fui testigo de la pirotécnica por primera vez, ya luego me pondría a rejuntar las piezas.

 

La entrevista

Al filo de un lúgubre mediodía, en una gris sala de espera, oyóse de súbito un grito; un hombre al interior de una oficina exclamaba mi nombre. Mis dientes se golpeaban y mis manos vibraban al ritmo sincopado de mi respiración. Me observaban otros tres jóvenes imberbes, con folders y al interior de éstos: curículums y cartas de recomendación. Las piernas cruzadas de los inexpertos candidatos al puesto se columpiaban mientras sus ojos me miraban con envidia y expectativa.

Me senté en diminuta silla que apenas sostenía mi ligero peso y el hombre me dio un fuerte apretón de manos; habló de un problema con el personal, de un problema con el presupuesto, de la búsqueda de profesionales dispuestos a trabajar con paga de practicantes por tiempo indefinido y bajo contratos renovables. Yo me agarraba de la sillita. Mis tripas hacían ruido.

Salí con la cabeza en alto, el estómago vacío y unas ganas tremendas de visitar a la abuela.

Dije que sí a todo y después de treinta minutos pensé que la entrevista había llegado a su fin. El hombre se inclinó en su silla ejecutiva, sin mirarme a los ojos preguntó sobre mis objetivos profesionales. Los dos meses que pasaron desde mi egreso de la universidad me hicieron pensar en muchísimas cosas, menos en la pregunta del trajeado. Tomé aire, lo único que entró a mi estómago aquella tarde. Contesté que no tenía idea de lo que quería; tampoco estaba seguro de esa respuesta, ni de por qué me encontraba en su oficina, no tenía idea de nada. Sólo conocía que para fines estadísticos mi situación era la del desempleo.

El sujeto me miró sorprendido. Mencionó que lo había hecho muy bien, pero que era su deber entrevistar al resto de los muchachos. Prometió llamarme para una segunda entrevista de ser necesario.

Salí con la cabeza en alto, el estómago vacío y unas ganas tremendas de visitar a la abuela: era jueves de caldo de res en casa de la pensionada.

 

Los humanos le llenaron de curiosidad: ¡qué ligereza para apostar con los sentimientos!

Alisa

Una mujer llamada Alisa caminaba por la playa. Su recorrido a pie fue tan largo que llegó a una formación de rocas muy peculiar, visible únicamente durante la marea baja. Entre los cangrejos y las algas, pudieron ver sus ojos un objeto de metal dorado: una lámpara maravillosa. Por instinto, respetando el canon, la frotó y apareció un genio decidido a concederle un deseo. Alisa expresó su deseo por habitar un sentimiento, poseer un sentimiento en absoluto; experimentarle hasta las últimas consecuencias: la felicidad. El genio contestó que incluso él debía ceñirse a un marco normativo celeste; no era él el encargado de repartir la felicidad en el mundo. Dio a la joven dos opciones y una condición: “Puedo hacer que goces del amor más profundo o de la más inconsolable de las tristezas; si aceptas, deberás habitar aquel sentimiento que se cruce primero en tu camino”.

El genio insistió en otros deseos: dinero, joyas, un armario que pudiera presumirle a sus primas odiosas. Alisa, quien por cierto iba descalza y con el pelo suelto, prefirió el primer trato y se fue caminando; a la espera de que cualquiera de los dos sentires se apoderara de su ser por siempre.

Miraba y no podía creer lo visto; el genio no comprendió nada de aquello. Los humanos le llenaron de curiosidad: ¡qué ligereza para apostar con los sentimientos!

Hiram de la Peña Celaya
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