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Las cartas de sanatorio de la señora Ágata

jueves 15 de marzo de 2018
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“Cartas, cartas, cartas”, rezonga Pachita, pasando el plumero por al alféizar de la ventana. “Como si esos se dignaran en leerlas”. Gimotea como sólo ella sabe hacerlo y la voz se le entrecorta cuando menciona por nombre a cada uno de mis hijos. Su aire de sirvienta le ha dado la prestancia y el orgullo que cabrían bien en un óleo. Su olor corporal rancio se ha emparejado con el mío y esa debe ser la maldición de la senectud.

“¡Bah!”, exclamo, pretendiendo no dar importancia a sus palabras. Aunque le he ordenado traerme los implementos de escritura, Pachita se ha hecho la sueca como sólo ella sabe hacerlo y está empecinada en quitar todo el polvo de mi cuarto de tuberculosa.

“¿Para qué son las órdenes de los doctores entonces?”, pregunta. Para darse importancia de sus estudios en las Europas, le digo, pero ella, empecinada, me ha replicado que mi descanso es importante.

Mi tozudez es enorme como las montañas y Pachita lo sabe. No en vano ha pasado sus años conmigo. Me ha acompañado siempre —como sirvienta, nana, esclava, dama de compañía, amiga tenaz de la vejez.

 “¿Para qué?”, digo. Argumento que no me canso como antes y que toso menos en las noches (no menciono cuidadosamente el esputo o la sangre).

“Descansa tú”, me dice, usando el tuteo como cuando está exasperada.

“Ya, ya”, le respondo. “Bien descansadita para cuando empiece el viaje eterno”.

Alborotándose más por mi respuesta —aborrece cualquier mención de la muerte—, me acusa de enredarla con mis palabras y de escarapelarles la piel a los doctores de Jauja. “Háblenme en su francés y en su alemán”, les digo y ellos detectan la sorna en mis palabras. Juro que apenas deben saber saludar en esos idiomas. “Son buenos en lo suyo: curar”, dice Pachita.

La verdad sea dicha, me canso. Y bastante. Sostener la madera donde apoyo los folios de papel, la pluma y el papel secante es cada vez más ardua tarea. Quizá sea el efecto de haber escrito tantas cartas últimamente. El pulso no me falla tanto como la mente, que cada vez sucumbe más a los embates del olvido, pero hay ya cierto desgano.

“Listo”, dice Pachita, admirando la brillantez de la ventana.

“Ahora estoy lista para escribir”, le digo y va a traerme los artículos guardados en el bargueño, el único lujo del cuarto de sanatorio de tuberculosos de Jauja.

Mi tozudez es enorme como las montañas y Pachita lo sabe. No en vano ha pasado sus años conmigo. Me ha acompañado siempre —como sirvienta, nana, esclava, dama de compañía, amiga tenaz de la vejez—, y en todas estas facetas, lo sabe íntimamente, no ha podido limar mi tozudez.

“¿Para qué les escribes de nuevo?”, refunfuña. “¿No es eso humillarse?”.

“Lo necesitan, y mucho”, digo. Y pienso que la conciencia es la peor aliada de los hombres, porque es cínica, hipócrita y encubridora. Y pienso también cuándo le diré a Pachita que su nobleza de toda la vida aún me conmueve. ¿Cuando tenga valor?, me pregunto. Seguramente hallaré coraje cuando esté más cerca del más allá y la alabaré por la magnificencia de su piel negra y de la delgadez de su cuerpo, que sobrevivieron todas las facetas de su vida conmigo.

“Absurdo”, dice Pachita, acomodando los folios de papel. “Que copies la misma carta seis veces”.

No le respondo y me aliento para escribir como nunca. Contratar a un amanuense resultaría carísimo, así que debo sacar fuerzas de donde ya casi no hay para copiar la carta seis veces. Hasta ahora, cada uno de mis hijos ha leído mis cartas en cadena, pasándoselas del uno al otro.

“Es como mi último deseo para conmigo misma”, digo repentinamente y Pachita se persigna, reprochándome por mencionar a la muerte.

Evito reírme, acto que con frecuencia agita ataques de tos, y aliso las olorosas sábanas de mi cama. Sosteniendo el rosario de cuentas de madera de mi tatarabuela, le pregunto a Pachita cómo empezar la carta para mis hijos.

“Hijos ingratos”, responde. “Ni se han dignado leer tus otras cartas”. Por sus buenos oficios —que los tiene, y muchos— ella se ha enterado de que mis cartas casi siempre han sido devueltas, bien cuando estábamos en Lima y en Chorrillos.

Besando el rosario, le pregunto a Pachita si debo poner realmente Jauja junto a la fecha. “Así despertaré su interés, ¿verdad?”, digo. “Total, quien viene a Jauja es por sólo una razón médica”.

Pachita sólo me mira, pero en sus ojos de borrego ahorcado leo el mensaje: Jauja, ergo tuberculosis, ergo muerte segura.

“Jauja, entonces”, digo. “Y pondré una fecha ominosa”. La decisión me parece divertida y me río.

“Sólo recuerda que son tus hijos”, me dice Pachita, dejando delicadamente la tabla de madera sobre mis muslos. “No son tus enemigos”.

Temiendo que vaya a mencionar al Altísimo, una de sus palabras religiosas favoritas, le ordeno que cierre la ventana.

“Por la ventana entra el aire de la vida que necesitas”, dice, acomodando las almohadas detrás de mi espalda.

“Tú que lo sabes todo para dar consejos”, le digo de pronto, provocándole un sobresalto. “¿Necesito el aire o necesito la vida?”.

“No me enredes con tus palabras”, dice estoicamente y presumo que querría acariciarme la frente, como en los tiempos de antaño o como hace poco cuando me agredían las tercianas.

“A cada uno les colocaré la fecha de su nacimiento”, digo, altaneramente. “Bonito regalo onomástico tendrán”.

Estoy mencionando que se acordarán del día en que nacieron, cuando Pachita dice que es una reverenda sandez. “Todos los días de nacimiento son bonitos porque son obra del Altísimo”, dice y va a sentarse en la silla junto al bargueño.

“Me acuerdo de cuando ellos nacieron”, farfulla. “Fueron días hermosos y tú lo sabes bien”.

Sólo suspiro y sé que Pachita se quedará sentada, inmóvil hasta que a mí se me ocurra incluirla en mis conversaciones.

Por supuesto, escribo: En Jauja, en el año de Nuestro Señor 1933. Dejo una línea donde escribiré más tarde el mes y el día correspondientes. Felizmente los cumpleaños de mis hijos ya pasaron. A todos se les antojó nacer durante el verano y no sé si los calores estivales mal influyeron en ellos.

De pronto, por el corredor se suscita un revuelo. Escucho aullidos y gritos de horror. Miro a Pachita y la veo juguetear con las cuentas del rosario.

“Un contertulio menos”, digo, pero Pachita no responde. Una lágrima cae por su mejilla, aquella forma suya de rendir honores a un muerto desconocido.

Una sarta de oraciones y murmullos se escucha al otro lado de la puerta. Las Hermanas de la Caridad siempre tan oportunas y abnegadas.

“Pero ya se llenará pronto el vacío en esta Niza peruana”, digo, pensando en el arduo viaje a lomo de bestia hasta Jauja. Casos ha habido de tuberculosos muertos en pleno camino hacia este sanatorio; dos hermanas puras como el agua de manantial fueron las más recientes. Una nueva lágrima surca la mejilla de Pachita y concluyo que habría sido una bella esposa en el mundo lógico exterior. La servidumbre, sin embargo, la convirtió en rehén de las taras y limitados beneficios de mi familia.

“¿Será el lombardo ese, Nutti?”, pregunto. “¿O el soldado Gayoso, el de la aristocrática familia de Lima?”.

Pachita sigue callada, respetando el alma del tuberculoso que ha partido. Me llena de furia que su preocupación sea tanta, aun por desconocidos. Mientras afuera se hace finalmente el silencio, suspiro y ataco al tintero y al papel.

Queridos hijos, escribo, Pachita, la nana de todos ustedes y vieja como yo, no confía en que ustedes lean esta carta.

Afuera se escucha un tenue lloriqueo, quizá el alma del muerto corriendo hacia las montañas, y para acallarlo leo el inicio de la carta en voz alta. Noto que la voz me sale áspera, algo trémula, y me da vergüenza. Pachita carraspea delicadamente, hecha una muñeca negra prohibida de moverse. Sería inútil preguntarle si debo escribir la carta con furia o con la frialdad acostumbrada, es decir, remitiéndome a los hechos. Me resigno a releer la introducción una y otra vez, esperando que Pachita me interrumpa. Podría forzarla. Podría preguntarle como cuando ella me ajustaba el corpiño, antes, en los tiempos de antaño: “¿Por qué no te fuiste a tiempo? ¿Por qué no te dejaste robar por ese negro forajido de nombre raro? ¿Por qué pensar en el Altísimo, en esta familia de defectuosos, y no en ti?”.

El lamento que corre a las montañas se deja escuchar de nuevo y me pregunto por qué no ladran los perros si, como dicen, huelen a los espíritus. “¡Falta tinta!”, grito de pronto, fastidiada. Exactamente como un berrinche por el cual deberían azotarme, pero Pachita nunca puso una mano en mí, a pesar de la autoridad de los años, años tan largos que parecen un siglo.

Pachita se dirige al bargueño y me trae otro pomito de tinta. El lote de tinta es casi inagotable. He escrito tantas cartas que debo haber agotado las existencias de los almacenes de Lima y de Huancayo.

“Gracias”, digo llanamente y Pachita vuelve a sentarse, inmóvil y serena. No me importa que no me devuelva el agradecimiento. La intimidad ha abolido algunas cortesías y para qué darle más vueltas al asunto.

Releo el inicio de mi carta y me siento orgullosa de su intensidad, como sucede en toda excepcional novela. Aunque, claro, Pachita me contradiría, argumentando que ningún inicio de libro terrenal es comparable al de la Biblia. De cualquier manera, mi carta brilla con esplendor natural y, con trazo firme, prosigo:

“Pachita, dime, tú que eres sabia”, digo súbitamente. “¿A quién prefieres que acuda cuando me llegue la hora? ¿Al Señor o al Diablo?”.

Me dirijo a todos ustedes con el derecho de llamarlos así, “Queridos hijos”, aunque algunos no sean producto de mi vientre ni todos sean queridos. Ustedes sabrán comprenderme. A estas alturas de nuestras historias familiares, sabemos quiénes somos. Además, las veleidades de ser muy anciana —decrépita, dicen ustedes— y la postración en esta cama de tuberculosos me confieren tal derecho.

Estoy calibrando la fuerza de la palabra derecho, cuando escucho tosidos en el cuarto vecino. Se suceden murmullos y llanto. Las hermanas están socorriendo a un paciente, un mozalbete de aspecto fantasmal. Pachita musita una oración sobre la esperanza. Bah, pienso, esperanza es para quien nunca supo soñar.

En fin, queridos hijos —prosigo con mi carta—, aquí me tienen persistiendo en escribirles de nuevo. Pachita, que se ha vuelto sabia de un momento a otro, arguye que ustedes no leen mis cartas porque no exudan amor. ¿Es falencia mía? No lo creo, le respondo, asegurándole que ustedes intuyen que no les dejaré herencia cuando parta a los brazos del Señor o del Diablo.

“Pachita, dime, tú que eres sabia”, digo súbitamente. “¿A quién prefieres que acuda cuando me llegue la hora? ¿Al Señor o al Diablo?”.

Pachita me mira haciendo una mueca de compasión, con el rosario de mi tatarabuela enredado entre sus dedos toscos y resecos. Aunque no le sorprenden mis alusiones blasfemas, ganas tiene de exorcizarme.

“¿El Señor o el Diablo?”, insisto. “¿Cuál será más magnánimo con esta criatura?”.

Ante mis roncas carcajadas, Pachita baja la cabeza y enfoca la mirada en la punta de sus zapatos. Siempre le he envidiado la solemnidad con que junta los pies, reposando satisfechos en la paz de la tierra.

“¿Cómo voy a darle forma a esta condenada carta si no me ayudas?”, le digo. “¡Escoge! ¿Dios o Diablo?”.

Pachita suspira y me advierte que no juegue con el Dios de las Alturas y de los Hombres (sus palabras exactas). Me apunta con su dedo índice, moviendo la mano como si fuera a descolgársele, y me dice: “Basta de sandeces y escribe tu dichosa carta”.

“La carta”, refunfuño, imitando su tono. “Nada que tenga que ver ni con Dios ni con el Diablo, para no ofender a la señorona Pachita”. Aliso el folio de papel y prosigo en el empeño epistolar:

Hace mucho dejé de hablar con el Elemento Supremo —Dios— y menos con los Elementos Divinos —los santos de los cielos y los santos que nos rodean. Una hojarasca malévola tupió mi mundo de fe y descendí al llano de los renegados. Pero eso poco importa. Casos así suceden a menudo en todas las latitudes y religiones del mundo. La sola idea, supongo, de confesarme con un intermediario con el Altísimo terminó exasperándome. Sentí que no se me escuchaba. Asunto de humanos desmedidamente humanos. Para creer, supongo, habría que recibir la visita de los arcángeles todas las mañanas. Pecado o no, así dejé que mi fe quedara pulverizada. Pero no nos llamemos a engaño, hijos. Con la vejez, los pecados pierden estatura y uno termina asimilándolos a los defectos con que nacimos y nos formaron. Sólo los seres perfectos (los hay, pero se esconden sabiamente) valoran el porqué de la existencia de los pecados.

Recuerdo cuando a ustedes, de chiquitos, los atormentaban los pecados. En nuestra naturaleza, en nuestro mundo, se nos instila este pernicioso sentimiento del pecado. Mientras ustedes acudían a mí, buscando expiaciones, yo hallaba en ello el pretexto para amarlos más. Los amaba quizá desmedida e impúdicamente pero era terrible verlos sufrir preguntándome si el ojo invisible de Dios en el cielo los estaba persiguiendo. “¿Nos va a cazar Dios?”, llegaban a preguntarme. “No”, les decía yo. “¿Nos mira Dios siempre, aun cuando dormimos?”, me preguntaban y yo les respondía que sí pero no para acusarlos sino para protegerlos.

De pronto, algunos recuerdos absurdos se me alborotan en la cabeza y dejo de escribir. Pachita da un sobresalto, abriendo sus ojos como si hubiera visto a un aparecido.

“¿Qué habrá sido del cura ese?”, le pregunto.

Pachita se lleva la mano al pecho y mueve la cabeza.

“Acuérdate”, le digo, dando una palmada en las sábanas. “Aquél regordete y calvo que siempre tenía pretextos para visitarnos”.

“Debe haber sido persona tacaña”, dice Pachita. “No te fuerces en acordarte de tal persona”.

Lo cierto es que quiero recordar su nombre, mientras en mi mente martillean las vocecitas de mis hijos preguntando sobre los misterios de Dios.

“¿El padre Lengua o el padre Panza?”, digo, arrancándole una púdica sonrisa a Pachita. “Bueno para chismear y excelente para llenarse la barriga contra gula y templanza”.

Por más esfuerzo, sólo brotan partes memorables de su retórica. “No es lo mismo decir Christo que Cristo”, solía decir, atacando el cambio de ortografía para el muy sagrado nombre. “Como tampoco lo es decir chancho que cerdo”.

“Si no deseas escribir, déjalo”, dice, de repente, Pachita. “Seguirás otro día”.

Reacciono con acritud y le pregunto si cree que me he acobardado, que no quiero transvasar mis pensamientos reales al papel. “¿Me has visto acaso perder mi carácter?”, le pregunto y me regala con su silencio. “Me enfureces, mujer, me enfureces”.

Doy una fortísima palmada en la cama y el frasquito de tinta se vierte en la tabla. Cuando quiero colocar el papel secante, Paquita ya ha volado como un ángel del socorro y multiplica sus manos para detener la marea negra que viaja hacia los folios de mi artera composición. Tras retirar todo, dejando las sábanas intactas de la agresión de la tinta, me aconseja descansar. “Ya vuelvo”, dice.

Una vez que ha transpuesto la puerta, me invade la inquietud. ¿Y si no vuelve?, musito, herida por las espinas de la soledad.

Creo estar temblando cuando entran dos hermanas de la Caridad. Sus sonrisas son amplias, verdaderas. Me preguntan si he rezado debidamente. Mi recuperación de la tisis depende de los doctores pero a ellos los guía Dios. Bromeo diciéndoles cuánto le debo a Dios. Se ríen cándidamente y me aseguran que la generosidad de Dios es inmensa e impagable. Me pregunto si así es la generosidad de Pachita conmigo y, mientras las hermanas examinan la cama y mi entorno, miro la puerta entreabierta. ¿Y si no vuelve?, pienso.

Las hermanas mencionan un paseo programado para mañana. Que no me olvide de la tertulia con los señores Albán y Soriano, y con los esposos Orrego-Montclair, los pobres, sufrir los dos de lo mismo al mismo tiempo. Retiran la bacinica y me secan el sudor del cuello y de la espalda. “El tiempo está cambiando”, mienten. “Mire cómo sudamos nosotras también”.

Cuando se marchan, me siento tratada como a una muñeca de trapo. De tan deteriorada, darle un buen trato es casi una afrenta. Me duele todo el cuerpo y ser tan amable con extraños, fuera de con Paquita, es tarea agobiante. Me pregunto cuándo regresará, ella, tan parca y reservada. Felizmente los doctores han congeniado con ella, aceptándola como mi empleada particular gracias a una generosa donación para el sanatorio.

Estoy considerando salir al pasadizo, cuando Paquita asoma por la puerta. Trae, sonriendo de satisfacción, una especie de atril. Quizá ella misma le ha aserrado las patas para que encaje perfectamente sobre mi regazo.

“Ten y apresúrate”, me dice. “Acaba tu carta que el mensajero postal sale temprano por la mañana”.

Me quedo maravillada por la lisa superficie de la madera. Y aunque en ella mi rostro se refleja sin perder crueles detalles, hago lo mejor que puedo para ignorarlo. Un poco de vanidad echa de menos los años mejores.

“Siempre apurándome”, digo medio en broma. “Sólo falta que me apures para morirme”. Río casi sin poder deleitarme con la ocurrencia al notar las uñas ennegrecidas de Pachita. Siempre abnegada, pienso. ¿Debería agradecerle por socorrerme usando sus manos como si fueran papel secante? En todo caso, ¿por qué hacerlo? ¿No era su deber?

Mientras Pachita coloca el pequeño atril y el material de escritura, imagino sus esfuerzos al refregarse las manos entintadas. No en vano es un ejemplo de pulcritud. Pachita Omanya la pulcra, pienso. ¿Será realmente ese su apellido legal?

“Escribe”, me dice Pachita, esta vez con mucha suavidad. Quizá tiene dificultades para respirar. Va a sentarse sosteniendo el rosario de cuentas de madera. Por un instante le envidio la elegancia y la auténtica religiosidad al sostenerlo. “Escribe”, repite. “Se hace tarde”.

Y es la tarde la división del día que más tememos porque entonces sobrevienen la crisis de tos, la sudoración, la furia con que he llegado a gritarle: “¿Por qué yo y no tú?”.

Releo la última porción de la carta y me río. Le menciono a Paquita lo lindos que eran mis hijos de chiquitos. Cada uno llegó a tener su retrato en magníficos lienzos con marcos en pan de oro.

“Ángeles, querubines que los retratistas adoraban”, dice Paquita, hundiéndose en sus meditaciones.

“Sí”, respondo. “Ángeles lindos. Cuánto me gustaba arroparlos”.

Luego, empuñando la pluma, pienso en la extraña relación de mis hijos con Dios.

Suspirando, escribo: Pienso en su relación con Dios, hijos. Ante la ira y la ubicuidad en Dios, cundían en ustedes el miedo y el pecado. Qué desgracia que, cuando crecieron, perdieran el miedo que posibilita la sensatez y que cometieran pecados sin que les pesaran más en el alma.

¿Pero qué puedo criticarles? En este mundo cruel, parece, hay que ser prácticos para llegar a la felicidad pura. Si tal fue su objetivo, hicieron bien. Ya crecidos, siempre vi en sus caras la lozanía de quien es feliz con autenticidad y de quien no desperdicia energías en fingir.

Y no, no le dejaré nada a esta Pachita del Infierno como la llamas. La muy terca no quiso nada. No lo merezco, me dijo.

Sólo fueron malos actores cuando decían amarme y mientras más crecían peores actores eran. Por eso sé que sus lágrimas, cuando les dije que me venía a Jauja, fueron artificiales, un compromiso. Cuando me muera, derramarán lágrimas de gozo, eso lo sé, y eso es lo que encabrita a Pachita cada vez que lo menciono. Quizá ella no lo entienda; después de todo ese sentimiento está mutilado en ella al no haber tenido progenie. Sin embargo, los hijos de ustedes, al verlos llorar sabrán entender. Ellos mismos, semillas crecidas con la identidad propia de ustedes, estarán mejor preparados para repetir la actuación y, claro, con más desvergüenza. Una generación supera a la anterior, dicen, para bien o para mal. Yo digo que para peor, irremisiblemente.

Por eso, Clementino, hijo, prepárate. Tus hijos te sacarán los ojos. Tal y como quisiste sacármelos denunciándome por senilidad para controlar los dineros, no míos, sino de tu padre (te irrita que llame padre a quien en realidad era tu padrastro, pero el otro, el original, no cuenta por su inutilidad). Te cuento, no obstante, que de esos dineros poco queda. Una parte mínima cubre los costos de este sanatorio jaujino. La mayor parte la he donado a la congregación de estas Hermanas de la Caridad; tanta falta les hace para ejecutar sus obras. No busques abogados (tan bueno eres para tal labor), pues los papeles están en regla, firmados y sellados. Los ojos que quisiste sacarme serán (eso ruego) testigos de cómo las fauces de tu prole estarán masticando tus propios ojos. Este es un deseo literal, no simbólico. Que no te parezca extraño. Y viviré hasta entonces. Me resistiré tenazmente a que la parca me lleve. Así será por, digamos, razones de justicia.

Y no, no le dejaré nada a esta Pachita del Infierno como la llamas. La muy terca no quiso nada. No lo merezco, me dijo. Cómo imponerle algo a una persona como ella, hecha de pequeños guijarros con cualidades intachables. Además, aparentemente tiene un pacto con Dios, quien, dice, proveerá. Con tal protección, no terminará viviendo en la calle y hallará refugio con almas similares. Por otro lado, quién sabe, su corazón piensa sabiamente. Debe ser una forma astuta de espantar a los aprovechados, esos mequetrefes no distintos de los hombres de nuestra estirpe. Me acuerdo ahora, lamentablemente, de tu padre verdadero, al que en la familia llamaban “el braguetero” por razones ofensivas que digerí con el paso de los años, después de que abjurara de mí. Pero esa es otra historia, motivo de una carta ulterior o una confesión postrera en el lecho de muerte.

Dejo de escribir y le pregunto a Pachita si no siente el fresco de la tarde. No responde pero camina hasta la ventana para cerrarla. Vuelvo a escuchar el lloriqueo de antes, que se me hace propio de un niño. Así lloriqueaban mis hijos cuando eran ángeles que habían perdido un juguete, cuando eran querubines que habían salido contundidos de una riña fraternal.

“No falta mucho para la comida”, dice Paquita.

“¿De nuevo? Me están inflando como ganso para paté”, respondo, haciendo gestos de que estoy gordísima.

Paquita se sienta y aclara que estoy más delgada que un alfiler. Menciona, además, que la terapia de recuperación no sólo incluye cuidados médicos y descanso sino también, principalmente, sobrealimentación.

“Y mucha plática”, respondo. “A demostrar que uno lee y que está al tanto de las guerras nacionales y de las invenciones del mundo”.

“Mejor que hablar contra los preceptos del Altísimo”, dice, enfáticamente, Pachita.

“¡Y dale!”, digo. “La palabrita ya me está cayendo gorda”.

Pachita se santigua y juguetea con el rosario. Menciona que el Altísimo no es asunto para bromear y vuelve a quedarse inmóvil.

Escucho entonces en el cuarto vecino cómo deshacen la cama y entablan una limpieza profunda. La ropa con seguridad será quemada y la habitación quedará vacía por una semana. Preguntándome cuántos desgraciados ocuparon mi habitación antes que yo, empuño la pluma y ataco otro folio de papel.

Lina, hija mía, la más grácil e inteligente de todos —escribo—, tú no tienes prole porque así lo quisieron los elementos divinos. Pero igual, no hubieras engendrado nada bueno. Dejaste tu inocencia muy prontamente y te entregaste a los hombres con facilidad deportiva. Ya conocemos todos tus escándalos, los líos con otras familias, tus escapadas a las provincias como si fueras un fantasma en insaciable celo. Ni siquiera aprendiste nada cuando te hirieron en aquel infame duelo entre dos pretendientes. Agradécele a Pachita, que te cuidó hasta que te recuperaste, para seguir con tu vida licenciosa. Empero, Lina, con mucha desvergüenza te cubrías con tus mantillas de Manila los domingos de misa y dabas exorbitantes limosnas (¡con ellas se habrían construido diez basílicas!). Ahora me pregunto aquí, en mi reclusión de la sierra: ¿rezabas por los cuerpitos enterrados en nuestro jardín? Tengo mis sospechas ante tantos secretos. Y me siento culpable de que, en su ocasión, se hubieran llevado a aquella sirvienta montuna medio chiflada, acusada de enterrar vivos a sus hijos no deseados. Sospechas y secretos opacan mis recuerdos de ti, hija. Ojalá no acabes peor, deteriorada, abaratada más tu condición de mujer.

Recuerdo entonces la última vez que vi a Lina. Fue un verano en Chorrillos. Estaba emperifollada, hecha toda una ramera, luciéndose junto a un conde francés. Ni el sol eliminaba esa pátina de tristeza y descontrol en su rostro. Evitamos el contacto, fingiendo no habernos reconocido. Pachita me recrimina de vez en cuando por esto, lo que ella llama cobardía. Cuando eso pasa me quedo callada. Una de las pocas veces en que no digo esta boca es mía. ¿Qué podría responder? ¿No fue acaso un tristísimo pasaje de nuestras dos vidas, el presagio del olvido total? Muevo la cabeza y Pachita me mira inquisitivamente. Cuando le digo que tengo calor, abre nuevamente la ventana.

“Mientras más aire puro respires, mejor”, dice. Se queda contemplando el paisaje con sus cielos despejados, verdes pastizales y montañas eternas. Cuando ha absorbido lo mejor de él, sale del cuarto. Entonces, prosigo con mi redacción.

Delano, ya sé, estarás riéndote cuando leas esta carta, que no es diferente de las anteriores, y te reirás más después. Bien sabes que famosos autores son monotemáticos y van, dale que dale, escribiendo sobre lo mismo aunque con diferentes tramas. Por eso, concédeme el derecho a ser repetitiva. Una carta nueva no mejora la anterior, pero la convierte en un ejemplo mejorado donde encontrarás lo punzante, lo risible y lo inolvidable. Por tal razón, a ti, hijo mío no engendrado en mi vientre, te confieso que tus carcajadas caerían bien en mis funerales. Ya antes te reías de mí, gozando cuando tu padrastro, el que te azotaba tarde, mañana y noche, me ridiculizaba con sus infidelidades. A propósito, aquellas infidelidades poco me importaban, considerando que compartía igual situación con otras damas de nuestra sociedad y considerando que me liberaban de deberes maritales.

Retomo el tema de cómo te azotaba tu padre adoptivo. Siendo tú el único hijo que desafiaba su autoridad, podías esperarte tan virulenta reacción. ¿Por qué entonces me culpabas de instigar tales castigos? Yo te defendí cuanto pude. ¿Cómo podría haber soportado tanto castigo en un hijo mío a manos de un desalmado infiel? Él aseguraba que su motivo era acendrar tu carácter, en fin, enderezarte, cuando lo cierto es que los dos eran rivales en ganarse favores de ciertas mujercillas de fácil proceder. Dicho sea de paso, ¿es verdad que lo chantajeabas para no revelar sus amoríos extramaritales?

Delano, hijo, aún me pregunto del porqué de tu artera acusación contra mí después de que balearan de muerte a tu padre. Si en la familia hay secretos y sospechas, también hay misterios. Aquella ocasión es uno de esos misterios familiares donde —pongo mis manos al fuego— tú fuiste protagonista principal. Después de todo, eras (y todavía debes ser) un eximio disparador. El misterio complementario está en el hecho de que a tu padrastro le dieron con un arma del coronel Montes de Oca. De más está decirte que durante la época del incidente, la esposa del coronel era la amante de tu padrastro y tú la rondabas también. Y, para hacer las cosas más turbias, tal pareja acababa de desestimarte como pretendiente oficial de su única hija, enamorada perdidamente de ti.

Delano, entérate: cuando te reclutaron para la guerra, yo misma lo tramité todo con la gente apropiada. Aún entonces tendrías la impresión de que queríamos enderezarte, pero lo cierto es que actuamos como los padres típicos. Sí, conocidos de aquí y de allá nos “tendieron una mano” para salvarte. El castigo por ultrajar a esa señorita enamorada habría sido uno terrible. ¿Por otro lado, sabrías por entonces que el coronel había tenido “asuntos” con tu hermana Lina?

Recorro con vista medio nublada mi entorno. Sin Pachita, la habitación carece de magnificencia. Más parece la sobria celda de un condenado. Quisiera leerle la carta hasta donde he avanzado y escuchar sus comentarios, que seguro serán terribles. “Venganza, eso es lo que buscas”, podría decirme, como las veces anteriores. “Pues no vuelvas entonces si eso vas a decir”, murmuro y me reclino en las mullidas almohadas.

Mientras ladridos de perro se perciben a la distancia, releo la última porción de la carta. Los “asuntos”, los disparos y las infidelidades parecen ingredientes de una novelilla de folletín, madura para el cuchicheo limeño. Si hay en el mundo una familia perfecta, bien por ella, que sigan adelante y no miren para atrás, que nadie hablará de ellos, intachables.

Miro el texto agregado a mi carta y admiro la limpieza del trazo. Resalta la ausencia de titubeos. Las ideas han fluido incontenibles, como si hubieran estado preparadas para ver el mundo. El resultado es algo grandioso y alcanzarán la majestuosidad cuando se multipliquen en varias copias más, con la única variante de la fecha y el nombre del destinatario. Me pregunto si el envío de correspondencia ha mejorado. Todo, dicen, ha mejorado desde que comenzó este siglo. Imagino el viaje de mis cartas desde el sanatorio hasta la costa, primero, y los viajes posteriores que harán hasta sus destinos finales. Será evidentemente un viaje pesado, un castigo para el mensajero. Me concentro en él por un momento, en la grupa de su bestia y aseguradas sus talegas y sus morrales. Debe ser alguien con entereza, o un tonto al desafiar a los elementos y a los fantasmas de los caminos. Estoy visualizando su apariencia cuando surge en mi mente la pregunta: “¿Lo matarán?”.

“Mis hijos, esos, son capaces de matarlo de la manera más cruel”, digo en voz alta. “Sí, señorita Paquita”, añado y me río a carcajadas hasta reparar en que Paquita no ha regresado. “Idiota, ya no vives en la realidad”, me digo a mí misma, consciente de que sólo hago el ridículo.

Hija mía, la de los rizos hermosos, espero que sea placentera tu vida en la isla en los confines del mundo adonde te fuiste.

 “¿Todo bien, doña Ágata?”, dice de pronto alguien detrás de la puerta.

“Todo perfecto”, respondo, irritada, y reinicio la escritura.

Hildegarda, hija, con qué ahínco apoyaste a Clementino para recluirme en el manicomio. Seguiste sus indicaciones y compraste médicos y autoridades sin mesura. Me dijeron que te paseaste exultante de felicidad por los jardines y las habitaciones de nuestra casa en Lima. Impartiste órdenes para hacer cambios, tumbar muros, desarraigar mis rosales, despedir a mi personal. Planeaste una celebración rimbombante para la toma de posesión de la casa, aquel hermoso complejo que llamábamos “Los Pinos Verdes”.

Me dijeron también que parecías posesa por la excitación cuando recorrías mis aposentos, los que dan al este y desde donde es un placer ver salir al sol. Precisamente desde mi ventana en aquella esquina del mismísimo paraíso, los veía a ti y a tus hermanos jugar sin cansancio. Henchida de emoción, los veía corretear por los jardines gozosos de libertad y felicidad y desplegar su ingenio para inventarse juegos inocentes. Aunque también veía, con desasosiego, Hildegarda, tus inicios de déspota entre tanta belleza de verdes y flores. No sé por qué no te castigué cuando debía. Me contuvo quizá la secreta esperanza de que cambiarías.

Sin embargo, cuánta decepción debe haber habido en tu corazón cuando me declararon oficialmente cuerda y en pleno uso de mis facultades. Así hubiera estado demente, Hildegarda, una vez más en nuestro mundo de humanos se habría demostrado como efectivo aquello de que un favor devuelve otro favor (y yo he hecho muchos favores a necesitados, corruptos y aprovechados). Debe ser verdad que, de furia, casi te lanzaste en la hoguera donde ardía todo lo mío que habías mandado quemar. “No puede ser, no puede ser”, dicen que repetías, sin saber si reír a morir o llorar sin cansancio.

Hija mía, la de los rizos hermosos, espero que sea placentera tu vida en la isla en los confines del mundo adonde te fuiste. Espero que esta carta te llegue —no importa con lustros de retraso— pero que te llegue y oliendo a mí y al humo de aquella pira que prendiste.

De pronto, traspasan la ventana y sus humildes cortinas los sonidos de campanas. Tañen las campanas de la Capilla de Cristo Pobre y me pregunto por qué. ¿Acaso ya es domingo por la mañana y yo no me he enterado? ¿Tan senil estoy que hasta puedo confundir mi nombre? ¿O una mano divina las mueve para decirme que cese en mis afanes? Paso el secante por el folio de papel y me pregunto si Pachita es quien está haciendo tañer las campanas. Quizá quiera que entre en razón y no vitupere a mis hijos. Ella no sabe el contenido de mis cartas, ni lo sabrá pues no sabe leer y nunca me ha preguntado qué escribo. Sólo piensa que pierdo el tiempo ya que esos (como los llama ella) no las leerán.

“¿Para qué insistir en convocarlos?”, me ha dicho con frecuencia. “Nunca vendrán a verte ni asistirán a tu lejano entierro”.

Juguetonamente pienso entonces si un tañido especial los convencería de venir a verme, si eso lo quisiera yo. Tendría que contratar a un músico especialista, buscarme un tañedor experto, mandar hacer una campana especial con un badajo doblemente especial. Me imagino el gesto de escándalo en Paquita si le hablara de invertir dinero en tal empresa musical.

Las campanas no cesan de cantar vigorosamente y viene a mi mente el nombre de mi hijo Antenor. Cambio de folio y le digo a la pluma: “Escribe, pluma, lo que tengo que decir”.

Antenor, hijo, rey de las lisonjas. Lo que hubiera dado para que no dilapidaras tus talentos. Pocos nacen con ellos, pero, ya ves, menospreciaste tu propósito en la vida. Actor, podrías haber sido. Artesano, también, y el mejor. Inclusive campesino, mago de los frutos, y en algún momento vislumbré que con sólo unas cuantas palabras harías crecer flores nuevas e inconcebibles. Cuánto me encantó tu plan de inventar un carro puramente nacional, mejor que los importados de las grandes potencias. Con tu talento, habría sido un carro particularmente mágico. Qué recuerdos, cuando me envolvías con tu prosa de diletante mientras tomábamos té en la Ville Cogûcher del centro de Lima. Las jóvenes damas danzaban a tu alrededor, atraídas por tu soberana apostura, pero tú estabas más interesado en enterarme de tus sueños del siglo nuevo.

Sin embargo, tus sueños y los míos quedaron destruidos en algún recodo del camino de nuestras vidas. No diré que me robaste cuando extrajiste sistemáticamente los dineros de mi arcón secreto del sótano de “Los Pinos Verdes”. Los consideré simples préstamos que recuperaría cuando tus sueños se hicieran realidad. Aún sentía en el corazón que eras el único hijo moral entre todos ustedes. Por eso nunca acepté lo que me susurraban conocidos y extraños, que acudías consuetudinariamente a los fumaderos de opio de la ciudad. Me preguntaba: “¿Para qué fomentar los sueños con opio si los sueños naturales propios bastaban para realizar cosas magníficas?”. Y, sin contestarme, lo negaba todo y le decía a todo el mundo que estaban equivocados.

Hijo mío, quienes me susurraban cosas contra ti me dicen que me maldijiste durante una cena con amigos tuyos antes de unas navidades. Con mi inasistencia, creíste, te había causado un desaire. Rompiste el blasón familiar y expulsaste a los invitados llamándolos “muertos de hambre” cuando tú mismo vivías del cuento. “Ya no soy nada de esa dama”, dicen que les dijiste, refiriéndote a mí. “Sólo soy yo mismo contra el mundo, petimetres”. Acababa de enviudar por segunda vez y me veía forzada a representar un dolor que no sentía por tu padre muerto. Si para muchos mi dolor fue patético (digno de emular), sólo expresaba el dolor que me causaste con tu acción.

Sin embargo, te confieso, esa misma noche, rompiendo con el apropiado luto, estaba yo tramitando aquel préstamo que habías pedido durante los funerales de tu padre para construir un globo aerostático (“Bah”, me dijiste. “Madre, eres la viuda más linda de este país”). Yo bien sabía que valía el esfuerzo negociar con aquellos banqueros criollos en momentos tan difíciles. Como nunca antes lo había hecho, les vendí exitosamente la idea de un globo para pasear gente sobre las playas en el verano.

Qué pena, Antenor, cuando me cerraste la puerta de tu casa. Era la noche de Navidad y yo había acudido presurosamente a darte las buenas nuevas. Llevaba el dinero en una maleta y el corazón se me salía de la emoción. Sin embargo, debes acordarte muy bien de lo que pasó. “Yo no la conozco, señora”, me dijiste, ante muchos testigos. “Si quiere comer de los restos de la cena navideña, vaya por la puerta de los sirvientes”. A Paquita, que me acompañaba como perro fiel, la llamaste “negra lameculos” y así sellaste nuestra lejanía total.

“Lejanía”, murmuro y dejo de escribir. Un chiflón de aire frío me estremece y es cuando más extraño a Paquita. ¿Dónde se habrá metido? Siendo como es, podría estar lavando ropa junto con las hermanas y arropando a los tísicos desahuciados. Quito el modesto atril de mis muslos, lo dejo cuidadosamente a un lado y abandono la cama. Siento como que no he caminado en años. Me apoyo en el alféizar y contemplo los puntos más lejanos del paisaje. Imagino las variantes de felicidad de quienes viven por allí, todos seguramente exentos de desgracias. No sé por qué pero igualo toda aquella serenidad con Paquita. ¿Tendrá esa virtud sólo por creer en el Altísimo? Si estuviera en mi lugar, no se desesperaría como yo. No renegaría de los médicos ni pensaría que es injusto tener tuberculosis, el pasaje ganado a la muerte. ¿Aceptación mansa del destino? ¿Sabiduría de saber que no hay imposibles? ¿Sabe ella que el Altísimo nos ha dejado a todos a nuestra suerte por ser una raza degenerada? ¿Cómo podría ser alguien como ella una negra lameculos?

Con dificultad atravieso la habitación y llevo la silla hasta el pie de la ventana. Coloco el atril en mi regazo y, tras mirar el cielo despejado, compruebo que todavía hay tinta en el tintero. Escribo:

Idegia, hija de la criada que el primo Libonio violentó, pero, al fin y al cabo, hija mía. Te recibí en mis brazos cuando eras muy chiquita y prometí paliar el daño moral y físico a la criada. Aunque me alegró que ella huyera, supongo, llena de vergüenza, siempre pensé, viéndote crecer rozagante y graciosa, que al criarte paliaba el abuso contra las mujeres. Debes saberlo. Los deberes maritales que nos imponen son a veces violentos e indeseados. Eso, supongo cambiará mientras más vaya avanzando este siglo de los prodigios, como dicen.

En fin, Chacha (cómo me gusta este mote que te pusimos), supiste de mi boca tu historia cuando lo creí oportuno (los rumores de la sociedad también metieron baza). Me llamaste “vieja inventora”, pero los rasgos físicos lo revelaban todo. Pataleaste, destrozaste los regalos que te habíamos dado desde siempre, pero cómo cambiar la propia historia. No tomaste en cuenta el amor que te di y dejaste de querer viajar a Europa, navegar por los siete mares. Tiraste los aparatos con que observabas los cielos y nunca más pronunciaste nombres de planetas, de estrellas, de los mundos ocultos en el infinito cosmos.

Qué doloroso fue presenciar tu decadencia. Abandonaste los buenos modales y descuidaste el aseo. Eso fue motivo de burla y escarnio en nuestro medio y en las misas hasta los curas aludían al pecado de la suciedad femenina. Tanto fue tu repudio a tus rasgos físicos que jamás volviste a mirarte al espejo. Y, en realidad, yo me eché la culpa de todo eso y de lo que vendría después. Adquiriste unos rasgos espirituales tan retorcidos que para muchos estabas endiablada. ¿Cómo explicarte la dimensión de mi inquietud cuando te cortabas las muñecas una y otra vez? ¿Cómo hacerte entender el dolor cuando, en los peores momentos, se te ataba a la cama mientras maldecías?”.

Chacha, hija mía, te confieso una cosa. Eras la única de entre todos tus hermanos por cuyo destino tengo remordimientos. Y estamos hablando de alguien que ha abjurado de Dios y que piensa que no tenemos salvación de nada. Te hice daño por exceso de sinceridad. Poco importan las cicatrices de los cortes que me hiciste en el brazo cuando me atacaste. Aun en esos momentos, mientras me hundías el cuchillo, me decía que me lo merecía. Ahora vives en el monasterio de San Camilo, dedicada a Dios, y espero que tu corazón me haya perdonado. Y, por supuesto, cumpliré el juramento que te hice antes de recluirte de por vida: nunca volverás a verme cara a cara. Pero seguirás siendo mi Chacha, la de los viajes por los siete mares.

Reviviendo mis viajes por buque de cuando podía, veo de pronto a Paquita caminando por el pastizal que se despliega al pie de la ventana. Se desliza como flotando entre la hierba, a lo largo de piedras enormes que deben ser restos de palacios incaicos. Estiro el cuello y puedo verla con un cordero bebé en sus brazos. Otros dos la persiguen como si ella fuera a amamantarlos.

Hijos míos, he dejado ideas fuera de esta carta, por cansancio y por ahorro. No consideren que mis cartas buscan redención. Tampoco implican un ajuste de cuentas.

Al divisarme, Paquita levanta una mano y sonríe. Qué magnífica sonrisa la suya. Si tan sólo yo pudiera cambiarla por la que tengo en las postrimerías de mi vida. Es inevitable mirarme en la pulida madera del pequeño atril pero evito el reflejo, que revelaría la imposibilidad de una sonrisa. Habría solamente una mueca, la evidencia del dolor y del desencanto.

Paquita acaricia al corderito y me hace señales de traérmelo. Y siempre la misma sonrisa. Así debe ser, pienso, el tener paz interior. “Paz interior, paz interior”, murmuro y le respondo, también con señales, que no se moleste. Inesperadamente, el cordero se le escabulle y, balando, se escapa con sus hermanos. “¡Bandidos!”, grita Paquita y va corriendo tras de ellos. Parece una niña. Es una niña.

De pronto, el cabello se me suelta y me veo en el atril, con toda la magnificencia del desaliño y de la decadencia. No hago ningún intento de recogerme las landas canosas y resecas. Me pregunto si mis hijos vislumbraron alguna vez este final de su madre, aparte, claro, de verme asándome en el infierno. Pachita, pienso, no te tardes, los pobres animales tienen su madre. “Y yo necesito una también”, pienso. Suspirando, cojo la pluma y me pongo a escribir el colofón de la carta.

Hijos míos, he dejado ideas fuera de esta carta, por cansancio y por ahorro. No consideren que mis cartas buscan redención. Tampoco implican un ajuste de cuentas. La sentencia está dada y moriré en estas montañas de aire presuntamente saludable. Yo, que me conozco tan bien, lo sé. Sólo me preocupa Pachita. Si por acaso tuvieran aún afecto por ella, que fue el motor de sus vidas, socórranla cuando yo ya esté podrida y devorada por los gusanos. Sólo háganlo por los viejos tiempos, cuando ella dejó vida y pellejo por ustedes. Por mí, que estaré guerreando con Dios o discutiendo con el Diablo, no se preocupen. Recuérdenme nada más y no es que crea que recordar es tener fe en la humanidad.

Me despido con el afecto y sinceridad de siempre.

Ágata Reynoso Barrazábal, Tatucha, como me llamaban cuando eran niños inocentes.

Daniel Romero Vargas
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