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La profanación del pisapapeles

viernes 11 de mayo de 2018
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El aire descansa en las hojas,
el agua en los ojos,
nosotros en nada.
Jaime Sabines

El teléfono sonó luego de las siete. A través de la ventana advertí que hacía un día cálido y despejado. Cuando miré la pantalla del celular, el número del Tarro me hizo dudar sobre si contestar o no. No estaba de humor, la novela que estaba escribiendo me traía de cabeza. Había estado corrigiendo hasta bien entrada la madrugada y ya para entonces me sentía fatigado. Para apurar el trabajo imprimí un borrador con la idea de examinarlo esa misma tarde, y mientras las hojas se acumulaban en la bandeja de salida sentí antojo de un trago de cocuy; una copa tal vez habría facilitado la revisión del texto. De pronto caí en cuenta que la llamada del Tarro tenía que ver con el favor que debíamos hacer a un amigo: su esposa quería visitar la feria de Tintorero. La mujer estaba interesada en un lote de artesanía que más tarde ofrecería en Nueva York.

Pensé que cualquier cosa, incluso una piedra, puede servir de pisapapeles; sin embargo, quería disponer de un objeto para ese fin.

—Aló.

—Epa chamo, por fin, ¿vamos a la vaina? —preguntó.

—¿Qué vaina?

—No te hagas… Quedamos en ir a Tintorero. ¿Recuerdas?

—Ah sí. ¡Carajo! Lo había olvidado. ¿Y la mujer?

—Dentro de una hora debemos recogerla en el hotel.

Luego de cerrar la llamada, salté de la cama y de inmediato fui al estudio a echar un vistazo. La habitación permanecía oscura. Un cierto aire de humedad emergía desde algún rincón de la biblioteca. Consideré que debía correr las cortinas y abrir las ventanas, quizá la brisa espantaría un poco el olor a encierro. Fijé la mirada en el escritorio y allí, dispersas como mis ideas, reposaban las hojas que debía revisar. Entendí entonces que si deseaba abrir las ventanas necesitaría un pisapapeles.

—¿Pisapapeles? —me pregunté.

De pronto la palabra sonó ambigua, como si no se explicase por sí sola. Entonces pensé que cualquier cosa, incluso una piedra, puede servir de pisapapeles; sin embargo, quería disponer de un objeto para ese fin. Se me ocurrió que tal vez podría buscarlo en la feria de Tintorero, además, era la oportunidad de hacerme con una botella de cocuy, bebida que nunca falta en esas exposiciones.

Eran casi las ocho cuando encendí el auto. Envié un mensaje al Tarro indicándole que en diez minutos estaría tocando a su puerta. Cuando estacioné frente a su casa él ya estaba parado en el jardín. Me pareció que lucía viejo y desgastado. Vestía unos zapatos descoloridos, un bluyín desteñido, una camisa blanca y un sombrerito grisáceo que, desde lejos, lo hacía parecer un abuelo de la época del general Gómez.

Minutos después y mientras esperábamos frente a las puertas del hotel La Segoviana, la impresionante humanidad de la mujer de Federico, nuestro amigo de la infancia, se introdujo en lo poco que quedaba de mi humilde Fiat Uno inundándolo de un olor sensual y salvaje a la vez.

El viaje a Tintorero duró poco, unos treinta minutos quizá. Durante el trayecto el Tarro se adueñó de la mujer. No le di importancia, mis ganas de hablar eran mínimas y además no podía sacarme de la cabeza el asunto de la novela: tenía tan sólo un par de días antes de enviarla al concurso Planeta Latinoamericano.

Cuando llegamos a los módulos de los artesanos el Tarro ofreció guiar a la mujer. Por mi parte fui directo a la sección de bebidas, era una de las pocas cosas que me interesaban. Me pareció asombrosa la cantidad de opciones que se ofrecían: cocuy claro, fresas, miel, jengibre, manzana, pera, duraznos, almendras… ¿Cómo decidir? Desde el fondo de la bodega vi venir a una señora que aunque entrada en años mantenía cierto encanto. Traía consigo unos vasitos que parecían dedales. Me ofreció uno y enseguida paseamos por todas y cada una de las botellas dispuestas para el deguste de los clientes. Luego de probarlos sentí que la lengua se me enredó cuando quise preguntarle cuál sabor me sugería. La mujer fue hasta el fondo, buscó en una caja y luego regresó. Puso en mis manos una vasija de cerámica y dijo:

—Tome. Llévelo. Con esto irá más que seguro.

Recibí la caneca, pagué y salí al pasillo. Para entonces el caudal de visitantes había aumentado notablemente en apenas minutos. Recorrí algunos pasillos hasta un instante cuando un montón de buenos olores me invadió: empanadas, cachapas y tequeños. Para huir de la tentación decidí caminar hacia el otro extremo de la feria. En ese sector estaban las secciones de telas, pinturas y figuras de madera. El edificio se proyectaba a lo largo junto a una fila de cujíes que ofrecían sombras a la entrada de los locales. Hacia el otro extremo, el estilo y la forma de una fachada llamaron mi atención. Apuré el paso hacia ese lugar… La tienda era distinta, parecía una madriguera mezquina, pero a diferencia de las otras la artesanía local no era lo común. El vendedor era un hombre alto de abundante cabello canoso, llevaba un bigote grueso y cenizo que lucía manchado de nicotina. Había entrado en aquella tienda por pura curiosidad, sólo para ver de cerca algunas piezas de soldaditos que de pronto me cautivaron. Repasé de nuevo el lugar y noté que en la parte alta había unos entrepaños en donde reposaban algunos libros cuyas tapas relucían formas extrañas, como dibujos psicodélicos, y a un costado y colgadas en la pared había una colección de espadas que, según una inscripción en fórmica, eran similares a las que utilizaron los húsares de la antigua Hungría.

—¿Va a comprar algo? Mire, aquí tenemos un guerrero malayo: vea, ¡qué pieza tan formidable! —dijo el vendedor.

—No, ando buscando otra cosa… Un pisapapeles o algo así —dije.

—¿Un pisapapeles? Tal vez en la calle consiga una buena piedra…

—¡Su rostro no delata su buen humor! —exclamé impresionado por la respuesta.

El vendedor, con una suave risita, fijó sus ojos en mí y dijo:

—Usar una de estas como pisapapeles es una idea original, aunque costosa.

—¿Cuánto cuesta esta, por ejemplo? —pregunté.

El viejo observó la figura, la examinó dándole una vuelta y luego exclamó:

—¡No creo que usted pueda pagarla!

Es una rótula. Perteneció al cadáver de Rómulo Gallegos —dijo con propiedad.

—Habla como si fuera adivino. La verdad no sé si pueda pagarla, pero tampoco crea que ando ahogándome en la indigencia —expresé con cierta molestia.

Por instantes sólo hubo silencio. Sentí que la atmósfera se nubló; de hecho la situación me molestó un poco. El vendedor tal vez lo advirtió porque de pronto fue a un rincón, sirvió un par de bebidas y enseguida regresó. Me ofreció uno de los tragos y luego pronunció unas palabras que casi no entendí. Supuse que se disculpaba. Luego de unos segundos las imágenes se hicieron opacas, como si de repente la luz se hubiese transformado en líneas grises. El vendedor caminó hasta un rincón y encendió un enorme tabaco. Lo aspiró como si fuera a morir si no lo hacía. Luego se acercó a la puerta y, como el Vesubio, dejó escapar la espesa fumarola.

—Dígame algo, ¿a qué se dedica? —preguntó.

—Soy ingeniero. Aunque ahora quisiera hacer otra cosa: escribir, por ejemplo.

—Vaya, vaya… Creo tener algo ideal para usted.

—No me diga… Y, ¿qué será?

El viejo se acercó a un costado y extrajo una caja de madera. Tomó algo, un objeto entre blanco y grisáceo, luego regresó.

—Esto es lo que usted necesita. ¡Tome!

—Y ¿qué se supone que es? —pregunté.

—Es una rótula. Perteneció al cadáver de Rómulo Gallegos —dijo con propiedad.

—¿Cómo es la cosa?

—Así como le estoy diciendo. ¿Acaso es sordo?

—Pero, que yo sepa, los restos de don Rómulo están enterrados en Caracas —aseguré.

—Estaban, compañero, estaban… En tiempo pasado. La tumba fue profanada hace algunos años. Desde entonces sus restos andan por ahí. ¿Sabe usted por qué profanan las tumbas de personajes históricos?

—Ni idea… ¿Qué puede decir al respecto?

—Pues le diré que es un gran negocio. Cada pieza de la osamenta puede llegar a costar millones.

—Y esa, ¿cuánto cuesta? ¿Cómo puedo estar seguro de que perteneció a don Rómulo?

—Tuve algunas, esa es la última. Los profanadores fueron perseguidos, pero para entonces el daño ya estaba hecho. Los tipos estuvieron enconchados en estas montañas por un par de años. Tiempo después supe que el alcalde de Caracas terminó echándole tierra y cemento al asunto. Supongo que ya nadie lo recuerda. Somos especialistas en olvidarlo todo. ¿Y el precio? Deme diez mil y todos contentos.

En ese instante mi mente se dividió en reflexiones, de pronto me sentí como si alguien estuviera expulsándome de un país que, hasta ese instante, me pertenecía. Aquel relato me hizo recordar el hecho, fue una acción detestable, incluso gente dentro del oficialismo repudió aquellos actos. Súbitamente un intenso olor a incienso me trajo de regreso a la conversación. Caí en cuenta de que mis manos, como si fueran soberanas, se fueron a los bolsillos y entonces surgió ante mí un manojo de billetes. Conté despacio. Había un poco más de doce mil. Regresé dos mil a la billetera y le ofrecí el resto al viejo. Terminé el trago y abandoné el local.

Por la tarde y ya de regreso a la ciudad, llevamos a la mujer al aeropuerto. Además de su habitual equipaje reunió un par de maletas en donde acumuló todo tipo de cosas: vasijas, cuadros, móviles, juegos, zapatos, cadenas y hasta animales disecados. Cuando la vi alejándose, pensé que con ese porte y el vaivén de sus glúteos no habría guardia nacional capaz de decomisarle nada.

Por momentos recordé los detalles de la conversación con el hombre de la tienda, y mientras lo hacía nunca dejé de mirar y apreciar la pieza. Más allá de lo simple había en ella algo único, una sombra de misterio.

Minutos más tarde enfilé hacia la casa del Tarro. A medio camino me hizo cambiar de ruta cuando solicitó quedarse en la Panadería del Este, tenía algunos negocios pendientes por cerrar y aún era temprano para atrapar algún cliente.

Luego de dejarlo en su zona de confort, continué sin escalas hasta la casa. Sólo pensaba en llegar al estudio para trabajar en la revisión de la novela.

Cuando arribé hasta la puerta principal me detuve por un instante; habitaba en mí cierto ímpetu, algo normalmente ajeno en quien siempre se sentó a esperar. Pero ahora quería dejar la flojera y enrumbarme en el sueño de ser escritor. Abrazado a esa idea fui al bar, busqué un vaso y me serví un poco del cocuy. Saboreando la bebida recorrí el pasillo hasta el estudio. Cuando observé el manojo de páginas recordé la pieza y enseguida hurgué en los bolsillos del pantalón. Y ahí estaba: era lisa, ligera y ovalada. La tomé y durante unos segundos la examiné hasta un instante cuando finalmente la puse sobre el escritorio. Por momentos recordé los detalles de la conversación con el hombre de la tienda, y mientras lo hacía nunca dejé de mirar y apreciar la pieza. Más allá de lo simple había en ella algo único, una sombra de misterio, como si además del supuesto origen estuviese destinada a provocar algún tipo de magia en quien la adquiriera.

Luego de un rato me sustraje de aquellos pensamientos y me puse a trabajar. Tomé el lote de páginas, me acomodé en el sofá y de inmediato comencé a revisar. El tiempo avanzó implacable. Cuando me di cuenta era más de media noche. Después de varias revisiones noté que ninguna de las páginas había sido subrayada. Tal vez no hacía falta, y sin embargo me pareció algo absurdo, siempre subsisten gazapos y otras discontinuidades invisibles que deben ser detectadas y eliminadas. Posiblemente el embotamiento me hacía ver el manuscrito como una unidad perfecta. En esas condiciones los errores no salen a la luz, se esconden como polillas y al final todo queda reducido a nada, a una simple aventura en la que se intentó, inútilmente, cazar moscas en la oscuridad. Entendí que corregir era una pérdida de tiempo, debía parar. Fue entonces cuando tomé las hojas, las agrupé y las dejé reposar sobre el escritorio. Y luego, en medio de una sonrisa que no pude evitar, coloqué sobre ellas la pieza que había comprado en Tintorero.

—Bueno, don Rómulo, écheme una ayudaíta —me atreví a expresar antes de ir a dormir.

 

El teléfono sonó luego de las siete. A través de la ventana advertí que hacía un día esplendido. A tientas lo tomé y contesté:

—Aló.

—Epa chamo, por fin, ¿vamos a la vaina? —preguntó.

—Epa, Tarro. ¿Qué hubo? ¿A qué vaina te refieres?

—No te hagas… Quedamos en ir a Tintorero. ¿Recuerdas?

—¿Cómo es la cosa? —grité.

—Bájale dos, pana, mi oído es sensible. Te llamaré en un rato —espetó y colgó.

Con apuro y algo de nerviosismo colgué el auricular y de inmediato corrí al estudio para echar un vistazo. Las páginas permanecían dispuestas tal y como las había dejado hacía apenas unas horas, pero, para mi sorpresa, quedé pasmado cuando observé que sobre ellas, como sosteniéndolas, yacía una vieja edición de Doña Bárbara.

Antes de ir a lavarme encendí el televisor, pasaban un avance en el canal de noticias. Las imágenes revelaban una tumba que había sido profanada en el Cementerio General del Sur. Según el periodista, la fosa contenía los restos de un importante personaje de la historia de Venezuela.

La escena me dejó boquiabierto, y sin embargo, como si se tratara de una simpleza, de una insensatez cuya gravedad me negaba a reconocer, seguí lentamente hacia la sala de baño. De pie y bajo la regadera pensé que nuestro día a día carecía de sentido, que la realidad se había convertido en una distorsión perenne y, como cosa curiosa, nos estábamos acostumbrando. Cuando la ansiedad resbaló y cayó al piso recordé que debía apresurarme, entonces giré la manilla y de inmediato la efímera potencia de un chorro puso a prueba mis reflejos.

Nunca antes el agua había estado tan fría.

(del libro inédito Ajuste de cuentos).
Álvaro Ríos
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