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Tres cuentos de Francisco Javier Larios Medina

jueves 22 de marzo de 2018
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Puñaladas traperas

Varias vecinas ya se lo habían contado: lo que primero fueron insinuaciones, se convirtió posteriormente en declaraciones descaradas que lindaban en la burla. Pero siempre pensó que solamente eran chismes de vecindad, de mujeres ociosas envidiando el bienestar y la concordia de sus semejantes. En fin, personas que odian la felicidad de los otros. Lenguas viperinas. Acción de gentes que se la pasan espiando los hogares ajenos y descuidando los asuntos de la su propia vida. Aquellos que hasta llegan a quemar su casa por ver arder la casa ajena. Pero fue tanta la insistencia y tan frecuentes los comentarios que la incluían en la mordacidad de las comadres, que ya no pudo ignorarlas con su olímpico desprecio. Luego, la curiosidad pudo más. Dejó de hacer “oídos sordos” a todas esas murmuraciones y empezó por poner atención en lo que los demás decían…

Tenían muchos años viviendo juntos, podríamos decir sin pizca de exageración, casi como “pareja perfecta”. Desde entonces, ella le había visto algunas conductas un poco raras. Lo cual no nos llevaría a afirmar que eso lo hiciera un personaje excéntrico, ni algo que llegara a provocar un completo escándalo. Esos detalles, que podrían pasar por deformaciones de personalidad, se fueron acentuando con el paso del tiempo y terminaron por convertirse en manías o costumbres, es decir, peccata minuta.

Cuando tuvo la certeza de que el desgraciado estaba profundamente dormido, se precipitó sobre de él blandiendo furiosa el cuchillo filoso.  

Sin embargo, ahora las cosas eran muy diferentes. Él llegaba a casa —casi siempre— de madrugada. En muchas ocasiones hasta el día siguiente. No hacía caso de las agrias llamadas de atención que ella le dirigía. Mostraba un marcado desprecio —a veces disfrazado de indiferencia— por la comida que amorosamente le ofrecía. —Lo más seguro es que ya comió en otra casa —conjeturaba ella con marcada tristeza y pesadumbre. Ya no frecuentaba el sillón favorito donde juntos acostumbraban a ver por las tardes el televisor. El colmo de su desapego —por no darle otro nombre— era el que ya ni siquiera se dignara mirarla, ni escucharla cuando ella le reclamaba su conducta, dejándola con la palabra en la boca y con retortijón de tripas por el coraje sin disipar.

Para esas alturas, la situación ya era prácticamente insoportable. Ahora que ella lo sabía todo y lo había “visto con sus propios ojos”, sin la intermediación de testimonios fingidamente fraternos y confidenciales. Sentía que el mundo se le caía encima. No lo podía creer, y sin embargo, ahí estaba la realidad fría e insultante, cruda y terrible, para desmentirla. Una pregunta repetidamente golpeaba su cerebro: ¿por qué lo hizo?, ¿por qué? Pregunta que no lograba responderse a sí misma. Sabiendo que él era su única compañía, el único ser con el que contaba en el mundo, a quien le había entregado todo su amor, su afecto… quien le había dado sentido a su existencia. Por quien pasaba tantos desvelos, a quien contaba sus cuitas y sinsabores; todas sus confidencias. A quien había amado —hasta entonces— profundamente. En fin, en quien había puesto todas sus complacencias. ¿Así era como le pagaba la atención y el tiempo que generosamente y de forma abnegada le dedicaba? ¡Maldito, mil veces maldito!

Pero todo tiene un límite y ella no podía soportar más. Ella sabría muy bien de qué manera cobrarse tantas afrentas, humillaciones y vergüenzas. Así que esa misma noche lo esperó a que llegara de sus rondas. Colocada tras la puerta, observó su arribo cauteloso a la casa por la puerta de servicio. Con odio mortal, distinguió sus ojos fosforescentes entre la oscuridad y su silueta felina cruzando por la cocina. Luego de pasar por la sala, entró silenciosamente a la recámara. Ahí lo miró echarse como un animal. Después de todo, qué más podría esperarse de él. Si se comporta como lo que verdaderamente es, un animal sin escrúpulos ni conciencia, pensó ella. Y allí, oculta y agazapada esperó con impaciencia contenida.

Cuando las finas y delicadas manos de Bertha se crisparon decididamente sobre el mango del cuchillo de cocina, era porque ya lo tenía todo planeado. Ya para entonces, sus nervios estaban destrozados y un escalofrío le sacudía intermitente su cuerpo afiebrado. Cualquiera que la hubiera visto en ese momento y en medio de la oscuridad, la habría tomado sin duda por una loca. Negras ojeras enmarcaban sus ojos desorbitados, el cabello despeinado y un rictus de desesperación en el rostro completaban la figura de un poseso. Extraña transformación de un ama de casa, antaño amorosa.

Cuando tuvo la certeza de que el desgraciado estaba profundamente dormido, se precipitó sobre de él blandiendo furiosa el cuchillo filoso y descargó en el bulto inerme toda la fuerza de su odio acumulado y la rabia destructora por tanto tiempo contenida. El miserable gato ni siquiera tuvo tiempo de emitir su último maullido. En el cielo, la radiante luna llena empezaba tímida a salir por encima de negros nubarrones.

 

El crimen perfecto

Aquel hombre había tenido una vida mediocre. Desde niño no le había pasado nada realmente memorable o trascendente. Ya de adulto no tuvo novias, amigos ni enemigos que le quitaran el sueño. Por supuesto tampoco se casó ni logró descendencia.

Un mal día, al intentar cruzar la ancha avenida, fue atropellado por un auto fantasma causándole la muerte. Su cuerpo, al no ser reclamado por pariente alguno, fue sepultado en la fosa común.

Como los malhechores consumados, pasó por la vida sin dejar pistas ni huellas acusatorias. Cometió el crimen perfecto: el olvido.

 

El parque

La tarde fría de aquel martes, el parque estaba casi solo. El hombre llegó a una de las bancas y se dejó caer apesadumbrado. Era imposible diferenciar su fracaso de su odio y desprecio por el mundo. Miró distraído las aves nadando sobre el agua sucia del pequeño lago. Lejos sonaban los motores de algunos automóviles y la intermitente sirena de una ambulancia perdiéndose en el laberinto de la gris ciudad. Dos niños se acercaron sonrientes y gozosos a contemplar los patos. Mientras tanto, el hombre palpaba sigiloso el revólver que ocultaba en su abrigo.

Francisco Javier Larios Medina
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