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Los murmullos del subsuelo

sábado 3 de marzo de 2018
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Milenios atrás los Homo sapiens sapiens empezaron a notar ciertas mutaciones en su especie. En 1970 se registraron las primeras radiografías panorámicas de niños de todas partes del planeta: carecían de una a dos muelas del juicio. En 1993 nació en Yakarta, Indonesia, el primer bebé sin apéndice. Para el año 2010 se observó entre los adolescentes la ausencia de los segundos molares. Según los expertos de la época, las mutaciones ocurrían por los cambios en la dieta y el uso de ciertos utensilios. Con el paso del tiempo las muelas, los apéndices, los meñiques y las cejas se volvieron obsoletos y terminaron por desaparecer. El desarrollo de la industria y la tecnología provocó otro tipo de mutaciones. A un siglo del surgimiento del teléfono celular, los ojos de los humanos comenzaron a incrementar de tamaño. Para el año 2270 los científicos estimaron un crecimiento del 15 por ciento sobre el tamaño original. Estos cambios fueron percibidos por la especie que privilegiaba el uso de la vista por encima de los demás sentidos como una mejora en su fisiología.

Los sapiens sapiens jamás sospecharon que las ventajas tecnológicas y los beneficios médicos que desarrollaron incubaban la disminución de su poder cerebral.

La evidencia, en comunión con la teoría evolutiva de Darwin, sembró en los hombres la certeza de ser una especie en constante mejoramiento. No fue hasta el año 2344 que la directora del Laboratorio de Genética de la Universidad Internacional de Simbiosis, doctora Youyou Tu, planteó que la inteligencia humana había alcanzado su cenit miles de años atrás, cuando el Homo sapiens sapiens aún era un cazador-recolector y sobrevivía a base de su ingenio. A partir de la invención de la agricultura y las ciudades, advirtió Youyou Tu al Consejo de Desarrollo Molecular y Celular Internacional, comenzó un lento descenso en sus capacidades intelectuales y emocionales. A pesar del creciente analfabetismo en la población, de su imposibilidad de generar pensamiento crítico, de su pereza para realizar labor manual, su incapacidad para resolver problemas sociales, los científicos permanecieron incrédulos ante la teoría de la científica. El genetista y profesor Johannes von Hambürger, del Colegio de Ciencias de Viena, declaró: “La doctora Youyou Tu se conduce como una académica del área de humanidades; si quiere ser tomada en serio, por absurda que sea su hipótesis, tendrá que argumentar a partir de la evidencia”. El antropólogo Chetan Kothari de la Universidad de Pekín fue menos cordial: “Yo podría argumentar que las mutaciones han reducido nuestra agresividad, nuestra depresión y aumentado la longitud de nuestro pene, pero ninguna revista respetable estaría dispuesta a publicarlo”.

Si la humanidad no hubiera contraído degeneración neuroaxonal o mal de Abu-Abbarah —una mutación del alzhéimer—, el ámbito académico se hubiera dado cuenta de lo que estaba por venir, evidencia suficiente para comprobar la teoría de la desprestigiada Youyou Tu. Los sapiens sapiens jamás sospecharon que las ventajas tecnológicas y los beneficios médicos que desarrollaron incubaban la disminución de su poder cerebral, misma que conduciría a su último embrutecimiento.

Debido al incremento en las mutaciones genéticas, para el año 3470 los hombres abandonaron los sistemas de comunicación satelital pues ya nadie se acordaba para qué servían. Las universidades habían cerrado siglos atrás por falta de maestros y estudiantes; la mayoría de los habitantes ya no sabía leer ni escribir. El arte, la danza y la música dejaron de producirse, pues los hombres ya no sentían la necesidad de crear. Quedaba poco entretenimiento, algunas personas veían telenovelas repetidamente sin saber cómo utilizar el control remoto. Para el año 4550 los sapiens abandonaron el campo y la crianza de animales; los pocos hombres que quedaban sobrevivían a base de carroña, pero ello no fue suficiente para asegurar la continuidad de la especie: olvidaron cómo copular.

A partir del descenso de los sapiens sapiens nuestra especie, el Homo cumpassionens, empezó a salir de las cuevas. Durante esos años oscuros tratamos de ayudarlos, pero ya no pudimos hacer nada por ellos, el embrutecimiento era irreversible. A pesar de compartir el mismo ancestro —el Australopithecus afarensis—, nuestra evolución fue muy distinta. En un principio no nos dedicamos a la caza, vivíamos de la recolección, de ahí que nuestro desarrollo fuera mucho más lento. Acostumbrados a cazar, los sapiens sapiens eran mucho más hábiles para la guerra; no teníamos oportunidad de resistir a su dominación, por eso decidimos migrar a las cuevas de Tanzania.

Con el tiempo, el cerebro y el cuerpo de nuestros antepasados desarrollaron una serie de especializaciones evolutivas para la vida subterránea. A causa de la oscuridad, nuestros ojos disminuyeron de tamaño; tuvimos que aprender a leer las emociones mediante nuestro sentido de la empatía. Los empáticos podemos sintonizarnos físicamente con las experiencias emocionales de otros seres; por eso nunca incursionamos en la guerra. Una vez en el subsuelo abandonamos la recolección e iniciamos una dieta a base de lombrices y otros invertebrados que carecen de centro neurálgico y no perciben el momento en que son devorados. El entorno nos hizo desarrollar extremidades más largas, propicias para cavar y descender por los precipicios del mundo subterráneo. Gracias a estas aptitudes nuestros antepasados pudieron construir los túneles que conectan las cuevas de Tanzania con los cuatro puntos cardinales del globo: Nevada, Tayos, Nepal y Oslama.

A pesar de haber dejado rastros de nuestra civilización, como pinturas rupestres, los sapiens sapiens, seguros de representar la cumbre de la evolución, dieron por sentado que se trataba de una intervención alienígena; jamás imaginaron que algún día ellos llegarían a ser una especie menor dentro de su propio planeta.

Aún mantenemos algunos hábitos de nuestra vida subterránea. Por las noches, por ejemplo, acostumbramos regresar a nuestras cuevas a dormir.

Actualmente la superficie de la Tierra es muy distinta a la que conocieron nuestros ancestros. De no haber embrutecido, los sapiens hubieran acabado con ella. A pesar de que sus pesticidas terminaron con las abejas, aún subsisten algunas especies en la superficie como perros, gatos, insectos y roedores. En el fondo del mar habitan los pulpos y las anguilas eléctricas. Hace unas décadas desenterramos algunas de las cápsulas del tiempo que los sapiens sapiens dejaron desperdigadas por el mundo para dejar prueba de su legado o para compartir con sus futuros sucesores su conocimiento, como si hubieran predicho el futuro. Entre los cimientos de las murallas de Uruk se encontró una caja de cobre que conservaba una tabla lapislázuli con la historia de Gilgamesh. En Boston, Nueva York, la Ciudad de México, la Patagonia, París, Roma, Moscú, dejaron cápsulas con libros, fotos y objetos cotidianos que nos ayudaron a obtener mayor información sobre sus costumbres y los conocimientos que generaron; sin embargo, fue Pompeya, petrificada por la furia del monte Vesubio, la mejor de todas las cápsulas. En Kew Gardens se halló la gran colección de semillas de plantas y flores del Banco de Semillas Millennium, y en la isla de Svalbard dieron con la bóveda del fin del mundo, un almacén gigante donde se conservó una semilla de casi cada cosecha conocida en el mundo.

Con base en la tecnología y los avanzados estudios que dejaron los sapiens sapiens de la época dorada, nuestros científicos estudian la manera de restaurar la flora y fauna original. En las escuelas enseñamos a los niños las dos historias: la del mundo de la superficie y la del mundo subterráneo. El objetivo es que las futuras generaciones se conozcan a sí mismas a partir del reconocimiento de los otros. Queremos que aprendan de los errores del pasado, pero que también recuerden el grado de evolución que alcanzaron aquellos que alguna vez habitaron la superficie del planeta.

Aún mantenemos algunos hábitos de nuestra vida subterránea. Por las noches, por ejemplo, acostumbramos regresar a nuestras cuevas a dormir, quizá porque son más silenciosas o porque los murmullos del subsuelo nos arrullan. Los insectos continúan siendo la base de nuestra alimentación aunque hemos agregado a nuestra dieta diversos frutos y verduras. El amanecer nunca deja de maravillarnos; si un extraterrestre aterrizara sobre la tierra a la hora en la que sale el sol, encontraría a cientos de miles de cumpassionens sentados en las llanuras o en las montañas, en los troncos de los árboles o frente al mar contemplando el horizonte.

Daniella Blejer
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