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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

La frontera

martes 16 de enero de 2018

No puedo orientarme por las estrellas. El cielo está encapotado y no permite el asomo de ningún astro. Rezo por no estar extraviado. Sólo parece quedarme confiar en mi intuición. La frontera se divide en dos zonas muy definidas: una conduce a la libertad y la otra a la muerte. Ambas, a la larga, SON libertad, pero yo no soy idealista y me inclino por la libertad concreta, sintiéndome vivo y en pleno uso de mis facultades. Estoy seguramente cerca de la frontera, pero dudo por un momento. Si el hombre hubiera conservado un olfato canino, yo habría olisqueado la presencia de los espectros del lado letal de la frontera. Pero como la visión en buena parte contribuyó a casi extinguir al olfato, me siento desamparado. Mis ojos contemplan un horizonte oscurísimo y ambiguo. Mi seguridad se esfumó cuando se adelantó la hora de la huida y la precipitación produjo la pérdida de la brújula y otros instrumentos de orientación. La elección del lado correcto insinúa una pronta pugna entre la desesperación y el azar. La decisión es sólo mía, del único sobreviviente de los huidos. De un modo preciso, soy el único sobreviviente de todos los asesinos y el que tuvo que eliminarlos porque se aceptó siempre que la libertad nos convertía automáticamente en enemigos mortales.

Sólo debo avanzar un trecho. Descreo de que el día facilite el paso de la frontera. Toda huida es perfecta en la noche.

Tengo la certeza de que no me siguen. Los guardaprisiones suelen ser eficaces y crueles en las persecuciones, pero no han dado señales de vida. En un momento pensé que tendríamos encima a toda la guardia nacional, pues la huida había causado muchas bajas entre los uniformados llamados “de élite”. En todo caso, debo cuidarme de sus posibles incursiones. Si he de cruzar la llanura fronteriza, no tendré que esperar al alba. Todo debo hacerlo en la noche, y esto me veda el usar teas, aunque no sepa siquiera qué peligro físico puede acecharme. Advierto que no tengo noción alguna de cómo podría ser el paraíso de la libertad ni el infierno de la muerte. Mastico las hierbas para combatir el frío, absorbiendo a regañadientes sus amargos jugos. Es absurdo, pero esta frontera no está resguardada por milicias. Su resguardo radica en la leyenda ambigua, presente desde que tengo existencia. Por otro lado, advierto que estos países tienen también el ambiguo valor de paraíso de libertad e infierno. Algunos colegas asesinos sostenían que todos escapábamos por morbosidad. Otros, con complacencia, afirmaban que todos queríamos percibir las muertes, multiplicadas, que nos esperan invariablemente. Se decía que se multiplicaban las muertes de todos los asesinados por uno y, si entre éstos había asesinos, se reproducían las de los asesinados por éstos. Tengo la tristísima ocurrencia de enumerar mis asesinatos. La fría cuenta sugiere un equivalente espectacular de tortura, de ser cierta la leyenda. Curiosamente, el miedo que siento no deriva de los fantasmas nacidos de los asesinatos. Mi miedo es el de sufrir daños físicos. En ello se explican mis métodos de asesinato, en los que buscaba no exponerme.

Mi sobrenombre era el de “El traicionero”, honor que se hizo extensivo a mis colegas de huida. Estoy solo, desprovisto de todo. Mi pasado quizá no tiene valor. Lo que poseo es una decisión simple. Sólo debo avanzar un trecho. Descreo de que el día facilite el paso de la frontera. Toda huida es perfecta en la noche. Y esta huida tendrá que hacerse esta noche. Debo dejar mi destino en manos del azar, porque no hay remedio. Ansío la libertad, aunque ésta sea solamente el espacio donde moverme con mis inevitables sentidos criminales. De repente se me ocurre divagar sobre la frontera. Conjeturo sobre su leyenda. Según recuerdo, su existencia ha formado parte de mi educación y de todas las poblaciones de estos dos países. Los gobiernos suelen inventarse fantasías para ejercer sus actos represivos. ¿Por qué no podría ser la frontera producto de la manipulación? En la prisión de alta seguridad nos bombardeaban con noticias de fugas frustradas y, como prueba, nos hacían desfilar ante despojos de huidos en los que casi no se distinguían colegas. Muchas veces, los orientadores sociales que nos sermoneaban ponían en duda la legalidad de la libertad. Por lo que se deducía, la libertad pertenecía de diferentes maneras a diferentes estratos de la humanidad. En todo caso, se nos informaba de que nuestra mala disposición de la libertad nos había condenado eternamente. En resumen, y como yo comentaba a mis colegas sin que ellos llegaran a entenderme, la libertad podía ser indiscutiblemente el modo de pensar del más fuerte en la jungla. Quizá yo gozaba de más libertad con sólo diseñar los planes de la huida, imponiendo mi propio modo de pensar. Mi premio era sobrevivir y esto me obligaba a deshacerme de los demás. Todo me era perdonado.

Antes de gritar, recuerdo que caía abatido, pretendiendo tapar las heridas en el pecho, retorciéndome como quien se mofa sin contener la risa, avergonzado de una lucha inútil para acceder a la frontera.

Avanzo un trecho, y mis pies asimilan el fresco terciopelo de la arena. Juraría que he caminado por allí desde siempre. Es un suelo que exuda la calidez de un hogar. Fabrico la imagen de una tierra chauvinísticamente llamada patria, aquella que asume forma en las proclamas de aniversarios nacionales. A la vez, pienso que es una tierra semejante a la de los cementerios. Los túmulos no pueden dejar de tener la misma cualidad. Acoger a un cadáver por siempre debe exigir la misma dosis de calidez. Tengo la impresión de que mi sombra, más oscura que todas las sombras de la frontera, va por delante. La veo correr, airear sus brazos como señalándome el camino o como si celebrara eufóricamente, contenta de haber salvado la misteriosa frontera. Por alguna razón pienso que su felicidad radica en el hecho de haberse despojado de mi cuerpo. Siento que estoy deshabitado. La sensación de perder la identidad, una titilación de la existencia real, me ahoga. Percibo que mi sombra, al otro lado, se burla. Efectúa una danza similar a la de los campesinos de por aquí. Me llevo las manos al cinto en procura de la daga, pero vanamente. Estoy desarmado; maté a los demás con mis propias manos. De pronto sé que debo combatir a la sombra, antes de que se haga superior, pues parece asimilar energía de este paisaje espectral.

Creo que sigo avanzando por esta tierra polvorienta. Un airecillo resuena por mis oídos, como si me alentara, pero siento también que es una forma de los sonidos de una caída por un tubo sin fondo. Configuro un plan de acuerdo con mis instintos criminales, partiendo de la idea de fabricar en la víctima la cualidad de ser enemiga. No podría ser de otro modo; la sombra sigue retorciéndose y mofándose de mis exactos pensamientos y de mis temores. Falta poco para llegar a ella. Creo seguir avanzando. Todo esto debe ser la frontera. Sin embargo, esta tierra de nadie parece infinita y vanamente transgredible. Mis ojos ven lo mismo, como si nunca se hubieran movido. Yo mismo creo mantenerme en un determinado segundo del tiempo, cuyo entendimiento conduce a los linderos de la locura. Asumo que una mínima gota de agua, o su mínimo eco al caer, podría desintegrar este suceso. Ahora, inevitablemente, he llegado hasta la sombra y ella ha llegado a mí. El fatal reencuentro nos envuelve en una lucha violenta. Nos atacamos con todo el vigor de nuestros macizos cuerpos. Hundimos nuestra criminal integridad en la materia. Me olvido del dolor. Es la sombra que me absorbe el perenne temor al dolor y lo relega al nivel de una fobia infantil. No vislumbro un vencedor. Nuestras fuerzas son iguales, temiéndose a la vez diluirse en el panorama fronterizo. Creo abrir los ojos, casi por primera vez, y pretendo sentir que me duele hacerlo por la irregular práctica. Me abro a la visión y contemplo la caída de la eternidad sobre nuestra batalla. Antes de gritar, recuerdo que caía abatido, pretendiendo tapar las heridas en el pecho, retorciéndome como quien se mofa sin contener la risa, avergonzado de una lucha inútil para acceder a la frontera.

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